PARTE 1: LAS CENIZAS DEL AYER
El sobre era de color crema, pesado, con bordes dorados. Olía a lavanda y a dinero viejo. Pero para Isabela, olía a sangre.
Estaba sobre su escritorio de caoba, brillando bajo la luz fría de su oficina en el rascacielos más alto de Madrid. No necesitaba abrirlo para saber qué era. Lo sabía desde hacía semanas. Los rumores vuelan rápido cuando te mueves en las altas esferas, aunque nadie en ese círculo sabía quién era ella realmente. Para el mundo, ella era Isabela Rossi, la magnate de la moda que había surgido de la nada para comerse Europa.
Pero para los remitentes de esa carta, ella era solo Isa. La huérfana. La inútil. La basura que habían sacado a la calle una noche de tormenta hace cinco años.
Isabela tomó el abrecartas. Su mano no tembló. Ni un milímetro.
Rasgó el papel.
“Alejandro de la Vega y Sofía Montemayor tienen el honor de invitarle…”
Una risa seca escapó de sus labios. No era una invitación por cortesía. Era un dardo. Una última humillación. Sabían dónde estaba su oficina, pero no sabían que era la dueña. Creían que era una secretaria. La invitación llevaba una nota manuscrita en el reverso, con la letra afilada de su ex suegra, Doña Teresa:
“Ven. Para que veas lo que te perdiste por no estar a la altura. Habrá comida de sobra, por si tienes hambre.”
Isabela cerró los ojos. La memoria la golpeó con la fuerza de un tren de carga.
Cinco años atrás.
La mansión de los De la Vega. Los gritos.
—¡Lárgate! —había gritado Alejandro. Su rostro, el que ella tanto había amado, estaba deformado por el desprecio—. Mi madre tiene razón. Eres una carga. No aportas apellido, no aportas dinero y, al parecer, ni siquiera puedes darme un hijo.
—¡Estoy embarazada! —había querido gritar ella. Pero las palabras se le habían atascado en la garganta.
Doña Teresa la había empujado hacia la puerta. Literalmente. Isabela había caído sobre los adoquines mojados.
—¡Estéril y pobre! —escupió la anciana—. Alejandro se merece una mujer de verdad. No vuelvas nunca. Si te veo cerca, llamaré a la policía.
Isabela se había levantado, empapada, con las rodillas sangrando. Había mirado hacia la ventana del segundo piso, esperando que Alejandro la defendiera. Que bajara corriendo. Que la amara.
Pero la cortina se cerró.
Se fue con lo puesto. Sin dinero. Con dos corazones latiendo dentro de su vientre y el suyo propio hecho pedazos.
Isabela abrió los ojos en el presente. El dolor ya no era una herida abierta. Era combustible. Era un reactor nuclear que la había impulsado a trabajar veinte horas al día, a estudiar, a construir, a conquistar.
Se levantó y caminó hacia el ventanal. Madrid se extendía a sus pies.
—Creen que voy a ir a llorar —susurró a su reflejo en el cristal—. Creen que voy a ir a ver cómo son felices.
Su reflejo le devolvió una sonrisa depredadora. Una sonrisa que no llegaba a los ojos.
Tomó el teléfono. Marcó un número.
—Prepara el jet —ordenó—. Y trae a los niños. Nos vamos a una boda.
—¿Qué vestido preparo, señora? ¿El blanco?
—No —dijo Isabela, visualizando el momento—. El rojo. El color de la guerra.
Esa noche, mientras volaba hacia la hacienda donde se celebraría la boda, Isabela miró a los dos niños que dormían en los asientos de cuero frente a ella. Leo y Mateo. Cuatro años. Cabello negro como la noche, ojos verdes como esmeraldas. La viva imagen de Alejandro, pero con la fuerza de ella.
Ellos eran su secreto. Ellos eran su arma. Y mañana, serían su justicia.
La invitación era una trampa para humillarla. Lo que Alejandro y su madre no sabían era que no se encierra a un lobo en una jaula de cristal y se espera que no la rompa.
Mañana, la mansión De la Vega no celebraría una unión. Celebraría un funeral. El funeral de su arrogancia.
PARTE 2: EL BAILE DE LAS MÁSCARAS
La Hacienda “La Dorada” era un monumento a la ostentación. Candelabros de cristal colgaban de los árboles centenarios. Mesas vestidas con seda importada. Una orquesta tocaba valses suaves mientras la alta sociedad se mezclaba, copa de champán en mano, murmurando y juzgando.
Alejandro estaba de pie junto al altar improvisado en el jardín, ajustándose el corbatín. Se veía guapo. Por supuesto que sí. El dinero ayuda a envejecer bien. Pero había una sombra en sus ojos. Una inquietud.
—¿Crees que vendrá? —preguntó a su madre, Doña Teresa, que estaba a su lado como un general con un vestido de encaje gris.
—Vendrá —aseguró Teresa, bebiendo un sorbo de vino—. Esa muerta de hambre no perderá la oportunidad de comer gratis y vernos en la cima. Quiero ver su cara cuando te vea con Sofía. Quiero ver cómo se rompe.
