Lo Que Dormía Bajo el Párpado

PARTE I – LA HERIDA QUE MIRA DE VUELTA

El niño gritó antes de saber por qué.

No fue un grito largo.
Fue seco.
Animal.

El sonido rebotó contra las paredes blancas del apartamento como si alguien hubiera disparado un arma pequeña, invisible.

Clara dejó caer la taza.

El café caliente se derramó sobre el mármol, oscuro como sangre vieja. No lo limpió. No miró el suelo. Miró al niño.

Mateo estaba en el sofá.
Se retorcía.
Sus manos pequeñas arañaban su propio rostro.

—¡No puedo abrirlo! —gritó—. ¡No puedo abrir el ojo!

Clara cruzó la sala corriendo. El corazón le golpeaba el pecho con violencia, como si quisiera escapar antes que ella.

—Mateo, mírame. Tranquilo. Respira conmigo.

El niño no la escuchaba.

Su ojo izquierdo estaba cerrado con fuerza. El párpado temblaba. Algo se movía debajo de la piel.

Clara se quedó inmóvil.

Un segundo.
Tal vez dos.

Había visto heridas antes. Golpes. Cortes. Quemaduras pequeñas.
Pero esto…

Esto no parecía una herida.

—¿Te duele? —preguntó, aunque la respuesta era obvia.

Mateo asintió, llorando. Las lágrimas caían solo del ojo derecho.

—Quema —susurró—. Y pica. Como si alguien me mirara desde adentro.

Ese fue el momento exacto en que Clara sintió miedo de verdad.

No el miedo cotidiano.
No el miedo que se controla.

El miedo antiguo.
El que vive en la nuca.

Lo sentó con cuidado. Tomó su rostro entre las manos. La piel estaba caliente. Demasiado.

—Voy a abrirte el ojo, ¿sí? Solo un poco.

—No —dijo él—. No quiero que salga.

Clara se detuvo.

—¿Que salga qué?

Mateo no respondió. Apretó los labios. Su respiración se volvió irregular.

Clara tragó saliva. Con el pulgar, levantó apenas el párpado inflamado.

Algo brilló.

No era sangre.
No era pus.

Era oscuro.
Liso.
Y se movía.

Clara retiró la mano como si se hubiera quemado.

—¿Qué es eso? —preguntó el niño, temblando—. ¿Ya se fue?

Ella no contestó.

Porque en ese instante entendió algo terrible.

Eso no había entrado en el ojo de Mateo.

Eso había estado allí todo el tiempo.

El silencio cayó pesado.

El apartamento, antes lleno de luz de tarde, parecía más pequeño. Las sombras se estiraban por las paredes como dedos largos.

Clara respiró hondo.

—Escúchame, Mateo. Vamos a ir despacio.

—Me prometiste que no me dolería —dijo él, con la voz rota.

La frase la atravesó.

Las promesas eran cosas peligrosas.
Ella lo sabía mejor que nadie.

—Voy a ayudarte —dijo—. Pase lo que pase.

Mateo la miró con el ojo bueno.
Confiaba en ella.

Eso fue lo que más dolió.

Clara fue al baño. Abrió el botiquín. Sacó gasas. Suero fisiológico. Pinzas pequeñas.

Sus manos temblaban.

Se miró al espejo. Su reflejo estaba pálido. Los ojos demasiado abiertos.
Parecía otra persona.

—No ahora —se dijo—. No te rompas ahora.

Volvió con el niño.

Mateo seguía en el sofá, encogido, como si quisiera desaparecer dentro de sí mismo.

—Quiero a mi mamá —susurró.

El nombre cayó como un peso muerto entre ellos.

—Tu mamá vuelve pronto —mintió Clara—. Yo estoy aquí.

Se sentó frente a él. Le pidió que apoyara la cabeza en su pecho.

El latido de Clara era rápido. Desordenado.

—Cuando diga tres —dijo—, necesito que no te muevas.

Mateo asintió. Cerró los puños.

—Uno.

El párpado vibró.

—Dos.

La cosa se movió otra vez.

—Tres.

