Laya Ferrer llevaba tres días sin dormir más de cuatro horas por noche. Su trabajo de camarera en el café Zurich le exigía madrugar para atender a turistas que apenas la miraban, y por las noches, repartía cafés y pasteles hasta que los últimos clientes se marchaban. Sus pies dolían, sus hombros estaban rígidos y su cabeza apenas podía concentrarse. Pero nada se comparaba con la sensación de desesperación que le apretaba el pecho: 500 € o perdería su pequeño apartamento en el Raval.
—¡Señorita Ferrer! —gritó su jefe mientras dejaba caer un plato vacío—. La mesa nueve lleva esperando diez minutos.
—¡Ahora mismo! —respondió Laya, haciendo malabares con las bandejas. Su voz sonaba tensa, y la sonrisa que se esforzaba por mostrar se sentía hueca.
Apenas pudo terminar su turno, llegó a casa y se dejó caer sobre el sofá gastado. Su compañera de piso, Martina, estaba pegada al teléfono, riendo con emoción.
—¿Qué pasa? —preguntó Laya—. Pareces drogada.
—He ganado 300 € en una hora —dijo Martina, emocionada—. Renté un novio falso para la boda de mi prima.
Laya arqueó las cejas.
—¿Cómo es eso posible? —preguntó, medio incrédula.
Martina giró el teléfono para mostrarle una app: Rent Partner. “Elige a un hombre, paga por horas, él actúa como tu pareja en eventos. Nada raro, todo profesional.”
—¿Y la gente paga por esto? —Laya preguntó, escéptica.
—Sí, y mucho —dijo Martina, sonriendo—. Yo gané 300 € en tres horas. Tú podrías hacer lo mismo.
Laya se quedó en silencio, contemplando las opciones. Dos trabajos, noches interminables y un alquiler imposible; su orgullo y sus principios parecían irrelevantes frente a la necesidad. Al final, decidió probar.
Esa madrugada, después de descargar la app y crear su perfil, Laya subió tres fotos sencillas pero presentables, escribió una breve biografía y puso sus tarifas: 200 € por evento, cuatro horas, con 50 € adicionales por hora extra. Presionó “Publicar” y apagó el teléfono, sintiéndose estúpida y brillante al mismo tiempo.
Al día siguiente, su teléfono vibró. Una notificación de la app: “Solicitud de reserva”. El perfil mostraba a Mark, 34 años, empresario, buscando una acompañante para una cena familiar urgente en el restaurante Moments del Hotel Mandarín Oriental. Tarifa: 300 € por tres horas. El perfil era nuevo, sin fotos claras, sin reseñas, solo una silueta genérica.
Laya dudó, pero la necesidad la empujó a responder:
—Necesito ver tu foto y más detalles —escribió.
En segundos, llegó la respuesta: una imagen profesional, ojos grises intensos, mandíbula marcada, cabello oscuro perfectamente peinado, traje caro. Una nota acompañaba la foto: “Necesito alguien que actúe como mi pareja para una cena familiar. Profesional, sin contacto inapropiado. Pagos por adelantado. Duración tres horas.”
—Esto es demasiado… —susurró Laya, con el corazón acelerado—. Pero necesito el dinero.
Al día siguiente, se encontraron en el lobby del hotel. Laya estaba nerviosa, consciente de que aquel era un mundo al que nunca había pertenecido. Mark le entregó un contrato de palabra y efectivo por adelantado: 150 € para empezar. Firmaron con formalidad. La velada comenzaría en apenas unas horas.
Mientras Laya se preparaba, no pudo evitar sentir una mezcla de miedo y excitación. El vestido sencillo pero elegante que había comprado en una tienda de segunda mano parecía adecuado para el hotel de cinco estrellas. El maquillaje era discreto, la sonrisa práctica. Por primera vez en semanas, se sintió como otra persona: no la joven agotada del Raval, sino alguien que podía existir en un mundo de lujo y sofisticación, aunque fuera por unas horas.
