
En marzo de 2020, Ryan Bennett, un apasionado del senderismo solitario de 34 años, se adentró en la vasta y árida región del desierto de Sonora, en Arizona. Buscaba unos días de desconexión total, lejos del ruido y la rutina, rodeado únicamente por el silencio de la naturaleza. Nada parecía fuera de lo común. Era un excursionista experimentado, acostumbrado a rutas difíciles y climas extremos. Su última comunicación llegó ese mismo día: un mensaje con una fotografía de un cielo tormentoso sobre el altiplano del Quadro. Después, silencio absoluto.
Cuando no regresó a casa ni respondió llamadas, sus familiares alertaron a las autoridades. En cuestión de horas, comenzó una amplia operación de búsqueda. Helicópteros, voluntarios, agentes del sheriff: todos se unieron en un esfuerzo desesperado por encontrarlo. Pero el desierto no devolvió ninguna pista. Durante tres años, Ryan Bennett fue solo un nombre más en la lista de desaparecidos del suroeste estadounidense.
El hallazgo que lo cambió todo
En el verano de 2023, un grupo de biólogos que estudiaba la población de coyotes en una zona remota del desierto se topó con algo que les heló la sangre. A la sombra de un gigantesco cactus saguaro, distinguieron una figura extraña. Al acercarse, comprendieron que no era un simple objeto. Era un cuerpo humano, o lo que quedaba de él. Los restos estaban atados con alambre oxidado al tronco del cactus. El calor, el viento y el tiempo habían hecho su trabajo, pero aún se podían apreciar las marcas de una agonía indescriptible.
Las autoridades confirmaron después que se trataba de los restos de Ryan Bennett. El análisis forense reveló lo más aterrador: no había señales de golpes o heridas mortales. Ryan había estado vivo cuando fue atado al cactus. Su muerte fue causada por deshidratación y sobrecalentamiento bajo el sol abrasador. Un asesinato tan cruel como calculado.
Las primeras pistas
Junto a los huesos hallaron un quemador de gas derretido y partes de un cinturón militar. Aquellos detalles despertaron la sospecha de que el asesino podría tener vínculos con el ejército o, al menos, acceso a equipo táctico.
Durante la investigación, las autoridades revisaron los testimonios de quienes participaron en la búsqueda de 2020. Fue entonces cuando un nombre surgió con fuerza: Eric Dalton, un voluntario muy activo en las operaciones iniciales. Conocía el área como la palma de su mano, siempre se mostraba dispuesto a ayudar y era visto como alguien confiable. Sin embargo, su pasado escondía algo siniestro. Dalton había sido condenado años atrás por secuestro, aunque salió en libertad condicional.
Cuando la policía quiso interrogarlo, Dalton ya había desaparecido. Su casa estaba vacía. Sus pertenencias, intactas. El sospechoso había desaparecido del mapa, justo antes de que los restos de Bennett fueran identificados.
Las pruebas que sellaron su culpabilidad
El registro de su vivienda reveló detalles escalofriantes. En su escritorio, los agentes encontraron mapas topográficos del desierto de Sonora con marcas en lápiz. Uno de los círculos coincidía exactamente con el lugar donde se descubrió el cuerpo de Bennett. También había manuales de supervivencia, guías sobre flora del desierto y un libro sobre nudos y amarres, con una página doblada donde se describía cómo asegurar objetos con alambre.
En el garaje, las pruebas eran aún más incriminatorias: un cinturón militar idéntico al hallado junto al cuerpo, un cilindro vacío de quemador de gas y una cortadora de alambre cuyas marcas coincidían con las del alambre utilizado para inmovilizar a la víctima.
Todo apuntaba a que Dalton había planificado el crimen minuciosamente. Había estudiado el terreno, elegido un lugar apartado y preparado el escenario con precisión militar.
El perfil del asesino
Los expertos que revisaron su historial coincidieron en algo inquietante: Dalton no buscaba dinero ni venganza. Su motivación era el control absoluto. Años antes, había secuestrado a una joven sin pedir rescate ni agredirla sexualmente. Solo la mantuvo cautiva, observándola, disfrutando de su miedo. Su placer provenía del dominio total sobre otra vida.
Esa vez, la víctima escapó. Pero en 2020, Dalton llevó su obsesión al límite. Eligió al azar a Ryan Bennett, un senderista solitario que representaba la víctima perfecta. Lo atrapó, lo llevó hasta el cactus y lo dejó morir lentamente, bajo el sol implacable del desierto.
Durante la búsqueda inicial, Dalton incluso manipuló a los equipos de rescate. Aseguró que debían buscar en el sector norte, cuando sabía que el cuerpo yacía al sur. Mientras los demás recorrían la dirección equivocada, él observaba cómo el desierto consumía a su víctima.
El rastro del fugitivo
La desaparición de Dalton tras el hallazgo desató una cacería nacional. Su fotografía circuló en medios, comisarías y fronteras. Sin embargo, era un experto en supervivencia. Su camioneta nunca fue hallada, y durante meses, parecía haberse desvanecido en el aire.
El caso amenazaba con enfriarse hasta que, a mediados de 2024, un equipo informático logró recuperar fragmentos del disco duro que Dalton había formateado. Entre los datos rescatados aparecieron búsquedas recientes: información sobre pueblos mineros abandonados, refugios en las montañas de Utah y formas de evitar detección por cámaras térmicas. Dalton no huía hacia la civilización: planeaba desaparecer del mundo.
El final en una cabaña
En la primavera de 2025, un guardabosques de Utah notó algo extraño. Una vieja cabaña minera, abandonada desde hacía décadas, mostraba señales de actividad: ventanas selladas desde dentro y humo saliendo de una chimenea oxidada.
El lugar fue rodeado por un equipo especial. Llamaron al sospechoso por altavoz, pero nadie respondió. Horas después, las fuerzas irrumpieron en el interior. Eric Dalton yacía sin vida sobre una cama improvisada, con un arma en el suelo. Se había disparado poco antes de que llegaran.
No dejó carta ni explicación. Pero junto a su cuerpo había una única fotografía Polaroid: un cactus saguaro bajo un cielo tormentoso, idéntico al que Ryan Bennett había fotografiado el día de su desaparición. La imagen era su trofeo, su confesión muda.
Justicia sin cierre
La autopsia confirmó que Dalton se había suicidado con un arma registrada a su nombre. Con su muerte, el caso Bennett fue cerrado oficialmente. Sin embargo, para la familia y los investigadores, el final fue amargo. No hubo juicio, ni respuestas, ni redención.
El desierto de Sonora sigue allí, inmenso, abrasador, silencioso. Sus cactus centenarios fueron testigos de una historia tan incomprensible como real. Una historia de soledad, obsesión y locura. Y de un hombre que quiso jugar a ser dios, eligiendo la arena y el sol como sus cómplices.
Ryan Bennett encontró la muerte en el lugar que más amaba: la naturaleza salvaje. Pero lo que quedó fue algo más que una tragedia. Fue una advertencia sobre lo que puede ocultarse detrás del rostro más amable, sobre los monstruos que caminan entre nosotros disfrazados de buenos samaritanos.
El caso del senderista atado al cactus sigue siendo, hasta hoy, una de las historias criminales más estremecedoras del suroeste estadounidense.