Clara abrió el ojo.

El mundo se detuvo.

Lo que salió no gritó.
No sangró.

Se deslizó.

Era pequeño. Negro. Como una semilla viva. Tenía una textura húmeda, brillante, y una forma que no debía existir en un cuerpo humano.

Clara lo sujetó con la pinza.

En cuanto lo tocó, Mateo gritó.

Un grito largo esta vez.
Desgarrado.

—¡Está mirando! —lloró—. ¡Está mirando!

La cosa se retorció.
Como si entendiera.

Clara apretó los dientes y tiró.

Cuando finalmente salió, el párpado de Mateo cayó cerrado. Inerte. Agotado.

El silencio volvió.

Clara dejó caer la pinza. La cosa negra quedó sobre la gasa, moviéndose lentamente.

—¿Se fue? —preguntó Mateo, apenas audible.

Clara lo abrazó.

—Sí —dijo, con la voz rota—. Ya se fue.

Pero no lo creyó.

Porque la cosa, sobre la gasa, se detuvo.

Y por un instante breve, imposible…

Pareció abrir un ojo propio.

Mateo se quedó dormido minutos después.

El cansancio lo venció. El dolor también.

Clara lo cubrió con una manta. Le acarició el cabello. El niño respiraba con dificultad, pero respiraba.

Ella se levantó.

La gasa seguía sobre la mesa.

La cosa ya no se movía.

Clara la observó de lejos.

No quería acercarse.
No quería tocarla otra vez.

Algo en su interior gritaba que no debía estar allí.

Pero había aprendido a no huir.

La vida no la había dejado.

Se acercó.

La cosa parecía ahora un trozo de materia seca. Inofensiva. Muerta.

Clara no creyó ni una sola palabra de esa apariencia.

La envolvió con cuidado. La metió en una bolsa de plástico. Luego en otra.

Sus manos seguían temblando.

Miró el reloj.

Faltaban dos horas para que regresara la madre de Mateo.

Dos horas para decidir qué hacer con algo que no debía existir.

Dos horas para enfrentarse a un pasado que creía enterrado.

Porque Clara ya había visto algo así antes.

Y la última vez, alguien murió.

PARTE II – EL ORIGEN DE LO QUE NO DEBERÍA VIVIR

Clara no tiró la bolsa.

No esa noche.
No nunca.

La dejó sobre la mesa de la cocina, lejos del sofá donde dormía Mateo. Como si la distancia pudiera contener algo que ya había cruzado un límite.

El apartamento estaba demasiado silencioso.

Ese tipo de silencio que no es paz.
Es espera.

Clara se sentó. Apoyó los codos en las rodillas. Hundió el rostro en las manos.

Las imágenes volvieron sin permiso.

Otro cuarto.
Otra luz.
Otro niño.

—No ahora —susurró—. No otra vez.

Pero el pasado no escucha.

Nunca lo hace.

Habían pasado doce años desde la primera vez.

Doce años desde que Clara juró no volver a tocar “esas cosas”.

Entonces no era niñera.
Era auxiliar en una clínica privada, una de esas que no figuraban en mapas oficiales. Donde las habitaciones no tenían ventanas y los nombres se borraban rápido.

El niño de entonces también tenía un ojo cerrado.

También lloraba.

También decía que algo lo miraba desde dentro.

Los médicos dijeron alergia. Infección. Trauma psicológico.

Clara sabía la verdad.

Porque fue ella quien lo sacó.

Y fue ella quien lo dejó caer.

Un golpe seco en la puerta la arrancó del recuerdo.

Clara se levantó de un salto.

El corazón se le subió a la garganta.

—¿Quién es? —preguntó.

Silencio.

Otro golpe. Más fuerte.

Clara caminó despacio. Miró por la mirilla.

Era la madre de Mateo.

Había vuelto antes.

Clara abrió.

—¿Está bien? —preguntó la mujer, sin saludar—. Me llamaron del trabajo. Dijeron que Mateo gritó.

Clara se hizo a un lado.

—Está dormido —dijo—. Pero tenemos que hablar.

