
Un viaje hacia lo desconocido
El verano de 2016 prometía ser la escapada perfecta para la familia Valles. Tomás, un ingeniero civil trabajador y dedicado; Carolina, una maestra de primaria querida por todos en su escuela de la Ciudad de México; y el pequeño Elías, quien acababa de terminar tercer grado con calificaciones de excelencia, subieron a su camioneta 4×4 seminueva. Dejaron atrás el caos y el tráfico de la capital con un solo objetivo: respirar el aire puro del norte.
Su destino era la majestuosa e imponente Sierra Tarahumara, en el estado de Chihuahua. Tomás, quien había visitado la región en su juventud durante sus prácticas profesionales, quería mostrarle a su hijo la grandeza de las Barrancas del Cobre y los bosques de coníferas que parecen tocar el cielo. El plan era sencillo: acampar, hacer fogatas y desconectarse de la tecnología.
El 18 de julio llegaron a un puesto de control en una zona poco concurrida de la reserva, conocida localmente como “El Sendero del Silencio”. Se registraron con entusiasmo. Carolina envió un mensaje de voz a su madre esa misma noche: “Llegamos bien, mamá. El frío es delicioso y Elías está fascinado con las estrellas. Mañana nos adentraremos más”. Esas palabras, llenas de paz, serían las últimas que su familia escucharía.
El misterio de la montaña
Para la mañana del 20 de julio, el silencio se había vuelto ensordecedor. Los guardabosques notaron que la camioneta de los Valles no se había movido del estacionamiento de visitantes. Al acercarse, el panorama era desconcertante: las puertas estaban cerradas con seguro, las llaves escondidas bajo el tapete del conductor y, en el interior, la vida detenida en el tiempo: botellas de agua, galletas y los cómics de Elías en el asiento trasero. Pero de ellos, ni un solo rastro.
La búsqueda se activó de inmediato. Elementos de Protección Civil, voluntarios locales y perros rastreadores peinaron la zona. Se utilizaron drones y helicópteros para sobrevolar los profundos cañones, pero la orografía de la sierra es traicionera y experta en guardar secretos. Sin cuerpos, sin notas y sin testigos, las teorías comenzaron a surgir: ¿Se habían perdido en los senderos no marcados? ¿Habían sido víctimas de algún grupo delictivo? ¿Un accidente fatal en los acantilados?
Con el paso de los meses, la esperanza se fue apagando. El expediente se acumuló en las oficinas de la Fiscalía bajo la etiqueta de “personas no localizadas”. La familia en la capital vivió cinco años de agonía, sin saber si llorar una pérdida o mantener una vela encendida.
El hallazgo fortuito
El destino, a veces cruel y a veces revelador, jugó sus cartas en el verano de 2021. Dos ejidatarios que colaboraban con los guardabosques patrullaban una zona de difícil acceso, lejos de las rutas turísticas, revisando reportes de tala clandestina. El terreno era abrupto, lleno de maleza y rocas resbaladizas. Uno de ellos tropezó al bajar una pendiente. Al levantarse, algo brillante entre la hojarasca captó su atención.
No era basura reciente. Era una mochila pequeña, de colores vivos, ahora opaca por el moho y el tiempo. Al abrirla, el corazón se les detuvo: ropa talla infantil y un cuaderno escolar con el nombre “Elías Valles” escrito en la portada.
El hallazgo movilizó a un equipo de élite. A pocos metros de la mochila, la tierra reveló lo impensable. Bajo una capa de ramas secas y tierra removida, encontraron una estructura de madera. Parecía un refugio abandonado, pero al excavar, descubrieron que era una tapa. Debajo había un pozo profundo, reforzado con troncos, similar a una trampa para animales grandes, pero diseñado para personas.
En el interior de esa fosa, la realidad superó cualquier temor. Restos óseos, cadenas oxidadas y un ambiente que olía a desesperación. Las pruebas de ADN confirmaron la identidad: eran Tomás, Carolina y Elías. Pero el informe forense reveló el dato más desgarrador: no habían fallecido en 2016. Las marcas en los huesos indicaban fracturas que habían sanado y signos de desnutrición severa. Habían estado cautivos allí, bajo la tierra del bosque, durante casi dos años.
La mente detrás del horror
La investigación dio un giro de 180 grados. Ya no era un caso de desaparición, sino de un crimen atroz. Las pistas dirigieron a las autoridades hacia una cabaña ilegal, oculta a kilómetros de distancia, habitada por un hombre conocido por los locales como “El Loco Martín”. Martín Rojas, un exmilitar retirado con un historial de inestabilidad mental, vivía aislado, despreciando a la sociedad y a los “turistas invasores”.
En su cabaña, la policía encontró un diario. Las páginas, escritas con letra temblorosa, eran la confesión de una mente perturbada. Martín no creía haber cometido un crimen; en su delirio, pensaba que estaba “salvando” a la familia. Escribió sobre cómo encontró a los Valles perdidos y decidió que eran los candidatos perfectos para su experimento de “purificación”, forzándolos a vivir “como la naturaleza manda”.
Tras su captura en un operativo en la sierra, Martín confesó sin remordimientos. Admitió haber engañado a Tomás ofreciéndole una ruta segura, para luego someterlos y encerrarlos en el pozo.
Crónica de una resistencia
Lo que la familia Valles vivió es una historia de amor y resistencia inquebrantable. Martín los mantuvo prisioneros, alimentándolos apenas lo suficiente para sobrevivir mientras les predicaba sus ideas radicales. Tomás, desesperado por salvar a su familia, intentó escapar meses después. Logró salir del pozo y luchó contra Martín, pero la debilidad física por la falta de comida fue su condena. Martín, al verlo como una amenaza, decidió terminar con su vida frente a su esposa e hijo.
Carolina y el pequeño Elías quedaron solos en la oscuridad de la fosa. El invierno en la Sierra Tarahumara es brutal, con temperaturas bajo cero y nevadas constantes. Sin el calor de Tomás y con recursos mínimos, el pequeño Elías enfermó gravemente de neumonía a principios de 2017. Su madre intentó calentarlo con su propio cuerpo, dándole su propia ropa, pero el niño no resistió y partió de este mundo en los brazos de su madre.
Carolina sobrevivió un año más, sola, en la más profunda oscuridad, hasta que su captor decidió que el “proyecto” había terminado y le arrebató la vida.
Justicia y legado
El juicio, celebrado en Chihuahua, fue un evento doloroso. Martín fue declarado culpable y sentenciado a la pena máxima permitida, sin posibilidad de beneficios. Durante las audiencias, permaneció impasible, convencido de su propia retórica.
Para los abuelos y tíos de Elías, el cierre es devastador pero necesario. Los restos de la familia fueron trasladados a la Ciudad de México, donde finalmente descansan juntos. La hermana de Carolina creó una fundación para apoyar a familias de desaparecidos y mejorar la seguridad en zonas ecoturísticas.
La tragedia de los Valles nos deja una lección dolorosa sobre la fragilidad de la seguridad y los peligros ocultos incluso en los lugares más hermosos de nuestro México. Pero también es un recordatorio del amor inmenso de unos padres que, hasta el último segundo, protegieron a su hijo en medio de la oscuridad. Que su memoria sirva para exigir que nuestros bosques sean lugares de vida, y no de miedo. Descansen en paz.