La Niña Soportó Lo Injusto En Silencio… Hasta Que Su Padre Descubrió La Verdad

Parte 1: Las Sombras de Cristal
La nieve caía en silencio. Blanca. Pura. Indiferente.

Dentro de la mansión de los Montesco, el aire era cálido, pero para Luna, de diez años, el frío era interno. Estaba en la cocina, fregando una olla de cobre que era más grande que su torso. Sus manos, pequeñas y agrietadas por el jabón barato, temblaban. No por el esfuerzo. Por el miedo.

—¿Aún no has terminado, rata inútil?

La voz cortó el aire como un látigo. Elena. La madrastra. Una mujer de belleza gélida y corazón de alquitrán.

Luna no levantó la vista. Sabía las reglas. Mirar a los ojos era desafiar. Desafiar era dolor.

—Ya casi, señora —susurró Luna. Su voz era un hilo roto.

—”Señora” —se burló Elena, acercándose con el repiqueteo de sus tacones de aguja sobre el mármol—. Deberías llamarme salvadora. Si no fuera por mí, estarías en un orfanato. Tu padre está demasiado ocupado construyendo su imperio para notar que existes.

Esa era la mentira que la mantenía encadenada. Tu padre no te quiere.

Alejandro Montesco. El magnate. El hombre de hierro. Viajaba 300 días al año. Cuando regresaba, Elena se aseguraba de que Luna estuviera “enferma”, “en un campamento” o simplemente escondida en el sótano bajo amenaza de castigo. Alejandro veía a una niña tímida y distante las pocas veces que se cruzaban. No veía los moretones ocultos bajo mangas largas. No veía el hambre en sus ojos.

—¡Mamá! —gritó Carla, la hermanastra, entrando a la cocina. Tenía la misma edad que Luna, pero vestía seda y terciopelo—. ¡Luna tocó mi vestido nuevo! ¡Lo vi!

Mentira. Otra más.

Luna soltó la esponja. El agua sucia salpicó. —No… yo solo estaba limpiando el piso cerca de tu armario…

—¡Mentirosa! —chilló Carla, con una sonrisa cruel que no llegaba a sus ojos.

Elena suspiró, un sonido teatral y peligroso. Agarró a Luna por el brazo. Sus uñas, manicuradas en rojo sangre, se clavaron en la piel tierna de la niña.

—Al sótano. Ahora.

—Pero papá llega hoy… —suplicó Luna, el pánico rompiendo su máscara de estoicismo—. Prometiste que podría cenar con él si terminaba los platos.

Elena se inclinó. Su perfume, caro y empalagoso, llenó la nariz de Luna, asfixiándola.

—Tu padre viene a celebrar mi aniversario, no a ver a una niña sucia y llorona. Le harás un favor desapareciendo.

Luna fue arrastrada. No gritó. Había aprendido que los gritos solo traían más dolor. Fue empujada hacia la oscuridad del sótano. La puerta se cerró. El cerrojo hizo clic. El sonido más solitario del mundo.

Luna se abrazó a sí misma en la penumbra. Olía a humedad y a viejos recuerdos. Allí, en un rincón, tenía su tesoro. No eran joyas. No era dinero.

Era un cuaderno viejo y un bolígrafo casi sin tinta.

Se sentó sobre un colchón raído. Encendió una pequeña linterna de pilas que había robado hacía meses. Abrió el cuaderno.

Día 412. Hoy papá vuelve. Elena dice que no me quiere. Pero yo recuerdo cómo me miraba antes de que mamá muriera. Me llamaba su “Princesita de Luna”. ¿Se habrá olvidado? Tengo hambre. Me duelen las manos. Pero no voy a llorar. Si lloro, ellas ganan.

Arriba, la mansión cobraba vida. Música de piano. Risas. El tintineo de copas de cristal.

Alejandro Montesco entró por la puerta principal. Se quitó el abrigo de lana, sacudiéndose la nieve. Tenía el rostro cansado, marcado por el estrés de los negocios globales, pero sus ojos buscaban algo. O a alguien.

—¡Alejandro, mi amor! —Elena se lanzó a sus brazos, perfecta, inmaculada.

Él la besó mecánicamente. Sus ojos escanearon el vestíbulo. —¿Dónde están las niñas?

—Carla está bajando —dijo Elena, radiante—. Está preciosa.