La cena fue una experiencia surrealista. Mark la presentó como su novia ante su familia, y Laya cumplió cada expectativa: conversaciones amables, risas en los momentos correctos, gestos discretos y elegantes. Los camareros les servían platos que ella nunca habría probado, y el aroma de trufas y vinos caros la envolvía. Era una vida que no era suya, pero que podía tocar con las manos. Cada vez que los familiares de Mark la miraban, Laya sentía la adrenalina de ser alguien importante, aunque solo por ese breve instante.
Cuando la velada terminó, Mark le entregó el resto del dinero prometido. Laya caminó por las calles de Barcelona, el bolso lleno, el corazón al borde de estallar. La apuesta había funcionado. Había convertido su desesperación en una oportunidad, y por unas horas había escapado de la pobreza que la asfixiaba.
Mientras regresaba a su apartamento, Laya reflexionaba sobre lo que acababa de hacer. No era solo el dinero. Era el poder de elegir, de transformar una necesidad en un triunfo temporal. Por primera vez en semanas, sintió que podía respirar, que podía sobrevivir, y que tal vez, con ingenio y audacia, podría encontrar un camino donde cada día no fuera solo una lucha por sobrevivir.
A la mañana siguiente, Laya despertó con una sensación extraña. El dinero seguía en su bolso, brillante y tangible, pero no podía sacudirse la inquietud que la acompañaba desde la cena. No era solo que hubiera ingresado 300 € en una noche; era que había experimentado un mundo que nunca había imaginado y que ahora llamaba a su puerta otra vez.
Su teléfono vibró con un mensaje de la app. Otro evento. Otra familia, otra cena, otro empresario. 250 € por tres horas. Laya vaciló. Su conciencia le gritaba que estaba cruzando una línea, que lo que hacía era… extraño, casi artificial. Pero la desesperación era más fuerte. Respiró hondo y respondió: “Acepto. Pero necesitamos vernos antes para acordar detalles y el pago.”
A la tarde, mientras caminaba hacia el hotel donde se encontraría con su nuevo cliente, notó cómo cada paso parecía más seguro, más firme. Ya no era solo la joven agotada del Raval; ahora había aprendido a moverse en los pasillos del lujo, a ajustar su voz, su postura, sus gestos. Una Laya más sofisticada, más calculadora, había emergido, y cada día que pasaba, el mundo que conocía antes parecía más distante.
El nuevo cliente, Hugo, era diferente a Mark. No tan atractivo, pero confiado, dominante en la conversación, con una mirada que evaluaba cada movimiento de Laya. La cena fue más complicada: Hugo quería discutir negocios mientras fingían ser pareja, y cada interrupción de su familia exigía una improvisación rápida, que Laya ejecutaba con precisión casi mecánica. Al final, recibió su pago completo, y mientras caminaba por las calles de Barcelona, el aire fresco de la noche le dio un extraño sentimiento de poder: podía sobrevivir, podía ganar dinero, podía manipular la realidad, aunque solo fuera temporalmente.
Pero con el tiempo, el lujo comenzó a tener un precio. Las citas se volvieron más frecuentes, más exigentes. Las familias eran sofisticadas, los empresarios calculadores, y Laya tuvo que aprender a fingir emociones, a inventar historias, a sostener conversaciones que no eran suyas. Cada sonrisa, cada gesto, cada mirada eran herramientas en un juego del que no podía escapar.
Una noche, después de una cena particularmente agotadora con los hermanos Salinas, una pareja rica y conservadora, Laya se sentó en un banco frente a la playa de la Barceloneta. Las luces de la ciudad brillaban a lo lejos y el sonido de las olas golpeaba suavemente la arena. Sus manos temblaban mientras sostenía el bolso lleno de dinero. ¿Valía la pena? Se preguntó. Había ganado 1,200 € esa semana, suficiente para pagar el alquiler, comida, y aún algo para emergencias. Pero ¿a qué costo? Cada encuentro, cada sonrisa, cada conversación fingida, le drenaba la energía y la humanidad.
Al día siguiente, mientras limpiaba mesas en el café Zurich, Laya escuchó a una clienta hablar de un evento benéfico en el Hotel W. “Necesitamos acompañantes para invitados internacionales, es urgente, y pagamos 500 € por persona.” La advertencia fue inmediata: era demasiado dinero para ignorarlo. Pero algo dentro de Laya dudaba. Recordó a Clara y Lucía, las historias que alguna vez había escuchado sobre personas que usaban el dinero para sobrevivir, pero sin perder su integridad. ¿Hasta dónde estaba dispuesta a llegar?
