
PARTE I: EL UMBRAL DEL INFIERNO (Agosto, 1945)
El silencio no estaba vacío. Estaba esperando.
Okinawa, agosto de 1945. El aire no se respiraba; se masticaba. Una mezcla espesa de humedad, pólvora quemada y el olor dulce de la podredumbre en la jungla. La guerra había terminado oficialmente hacía semanas, pero nadie se lo había dicho a la isla. O a los fantasmas que aún disparaban desde las cuevas.
El Coronel Raymond Ashworth, “El Profesor”, se secó el sudor de los ojos. Treinta y ocho años. Veterano de Guadalcanal. Llevaba una copia manoseada de La Odisea de Homero en su mochila y el peso de ochocientas vidas en su conciencia.
—Señor. Coordenadas confirmadas —susurró el operador de radio, agachado bajo un helecho gigante. Su voz temblaba. No por miedo, sino por instinto.
Ashworth miró hacia arriba. La montaña Yambaru se alzaba como una bestia dormida. Verde. Impenetrable. Un granjero local había jurado haber visto humo. Humo significaba vida. Vida significaba enemigos.
—Muy bien —dijo Ashworth. Su voz era grava suave—. Mantengan la formación. Ojos abiertos. Si algo se mueve y no es el viento, no duden.
Eran ocho hombres. Siete marines y un traductor nisei, el Cabo James Okinaka. Avanzaban como sombras a través de la maleza. Cada paso era una apuesta.
A las 14:20 horas, encontraron la boca.
No era una cueva natural. Era una herida en la roca, oculta tras una cortina de bambú recién cortado. Las ramas aún sangraban savia verde. Alguien había estado aquí. Hoy.
Ashworth levantó el puño. La patrulla se congeló.
—Radio —ordenó Ashworth.
El operador sintonizó la frecuencia del batallón. La estática siseó como una serpiente enojada. —Puesto de Mando, aquí Ashworth. Referencia de cuadrícula 4-5-6 a 8-2-3. Entrada oculta localizada. Más grande de lo esperado. Vamos a entrar para evaluar. Cambio.
Hubo una pausa. Luego, una voz lejana respondió. —Recibido, Coronel. Tengan cuidado.
Ashworth miró la oscuridad de la cueva. Era una boca negra que respiraba aire frío. Un contraste mortal con el calor de la selva. Se volvió hacia sus hombres. Vio la fatiga en los ojos del Sargento Duca, el miedo controlado en el rostro joven del soldado Rizzo.
—Dejaremos una marca —dijo Ashworth—. Entramos, verificamos, salimos. Rápido y limpio.
Entraron.
La oscuridad los tragó enteros.
Seis horas después. 20:00 horas.
El Capitán Michael Torres llegó jadeando al claro, con doce hombres detrás de él. Sus linternas cortaban la noche morada.
—¡Coronel! —gritó Torres.
Solo el viento respondió. Y los insectos.
Torres avanzó hacia la entrada de la cueva. Su linterna barrió el suelo. Se detuvo en seco. El corazón le golpeó contra las costillas.
—Dios mío… —susurró.
Allí, en la entrada, alineados con una precisión enfermiza, estaban los rifles. Siete M1 Garand y una carabina. Apilados contra la pared de piedra caliza. Sin cargadores. Y sobre una roca plana, como una ofrenda en un altar profano, estaba la radio de Ashworth.
Torres tocó la radio. Estaba fría.
—¿Dónde están? —preguntó el médico, con la voz quebrada—. ¿Dónde están los cuerpos, Capitán? No hay sangre. No hay casquillos.
Torres iluminó el túnel. Se curvaba hacia la izquierda, descendiendo hacia las entrañas de la tierra. Gritó de nuevo. —¡ASHWORTH!
El eco le devolvió su propio miedo.
Las huellas de botas entraban. Se veían claras en el barro húmedo de la entrada. Ocho pares de botas marchando hacia la oscuridad. Ninguna huella salía.
Torres sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura. Era el terror primordial a lo desconocido. Los hombres no se desvanecen. Los marines no dejan sus armas.
A menos que la montaña misma se los hubiera comido.
Torres ordenó montar guardia. Nadie durmió esa noche. Miraban la boca de la cueva, esperando que algo saliera. Pero nada salió.
Durante setenta y tres años, nada salió.
PARTE II: LA FURIA DE LA NATURALEZA (Octubre, 2018)
La guerra terminó, pero la tierra no olvida.
Septiembre de 2018. El tifón Trami golpeó Okinawa con la furia de un dios vengativo. Vientos de 200 kilómetros por hora. Lluvia que caía como balas. La montaña Yambaru, que había guardado su secreto durante siete décadas, finalmente se rompió.