Sofía, la novia, reía a unos metros con sus amigas. Era joven, rubia, rica y vacía. La nuera perfecta para Teresa.
La ceremonia estaba a punto de comenzar. Los invitados tomaron sus asientos. El silencio cayó sobre el jardín.
Y entonces, se oyó el motor.
No era el sonido discreto de los coches de los invitados. Era el rugido gutural de un motor deportivo de alta gama. Un Bugatti negro mate rompió la estética pastoral, frenando justo en la entrada del camino de grava, levantando una nube de polvo que hizo toser a las damas de honor.
El silencio se transformó en murmullos confusos.
El valet corrió a abrir la puerta, pero esta se abrió antes.
Primero salió un zapato de tacón de aguja. Rojo sangre.
Luego, una pierna larga, firme.
Y finalmente, Isabela se alzó.
El vestido rojo se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel, esculpiendo una figura que la maternidad y el gimnasio habían perfeccionado. Llevaba gafas de sol oscuras, a pesar de que el sol ya estaba bajando. Su cabello caía en ondas perfectas sobre sus hombros.
Se quitó las gafas con un movimiento lento, teatral.
Un grito ahogado recorrió la multitud.
—¿Esa es… la criada? —susurró alguien.
—No puede ser ella.
Alejandro se quedó helado en el altar. Sentía que el suelo se movía bajo sus pies. No era la chica asustada que recordaba. Era una diosa de la venganza.
Isabela caminó por el pasillo central. No miró a nadie. Caminaba como si fuera la dueña del mundo, y el mundo solo fuera una alfombra para sus zapatos.
Doña Teresa dio un paso adelante, bloqueando el camino antes de que Isabela pudiera sentarse.
—Tienes agallas —siseó la anciana, lo suficientemente alto para que las primeras filas escucharan—. Te invité para que vieras tu lugar, no para que vinieras disfrazada de alguien importante con ropa alquilada.
Isabela se detuvo. Miró a Teresa de arriba abajo, con una indiferencia que dolía más que un insulto.
—Buenas tardes, Teresa. Veo que sigues usando el mismo perfume barato. —Su voz era suave, pero proyectaba autoridad.
—¡Insolente! —Teresa se puso roja—. Deberías estar agradecida. Te dejamos venir a comer las sobras. Siéntate al fondo, con el servicio.
Alejandro bajó del altar y se acercó.
—Isa… —dijo, su voz temblorosa—. Te ves… diferente.
—Isabela —corrigió ella, clavando sus ojos en los de él. Esos ojos que una vez la miraron con amor y luego con asco—. Señora Rossi para ti.
—¿Rossi? —Alejandro frunció el ceño—. ¿Te casaste?
—No necesité casarme para cambiar mi destino, Alejandro. Lo construí yo sola.
Sofía, la novia, llegó corriendo, sintiendo que perdía el protagonismo.
—Amor, ¿quién es esta intrusa? ¿Por qué lleva un vestido rojo en mi boda? ¡Es de mala educación!
Isabela sonrió a la novia. Una sonrisa de tiburón.
—Tranquila, querida. No vengo a robarte al novio. Ya lo probé y créeme… no vale la pena. Tiene la costumbre de tirar a la basura lo que no entiende.
El aire se podía cortar con un cuchillo.
—Lárgate —ordenó Teresa, perdiendo la compostura—. ¡Seguridad! ¡Saquen a esta ramera de aquí!
Dos guardias de seguridad se acercaron, dudosos. Isabela ni se inmutó. Levantó una mano, deteniéndolos con un solo gesto.
—Nadie me va a sacar. Tengo derecho a estar aquí. De hecho… —Isabela miró su reloj—. Tengo más derecho que nadie.
—¿De qué hablas? Eres una muerta de hambre —gritó Teresa.
—No —dijo Isabela, y su voz resonó clara y potente—. Soy la dueña de la hipoteca de esta hacienda. Compré la deuda del banco la semana pasada. Técnicamente, Teresa, estás parada en mi jardín.
El silencio fue sepulcral. Alejandro palideció. La empresa familiar había estado en problemas, pero… ¿esto?
—Mientes —susurró Teresa.
—Nunca miento —respondió Isabela—. Pero no vine a hablar de negocios. Vine a entregar un regalo. O mejor dicho… a devolver algo.
Isabela se giró hacia el coche deportivo. Hizo una señal.
La puerta trasera del Bugatti se abrió.
Una niñera uniformada bajó, y tras ella, dos pequeñas figuras.
Vestidos con trajes de lino blanco, idénticos, perfectos.
Caminaron hacia Isabela y le tomaron las manos. Uno a cada lado.
Isabela se giró de nuevo hacia el altar, flanqueada por sus hijos.
Alejandro dejó de respirar.
Eran él. Eran su rostro en miniatura. Los mismos ojos verdes. La misma forma de la barbilla.
—Alejandro —dijo Isabela, y esta vez su voz no tenía odio, solo una fría victoria—. Te presento a Leo y Mateo.
Doña Teresa se llevó la mano al pecho, tambaleándose.
