La oficial Laura Mendoza no cree en las casualidades. Cree en el instinto, esa presión punzante en la base del cráneo que le dice cuando el mundo está fuera de eje.
La niña no tiene más de siete años. Se mueve con la agilidad de una sombra y la desesperación de un animal acorralado. Bajo su camiseta, un bulto delata el botín: un paquete de vendas. No es chocolate. No es un juguete. Son suministros médicos.
Laura debería actuar. El protocolo es claro. Pero hay un terror líquido en los ojos de la pequeña cuando mira sobre su hombro. Un terror que no pertenece a una niña que simplemente teme ser descubierta.
La sigue. Quince minutos a través del laberinto de Madrid. El asfalto caliente bajo el sol de la tarde. La niña gira en la última esquina y el paisaje cambia drásticamente.
La Moraleja. Mansiones que parecen fortalezas de cristal y piedra. Jardines con un verde tan perfecto que hiere la vista. Un Mercedes negro brilla en la entrada de la propiedad donde la niña entra.
Una niña rica robando vendas. Algo huele a podrido entre el perfume de las rosas.
Laura respira hondo y toca el timbre. El sonido resuena, metálico y frío. Una mujer abre. Es la personificación de la perfección: vestido de seda, maquillaje que oculta cualquier rastro de humanidad, una sonrisa gélida.
—¿Puedo ayudarla, oficial? —La voz de la mujer es como el cristal chocando contra el hielo.
—Buenas tardes, señora. Busco a una niña que acaba de entrar.
—Aquí no hay ninguna niña —responde la mujer sin parpadear.
—La vi entrar personalmente.
Un suspiro de irritación escapa de los labios perfectamente pintados de la mujer.
—Está hablando de Valentina. Mi hijastra. Es una niña problemática, oficial. Inventa situaciones para llamar la atención. Historias… elaboradas.
Cristina Vega guía a Laura por una casa que se siente como un museo muerto. Al final de un pasillo, una puerta pequeña. Adentro, el contraste es un golpe en el estómago. Sin cuadros. Sin juguetes. Solo una cama desnuda y el olor a encierro.
Valentina está ahí, sentada, escondiendo algo bajo la almohada. Su mirada hacia Cristina no es de respeto; es de pavor absoluto.
—Hazle caso a la oficial —dice Cristina. Su voz es dulce, pero sus ojos son dos dagas de hielo.
Lentamente, Valentina saca las vendas. Sus manos tiemblan tanto que el plástico cruje.
—¿Para qué son, Valentina? —pregunta Laura, arrodillándose para estar a su altura.
—Para mi hermanito. Le duele mucho.
—¿Tu hermano? ¿Dónde está?
La niña señala el armario.
Laura abre la puerta y el mundo se detiene. Un niño de cuatro años, Matías, está acurrucado sobre la madera fría. Llora sin sonido, con los ojos hinchados. En su brazo, una quemadura roja, viva y supurante, grita por auxilio.
—¡Dios mío! ¿Quién le hizo esto? —exclama Laura, sintiendo la bilis subir por su garganta.
—Yo lo puse ahí —dice Cristina desde la puerta, con una calma aterradora—. Estaba siendo ruidoso. Necesitaba disciplina.
—¡Esto es una quemadura grave, señora!
—Se curará sola. Es solo un rasguño. Los niños exageran.
Laura ignora a la mujer y toma al niño en brazos. Está ardiendo en fiebre.
—Matías, dime la verdad —susurra Laura—. ¿Cómo te hiciste esto?
El niño mira a su madrastra. El silencio en la habitación es denso, asfixiante. Finalmente, un susurro roto:
—La señora me quemó con la plancha. Porque tiré el zumo al suelo.
Cristina suelta una risa seca, desprovista de alma.
—Por favor, oficial. El niño tiene una imaginación desbordante. Jugaba donde no debía.
Laura no pierde un segundo más. Sujeta su radio con una mano mientras sostiene el cuerpo tembloroso de Matías con la otra.
—Aquí Central 42. Necesito servicios médicos y protección de menores en esta dirección. Código rojo. Ahora.
