
Una Nochebuena entre la Niebla y el Caos
Era el 24 de diciembre de 1998 y el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (AICM) era, como siempre, un hormiguero de emociones y caos. Afuera, una densa niebla fría cubría la capital, retrasando vuelos y saturando las salas de espera. Adentro, tres jóvenes destacaban entre la multitud. Sara Castillo, Amanda Morales y Kelly Bravo, estudiantes de un exclusivo internado en Cuernavaca, se dirigían a la sala B para tomar el último vuelo a Monterrey. Iban a casa para Navidad.
Sara llevaba un collar para su madre; Amanda, un telescopio para su hermano. Kelly, nerviosa por las turbulencias, solo quería llegar y abrazar a su papá. Las cámaras de seguridad las grabaron riendo en una cafetería a las 18:03 horas. Caminaron hacia su puerta de embarque, doblaron un pasillo cerca de los baños… y desaparecieron.
Sin gritos. Sin testigos. Como si la tierra se las hubiera tragado en el edificio más vigilado del país. Durante 26 años, sus familias enfrentaron el calvario de la burocracia mexicana: “se fueron con el novio”, “seguro no quieren ser encontradas”, les decían en el Ministerio Público. Pero sus madres sabían que no era cierto. Para la detective Raquel Torres, entonces una joven oficial de la Policía Judicial y hoy fiscal de casos fríos, esa noche se convirtió en una deuda pendiente.
El Horror detrás del Tablaroca
La verdad surgió en 2024, no por una confesión, sino por una grieta. Los trabajos de reforzamiento estructural en la Terminal 1, debido al hundimiento natural de la zona, obligaron a demoler muros antiguos en el área de servicios. Raquel Torres, quien nunca quitó el dedo del renglón, se presentó en la obra cuando recibió la llamada de un ingeniero pálido y tembloroso.
Detrás de una pared falsa, en un espacio que no figuraba en los planos originales de la terminal, encontraron un pasillo ciego. El aire olía a encierro y a tiempo detenido. Al iluminar el rincón con su lámpara, Torres sintió un hueco en el estómago: allí estaban las maletas, cubiertas de polvo de décadas, y los regalos navideños con sus moños intactos.
Pero lo que heló la sangre de los peritos fueron los rastros de vida humana. Colchonetas, envoltorios de comida chatarra de los noventa y mensajes rascados con desesperación en el concreto gris: “Ayuda. Él viene en el cambio de turno. Mantenimiento Ala B”. Y una súplica final que resonará por siempre: “Mamá, luchamos”.
Las pruebas periciales confirmaron la pesadilla: las chicas nunca salieron del aeropuerto. Estuvieron secuestradas allí mismo, en las entrañas de la terminal, mientras sus padres pegaban carteles de búsqueda en los vidrios del otro lado del muro.
El Depredador con Gafete
La investigación de Torres apuntó a un hombre: Tomás Velarde, supervisor de mantenimiento del turno nocturno en 1998. Un hombre gris, “invisible”, con llaves maestras para cada puerta, ducto y pasadizo del AICM. Velarde renunció días después de la desaparición alegando una “emergencia familiar” y se esfumó del mapa.
Los registros recuperados mostraron que Velarde había reportado una falsa avería en los baños de mujeres esa noche, colocando letreros de “Fuera de Servicio” para desviar a las jóvenes hacia un pasillo de servicio. Usó su uniforme y su autoridad para engañarlas. Fue una trampa perfecta, ejecutada bajo la total negligencia de los controles de seguridad de la época.
La detective también halló el diario de un guardia de seguridad privada, ya fallecido, quien sospechaba de Velarde pero calló por miedo a represalias o a perder su empleo. En sus notas, describía cómo Velarde controlaba los túneles subterráneos del aeropuerto como si fueran su casa.
La Pista en la Sierra
El caso se reactivó con furia. La Unidad de Inteligencia Financiera rastreó una pensión cobrada bajo una identidad falsa que llevó a una bodega en las afueras de Puebla. Al abrirla, encontraron un archivo del horror: fotos, videos y cartas. Velarde no solo las retuvo en el aeropuerto; las sacó en una camioneta de carga y las mantuvo cautivas durante cuatro años en diferentes ubicaciones rurales.
Los videos eran desgarradores. En ellos, las jóvenes, con una valentía inmensa, daban pistas sutiles a la cámara: sonidos de trenes de carga (como “La Bestia”), vistas de volcanes, olores a azufre. “Seguimos vivas”, decía Sara en una cinta de 1999.
La última grabación, de noviembre de 2002, mostraba a un Velarde decidido a “cerrar el ciclo”.
Justicia en la Montaña
Triangulando las pistas geográficas, la Fiscalía ubicó una cabaña remota en una zona boscosa de la Sierra Negra. La inteligencia sugirió que Velarde, ahora un anciano de 70 años, había regresado al lugar, posiblemente nervioso por las noticias de las excavaciones en el aeropuerto.
El operativo fue tenso. Un grupo táctico rodeó la cabaña entre la neblina. Encontraron a Velarde cavando en el jardín trasero. Al verse acorralado, el hombre no mostró arrepentimiento. Con cinismo, confesó que los cuerpos estaban allí y que “le habían dado mucha guerra”. Intentó agredir a un agente con la pala y fue abatido en el acto.
La excavación forense, realizada con el protocolo de búsqueda de desaparecidos, confirmó la tragedia. Los restos de Sara, Amanda y Kelly fueron recuperados de una fosa clandestina. La autopsia reveló que fallecieron por sobredosis de sedantes, tal como Velarde había amenazado en sus videos.
El Último Vuelo a Casa
Más de un cuarto de siglo después, las urnas de las tres amigas volaron finalmente a Monterrey. Fue un funeral masivo, donde el dolor se mezcló con la rabia de un país harto de la impunidad. Las madres, convertidas en símbolos de resistencia, agradecieron a la detective Torres.
“Nos devolviste a nuestras hijas, no como queríamos, pero ya no están en la oscuridad”, dijo la madre de Kelly, apretando la foto de su niña contra el pecho.
Hoy, en la renovada Terminal 1, cerca de la sala B, tres estatuas de bronce recuerdan a las viajeras que nunca llegaron. No son víctimas pasivas; son recordadas como guerreras. El “Fondo Becas Sara, Amanda y Kelly” ha sido creado para apoyar a estudiantes de criminología y derecho, asegurando que las futuras generaciones tengan las herramientas para combatir el olvido.
La detective Raquel Torres mira el memorial y sabe que, aunque el sistema falló en 1998, la persistencia de la memoria logró, 26 años después, derrumbar el muro de la mentira.