EL GENERAL QUE MURIÓ DOS VECES: LA TUMBA DE ACERO DEL BOSQUE NEGRO

PARTE I: LA CICATRIZ EN LA TIERRA
Octubre, 2024. Selva Negra, Alemania.

El bosque no guardaba secretos. Los enterraba.

La lluvia caía en sábanas heladas, golpeando el barro como balas líquidas. Elias Vane se limpió el agua de los ojos. Sus manos temblaban. No era por el frío. Era por la señal del georadar. Una anomalía roja pulsaba en la pantalla, brillante como una herida abierta en el suelo.

—Dime que es una tubería —gritó Marta, su voz apenas audible sobre el rugido del viento. Estaba empapada, con el barro cubriéndole las botas hasta los tobillos.

—No hay tuberías aquí —respondió Elias. Su voz era un gruñido bajo—. No hay nada aquí. Solo árboles y fantasmas.

Elias clavó la pala. El sonido fue sordo. Carne contra hueso.

Ochenta años. Ochenta años de rumores. De mapas quemados. De un general de la SS, Heinrich von Krause, que se desvaneció en el aire en abril de 1945. Dijeron que huyó a Argentina. Dijeron que murió en Berlín.

Mintieron.

Elias cavó con furia. La obsesión era un veneno que llevaba bebiendo diez años. Había perdido su cátedra en la universidad. Había perdido a su esposa. Todo por encontrar la “Guarida del Lobo Gris”.

Clank.

El sonido metálico detuvo el mundo.

Marta se acercó, cayendo de rodillas en el fango. Elias apartó la tierra con las manos desnudas, ignorando las piedras que le cortaban la piel.

Acero.

Acero Krupp. Frío. Negro. Inoxidable.

Limpiaron la superficie frenéticamente. Una escotilla. Tenía un águila grabada, pero el tiempo había borrado la esvástica, dejando solo la silueta de un depredador ciego.

—Está sellada desde dentro —susurró Marta. El miedo le blanqueó la cara—. Elias, si esto es lo que creo que es… no deberíamos estar aquí.

—Trae el soplete —ordenó él.

—¡Elias! —Marta lo agarró del brazo—. ¿Y si hay trampas? ¿Gas mostaza? ¿Explosivos?

Elias la miró. Sus ojos eran pozos oscuros de cansancio.

—Entonces moriremos con la verdad.

Marta lo soltó, maldiciendo. El soplete de acetileno cobró vida con un silbido azul. Elias atacó las bisagras. El metal gimió. El olor a ozono y hierro quemado llenó el aire, mezclándose con el aroma a pino y podredumbre.

Diez minutos. Veinte. El metal se puso al rojo vivo.

Con un crujido que sonó como un disparo, la bisagra cedió. La pesada puerta de acero cayó hacia adentro con un estruendo que sacudió el suelo.

Silencio.

Y luego, el aliento.

Una ráfaga de aire salió del agujero. No olía a humedad. Olía a 1945. Olía a tabaco rancio, cuero viejo, aceite de armas y algo más. Algo dulce y repugnante.

El olor de la muerte estancada.

Elias encendió su linterna. El haz de luz cortó la oscuridad absoluta. Una escalera de caracol descendía hacia las entrañas de la tierra.

—Quédate aquí —dijo Elias.

—Ni hablar —respondió Marta, sacando su propia linterna—. Si vas al infierno, yo conduzco.

Bajaron.

Cada paso resonaba en el metal. Uno. Dos. Diez metros bajo tierra. El aire era pesado, difícil de respirar. Las paredes de hormigón estaban secas. El sistema de ventilación debía haber fallado hacía décadas, convirtiendo el lugar en una cápsula del tiempo hermética.

Llegaron a un pasillo.

Elias se detuvo en seco. Su respiración se atascó en la garganta.

En el suelo, frente a ellos, había un hombre.

O lo que quedaba de él.

Un uniforme gris, perfectamente conservado por la falta de oxígeno y la humedad estable. El casco estaba a un lado. El cráneo le devolvía la mirada a Elias, una mueca eterna de hueso amarillo.

Pero no había muerto en combate.

Elias se agachó. Iluminó el pecho del esqueleto.

—Marta —dijo, con la voz rota—. Mira esto.

Marta se inclinó. Ahogó un grito.

En el pecho del soldado, clavado con una bayoneta alemana, había un cartel de cartón. La tinta estaba descolorida, pero legible.

TRAIDOR.

—Se mataron entre ellos —susurró Elias. Se puso de pie, iluminando el pasillo.

Había más. Tres cuerpos más. Retorcidos. Caídos en posturas de agonía. Casquillos de bala esparcidos por el suelo de hormigón como monedas de oro macabro.