—¿Y Luna?

El aire cambió. Una fracción de segundo de tensión. Elena perfeccionó su mueca de tristeza.

—Oh, Alejandro… es difícil. Ha estado… difícil otra vez. Robó dinero de mi bolso. Le gritó a la servidumbre. Se encerró en su cuarto gritando que nos odia. Dijo que no quería verte.

El rostro de Alejandro se ensombreció. El dolor cruzó sus facciones, seguido de una resignación dura. —¿Otra vez?

—Es la edad, querido. Y… bueno, su sangre. Quizás heredó la inestabilidad de su madre.

Alejandro apretó la mandíbula. Su difunta esposa era un tema sagrado. Elena lo sabía y lo usaba como arma.

—Déjala estar entonces. Si no quiere verme, no la obligaré.

La cena comenzó. Lujo desmedido. Carla parloteaba sobre sus clases de equitación y sus nuevos amigos. Elena servía vino y destilaba veneno dulce.

Abajo, en el sótano, la linterna de Luna parpadeó. Las pilas se morían.

No te rindas, se dijo a sí misma. Papá está aquí. Solo tengo que ser valiente.

Luna sabía que había una salida. Un viejo conducto de ventilación que daba a la despensa de la cocina. Era estrecho, sucio y estaba lleno de telarañas. Pero era su única oportunidad. No para escapar. Sino para verlo. Solo quería verlo.

Se arrastró. El metal frío raspaba sus rodillas. El polvo le llenaba la garganta. Reptó durante lo que parecieron horas hasta que vio una rejilla de luz.

La despensa.

Empujó la rejilla. Cayó al suelo con un ruido sordo, pero el estruendo de la fiesta lo cubrió. Se puso de pie, sacudiéndose el polvo. Estaba en la cocina.

Podía escuchar su voz. La voz profunda y barítona de Alejandro en el comedor contiguo.

Se acercó a la puerta batiente. Empujó solo un centímetro.

Lo vio. Estaba sentado a la cabecera. Parecía un rey triste. No sonreía mientras Carla abría un regalo: un collar de diamantes.

—Gracias, papi, eres el mejor —dijo Carla, aunque miró a su madre para confirmar si el diamante era lo suficientemente grande.

—¿Y para Luna? —preguntó Alejandro de repente.

Elena se tensó. —Ya te lo dije, amor. Ella no merece premios por su mal comportamiento. Le compré ropa nueva la semana pasada, y la rompió a propósito.

Mentira.

Luna sintió una lágrima caliente rodar por su mejilla sucia. Quería entrar corriendo. Quería gritar: ¡No es verdad! ¡Mírame! ¡Soy yo, tu Luna!

Pero el miedo la paralizó. Si entraba y Elena la desacreditaba, Alejandro podría enviarla lejos para siempre. Un internado. Eso era lo que Elena amenazaba siempre.

Entonces, sucedió el accidente.

Una de las empleadas nuevas, una chica joven llamada Rosa, tropezó con la alfombra mientras llevaba una sopera de plata hirviendo hacia la mesa.

El líquido caliente voló. Iba directo hacia Alejandro.

Luna no pensó. El instinto fue más rápido que el miedo.

Irrumpió en el comedor. Una pequeña figura gris y sucia en medio del lujo dorado. Se lanzó. No para atrapar la sopa, sino para empujar la silla de su padre.

—¡Cuidado!

El impacto fue brutal. La sopera se estrelló contra el suelo. El líquido hirviendo salpicó las piernas de Luna, no las de Alejandro.

Ella gritó. Un sonido agudo, desgarrador.

El silencio que siguió fue absoluto.

Alejandro se puso de pie de un salto, horrorizado. Elena se levantó, su rostro contorsionado no por preocupación, sino por furia pura.

—¡¿Qué has hecho?! —chilló Elena—. ¡Bestia torpe! ¡Has arruinado la cena!

Luna estaba en el suelo, agarrándose la pierna quemada, sollozando en silencio.

Alejandro miró a la niña. Realmente la miró.

Vio la ropa: harapos grises, demasiado grandes, manchados de grasa y polvo. Vio los zapatos: zapatillas rotas, con los dedos asomando. Vio la piel: pálida, translúcida, marcada por cicatrices viejas y suciedad nueva.