El viernes, Laya decidió aceptar. La cita era con un magnate alemán, interesado en arte moderno. La cena sería en un restaurante privado, con cámaras de seguridad, y varios invitados observando. Preparó un vestido elegante que Martina había prestado, maquillaje perfecto, cabello cuidadosamente peinado. Al llegar, el magnate la saludó con una sonrisa calculada, y Laya sintió el peso de cada mirada. No podía fallar, no podía parecer débil. Cada palabra, cada risa, cada gesto debía ser perfecto. Y lo fue. Al final de la noche, recibió 500 €, más que suficiente para cubrir el alquiler y algo extra. Pero mientras caminaba sola de regreso a su apartamento, la sensación de vacío la golpeó más fuerte que la satisfacción económica.
Una semana después, un correo electrónico llegó a su bandeja. Un nuevo evento, una boda de alto perfil en el Gran Hotel Barcelona. La familia contratante buscaba acompañantes “auténticos y discretos” para sus invitados VIP. La tarifa: 1,000 € por una noche. Laya lo leyó y respiró hondo. Esta vez no era solo dinero; era la prueba de que podía sobrevivir en ese mundo, de que su ingenio y audacia la habían convertido en alguien que otros necesitaban. Pero también era un riesgo. La boda sería transmitida en redes sociales y podrían aparecer fotos de ella con desconocidos adinerados. Si alguien descubría su verdadera situación, ¿qué pensaría de ella? ¿Sería juzgada?
Decidió aceptar. Llegó al hotel el día de la boda, su vestido largo y elegante ajustado a la perfección, maquillaje impecable, sonrisa profesional. La noche fue un espectáculo: brindis, risas, fotos, conversaciones simuladas sobre negocios y arte. Laya se movía con gracia, con precisión casi militar, como una actriz en su papel. Al final, recibió el pago completo. Salió del hotel con el corazón latiendo rápido, el bolso más pesado, y la sensación de triunfo. Por un momento, había tocado un mundo que parecía inalcanzable, un mundo donde cada decisión, cada movimiento, cada sonrisa tenía recompensa tangible.
Pero no todo era glamour. Esa misma semana, en el café Zurich, una compañera le comentó sobre un vecino del Raval que había perdido su trabajo y ahora dormía en su coche con sus hijos. Laya escuchó, y por primera vez sintió una punzada de culpa. Ella, que había convertido la desesperación en una oportunidad, había olvidado lo frágil que podía ser la línea entre sobrevivir y caer en la pobreza absoluta. Sus decisiones la habían llevado a un lujo temporal, pero ¿y si algún día ese lujo desaparecía?
Mientras caminaba por la ciudad al amanecer, con los bolsillos llenos y el corazón pesado, Laya comprendió algo fundamental: el dinero podía comprar comida, ropa, hasta experiencias fugaces de lujo, pero no podía comprar estabilidad, ni la seguridad de que su vida no se desmoronaría. Cada evento, cada sonrisa falsa, cada gesto calculado, le recordaba que estaba jugando con fuego. Y que, tarde o temprano, tendría que decidir si continuaría viviendo en ese lujo temporal o buscaría una forma de construir algo real, algo que durara más que unas horas.
Esa noche, mirando por la ventana de su apartamento en el Raval, Laya respiró hondo y tomó una decisión: seguiría usando Rent Partner, pero no para escapar de la realidad. Usaría el dinero como trampolín, como herramienta, para estudiar, aprender, invertir en sí misma. Ya no sería solo la joven desesperada que aceptaba cualquier trabajo; sería alguien que transformaría cada oportunidad, incluso efímera, en algo que le asegurara un futuro.
Mientras apagaba la luz y se recostaba, con el sonido de la ciudad de fondo, Laya sonrió por primera vez en semanas. Había ganado más que dinero: había descubierto su propio ingenio, su resiliencia y la capacidad de adaptarse a cualquier circunstancia. Y sabía que, aunque el lujo fuera temporal, las lecciones que aprendía esa noche durarían para siempre.