Esto no era un búnker de mando. Era una escena del crimen.

—¿Dónde está Von Krause? —preguntó Marta.

Elias señaló hacia el final del pasillo. Una puerta doble de madera de roble, extrañamente elegante en medio del hormigón industrial. Estaba cerrada.

—Ahí —dijo Elias. Sentía el pulso en las sienes. El corazón le martilleaba contra las costillas—. La oficina del General.

Caminaron entre los muertos. Elias sentía que los ojos vacíos de las calaveras lo seguían. La historia no estaba muerta aquí. Estaba esperando.

Elias puso la mano en el pomo de la puerta. Estaba frío como el hielo.

—Prepárate —murmuró.

Giró el pomo. No estaba cerrado con llave.

La puerta se abrió con un gemido suave.

Elias alzó la linterna. La luz reveló una habitación opulenta. Alfombras persas. Una biblioteca de caoba. Una bandera roja y negra colgada en la pared del fondo.

Y en el centro, un escritorio inmenso.

Sentado detrás del escritorio, había una figura.

Llevaba el uniforme completo. La Cruz de Hierro brillaba en su cuello. La gorra de plato estaba perfectamente colocada sobre su cabeza.

Pero la cabeza no era más que hueso y piel apergaminada.

El General Heinrich von Krause no había huido. Había estado esperando allí abajo. Ochenta años. Sentado en su silla.

Pero lo que hizo que la sangre de Elias se congelara no fue el cadáver.

Fue lo que el cadáver tenía en las manos.

No era un arma.

Era un teléfono. El auricular estaba pegado a su oído esquelético. Como si estuviera esperando una llamada que nunca llegó. O como si hubiera muerto escuchando algo que le destrozó el alma.

—Elias… —La voz de Marta temblaba—. Mira la pared.

Elias movió la luz.

En la pared, escrita con algo que parecía carbón o… sangre seca, había una sola frase repetida una y otra vez, cubriendo el papel pintado de lujo.

GOTT HAT UNS VERLASSEN. (Dios nos ha abandonado.)

Y debajo de la última frase, una fecha:

2 de mayo de 1945.

Elias sintió un escalofrío que le recorrió la columna vertebral. El búnker no era un refugio.

Era una tumba. Y ellos acababan de despertar a los muertos.

PARTE II: EL REINO DE LAS CENIZAS
25 de abril, 1945. Subsuelo del Bosque Negro.

El mundo exterior ardía.

Aquí abajo, el aire olía a sudor rancio y miedo destilado.

El General Heinrich von Krause se sirvió una copa de coñac. La botella tintineó contra el cristal. Sus manos, que habían firmado órdenes de ejecución sin vacilar, ahora temblaban.

Arriba, los soviéticos estaban a cien kilómetros. Los americanos, a ochenta. El Reich de los Mil Años se había reducido a unos pocos metros cúbicos de hormigón húmedo.

—General.

Heinrich levantó la vista. El Teniente Weber estaba en la puerta. Joven. Demasiado joven. Sus ojos azules estaban inyectados en sangre.

—Informe —dijo Heinrich. Su voz sonó hueca en la oficina llena de humo.

—El generador tiene combustible para tres días más —dijo Weber. Tragó saliva—. Los hombres… los hombres están inquietos, señor.

—¿Inquietos? —Heinrich soltó una risa seca, sin humor—. Estamos perdiendo la guerra, Weber. “Inquietos” es un eufemismo cobarde.

—Quieren irse, señor. Quieren intentar cruzar las líneas americanas. Rendirse.

Heinrich se puso de pie. La silla de cuero crujió. Caminó hacia el mapa en la pared, lleno de alfileres rojos que representaban divisiones que ya no existían. Fantasmas de ejércitos.

—Nadie se va —dijo Heinrich suavemente—. Tenemos órdenes.

—¿Órdenes de quién, señor? —Weber dio un paso adelante. La desesperación le dio valor—. Berlín está rodeada. El Führer está en un agujero peor que este. No hay órdenes. Solo suicidio.

Heinrich se giró lentamente.

—Tenemos el Activo —dijo, señalando la caja fuerte de acero en la esquina de la habitación—. ¿O lo has olvidado?

Weber miró la caja fuerte. El miedo en su rostro cambió. Se transformó en terror.

—Esa cosa… —susurró Weber—. No deberíamos tenerla. Deberíamos destruirla. Si los rusos la encuentran…

—¡Si los rusos la encuentran, el mundo se acaba! —rugió Heinrich, golpeando el escritorio—. Por eso estamos aquí. No para sobrevivir. Sino para custodiar.

Se oyó un disparo en el pasillo.

Heinrich y Weber se congelaron.