Y vio sus ojos.

Eran los ojos de su esposa muerta.

—¿Luna? —susurró Alejandro. Su voz tembló.

Elena intervino rápidamente, poniéndose entre ellos. —¡Oh, Dios mío, Alejandro, lo siento tanto! Se ha escapado de su cuarto. Mírala, está histérica, probablemente drogada o…

—Aparta —dijo Alejandro. No fue un grito. Fue un gruñido bajo, gutural.

Elena se congeló. Nunca le había hablado así.

Alejandro se arrodilló en el suelo, ignorando la sopa derramada que manchaba sus pantalones de mil dólares. Extendió una mano hacia Luna. Ella retrocedió, encogiéndose, protegiéndose la cabeza con los brazos. Un gesto reflejo.

Un gesto de alguien que espera un golpe.

El corazón de Alejandro se detuvo.

—No me pegues… —susurró Luna—. Lo siento… solo quería que no te quemaras.

Alejandro sintió que el mundo se inclinaba sobre su eje. La realidad que Elena había pintado durante tres años se resquebrajó.

—Nadie te va a pegar, Luna —dijo él, con la voz rota—. Soy yo. Papá.

Miró la pierna de su hija. La piel estaba roja y ampollada. —Necesitamos un médico. ¡Ahora! —rugió hacia el personal petrificado.

Elena intentó una última jugada. Rió nerviosamente. —Alejandro, no exageres. Es solo un rasguño. La niña es dramática, siempre lo ha sido para llamar la atención. Llévala a su cuarto, yo la curaré.

Alejandro se puso de pie, con Luna en sus brazos. Ella pesaba tan poco. Demasiado poco para una niña de diez años. Pesaba como un pájaro herido.

Se giró hacia Elena. Sus ojos, habitualmente cálidos, eran ahora dos trozos de hielo azul.

—Nadie toca a mi hija —dijo—. Y tú y yo vamos a tener una conversación muy larga, Elena.

El primer dominó había caído. Pero la guerra acababa de empezar.

Parte 2: La Evidencia Silenciosa
El hospital privado era silencioso y olía a lavanda, muy lejos del olor a humedad del sótano. Luna dormía en una cama blanca inmensa, con la pierna vendada y una vía intravenosa hidratando su pequeño cuerpo desnutrido.

Alejandro estaba sentado en un sillón junto a ella. No se había movido en seis horas. Tenía la camisa arrugada y los ojos inyectados en sangre.

El médico, un viejo amigo de la familia, entró con una carpeta. Su rostro era grave.

—Alejandro, tenemos que hablar.

—Dímelo —dijo Alejandro sin apartar la vista de su hija.

—Las quemaduras sanarán. Pero eso es lo de menos.

Alejandro giró la cabeza lentamente. —¿Qué quieres decir?

El médico suspiró y abrió la carpeta. —Desnutrición severa. Anemia. Deficiencia de vitamina D por falta de luz solar. Y… Alejandro… tiene fracturas antiguas mal curadas en las costillas y en el cúbito izquierdo.

El aire salió de los pulmones de Alejandro. —¿Fracturas?

—De hace un año, quizás dos. Y múltiples hematomas en diferentes estados de curación. Alejandro… esta niña ha sido abusada sistemáticamente.

Alejandro se levantó. Caminó hacia la ventana. La ciudad brillaba abajo, ajena a su infierno. Se sentía enfermo. Se sentía un monstruo. Él había estado viajando, cerrando tratos, comprando empresas, mientras su propia hija vivía en una pesadilla bajo su propio techo.

—¿Cómo no lo vi? —susurró.

—Los manipuladores son expertos en ocultar sus huellas —dijo el médico suavemente—. Y tú estabas de duelo. Eras vulnerable.

El teléfono de Alejandro vibró. Era su jefe de seguridad, Marcos. —Señor Montesco. Hice lo que pidió. Registré el sótano.

—¿Y bien?

—Tiene que ver esto usted mismo, señor. Y… encontré algo más. Un diario.

Una hora después, Alejandro estaba de vuelta en la mansión. Elena lo esperaba en el salón, con un vaso de whisky en la mano. Parecía tranquila, pero sus ojos delataban pánico.