La madre entró. Miró alrededor. Vio el café seco en el suelo. La manta mal puesta. El aire cargado.

—¿Qué pasó?

Clara cerró la puerta.

—Algo salió de su ojo.

La mujer rió nerviosa.

—¿Cómo que “algo”?

Clara no respondió con palabras.

Fue a la cocina. Tomó la bolsa. La dejó sobre la mesa.

La madre se acercó. Frunció el ceño.

—¿Qué es esto?

—Abra.

—¿Es una broma?

—No.

La mujer abrió la bolsa.

Su rostro cambió.

Primero confusión.
Luego rechazo.
Después miedo.

—¿Qué demonios es eso? —susurró.

Clara sostuvo su mirada.

—Eso estaba dentro de su hijo.

El silencio cayó como un peso muerto.

—No —dijo la madre—. Eso no es posible.

—Lo sé.

—¡Estás diciendo una locura!

—Lo saqué yo.

La mujer dio un paso atrás.

—Voy a llamar a un médico.

—Ya lo hicieron antes —dijo Clara—. No sirve.

—¿Antes?

Clara respiró hondo.

—Esto no es la primera vez que pasa.

La madre la miró como si no la reconociera.

—¿Quién eres tú?

La pregunta dolió más de lo esperado.

—Alguien que no se fue —respondió Clara—. Alguien que pagó el precio.

Mateo se despertó llorando.

El sonido atravesó el apartamento como una grieta.

Las dos mujeres corrieron al sofá.

—Mamá —dijo Mateo, aferrándose a ella—. Ya no está mirando, ¿verdad?

La madre se quedó rígida.

—¿Mirando qué, cariño?

Mateo miró a Clara.

—Lo negro.

La madre cerró los ojos.

Por primera vez, creyó.

Esa noche no durmieron.

Mateo tuvo fiebre.
Pesadillas.
Hablaba dormido.

Decía nombres que no conocían.

Decía lugares que no existían.

Clara se sentó a su lado hasta el amanecer.

Cada palabra era una puñalada.

Porque algunas las reconocía.

Al amanecer, Clara tomó una decisión.

—Tengo que llevar eso a alguien —dijo.

—¿A quién? —preguntó la madre, agotada.

Clara miró la bolsa.

—A quien sabe qué hacer cuando las cosas no mueren como deberían.

—¿Y si no vuelves?

Clara sonrió apenas.

—Nunca me fui del todo.

Se puso el abrigo. Guardó la bolsa en su bolso.

Antes de salir, miró a Mateo.

El niño la observaba con ambos ojos abiertos.

Por primera vez desde la tarde anterior.

—¿Va a volver? —preguntó él.

Clara se arrodilló.

—Sí.

—¿Promesa?

Clara dudó.

Luego asintió.

—Promesa.

La ciudad despertaba lentamente.

Las calles húmedas.
Los semáforos parpadeando.
La gente caminando sin mirar.

Clara avanzó entre ellos como un fantasma.

El lugar al que se dirigía estaba fuera del centro. Donde los edificios se agrietaban y el tiempo parecía más lento.

Una puerta metálica. Sin letrero.

Golpeó tres veces.

Esperó.

La mirilla se abrió.

Un ojo viejo. Cansado.

—Dije que no volvieras —dijo la voz.

—Hay un niño —respondió Clara—. Y no queda mucho tiempo.

Silencio.

La puerta se abrió.

El hombre la miró de arriba abajo.

—Siempre empiezan así —dijo—. Entran por los ojos.

Clara cerró los puños.

—Entonces sabe lo que es.

—Nunca lo olvidé.

Entraron.

La puerta se cerró detrás de ellos.

Y algo, muy lejos, muy profundo, se movió otra vez.

PARTE III – LO QUE SE QUEDA PARA QUE OTROS SE VAYAN

El sótano olía a óxido y a tiempo detenido.

Las luces colgaban desnudas. Parpadeaban. Como si también tuvieran miedo.

Clara avanzó despacio.

El hombre cerró la puerta detrás de ellos. El sonido metálico retumbó en el pecho.