Luego otro disparo. Gritos. El sonido de botas corriendo sobre el hormigón.

—Motín —dijo Heinrich. No estaba sorprendido. Lo había estado esperando.

Sacó su Luger de la funda. El peso del arma era reconfortante. Familiar.

—Sal ahí, Weber. Restaura el orden.

Weber no se movió. Su mano bajó hacia su propia funda.

—No —dijo el teniente. Lágrimas de rabia brillaban en sus ojos—. No voy a morir por una caja de metal, Heinrich. Voy a ir a casa. Voy a ver a mi madre.

El silencio se estiró entre ellos. Un elástico a punto de romperse.

—Traición —susurró Heinrich.

—Supervivencia —respondió Weber.

Weber desenfundó.

Heinrich fue más rápido.

Bang.

El disparo fue ensordecedor en el espacio cerrado.

Weber cayó hacia atrás, con una expresión de sorpresa infantil en el rostro. Un agujero rojo floreció en su pecho. Golpeó el suelo con un ruido sordo.

Heinrich se quedó mirando el humo que salía del cañón de su Luger. No sentía nada. Ni tristeza. Ni ira. Solo un frío infinito.

Salió al pasillo.

El caos reinaba. Tres soldados intentaban forzar la escotilla principal. Otros dos estaban muertos en el suelo.

—¡Alto! —gritó Heinrich.

Los soldados se giraron. Vieron al General. Vieron la pistola humeante. Vieron la muerte en sus ojos.

—La escotilla está sellada electrónicamente desde mi despacho —mintió Heinrich. Caminó hacia ellos, pasando por encima de los cadáveres—. Nadie sale sin mi código.

—Abra la puerta —dijo uno de los soldados, un sargento con la cara manchada de grasa—. Se acabó, General.

—Tienen razón. Se acabó.

Heinrich levantó la pistola y disparó al panel de control de la pared. Las chispas volaron. El sistema hidráulico gimió y murió. Los cerrojos de emergencia se activaron con un clank definitivo.

Los soldados gritaron. Se lanzaron contra la puerta de acero, golpeándola con las culatas de sus rifles. Inútil.

Heinrich retrocedió hacia su oficina, disparando dos veces al techo para mantenerlos a raya.

Entró y cerró la puerta de roble. Echó el cerrojo. Empujó un pesado armario contra ella.

Escuchó los gritos al otro lado. Golpes. Súplicas. Luego, disparos. Se estaban matando entre ellos por la frustración. O suicidándose.

Heinrich se quedó solo.

Caminó hacia la caja fuerte. Giró la combinación. Derecha, izquierda, derecha.

La puerta pesada se abrió.

No había oro. No había diamantes. No había obras de arte robadas del Louvre.

Había una carpeta. Y un pequeño frasco de vidrio con un líquido oscuro.

Heinrich tomó la carpeta. “PROYECTO: THOR”.

Leyó la primera página, aunque ya la sabía de memoria. Planos. Coordenadas. Listas de objetivos. Nueva York. Londres. Moscú. Y los detalles biológicos de lo que contenía el frasco. Una plaga. Un virus diseñado para limpiar ciudades enteras en días.

La última venganza del Reich. La orden final era liberarlo si Berlín caía.

Heinrich miró el teléfono en su escritorio. La línea directa con el búnker del Führer todavía tenía tono, milagrosamente.

Sonó.

El timbre cortó el aire como un cuchillo.

Heinrich se sentó. Miró el teléfono. Sabía quién era. Sabía cuál sería la orden. Liberen a Thor. Que el mundo arda con nosotros.

Levantó el auricular.

—Aquí von Krause —dijo.

—General —la voz al otro lado era distorsionada, lejana—. Berlín ha caído. El Führer ha muerto. Proceda con el Protocolo Thor. Repito. Proceda con el Protocolo Thor.

Heinrich miró el frasco. Miró la foto de su hija en el escritorio. Su hija, que vivía en Múnich. Su hija, que quería ser pianista.

Si liberaba esto, el viento lo llevaría a todas partes.

—General, ¿me recibe? —insistió la voz—. ¡Proceda!

Heinrich miró sus manos. Manos de soldado. Manos manchadas de sangre.

—Le recibo —dijo Heinrich.

Colgó el auricular. Pero no lo soltó. Se quedó con la mano en él, presionándolo contra la base para cortar la conexión con el infierno.

Tomó el frasco de vidrio. Caminó hacia la chimenea apagada. Lo colocó en el suelo de piedra.

Levantó la culata de su Luger.

—Gott hat uns verlassen —susurró.

Y aplastó el frasco.

El líquido se derramó sobre la ceniza fría. El virus, diseñado para ser aerotransportado, murió inofensivamente en el suelo de piedra, incapaz de dispersarse sin el mecanismo de lanzamiento que estaba en la sala de máquinas, una sala a la que él acababa de destruir el acceso.