—Alejandro, querido, por fin vuelves. Estaba tan preocupada. Espero que Luna esté bien, aunque ya sabes cómo exagera los dolores para…

Alejandro pasó de largo sin mirarla. Subió las escaleras hacia su despacho.

—¡Alejandro! —Elena lo siguió—. ¡No puedes ignorarme! ¡Soy tu esposa!

Él entró en el despacho y cerró la puerta en sus narices. Puso el pestillo.

Sobre su escritorio estaba el cuaderno sucio que Marcos había recuperado. El diario de Luna.

Alejandro se sentó. Sus manos temblaban mientras abría la primera página.

Día 20. Elena me quitó la foto de mamá. Dijo que si le decía a papá, mataría a mi perro, Toby. Toby desapareció la semana pasada. Creo que ella lo hizo.

Alejandro sintió una náusea violenta. Siguió leyendo.

Día 150. Tengo tanta hambre. Carla tiró su pastel al suelo y Elena me obligó a comerlo del piso como un perro mientras se reían. Papá llamó hoy. Elena me puso el teléfono pero me pellizcaba el brazo tan fuerte que solo pude decir “sí” y “no”. Él sonaba decepcionado. Perdóname, papá.

Las lágrimas de Alejandro cayeron sobre el papel barato. Cada palabra era una puñalada. Cada página era una sentencia.

Día 300. Hoy me encerraron porque encontré los papeles. Estaban en el escritorio de Elena. Papeles con la firma de papá, pero la letra no era suya. Ella estaba practicando su firma. No sé qué significa.

Alejandro se detuvo. Leyó el párrafo de nuevo. Papeles con la firma de papá.

Su mente de hombre de negocios se activó, cortando a través del dolor emocional. Fraude.

Abrió su caja fuerte. Sacó los extractos bancarios de sus cuentas personales, las que Elena “administraba” para los gastos de la casa mientras él viajaba.

Empezó a revisar. Transferencias a cuentas en las Islas Caimán. Compras de joyas que nunca había visto. Donaciones a caridades fantasmas que, tras una búsqueda rápida en su ordenador, resultaron estar vinculadas a la familia de Elena.

Millones. Ella le había estado robando millones mientras torturaba a su hija.

Un golpe en la puerta.

—¡Alejandro! ¡Abre esta maldita puerta! —gritaba Elena. Ya no fingía dulzura. Su voz era la de una hiena acorralada.

Alejandro abrió el cajón inferior de su escritorio. Sacó una grabadora digital pequeña. La encendió.

Se levantó, se alisó la camisa y abrió la puerta.

Elena entró como un huracán. Carla estaba detrás de ella, mirando con miedo y confusión.

—¿Qué te pasa? —espetó Elena—. Llevas horas actuando como un loco. Esa niña te ha lavado el cerebro con sus mentiras, ¿verdad? Es una sociópata, Alejandro. Necesita un psiquiátrico, no un abrazo.

Alejandro se apoyó en el borde de su escritorio. Cruzó los brazos. Su rostro era una máscara de piedra.

—Cuéntame sobre el día que murió Toby —dijo Alejandro con calma.

Elena parpadeó. —¿El perro? ¿Esa pulgosa mascota? Se escapó. ¿Por qué hablamos de eso?

—Luna dice que lo mataste.

—¡Es una mentirosa! —chilló Elena—. ¡Ella lo odiaba! ¡Ella tiene la mente retorcida!

—¿Y las quemaduras de cigarrillo en sus brazos que vi en el reporte médico? ¿También se las hizo ella?

Elena palideció ligeramente, pero recuperó la compostura. —Se autolesiona. Te lo he dicho. Está enferma. Tienes que firmar los papeles para internarla, Alejandro. Por su propio bien. Tengo un lugar en Suiza. Muy discreto. Podemos enviarla mañana.

—Suiza —repitió Alejandro—. Para que no pueda hablar con nadie.

—Para que se cure —corrigió Elena, acercándose y poniendo una mano en su pecho—. Hazlo por nosotros, mi amor. Para que podamos ser una familia feliz. Carla, tú y yo. Sin esa… sombra.

Alejandro miró la mano de Elena en su pecho. Le dio asco.

—Tienes razón —dijo él suavemente—. Hay que limpiar esta casa de sombras.

Elena sonrió triunfante. —Sabía que entrarías en razón.

—Pero hay un problema —continuó Alejandro—. He estado revisando las cuentas.

