
A finales de agosto de 2017, Ricardo Mejía y Alejandra Sánchez, una joven pareja de la bulliciosa ciudad de Puebla, se dispusieron a disfrutar de lo que debía ser un simple fin de semana de campamento en la remota y densa Sierra Norte de Puebla, cerca del pintoresco pueblo de Zacatlán de las Manzanas. Ricardo, un ajustador de seguros de 31 años, y Alejandra, una higienista dental de 33, habían planeado meticulosamente esta escapada para desconectar de sus agendas apretadas y absorber la belleza natural del estado. Ambos, con la cautela de quien se adentra en zonas aisladas de México, dejaron un itinerario básico a la familia y prometieron estar de vuelta en Puebla a más tardar el lunes por la noche.
Lamentablemente, lo que comenzó como un escape de fin de semana se transformó rápidamente en un caso de ausencia prolongada que, cuatro semanas después, se convertiría en una de las investigaciones más perturbadoras en la historia de la Fiscalía General del Estado (FGE) de Puebla. La razón: la pareja fue encontrada con vida, inmovilizada en sillas dentro de un refugio de cazadores abandonado, profundamente aislados y en un estado de privación extrema que desafiaba toda lógica.
La Tierra Se Traga el Rastro y la Indiferencia Oficial
Para el martes por la mañana, cuando Ricardo y Alejandra no se presentaron a trabajar y sus teléfonos sonaban inalcanzables, sus familias supieron que algo andaba muy mal. El coche de Ricardo, un Honda CRV plateado, fue descubierto días después, estacionado en el mismo punto de inicio de un sendero cerca del Río Zacatlán.
La Policía Estatal de Investigación inició inmediatamente una operación de búsqueda. La zona a cubrir era inmensa y agreste, con decenas de kilómetros cuadrados de bosque denso y terreno escarpado, característico de la sierra poblana. La espesura de la vegetación limitaba la eficacia de los helicópteros. Los perros rastreadores siguieron un olor a lo largo del sendero por un par de kilómetros, pero el rastro se desvaneció abruptamente cerca de un arroyo rocoso, una señal que sugería una sustracción rápida, posiblemente en vehículo.
Durante las siguientes dos semanas, equipos de rescate peinaron cada rincón, buscando campamentos, cuevas y antiguos caminos de tala. No encontraron ropa, ni equipo de campamento, ni rastros de lucha. Ricardo y Alejandra se habían esfumado. Las familias, en medio de la desesperación, organizaron búsquedas privadas, conscientes de la lentitud burocrática del sistema. A mediados de septiembre, la búsqueda oficial se redujo ante la falta de evidencias, la ausencia prolongada y la inminente llegada de las lluvias.
El caso se mantuvo abierto, alimentando teorías en redes sociales: la especulación iba desde que se habían perdido y perecido por deshidratación, hasta un acto violento perpetrado por forasteros. Quienes conocían a la pareja descartaron la idea de una fuga voluntaria: tenían trabajos estables, familias unidas y ningún problema que justificara su desaparición.
El Hallazgo Que Desafió la Lógica
La verdad emergió casi cuatro semanas después, el 22 de septiembre, gracias a una serendipia. Un contratista independiente de la Comisión Nacional Forestal, llamado Javier Solís, se movía en su vehículo todoterreno por un viejo camino de acceso dentro de la Sierra Norte. Su misión era inspeccionar infraestructura abandonada, incluyendo un refugio de cazadores que no se usaba desde hacía años. La cabaña se encontraba a unos 12 kilómetros de la carretera principal, inaccesible para vehículos comunes, lo que garantizaba el aislamiento de la zona.
Según el testimonio de Solís, notó que la puerta de la cabaña estaba entreabierta, lo que le pareció extraño. Al acercarse, vio que el candado había sido cortado. Asumiendo que eran intrusos, empujó la puerta. Lo que vio lo paralizó de inmediato: en el centro de la habitación, dos personas estaban sentadas en sillas, sus manos inmovilizadas a la espalda y sus tobillos atados a las patas de las sillas.
Estaban vivos, un milagro en las condiciones de la sierra, pero apenas respondían. Sus rostros demacrados, la ropa sucia y sus ojos hundidos revelaban un estado de privación extrema y desnutrición severa. Solís, al reconocer la gravedad de la situación, corrió a buscar señal y llamó al 911.
Los equipos de emergencia, incluyendo un helicóptero de la FGE, tardaron casi una hora en llegar al remoto lugar. Allí estaban, Ricardo Mejía y Alejandra Sánchez, exactamente como Solís los había descrito: conscientes, pero en un estado de shock y deshidratación severa, con marcas profundas en las muñecas y tobillos causadas por las cuerdas.
Fueron trasladados de urgencia al Centro Médico Regional en Puebla. Los doctores informaron que la pareja sufría de deshidratación severa, atrofia muscular y signos de sometimiento físico prolongado. El descubrimiento causó conmoción nacional: la pareja había sobrevivido a un acto violento orquestado y dejado atrás por su responsable.
El Perfil del Perpetrador: Obsesión y Control
La investigación sobre la sustracción de personas comenzó inmediatamente. El equipo forense documentó la cabaña: una estructura de una sola habitación, sin servicios básicos, con las ventanas tapiadas. En el centro, las dos sillas y las cuerdas de nylon. El perpetrador había proporcionado lo mínimo para mantenerlos con vida, una muestra calculada de control.