Heinrich von Krause se sentó en su silla.

Afuera, en el pasillo, los gritos habían cesado. El aire comenzaba a viciarse. El dióxido de carbono subía.

Tomó un trozo de carbón de la chimenea. Empezó a escribir en la pared. Una confesión. Una oración. Una locura.

Luego, volvió a su escritorio. Se puso el auricular en el oído, escuchando el tono de línea muerta. El sonido del fin del mundo.

Cerró los ojos. Y esperó a que el aire se acabara.

PARTE III: LA HERENCIA DEL SILENCIO
Octubre, 2024.

Elias leyó el último papel sobre el escritorio. Sus manos temblaban tanto que tuvo que dejar la hoja sobre la madera podrida.

Marta estaba junto a la caja fuerte abierta.

—Está vacía —dijo ella, confundida—. Solo hay cristales rotos en la chimenea. Elias, ¿dónde está el tesoro? ¿Dónde está el oro nazi?

Elias se giró. Miró al esqueleto del General. Ahora lo veía de otra manera. No veía a un monstruo. Veía a un carcelero. Y el prisionero era él mismo.

—No hay oro, Marta —dijo Elias. Su voz estaba llena de asombro—. Nunca hubo oro.

—¿Entonces por qué? —Marta señaló la habitación, los muertos en el pasillo—. ¿Por qué sellarse aquí? ¿Por qué morir así?

Elias levantó la carpeta que estaba sobre el regazo del esqueleto. El cuero estaba mohoso, pero el papel interior, protegido por el cuerpo del General, era legible.

—”Proyecto Thor” —leyó Elias—. Armas biológicas.

Marta retrocedió un paso, llevándose la mano a la boca.

—Dios mío. ¿Está… está aquí?

—No —Elias señaló la chimenea—. Mira los cristales. Lo destruyó.

El silencio en el búnker cambió. Ya no era opresivo. Era solemne.

Elias miró al General. Ochenta años de villanía. Ochenta años pensando que este hombre había escapado con riquezas manchadas de sangre mientras el mundo se reconstruía. Y la verdad era que había pasado sus últimos momentos salvando a ese mismo mundo que lo odiaba.

No por bondad. Quizás solo por despecho. O por fatiga. O por una pizca de humanidad que le quedaba en el fondo de su alma negra.

—Recibió la orden —dedujo Elias, reconstruyendo la escena—. Le ordenaron lanzarlo. Y él eligió enterrarse vivo con la plaga antes que obedecer.

Marta se acercó al escritorio.

—¿Qué hacemos? —preguntó—. Si contamos esto… si decimos que un general nazi salvó al mundo…

—Nadie nos creerá —dijo Elias.

Miró el teléfono en la mano esquelética. Elias extendió la mano y, con infinita delicadeza, tomó el auricular de los dedos de hueso del General. Lo colocó en su base.

Clack.

El sonido cerró un ciclo de ocho décadas.

—Elias —dijo Marta—. Tenemos que irnos. El aire… me siento mareada.

Elias asintió. Tomó la carpeta. Era la única prueba.

—Vámonos.

Salieron de la oficina. Cruzaron el pasillo de los muertos. Subieron la escalera de caracol hacia la luz gris del día.

Cuando salieron al bosque, la lluvia había parado. El aire era frío y limpio. Elias llenó sus pulmones, saboreando el oxígeno como si fuera vino dulce.

Miró hacia atrás, al agujero negro en la tierra.

—¿Lo sellamos? —preguntó Marta.

Elias miró la carpeta en sus manos. Pensó en la historia. Pensó en cómo la verdad es a veces más extraña y dolorosa que la leyenda.

—No —dijo Elias—. El mundo necesita saber que incluso en la oscuridad más profunda, alguien decidió apagar la luz para siempre.

Sacó su teléfono satelital. Marcó el número de la universidad que lo había despedido.

—¿Rector? —dijo Elias. Su voz era firme, poderosa—. Soy Elias Vane. No cuelgue. Acabo de reescribir el siglo XX.

El viento sopló entre los pinos de la Selva Negra. Parecía susurrar. Voces antiguas. Gritos y oraciones.

Abajo, en la oscuridad eterna, el General Heinrich von Krause seguía sentado, vigilando los cristales rotos, el guardián de un apocalipsis que nunca ocurrió.

Elias comenzó a caminar de regreso a la civilización, dejando atrás a los fantasmas. Pero sabía que una parte de él se quedaría siempre allí abajo, en el silencio, donde el deber y la traición se habían encontrado cara a cara, y por una vez, la humanidad había ganado.

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