Un deslizamiento de tierra masivo. Cuarenta mil metros cúbicos de barro y vegetación se deslizaron hacia el valle, arrancando árboles de raíz y exponiendo la roca desnuda.
Y algo más.
El Dr. Kenji Yamamoto ajustó sus gafas mientras miraba las imágenes del dron. Era arqueólogo, un hombre de ciencia, acostumbrado a fragmentos de cerámica y huesos viejos. Pero esto… esto le heló la sangre.
—Detén la imagen —ordenó.
Ahí estaba. Sobresaliendo de la montaña recién desollada. Hormigón. No era roca natural. Eran líneas rectas. Ángulos industriales. Una estructura militar que ningún mapa mostraba.
—Llama a los americanos —dijo Yamamoto en voz baja—. Y trae el equipo pesado. Creo que hemos encontrado la puerta trasera.
Dos semanas después.
El equipo conjunto era una mezcla extraña de uniformes y batas de laboratorio. Marines de EE.UU., ingenieros de las Fuerzas de Autodefensa de Japón y forenses de la DPAA (Agencia de Contabilidad de POW/MIA).
La entrada de hormigón había sido forzada. Una puerta de acero colgaba de sus goznes oxidados, abierta desde adentro hacía mucho tiempo.
El aire dentro del túnel era rancio. Sabía a tiempo muerto.
La Dra. Sarah Chen, antropóloga forense, encendió su luz frontal. El haz atravesó la oscuridad, iluminando partículas de polvo que no se habían movido desde la era del Jazz.
—Cuidado donde pisan —advirtió el ingeniero jefe—. El suelo podría ser inestable.
Avanzaron 50 metros. Luego 100. El túnel no era una cueva tosca; era una instalación. Paredes reforzadas. Conductos eléctricos podridos colgando del techo como lianas muertas.
Llegaron a una cámara grande. Parecía una oficina administrativa bombardeada por el tiempo. Escritorios podridos. Archivadores volcados. Papeles… miles de papeles cubiertos de moho.
—Miren esto —dijo Chen.
Su luz se posó en una pequeña habitación lateral.
Había una cama plegable. Y sobre ella, una forma. Huesos. Un esqueleto humano, descansando pacíficamente, todavía envuelto en jirones de tela verde oliva.
Chen se acercó despacio, con la reverencia de quien entra en una iglesia. Se arrodilló junto a la cama. Con unas pinzas, levantó un pequeño disco de metal corroído que yacía sobre el esternón del esqueleto.
Lo limpió con el guante. Las letras estampadas aparecieron bajo la luz.
RIZZO, A. USMC
El silencio en la cámara fue absoluto. —Antonio Rizzo —susurró un joven Teniente de los Marines detrás de ella—. Desaparecido en acción. 12 de agosto de 1945.
Lo habían encontrado. Pero Rizzo estaba solo. Y no había señales de violencia. El cráneo estaba intacto. Las costillas, perfectas. Simplemente se había acostado… y nunca había despertado.
—¿Dónde están los demás? —preguntó Yamamoto, iluminando el pasillo que se adentraba más en la oscuridad.
El escáner LIDAR del equipo zumbó, pintando un mapa digital de lo desconocido. La pantalla mostró una red de túneles que se extendía como un cáncer bajo la montaña. Kilómetros de ellos.
—Dios santo —murmuró el operador del escáner—. Esto no es un búnker. Es una ciudad subterránea.
A medida que avanzaban, la historia se volvía más oscura. Encontraron más habitaciones. Más equipo japonés. Y más cuerpos.
Tres esqueletos en una cámara sellada. Duca. Okinaka. Y otro sin identificar. Todos en posiciones de descanso. Sin disparos. Sin granadas. Era como si la muerte hubiera caminado entre ellos, tocándolos suavemente uno por uno, apagándolos como velas.
Pero faltaba el líder. Faltaba “El Profesor”.
Bajaron al nivel más profundo. 120 metros bajo la superficie. El aire era pesado, casi irrespirable a pesar de los ventiladores modernos que habían instalado. Entraron en la cámara de mando. Era enorme.
Y allí, sentado contra la pared, con las piernas extendidas, estaba él. Los restos del uniforme aún mostraban el águila plateada de un Coronel en el cuello.
Junto a su mano esquelética, un anillo de la Academia Naval de Annapolis. Y un libro. Un bloque sólido de papel hinchado por la humedad, ilegible ahora, pero inconfundible. La Odisea.
Ashworth había llegado al final de su viaje.