Los forenses encontraron artículos que no pertenecían a las víctimas: un saco de dormir, una linterna, y ropa de hombre genérica. Las huellas dactilares y las muestras de ADN fueron enviadas al laboratorio. La policía revisó los permisos de cacería en la zona, y un nombre resaltó: Isidro Morales, de 42 años.
Morales vivía en un remolque cerca de Zacatlán y tenía un historial problemático, incluyendo una condena anterior por acto violento agravado en otro estado. Su perfil, sumado a su tendencia a la vida aislada en la naturaleza, lo convirtió inmediatamente en persona de interés.
La Detective Isabel Fuentes, a cargo del caso, citó a Morales para interrogarlo. El hombre, con actitud evasiva, negó saber nada sobre la pareja, admitiendo solo que había acampado en el bosque. Cuando se le mostró una foto de la cabaña, dijo no reconocerla.
El Desmantelamiento de la Mentira
Sin embargo, las pruebas de huellas dactilares del laboratorio fueron irrefutables: una huella en una de las botellas de agua encontradas en la cabaña coincidía con las de Isidro Morales. Enfrentado a la evidencia, Morales cambió su historia, admitiendo que había usado la cabaña semanas antes, pero negando cualquier conocimiento sobre la retención ilegal.
La Detective Fuentes, luchando contra la indiferencia inicial del caso, obtuvo una orden de cateo para el remolque y la camioneta de Morales. El hallazgo fue condenatorio: más cuerdas de nylon del mismo tipo usado para sujetar a Ricardo y Alejandra, y unas cizallas que coincidían con las marcas de corte del candado de la cabaña. El hallazgo más revelador fue un pequeño cuaderno de notas en la guantera de su camioneta, con entradas que sugerían premeditación y participación continua. Una entrada, fechada después de la sustracción, simplemente decía: “Ver provisiones, silencio.”
Con esta evidencia, Isidro Morales fue formalmente acusado de sustracción de personas, privación ilegal de la libertad y acto violento agravado.
El Testimonio del Tormento
Mientras Isidro Morales esperaba el juicio, la atención se centró en el hospital de Puebla, donde Ricardo y Alejandra se recuperaban. A pesar de su estado, pudieron dar declaraciones detalladas a la Detective Fuentes, revelando la verdadera naturaleza del acto atroz.
Ricardo relató que el agresor se les acercó en el sendero, primero con amabilidad, pero luego regresó con un rifle, obligándolos a caminar por más de dos horas hasta la cabaña. Allí, los inmovilizó en las sillas. Ricardo le rogó que se llevara sus pertenencias a cambio de su libertad, pero el hombre no hizo demandas; simplemente buscó control.
Alejandra añadió detalles sobre la sistemática privación extrema. El victimario regresaba cada pocos días con la mínima comida y agua, solo para mantenerlos con vida. Lo más cruel, según ella, era que se sentaba a comer frente a ellos sin ofrecerles nada. Alejandra lo describió como un acto de control deliberado, una manera de afirmar su dominio. En otra ocasión, el hombre tomó fotografías de ellos mientras estaban inmovilizados.
Ambos confirmaron que el hombre nunca los golpeó ni tuvo peticiones de rescate, pero el tormento psicológico era constante: la incertidumbre, la oscuridad, el hambre, la sed, la inmovilidad. La privación extrema de su libertad y de su dignidad era la violencia en sí misma.
Al mostrarles la fotografía de Isidro Morales, ambos lo identificaron de inmediato: “Ese es él, el hombre que nos sustrajo,” afirmó Ricardo.
El Juicio y la Condena Ejemplar
La teoría que surgió del perfil psicológico del agresor fue que Morales, un hombre solitario con antecedentes de conducta antisocial, no actuó por ganancia material, sino por una necesidad patológica de poder y control total.
El juicio de Isidro Morales comenzó en el Tribunal de Puebla, atrayendo la atención de la prensa. Ricardo y Alejandra subieron al estrado, contando su historia con una dignidad impresionante.
En su declaración, Ricardo habló de la pérdida de la confianza y el terror que aún lo despertaba. Alejandra, por su parte, describió cómo el victimario había controlado cada aspecto de su existencia: “No tuvo que golpearme; controló cada aspecto de mi existencia. Esa fue la violencia,” declaró.
El jurado, conmovido por el testimonio de los sobrevivientes y la irrefutable evidencia forense, encontró a Isidro Morales culpable de todos los cargos, incluyendo sustracción de personas, privación ilegal de la libertad y acto violento agravado.
La Jueza impuso una sentencia total de 98 años de prisión, una condena de la pena máxima que, en efecto, representa el encarcelamiento de por vida para el responsable, enviando un mensaje claro contra la impunidad en las zonas más aisladas del estado.
El Largo Camino de la Recuperación
Tras la sentencia, Ricardo y Alejandra fueron dados de alta del hospital, pero su recuperación física y emocional fue un camino largo. La experiencia compartida, aunque creó un lazo de apoyo mutuo, también colocó una tensión insostenible en su relación. Con el tiempo, la pareja se separó, reconociendo que cada uno necesitaba un espacio individual para procesar el tormento psicológico y redescubrir su identidad fuera de la experiencia de la privación extrema.
Alejandra, dejando su trabajo dental, regresó a la universidad para estudiar psicología enfocada en el trauma. Ricardo se convirtió en defensor de los derechos de las víctimas, compartiendo su historia para crear conciencia. El caso de la cabaña abandonada en la Sierra Norte de Puebla se convirtió en un sombrío recordatorio de la vulnerabilidad humana, pero también de la fuerza de la justicia y la resiliencia mexicana.