Don Ernesto había sido, durante gran parte de su vida, el pilar de su familia. Nació en un pequeño pueblo de Castilla, en una época en la que el trabajo duro y la palabra dada eran los valores más preciados. Desde joven supo lo que significaba el sacrificio: mientras sus amigos partían a la ciudad para estudiar o buscar fortuna, él se quedó en la tierra, cultivando, cuidando a sus padres enfermos, y, más tarde, levantando un hogar propio junto a Clara, su esposa.
Con el tiempo, llegaron los hijos: primero Lucía, luego Marcos y finalmente Inés. Ernesto trabajaba de sol a sol en la carpintería del pueblo, reparando muebles, construyendo puertas y ventanas, siempre con el orgullo silencioso de quien sabe que cada clavo clavado es un paso más hacia el bienestar de su familia. No hubo fiesta de cumpleaños en la que él no apareciera con algún regalo hecho con sus propias manos. No hubo invierno en el que permitiera que faltara leña en casa, aunque eso significara pasar noches enteras en el taller.
La vida parecía justa: aunque el esfuerzo era duro, el amor de sus hijos y la sonrisa de Clara le bastaban para creer que valía la pena. Soñaba con la vejez tranquila: imaginaba tardes soleadas en el jardín, rodeado de nietos, contando historias mientras su familia lo miraba con la admiración que él había sentido por sus mayores.
Pero los sueños suelen desvanecerse en el tiempo. Clara enfermó pronto, y Ernesto gastó todos sus ahorros en tratamientos, hospitales, medicinas. Aun así, no logró retenerla: una mañana de otoño, ella se apagó suavemente, dejando a Ernesto con un vacío que jamás podría llenar. Desde entonces, él dedicó todo a sus hijos. “Vosotros sois mi razón de vivir”, solía repetirles.
Pasaron los años, los hijos crecieron, y uno a uno partieron a la ciudad. Lucía se convirtió en abogada, Marcos en empresario y Inés en profesora universitaria. Ernesto, orgulloso, siempre les enviaba cartas llenas de aliento, aunque rara vez recibía respuesta.
Cuando cumplió setenta y cinco, su cuerpo empezó a traicionarlo: la vista se le nublaba, las manos ya no podían sostener con firmeza las herramientas, y el taller permanecía cada vez más silencioso. Al principio pensó que sus hijos vendrían a ayudarle, a compartir con él los días que le quedaban. Pero lo que llegó fue distinto: largas conversaciones telefónicas llenas de excusas, visitas cada vez más espaciadas, promesas que nunca se cumplían.
Un invierno especialmente crudo, Ernesto cayó enfermo. Marcos fue quien, tras recibir una llamada del médico del pueblo, apareció para llevárselo a la ciudad. No lo llevó a su casa, como Ernesto imaginó, sino a una residencia de ancianos.
—Es lo mejor, papá. Aquí estarás cuidado —dijo Marcos, sin mirarlo a los ojos.
Ernesto, con el corazón encogido, aceptó en silencio. En el fondo comprendía lo que estaba ocurriendo: sus hijos ya no tenían tiempo para él. No querían cargar con su vejez, con sus enfermedades, con su lentitud. Preferían delegar su cuidado a desconocidos, mientras ellos continuaban con sus exitosas vidas.
Los días en la residencia eran largos y grises. El lugar estaba limpio, los enfermeros eran amables, pero nada podía reemplazar la calidez de un hogar. Ernesto pasaba horas mirando por la ventana, recordando los días en que corría detrás de sus hijos en el patio, las noches en las que se desvelaba para terminar un regalo, los sacrificios que había hecho con la ilusión de nunca sentirse solo.
A veces otros ancianos recibían visitas. Nietos que corrían por los pasillos, hijos que llegaban con flores, abrazos que llenaban las habitaciones de vida. Ernesto, en cambio, esperaba en vano. Lucía prometía visitarlo “el próximo mes”, Marcos lo llamaba una vez cada dos semanas con prisa, e Inés, ocupada con viajes de trabajo, apenas respondía a sus cartas.
Un día, la residencia organizó una pequeña fiesta de primavera. Cada residente podía invitar a su familia. Ernesto envió cartas a los tres, escribiéndolas con la misma ternura con la que solía dejar notas en sus loncheras escolares. La fecha llegó y Ernesto se vistió con su mejor camisa, aquella que Clara le había regalado en su aniversario número treinta. Se sentó en la mesa, esperó, y esperó… pero ninguno de sus hijos apareció.
La música sonaba, las risas llenaban la sala, y Ernesto, con la mirada perdida en su plato vacío, comprendió la magnitud de su soledad. En ese momento, por primera vez, lloró frente a los demás. No por la vejez, no por la enfermedad, sino por la certeza de haber entregado todo y recibir tan poco a cambio.
Los meses siguientes se convirtieron en una rutina de silencio. Ernesto ya no escribía cartas, ya no preguntaba por visitas. Había aprendido que la espera solo traía decepción. Sin embargo, en su interior aún quedaba una chispa de amor: seguía guardando fotografías de sus hijos bajo la almohada, y cada noche, antes de dormir, les deseaba lo mejor en voz baja.
Un día de verano, mientras dormía en su silla cerca de la ventana, el corazón de Ernesto se detuvo. Partió con la misma discreción con la que había vivido sus últimos años, sin reproches ni acusaciones, solo con un murmullo que algunos enfermeros dijeron haber escuchado: “Clara, ya voy contigo”.
Cuando sus hijos recibieron la noticia, se encontraron con un sobre que Ernesto había dejado preparado. Dentro había una carta breve, escrita con una caligrafía temblorosa:
“Queridos hijos:
No guardo rencor. Di todo lo que tenía porque os amaba, y aún os amo. Ojalá recordéis que la vida no se mide por los logros ni el dinero, sino por el tiempo compartido. No cometáis conmigo lo mismo que haréis con vuestros propios hijos. Porque el olvido duele más que la muerte.
Con amor, vuestro padre.”
Lucía, Marcos e Inés lloraron al leer aquellas palabras. Por primera vez comprendieron la soledad en la que habían dejado a su padre. Pero ya era tarde. La tumba de Ernesto, sencilla y humilde, quedó en el cementerio del pueblo, lejos de las oficinas, los negocios y las universidades.
La gente del pueblo aún lo recuerda como “el hombre que lo dio todo”. Y en el eco de su historia queda grabada una advertencia amarga: en la modernidad, el amor familiar no debería sacrificarse en el altar de la prisa y la indiferencia.