
Enero de 1961. En la soledad de su estudio privado, rodeado de humo de tabaco y guiones descartados, Mario Moreno “Cantinflas” tomaba una decisión que cambiaría no solo su carrera, sino la historia cultural de México. Acababa de terminar el rodaje de “El Analfabeto”, pero sabía perfectamente que no tenía entre manos una simple comedia para las masas. Tenía una bomba de tiempo. Una obra tan brutalmente honesta sobre las fallas del sistema educativo mexicano que las altas esferas del gobierno harían lo imposible por enterrarla.
Lo que la historia oficial ha omitido durante décadas, y lo que pocos saben hoy en día, es que Cantinflas, previendo la tormenta que se avecinaba, filmó una segunda versión. Una versión secreta, sin cortes, sin censura y políticamente explosiva que permaneció oculta en una bóveda durante 32 años. Esta es la crónica de cómo el mimo de México se convirtió en un guerrillero cultural, desafiando a un sistema que intentó silenciarlo, arruinarlo y borrar su mensaje.
El Origen de la Rebelión
Todo comenzó con una taza de café y una confesión. Santiago Reachi, productor y mano derecha de Mario, lo presionaba para definir su próximo proyecto. Los estudios exigían un guion. La respuesta de Cantinflas dejó a Reachi helado: “Voy a hacer una película sobre el analfabetismo en México”.
Para entender la magnitud de esta declaración, hay que situarse en el contexto de la época. El gobierno presumía del “Milagro Mexicano”, de un progreso imparable y de modernidad. Admitir que el 60% del país no sabía leer ni escribir era un tabú político. Santiago, pragmático y temeroso, advirtió a Mario que los estudios jamás aprobarían un tema que dejara mal parado al gobierno.
Pero la motivación de Mario no era política, era profundamente personal y dolorosa. “Santiago, ¿sabes cuántas cartas recibo?”, le dijo con la mirada encendida. “Miles. Y la mayoría dicen: ‘Cantinflas, mi padre se avergüenza porque no sabe leer’, ‘Mi madre llora cuando tiene que firmar con una X’. Tenemos un país donde millones viven en la sombra, estafados y humillados, y el gobierno finge que no existen”.
Mario pensaba en sus propios padres, gente humilde de Tepito que vivió con esa vergüenza silenciosa. Para él, esta película no era un negocio; era una misión de dignidad. “Mi carrera no vale nada si no la uso para algo que importa”, sentenció.
El Portazo de la Industria y el Sacrificio Personal
Tal como predijo Santiago, la industria cerró filas. Ernesto Alonso, ejecutivo del estudio, ni siquiera se molestó en leer el guion completo. La orden había llegado desde arriba: cualquier película que “difamara” el progreso educativo no recibiría permisos. “Sin permisos no hay película, Mario. Es la realidad”, le dijeron.
Lejos de rendirse, la negativa encendió la mecha de la obstinación en Cantinflas. Si los estudios no ponían el dinero, él lo haría. Pero el costo era astronómico para una producción independiente: medio millón de pesos de 1961.
Esa noche, en una escena doméstica cargada de tensión, Mario confesó a su esposa Valentina la situación. Iban a arriesgarlo todo. “Si pierdes, nos quedamos en la calle”, le advirtió ella. Pero al escuchar las razones de Mario, al recordar la mirada de su suegra firmando con una cruz, Valentina le dio su bendición incondicional: “Vende lo que tengas que vender”.
Y así lo hizo. Cantinflas hipotecó su casa, vendió sus autos de lujo y pidió préstamos personales. En tres semanas, tenía 600.000 pesos en efectivo. La producción de “El Analfabeto” comenzó, pero no como una película normal. Se filmó en la clandestinidad.
Rodaje de Guerrilla y la Escena Prohibida
El rodaje fue una operación encubierta. Filmaban de noche para evitar a los inspectores de sindicatos y del gobierno. Pagaban en efectivo para no dejar rastro administrativo. El director, Miguel M. Delgado, vivía con el miedo constante de que la policía irrumpiera en el set.
La película tomaba forma como una tragicomedia brillante. Las escenas donde el personaje de Inocencio sufría humillaciones por no saber leer eran hilarantes pero desgarradoras. Sin embargo, había una secuencia que preocupaba a todos: la escena del discurso político.
En ella, Inocencio asiste a un mitin donde un político promete educación, pero cuando el protagonista pide ayuda real, es ignorado y expulsado, quedando frente a un cartel que dice “Vota por el progreso”, un letrero que él no puede leer. Era una crítica frontal y directa a la demagogia del partido en el poder. Santiago suplicó que la quitaran. Cantinflas se negó rotundamente.