—Esto es ridículo —protesta Cristina, cruzando los brazos—. Soy la esposa de Antonio Herrera. Mi marido destruirá su carrera por este abuso de autoridad.
—Su marido puede hablar con mi capitán —responde Laura, con una voz que vibra de furia contenida—. Usted no se mueva de aquí.
Mientras llega la ambulancia, Laura se lleva a Valentina a un rincón. La niña es un manojo de huesos bajo la ropa fina.
—¿Desde cuándo pasa esto, pequeña?
—Desde que papá viaja mucho. Hace meses.
—¿Te hace daño a ti también?
Valentina baja la cabeza, sus dedos juguetean con el dobladillo de su camiseta.
—No me quema. Pero me encierra. Sin comida. Dice que no merezco cenar si no soy perfecta. A veces paso días sin probar bocado. Por eso robé las vendas… No tenía dinero y Matías no dejaba de llorar.
—Eres una heroína, Valentina. ¿Por qué no pediste ayuda antes?
—Ella dijo que si hablaba, diría que yo quemé a Matías. Dijo que me enviarían lejos y nunca lo volvería a ver.
La ambulancia llega. Jorge, el paramédico, examina la herida de Matías con el ceño fruncido.
—Esto tiene dos días. Está infectándose. Necesita hospital inmediato.
Luego mira a Valentina. Evalúa su palidez, la forma en que sus costillas se marcan.
—Esta niña está severamente desnutrida —sentencia Jorge—. Su peso es el de una niña de cinco años, no de siete.
En medio del caos, un coche entra frenando en seco. Antonio Herrera entra en la casa, el rostro desencajado.
—¡Cristina! ¿Qué es esto? ¿Por qué hay policías?
—Antonio, mi amor, esta mujer se ha vuelto loca. Los niños están mintiendo, ya sabes cómo son…
Pero Antonio mira a sus hijos. Mira el brazo de Matías. Mira la fragilidad de Valentina. Se vuelve hacia el paramédico.
—Dígame la verdad.
—Señor Herrera, la quemadura es consistente con un contacto prolongado e intencional con una superficie caliente —dice Jorge con frialdad—. Y su hija no ha comido correctamente en semanas.
Antonio se desploma contra la pared, cubriéndose la cara. El peso de su propia negligencia, de haber querido creer las mentiras de su nueva esposa para mantener su paz mental, lo aplasta.
—Yo… yo confiaba en ella. Ella decía que Valentina estaba en una fase rebelde, que Matías tenía berrinches… ¡Fui un estúpido!
Cristina es esposada. Sus gritos de “injusticia” y “niños malcriados” se pierden mientras la meten en el coche patrulla. El juez no tendrá piedad: cuatro años de prisión y la prohibición de acercarse a un menor el resto de su vida.
Pasan los meses. La sanación es un camino lento y lleno de baches.
Antonio transforma su vida. Cancela contratos, vende empresas, se queda en casa. Contrata a Rosa, una niñera que entiende que el amor no solo se siente, sino que se demuestra con paciencia y platos de comida calientes que nunca faltan.
Valentina todavía esconde galletas bajo su almohada a veces. Matías aún llora cuando ve una plancha. Pero ahora, cuando lloran, hay unos brazos que los sostienen.
Dos años después, la oficial Mendoza regresa para una visita. Encuentra a Valentina corriendo en el jardín, con mejillas rosadas y una risa que llena el aire.
—¡Oficial Laura! —La niña la abraza con fuerza—. Mira, ya no tengo miedo.
Antonio se acerca, con una mirada de gratitud eterna.
—Si no la hubiera seguido aquel día…
—Solo hacía mi trabajo, señor Herrera.
—No. Usted no solo hizo su trabajo. Usted les devolvió la vida.
El amor verdadero no es ciego. El amor verdadero tiene los ojos muy abiertos. No ignora las señales porque sean inconvenientes. El amor actúa. El amor salva. Y a veces, el amor viste un uniforme azul y decide no mirar hacia otro lado cuando una niña desesperada huye con un paquete de vendas bajo el brazo.