
Creel, Chihuahua.— La majestuosidad de las Barrancas del Cobre es tan imponente como sus secretos. En esta inmensidad de cañones, cuatro veces más grandes que los de Arizona, la belleza turística convive con el silencio cómplice de la sierra. El pasado 19 de agosto, ese silencio se rompió. En un paraje remoto conocido como la “Grieta del Águila”, accesible solo para expertos, dos gambusinos locales encontraron algo que no pertenecía al paisaje: restos humanos momificados, ocultos intencionalmente bajo un saliente de roca.
La identificación fue rápida y sacudió a la comunidad turística del estado: se trataba de Carlos Espinoza, el famoso guía desaparecido hace tres años junto a cinco turistas. Pero lo que parecía el cierre de un triste accidente de montaña, pronto se transformó en una carpeta de investigación criminal que dejó helada a la Fiscalía de Chihuahua. Espinoza no había caído; había sido ejecutado y ocultado. Y la evidencia apuntaba a que los autores no eran sicarios, sino las mismas personas que él había jurado proteger.
El “Tour” sin retorno
Para entender el horror, hay que volver a junio de 2015. Carlos Espinoza era una leyenda local en Creel, apodado el “Hombre de Hierro” por su resistencia física. Aquella mañana de verano, partió con un grupo VIP: el matrimonio Dávila (empresarios de Monterrey), el señor Roberto Herrera y su hijo Dani (de Guadalajara), y la periodista Olivia Cortés.
La última señal de vida fue una foto subida a redes sociales desde un mirador no oficial: sonrisas cansadas con el Río Urique de fondo. Parecían felices. No sabían que su guía, el hombre en quien confiaban ciegamente, ya había firmado su sentencia.
La investigación de la Fiscalía General del Estado, reabierta tras el hallazgo del cuerpo, destapó la doble vida de Espinoza. Lejos de ser el profesional intachable, Carlos estaba hundido en deudas de juego y apuestas clandestinas que superaban el millón de pesos. Tenía a cobradores respirándole en la nuca y una hermana enferma en la capital que necesitaba un tratamiento costoso. Acorralado, Espinoza ideó un plan macabro.
La conexión criminal
El análisis forense de sus dispositivos electrónicos y cuentas bancarias reveló la terrible verdad. Meses antes del viaje, Espinoza contrató tres seguros de vida con cláusulas de doble indemnización. Pero el plan B era aún más siniestro. Los registros telefónicos conectaron al guía con Jacinto M., alias “El Roca”, un exconvicto vinculado a células delictivas en la zona de Guachochi.
La confesión de “El Roca”, detenido semanas después del hallazgo del cuerpo, heló la sangre de los investigadores. No era un tour de aventura; era una entrega. El plan consistía en llevar a los turistas (perfiles de alto nivel económico) a un punto ciego de la sierra, drogarlos con sedantes en la cena y entregarlos a la gente de “El Roca” para un secuestro exprés y vaciado de cuentas. Espinoza fingiría ser una víctima más o el héroe sobreviviente.
Pero esa noche en la Barranca de Urique, el destino jugó sus propias cartas.
La noche que todo salió mal
“El Roca” confesó haber esperado en el punto de extracción con las mulas y su gente, pero la señal de la linterna nunca llegó. Se retiraron al amanecer, pensando que el guía se había acobardado. La realidad fue mucho más violenta.
Los estudios toxicológicos en los restos de Espinoza mostraron altas concentraciones de un potente sedante, el mismo que él había buscado en internet meses antes. La hipótesis de la Fiscalía es digna de una película de terror: Espinoza intentó drogar al grupo con bebidas preparadas. Algo falló. Quizás los turistas notaron un sabor extraño, o el propio Espinoza ingirió la mezcla por error o nerviosismo.
La herida en el cráneo del guía contó el resto de la historia. No fue un disparo de gracia característico del narco. Fue un golpe brutal, “caótico y desesperado”, hecho con una piedra del lugar. Los perfiles criminales sugieren que los turistas descubrieron la trampa. Al darse cuenta de que estaban siendo vendidos en medio de la nada, el instinto de supervivencia se apoderó de ellos. El grupo, gente pacífica de ciudad, terminó matando a su guía en legítima defensa al verse acorralados.
Fugitivos en el infierno verde
El desenlace de esta historia es lo que más duele. Tras la muerte de Espinoza, cinco personas se quedaron solas en uno de los terrenos más hostiles de México. Sin guía, sin mapas, probablemente sin teléfono satelital (que Espinoza habría ocultado) y con la certeza aterradora de que los cómplices del guía (“los mañosos”) estaban cerca y vendrían por ellos.
El miedo los hizo huir. No hacia los pueblos, donde temían encontrar a los aliados de Espinoza, sino hacia lo profundo de la barranca, buscando una salida imposible.
Semanas después del hallazgo del guía, brigadas de búsqueda localizaron restos óseos a 10 kilómetros de la escena del crimen, en un arroyo seco. Pertenecían a Dani Herrera, el joven de 18 años. La causa de muerte: golpe de calor y deshidratación severa. Murió huyendo de un enemigo invisible, bajo el sol inclemente de Chihuahua.
De los Dávila, el señor Herrera y la periodista Olivia, la sierra no ha devuelto nada. Se presume que, en su desesperación y desorientación, cayeron por los desfiladeros o quedaron atrapados en cuevas inaccesibles.
Hoy, en los miradores de Divisadero, la historia de Carlos Espinoza se cuenta en voz baja. No es solo una leyenda sobre un crimen; es un recordatorio brutal de que la naturaleza no perdona, y que a veces, los monstruos no viven en las cuevas, sino que nos guían hasta ellas con una sonrisa. Las familias de las víctimas aún esperan, con la esperanza rota, que la barranca devuelva a sus hijos para darles la paz que la traición les robó.