Pero fue lo que encontraron en su bolsillo lo que rompió el corazón de la Dra. Chen. Un vial de vidrio. Sellado con cera. Dentro, un papel doblado. Protegido del tiempo, de la humedad, del olvido.
Chen sostuvo el vial bajo la luz. —Hay algo escrito —dijo. Su voz temblaba.
PARTE III: EL ÚLTIMO ALIENTO (La Revelación)
No fue una bala. No fue una espada. Fue el aire.
La nota de Ashworth, escrita con lápiz graso, era el testimonio de un hombre que sabía que estaba muriendo, pero que se negaba a dejar de ser un Marine.
12 de agosto, 1945. 18:00 horas. El complejo es inmenso. Documentos japoneses indican armas experimentales. El aire es malo. Mareos. Fatiga. He enviado a Martinez y Kowalski a la superficie para informar. Mis piernas no responden. Continuamos documentando. Díganle a Margaret que lo siento. Ashworth.
La verdad golpeó a los investigadores como un mazo.
Los ingenieros japoneses explicaron lo que había sucedido. Los túneles tenían un sistema de ventilación. Cuando los japoneses abandonaron o sellaron secciones del complejo al final de la guerra, bloquearon las salidas de aire.
Ashworth y sus hombres entraron con linternas. Su propia respiración, y quizás gases naturales filtrándose desde la tierra, convirtieron la cueva en una cámara de gas lenta. Monóxido de carbono. El asesino silencioso. Inodoro. Incoloro. Mortal.
La reconstrucción de los hechos fue desgarradora.
[Imaginación del evento – 1945]
Ashworth se tambalea. El túnel gira a su alrededor. —Señor, me siento… extraño —dice Rizzo, sentándose en el catre. Su voz suena borracha. —Descansa un minuto, hijo —dice Ashworth. Su propia cabeza palpita como si tuviera un taladro dentro.
Ashworth mira a sus hombres. Están confundidos. Aletargados. Es la hipoxia silenciosa. El “sueño de la muerte”.
—Martinez, Kowalski —ordena Ashworth, arrastrando las palabras—. Vuelvan. Busquen ayuda. Los dos marines asienten, moviéndose como sonámbulos hacia la oscuridad del túnel ascendente. Nunca llegarían. Sus cuerpos serían encontrados días después por el equipo de 2018, enterrados bajo un derrumbe cerca de una salida secundaria que nunca pudieron abrir.
Ashworth se queda. Sabe que no puede subir. Saca su libreta. Saca el vial de muestras. Escribe. La mano le tiembla, pero la disciplina es más fuerte que el veneno en su sangre. Continuando documentación.
Se sienta contra la pared. Saca su libro. Piensa en Ítaca. Piensa en su esposa, Margaret, en San Diego. La oscuridad se cierra. No hay dolor. Solo un sueño profundo y pesado. Cierra los ojos. Y la guerra termina para él.
[Regreso al Presente – 2026]
El Cementerio Nacional del Pacífico en Honolulu es verde y tranquilo. El sol brilla sobre el césped perfectamente cortado.
Es junio de 2020. Elizabeth Ashworth, de 82 años, está sentada en una silla plegable. Tiene las manos nudosas aferradas a una pequeña caja de terciopelo. Dentro está el anillo de su padre.
Siete ataúdes cubiertos con banderas estadounidenses están alineados ante ella. Los “Ocho Perdidos” han vuelto a casa.
Un Capitán de los Marines se acerca. Se arrodilla ante ella. —En nombre de un país agradecido…
Elizabeth toma la bandera doblada. Llora. No son lágrimas de tristeza, sino de alivio. Un alivio que ha tardado toda una vida en llegar.
La teoría de los rifles apilados finalmente tuvo sentido. Los soldados japoneses rezagados, escondidos en las profundidades, debieron haber salido después de que los marines cayeran inconscientes. Encontraron a los americanos dormidos, muriendo. Tomaron sus armas y las dejaron en la entrada. ¿Un acto de burla? ¿O un extraño gesto de respeto de un guerrero a otro, devolviendo las armas antes de sellarse ellos mismos en su propia tumba? Nunca se sabrá. Los cuatro soldados japoneses encontrados en el nivel inferior se llevaron ese secreto con ellos.
El Coronel Raymond Ashworth no murió en combate. Murió explorando. Murió protegiendo a sus hombres hasta que su cerebro ya no pudo enviar las órdenes. Su nota final no fue de miedo. Fue de deber.
Mientras sonaba la trompeta tocando “Taps”, el viento movió las palmeras. Elizabeth miró al cielo azul.
La montaña había devuelto lo que robó. La tormenta había traído la verdad. Y después de 75 años, el Profesor había terminado su clase.