
No sé en qué momento exacto dejé de ser una persona y me convertí en un caso. Tal vez fue cuando mi nombre empezó a aparecer acompañado de la palabra desaparecida. O quizá cuando las búsquedas se volvieron rutinarias, las preguntas incómodas y las miradas llenas de lástima. Lo único que sé con certeza es que el día que entré al bosque, todavía era alguien. Después de eso, fui un eco.
Siempre amé caminar sola. No porque odiara a la gente, sino porque el silencio me ordenaba la cabeza. En México, eso no siempre se entiende. Estar sola es visto como peligro, como rebeldía o como descuido. Pero para mí era lo contrario: era control. Conocía mis límites. Conocía el terreno. O al menos eso creía.
Elegí ese sendero porque nadie hablaba de él. No aparecía en fotos bonitas ni en recomendaciones turísticas. Era un camino ignorado, y los caminos ignorados suelen ser honestos. El bosque no intenta seducirte, no promete nada. Simplemente está ahí. Respirando. Observando.
Ese día el aire era más pesado de lo normal. No era calor. Era otra cosa. Como si el silencio tuviera peso. Caminé durante horas sin cruzarme con nadie. Eso no me inquietó al principio. Me inquietó cuando dejé de escuchar animales. Ningún pájaro. Ningún insecto. Nada. Solo mis pasos y mi respiración.
Fue ahí cuando sentí por primera vez que no estaba sola.
No fue miedo inmediato. Fue incomodidad. Esa sensación sutil que no te hace correr, pero tampoco te deja relajarte. Miré atrás varias veces. No vi nada. Aun así, mi cuerpo reaccionaba como si alguien me siguiera. Como si el bosque hubiera decidido prestarme atención.
Mandé un mensaje corto. No quería alarmar a nadie. Escribí que algo se sentía raro, que quizá estaba cansada. Fue lo último que envié como una persona viva.
Seguí caminando. Y entonces el suelo cambió.
No caí. Eso es lo que la gente siempre asume. Que tropecé, que me resbalé, que fue un accidente. No. El suelo simplemente cedió. Como si hubiera estado esperando mi peso exacto. No hubo tiempo para gritar. Solo oscuridad y un golpe seco que me quitó el aire y la noción del tiempo.
Desperté con la boca llena de tierra y el cuerpo entumecido. No sabía cuánto había pasado. No sabía dónde estaba. Apenas podía moverme. Intenté gritar, pero el sonido no regresó. Fue absorbido. Como si el espacio se lo hubiera tragado.
Cuando por fin logré ponerme de pie, entendí algo aterrador: no estaba en una cueva natural. Las paredes no eran caóticas. Había una intención. Un patrón. Pasillos estrechos. Rincones que parecían usados. Y un olor que no correspondía al abandono.
Intenté salir. Caminé durante horas, quizá días. Perdí la noción del tiempo porque ahí abajo no existía. El hambre llegó antes que el miedo. Luego la sed. Después el dolor constante. Y finalmente, algo peor: la certeza de que nadie me estaba buscando donde yo estaba.
Arriba, el mundo seguía girando.
Las noticias hablaron de mí durante unas semanas. Dijeron que era valiente. Que era imprudente. Que seguramente había cometido un error. Buscaron en los lugares correctos, con métodos correctos, durante el tiempo correcto. Y cuando no encontraron nada, el caso se volvió pesado. Incómodo. Molesto.
Mi familia empezó a escuchar frases que duelen más que el silencio: hay que aceptar, a veces no hay respuestas, es mejor cerrar. Cerraron el expediente. No el vacío.
Abajo, yo aprendía a sobrevivir con lo que había. A moverme sin gastar energía. A escuchar. Porque en ese lugar, escuchar era la única defensa. Había sonidos que no venían de mí. Pasos lentos. Arrastres. Respiraciones que no coincidían con las mías.
Nunca vi a nadie. Y eso fue lo más aterrador.
El tiempo me cambió. Perdí peso. Perdí cabello. Perdí palabras. Mi reflejo dejó de parecer humano. Y aun así, seguía siendo yo. O al menos eso me repetía para no desaparecer del todo.
Seis años después, alguien arriba decidió mirar donde nadie había mirado.
No fue una búsqueda oficial. Fue curiosidad. Gente que no conocía mi nombre ni mi historia. Exploradores con aparatos que no buscaban personas, sino anomalías. Y fue ahí donde el bosque, por primera vez, dejó escapar algo.
La señal era constante. No fluctuaba. No se explicaba. No pertenecía a la naturaleza. Era como un latido artificial bajo tierra. Los llevó hasta un punto ignorado durante años. Una entrada casi invisible. Una herida vieja en el suelo.
Cuando bajaron, el aire cambió. El silencio los golpeó. Y encontraron restos. Objetos. Prendas. Cosas que el tiempo no debería haber conservado.
Y luego me encontraron a mí.
No como esperaban. No como imaginaban. Apenas reconocible. Más cerca de un recuerdo que de una persona. Pero viva.
El mundo volvió a hablar de mí. Esta vez con morbo. Con teorías. Con miedo. Nadie quería aceptar la verdad más simple: no desaparecí porque me perdí. Desaparecí porque nadie quiso mirar más allá de lo cómodo.
Hoy, cuando cierro los ojos, sigo escuchando ese silencio. Y sé algo que el mundo aún no quiere aceptar: hay lugares que no están vacíos. Solo están esperando.