—No deberías haber vuelto —dijo él—. Nadie que vuelve sale entero.

—Nunca salí —respondió Clara.

El hombre la miró con más atención.
Vio las ojeras.
Las manos firmes.
La culpa vieja.

—¿Es uno de los niños nuevos? —preguntó.

Clara asintió.

Sacó la bolsa.

La colocó sobre la mesa.

El hombre no la tocó de inmediato.

—Están despertando otra vez —dijo—. Por eso regresan. Por eso entran por los ojos. Es el único lugar donde el alma aún no aprendió a mentir.

Clara tragó saliva.

—¿Qué son?

El hombre sonrió sin humor.

—Restos.

—¿De qué?

—De nosotros.

Abrió la bolsa.

La cosa negra estaba allí. Inmóvil. Pero viva.

—Se alimentan del miedo infantil —continuó—. Del abandono. De la promesa rota. Cuando un niño mira algo que no entiende… ellos miran de vuelta.

Clara cerró los ojos.

Vio su infancia.

Una habitación cerrada.
Una puerta que no se abría.
Una voz que nunca volvió.

—¿Por qué Mateo? —preguntó—. Es un buen niño.

—Justamente.

El hombre tomó una jeringa con un líquido transparente.

—Los buenos brillan más.

—¿Se puede sacar del todo?

El hombre la miró.

—Sí.

—¿Cómo?

—Alguien tiene que quedarse con ello.

El silencio fue absoluto.

—¿Morir? —preguntó Clara.

—No —respondió—. Algo peor.

Clara respiró hondo.

—Entonces hazlo.

—No es así —dijo el hombre—. No puedo elegir yo.

—Yo sí.

El ritual no fue grande.

No hubo cantos.
No hubo símbolos.

Solo una silla.
Una aguja.
Y silencio.

—Cuando entre —dijo el hombre—, no podrás cerrar los ojos.

Clara asintió.

—Nunca los cerré de todos modos.

El líquido entró en su sangre.

El mundo se dobló.

El dolor llegó después.

No como un golpe.

Como una presencia.

Algo mirándola desde dentro.

Buscando un lugar.

—Recuerda quién eres —dijo el hombre, lejos—. Si lo olvidas, gana.

Clara apretó los dientes.

Vio a Mateo.

Durmiendo.
Sonriendo.
Con ambos ojos abiertos al mundo.

—No te pertenecen —susurró—. No a él.

La cosa gritó dentro de ella.

No con sonido.

Con recuerdos.

Con abandono.

Con miedo puro.

Clara lloró.

Pero no soltó.

Cuando despertó, era de día.

El hombre estaba sentado frente a ella. Exhausto.

—¿Funcionó? —preguntó Clara.

—Sí.

—¿Mateo?

—Está limpio.

Clara cerró los ojos.

Por primera vez en años.

—¿Y yo?

El hombre no respondió enseguida.

—Te quedarás con ello —dijo al fin—. Mientras vivas.

—¿Y después?

—Después… ya no importará.

Clara asintió.

—Entonces está bien.

Regresó al apartamento esa tarde.

Mateo corrió hacia ella.

—¡Clara!

La abrazó fuerte.

Ella se quedó quieta un segundo.

Luego respondió al abrazo.

—¿Ya no mira? —preguntó él.

—No —dijo ella—. Ya no.

—¿Dónde está?

Clara tocó su propio ojo, suavemente.

—Donde no puede hacer daño.

Mateo sonrió.

La madre observaba desde atrás. Con lágrimas.

—Gracias —susurró.

Clara negó con la cabeza.

—No me agradezca —dijo—. Solo prométale que nunca dejará de mirarlo.


Esa noche, Clara se fue.

No dejó dirección.

No dejó número.

Solo una nota.

“Algunos monstruos no se matan.
Se cargan.
Para que los niños puedan dormir.”

Mientras caminaba por la ciudad, sintió el peso detrás de sus ojos.

La mirada que nunca parpadea.

Pero también sintió algo nuevo.

Paz.

Porque por primera vez…

El miedo no estaba solo.

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