El Pacto con Torres Bodet: Dos Versiones
Con la película casi terminada, ocurrió lo inevitable: el gobierno se enteró. Jaime Torres Bodet, Secretario de Educación Pública, se presentó en el estudio exigiendo ver el material. El equipo temió lo peor. Torres Bodet tenía el poder de confiscar y destruir los negativos.
Tras una proyección tensa de 90 minutos, el Secretario salió de la sala. Para sorpresa de todos, estaba conmovido. “Es la película más importante que he visto”, confesó. Torres Bodet llevaba años luchando por presupuesto para escuelas contra un gabinete indiferente. Vio en la cinta una herramienta poderosa.
Sin embargo, fue realista. Sabía que otros sectores del gobierno, mucho más duros, no la permitirían. Fue entonces cuando propuso la estrategia de las dos versiones:
Versión A (Pública): Sin la escena del político y con ciertos cortes suavizados. Esta sería la que él defendería para su exhibición.
Versión B (Privada): La visión completa de Cantinflas, sin censura. Torres Bodet le aconsejó guardarla para cuando “México estuviera listo para la verdad”.
El Enemigo en las Sombras: Gustavo Díaz Ordaz
Aunque Torres Bodet apoyaba la cinta, el temible Secretario de Gobernación, Gustavo Díaz Ordaz, tenía otros planes. Consideraba que la película promovía el desorden social y manchaba la imagen del régimen.
Díaz Ordaz desató una persecución administrativa brutal. Ordenó auditorías fiscales exhaustivas contra Mario Moreno, buscando cualquier excusa para encarcelarlo. Durante semanas, agentes de Hacienda revisaron cada papel en la casa del actor. Al no encontrar fraudes, pasaron a la intimidación.
Amenazas telefónicas anónimas en la madrugada, advertencias sobre la seguridad de su hijo y una campaña de desprestigio en la prensa oficialista fueron las tácticas empleadas. “Van a acabar contigo”, lloraba Valentina. Pero Mario, con una seguridad que rayaba en la temeridad, decidió seguir adelante.
El Estreno y el Bloqueo
Gracias a la intervención de Torres Bodet, la película se estrenó en julio de 1961, aunque con severas restricciones: solo en ciudades, con advertencias de que era “ficción” y en pocas salas. A pesar de todo, fue un fenómeno social. Las colas daban la vuelta a la manzana. El público reía y lloraba; se iniciaron campañas voluntarias de alfabetización espontáneas. El mensaje estaba calando hondo.
Esto fue inaceptable para Díaz Ordaz. Cinco semanas después del estreno, el Secretario de Gobernación dio un ultimátum a los dueños de los cines: o quitaban la película o perdían sus licencias de operación. La amenaza fue efectiva. En cuestión de días, “El Analfabeto” desapareció de la cartelera nacional bajo excusas de “problemas técnicos” o “remodelaciones”.
La Campaña Clandestina
Derrotado en los cines comerciales, Cantinflas demostró que su compromiso iba más allá de la taquilla. “No controlan las plazas, ni las escuelas, ni las calles”, le dijo a Santiago.
Durante los siguientes tres meses, Mario Moreno financió lo que se conoció como la “campaña clandestina”. Con una camioneta vieja, un proyector portátil y los rollos de película ocultos bajo mantas, él y su equipo recorrieron el país. Llegaban a pueblos remotos, hablaban con el cura o el maestro rural, y al caer la noche, proyectaban la película en la pared blanca de alguna iglesia o escuela.
Eran funciones relámpago, gratuitas, siempre con el riesgo de que la policía local apareciera para arrestarlos. En Oaxaca, en Michoacán, en Guerrero, miles de mexicanos vieron la historia de Inocencio bajo las estrellas.
El Legado
La versión censurada de “El Analfabeto” es la que el mundo conoció durante décadas. Pero la leyenda de la versión prohibida y de la gira clandestina de Cantinflas permaneció viva entre quienes trabajaron con él.
Mario Moreno no solo invirtió su dinero; invirtió su alma en un proyecto que defendía el derecho más básico del ser humano: el conocimiento. Años después, se sabría que esa gira secreta inspiró a cientos de maestros rurales a redoblar esfuerzos y a miles de adultos a perder el miedo a aprender.
En una época de silencio y obediencia, un comediante tuvo el valor de decir la verdad, aunque tuviera que hacerlo a escondidas, demostrando que la dignidad no se negocia y que, a veces, la risa es la forma más seria de rebelión.