—Tus hijos —sentenció Isabela.
PARTE 3: LA CORONA DE ESPINAS
El sonido de una copa de cristal rompiéndose contra el suelo rompió el hechizo. Había sido la mano de Alejandro, que había perdido toda fuerza.
—¿Míos? —balbuceó. Dio un paso adelante, como hipnotizado—. Pero… mamá dijo que eras estéril. Dijo que…
—Tu madre dijo muchas cosas —interrumpió Isabela, acariciando el cabello de Leo—. Dijo que yo era basura. Dijo que no servía. Dijo que me fuera. Y tú… tú la escuchaste. Me echaste a la calle embarazada, Alejandro.
Un murmullo de horror recorrió a los invitados. La sociedad adoraba el escándalo, pero detestaba la crueldad expuesta. Las miradas se volvieron hacia Doña Teresa, que ahora parecía una bruja encogida.
—¡Es mentira! —chilló Teresa, desesperada—. ¡Son bastardos! ¡De cualquier otro! ¡Ella es una zorra!
Isabela no gritó. Se agachó a la altura de sus hijos.
—Leo, Mateo, ¿ven a esa señora que grita?
Los niños asintieron, asustados.
—Esa es la razón por la que mamá trabajó tan duro. Para que nadie nunca les gritara así.
Se levantó y sacó un sobre de su bolso de mano. Lo lanzó a los pies de Alejandro.
—Pruebas de ADN. Hechas en tres laboratorios diferentes. Suiza, Nueva York y Madrid. Léelas si quieres. O no. No me importa.
Alejandro cayó de rodillas. Miró a los niños. Eran hermosos. Eran su sangre. Y él se había perdido sus primeros pasos, sus primeras palabras. Se lo había perdido todo por obedecer a una madre venenosa y por su propia cobardía.
—Isa… perdóname —sollozó Alejandro. Extendió una mano hacia los niños—. Hijos…
Leo se escondió detrás de la pierna de Isabela. Mateo miró a su padre con curiosidad, pero sin reconocimiento. Para ellos, era un extraño.
—No —dijo Isabela, cortante—. No tienes derecho a llamarlos hijos. Un padre es el que protege. Tú me dejaste bajo la lluvia.
—¡Puedo cambiar! —suplicó Alejandro, ignorando a Sofía, que lloraba histérica al lado—. Cancelaré la boda. Podemos ser una familia. Tengo dinero, puedo darles…
Isabela soltó una carcajada que heló la sangre de los presentes.
—¿Dinero? Alejandro, por favor. —Hizo un gesto vago hacia su coche, su ropa, su aura de poder—. Mis hijos tienen fideicomisos que valen más que toda tu empresa en quiebra. Compré tu empresa esta mañana, por cierto. Junto con esta casa.
Alejandro se quedó boquiabierto. La destrucción era total. Emocional. Financiera. Moral.
—Lo tienen todo —continuó Isabela—. Tienen amor, tienen futuro, y tienen una madre que mataría por ellos. Lo único que no tienen… es un padre cobarde. Y no lo necesitan.
Isabela miró a Doña Teresa, que estaba hiperventilando en una silla.
—Teresa —dijo Isabela, acercándose un paso—. Querías humillarme hoy. Querías mostrarle al mundo que yo no era nadie. Bueno, el mundo está mirando. Y lo que ven es a una mujer que construyó un imperio sobre las piedras que le tiraste.
Se giró hacia los invitados, que la miraban con una mezcla de terror y admiración.
—Disfruten la fiesta —dijo—. La casa es mía, pero invito yo. Considerenlo una obra de caridad para los desamparados… como la familia De la Vega.
—¡Vámonos, niños! —dijo con alegría, cambiando el tono instantáneamente.
—¡Sí, mami! —gritaron los gemelos, felices de dejar ese lugar tenso.
Isabela dio media vuelta. Su vestido rojo ondeó como una bandera de victoria. El sonido de sus tacones sobre la piedra fue el único sonido en la hacienda.
Alejandro se quedó arrodillado en el polvo, viendo cómo la mujer de su vida y los hijos que nunca conocería se alejaban. Sofía tiró el ramo al suelo y salió corriendo. Teresa se desmayó, pero nadie fue a ayudarla. Todos miraban a la mujer de rojo.
Isabela llegó al coche. Ayudó a subir a los niños.
Antes de entrar, miró hacia atrás una última vez. Vio a Alejandro llorando, un rey sin corona, un hombre que lo había tenido todo y lo había cambiado por nada.
No sintió pena. No sintió amor.
Solo sintió una inmensa, profunda y deliciosa paz.
Entró en el coche y cerró la puerta. El sonido fue sólido, definitivo.
—¿A dónde vamos ahora, mamá? —preguntó Mateo.
Isabela arrancó el motor. El Bugatti rugió.
—Hacia adelante, mi amor —sonrió ella, pisando el acelerador—. Siempre hacia adelante.
Dejaron atrás la mansión, la boda y el pasado, desapareciendo en la carretera mientras el sol se ponía, tiñendo el cielo del mismo color rojo que su vestido.