La sonrisa de Elena vaciló. —¿Las cuentas?

—Faltan cinco millones de dólares, Elena. Y curiosamente, encontré transferencias a una cuenta a nombre de tu hermano.

Elena retrocedió un paso. Su máscara se rompió por completo. —Eso… eso es un error del banco. Yo puedo explicarlo.

—No —dijo Alejandro, avanzando un paso. Su voz subió de volumen, resonando en las paredes de caoba—. No vas a explicar nada. Vas a escuchar.

En ese momento, Marcos, el jefe de seguridad, entró en la habitación. Detrás de él venían dos oficiales de policía.

—¿Qué significa esto? —gritó Elena, retrocediendo hasta chocar con Carla.

—Significa —dijo Alejandro, mostrando el diario de Luna en una mano y los extractos bancarios en la otra—, que el juego terminó.

—¡No puedes hacerme esto! —chilló Elena—. ¡Soy tu esposa! ¡Tengo derechos!

—Tienes derecho a guardar silencio —dijo uno de los policías, sacando las esposas—. Elena Vargas, queda detenida por fraude, malversación de fondos y abuso infantil agravado.

Carla empezó a llorar, un llanto agudo y egoísta. —¡Mamá! ¡Haz algo!

Elena forcejeó mientras le ponían las esposas. Miró a Alejandro con odio puro. —¡Te vas a arrepentir! ¡Sin mí no eres nada! ¡Esa niña es una carga! ¡La odiarás!

Alejandro se acercó a ella. Estaba tan cerca que podía ver el miedo real en sus ojos por primera vez.

—Esa niña —dijo Alejandro, con una voz que helaba la sangre— es la única dueña de esta casa. Y tú… tú eres solo una visita que se ha quedado demasiado tiempo.

Se llevaron a Elena gritando e insultando. Carla fue escoltada por servicios sociales para ser entregada a su padre biológico, un hombre que Elena había despreciado por ser pobre.

La casa quedó en silencio.

Alejandro se quedó solo en el despacho. Miró el diario de Luna una vez más. Perdóname, papá.

Se dejó caer en la silla y rompió a llorar. Lloró por los años perdidos. Lloró por el dolor de su hija. Y lloró porque sabía que la parte más difícil no era meter a Elena en la cárcel.

La parte más difícil sería curar el corazón de Luna.

Parte 3: El Amanecer de la Reina
Habían pasado seis meses.

El jardín de la mansión Montesco estaba irreconocible. Donde antes había setos rígidos y espinosos que Elena adoraba, ahora había flores silvestres, columpios y luz. Mucha luz.

Luna estaba sentada en el césped, dibujando en un cuaderno de bocetos nuevo, de papel grueso y caro. Su perro nuevo, un Golden Retriever llamado “Sol”, dormía a sus pies.

Ya no vestía harapos grises. Llevaba un vestido amarillo ligero y zapatillas limpias. Había ganado peso, sus mejillas tenían color y su cabello brillaba bajo el sol. Pero las cicatrices en sus brazos aún eran visibles. Algunas marcas nunca se borran del todo; solo aprendes a vivir con ellas.

Alejandro salió a la terraza con dos vasos de limonada. Se detuvo un momento a observarla. Era la imagen de la paz, pero él sabía que las pesadillas aún venían por la noche. Sabía que ella todavía pedía permiso para comer o para hablar. La recuperación era un camino largo.

Se sentó a su lado en la hierba.

—¿Qué dibujas, Princesita?

Luna no se sobresaltó. Ya no temblaba cuando él se acercaba. —Dibujo una casa —dijo ella, mostrándole el papel—. Pero no esta casa. Una casa donde no hay sótanos.

Alejandro sintió el habitual pinchazo de culpa, pero sonrió. —Me parece un diseño excelente. Quizás deberíamos construirla.

—Papá… —Luna dejó el lápiz—. ¿Ella va a volver?

Alejandro dejó la limonada y tomó las manos de su hija. Eran manos fuertes ahora, no las garras frágiles de un pajarito.

—Nunca —dijo con firmeza absoluta—. El juicio terminó ayer. Te lo dije.

—Lo sé. Pero a veces… siento que es un sueño. Que voy a despertar en el colchón viejo y ella estará gritando.

Alejandro levantó la barbilla de Luna para que lo mirara a los ojos. —Escúchame bien. Elena fue condenada a veinte años de prisión. Perdió todo. Su dinero, su reputación, su libertad. Nadie volverá a hacerte daño mientras yo respire. Te fallé una vez, Luna. Me costará la vida perdonarme por eso. Pero no te fallaré dos veces.

Luna lo miró. Buscó la verdad en sus ojos y la encontró. —No te culpo, papá. Ella era… buena mintiendo.

—Eso no es excusa. Un padre debe ver la verdad.

—Tú la viste —dijo Luna suavemente—. Al final, la viste. Me salvaste.

—Tú te salvaste —corrigió él—. Tú soportaste lo insoportable. Tú fuiste valiente cada día. Yo solo abrí la puerta. Tú caminaste hacia la luz.

Un coche negro se detuvo en la entrada de grava. Era el abogado de Alejandro. Traía los papeles finales.

Alejandro se levantó y ayudó a Luna a ponerse de pie. —Ven. Hay algo que tienes que hacer.

Entraron en el gran despacho. El lugar donde todo había cambiado. Sobre la mesa había un documento legal.

—¿Qué es esto? —preguntó Luna.

—Esto —dijo Alejandro— es el futuro. He reestructurado la compañía. Y he cambiado el testamento. Y he creado una fundación.

—¿Una fundación?

—”Fundación Luna”. Dedicada a proteger a niños en situaciones de riesgo. Quiero que tú ayudes a dirigirla cuando seas mayor. Quiero que tu historia sirva para salvar a otros. Pero hay algo más.

Señaló una línea al final del documento. —Elena intentó quedarse con todo. Quería que tú no tuvieras nada. Así que he puesto la casa, las cuentas principales y el fideicomiso a tu nombre. Legalmente, tú eres la dueña de todo esto. Yo solo soy tu administrador hasta que cumplas 18.

Luna abrió los ojos como platos. —¿Soy… rica?

—Eres poderosa, Luna. El dinero es solo papel. El poder es la capacidad de cambiar las cosas. Ahora tienes el poder.

Luna miró el documento. Luego miró por la ventana, hacia el jardín donde Sol perseguía una mariposa. Recordó el frío del sótano. Recordó el hambre. Recordó la risa cruel de Carla.

Tomó el bolígrafo. No uno barato y sin tinta, sino una pluma pesada de oro.

—¿Sabes qué quiero hacer primero? —preguntó.

—¿Qué? —dijo Alejandro.

—Quiero invitar a todos los niños del orfanato de la ciudad a una fiesta aquí. En esta casa. Con mucha comida. Y quiero que jueguen en todos los cuartos. Incluso en el salón de baile.

Alejandro sintió un nudo en la garganta. El orgullo era tan intenso que dolía. —Me parece una idea maravillosa.

—Y quiero que Rosa sea la jefa de la cocina —añadió Luna—. Ella intentó ayudarme.

—Hecho. Le duplicaré el sueldo hoy mismo.

Luna firmó. Su firma era firme, elegante. Ya no era la letra temblorosa de una víctima.

Semanas después, la mansión Montesco estaba llena de ruido. Pero no era el ruido de copas de cristal y risas falsas de la alta sociedad. Era el ruido de cincuenta niños corriendo, gritando de alegría, comiendo pastel de chocolate y saltando en castillos hinchables en el jardín.

Alejandro observaba desde el balcón.

Luna estaba abajo, rodeada de niños. Llevaba una corona de papel que uno de ellos le había hecho. Reía. Una risa real, sonora, que llegaba hasta el cielo.

En una prisión de máxima seguridad, a cientos de kilómetros, Elena Vargas miraba una pared gris de cemento. Estaba sola. Nadie respondía a sus llamadas. Nadie le enviaba dinero. Su reflejo en el espejo de metal le devolvía la imagen de una mujer envejecida por la amargura. Había subestimado a la niña. Había pensado que el silencio era debilidad.

No sabía que el silencio es donde se forjan las tormentas más fuertes.

En el jardín, Luna miró hacia arriba y vio a su papá. Le saludó con la mano. Alejandro le devolvió el saludo.

La niña que soportó lo injusto en silencio ya no existía. Ahora, había una reina. Y su reinado acababa de comenzar.

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