
El Parque Nacional Iztaccíhuatl-Popocatépetl, en el corazón de México, es un santuario de belleza ancestral, dominado por la imponente silueta de “La Mujer Dormida” y el siempre vigilante “Don Goyo”. Son tierras de leyendas, de aire puro y de paisajes que quitan el aliento, pero también son dominios donde la naturaleza impone su ley con una brutalidad indiferente. Fue en estas laderas sagradas y traicioneras donde la vida de Serena Valdez, una apasionada senderista mexicana de 30 años, y su esposo, Elías Roca, cambió trágicamente en una tarde que quedaría marcada en la memoria colectiva de la comunidad alpinista. Lo que prometía ser una jornada de conexión con la montaña se transformó en uno de los misterios más desconcertantes en la historia reciente del excursionismo nacional.
Aquel día, la pareja había decidido explorar una ruta menos transitada cerca del Paso de Cortés, confiados en su experiencia y en el clima aparentemente benigno de la mañana. Sin embargo, cualquier veterano del alpinismo mexicano sabe que en el “Izta”, el cielo puede ser un mentiroso experto. Sin previo aviso, una tormenta de alta montaña descendió sobre ellos con una violencia inusitada. La niebla se tornó en un muro blanco impenetrable, la temperatura se desplomó bajo cero y el viento aullaba como si los antiguos dioses exigieran tributo. Desorientados y con la hipotermia amenazando sus sentidos, tomaron una decisión desesperada: separarse para buscar ayuda por rutas distintas, una estrategia de supervivencia que, lamentablemente, sellaría un destino fatal. Elías logró descender, luchando contra el granizo y el agotamiento, hasta llegar al refugio donde tenían su vehículo. Pero Serena nunca llegó.
La angustia de Elías se transformó en pánico cuando las horas pasaron y la silueta de su esposa no apareció entre la bruma. El reporte de desaparición movilizó de inmediato a la Brigada de Socorro Alpino de México, a Protección Civil y a cientos de voluntarios que conocían cada grieta del volcán. Durante semanas, el Iztaccíhuatl fue peinado por tierra y aire. Perros de rescate, drones y helicópteros de la policía estatal buscaron incansablemente. Pero la montaña guardó silencio. No había rastro de Serena. Ni una prenda, ni una huella, nada. Era como si la tierra se la hubiera tragado entera. Con el paso de los meses, la búsqueda activa se detuvo, y el caso de Serena Valdez se unió a la triste lista de desaparecidos en las vastas soledades de México, dejando a una familia destrozada y a un esposo atormentado por la culpa y la incertidumbre.
Pasaron diez largos años. La historia de Serena se convirtió en una advertencia susurrada alrededor de las fogatas de los campamentos, un cuento triste sobre los peligros de subestimar al volcán. El expediente acumulaba polvo en las oficinas de la Fiscalía, clasificado como un probable accidente sin cuerpo. Sin embargo, el destino tiene formas extrañas de operar. Un grupo de geólogos de la UNAM, realizando estudios de suelo en una zona restringida y poco accesible del parque, encontró algo que no buscaban: un pequeño clip de visera, desgastado por el sol y la nieve, semioculto entre la grava. Elías Roca, al ser contactado, reconoció el objeto de inmediato: era de Serena. Pero lo que realmente sacudió la investigación no fue el objeto en sí, sino lo que llevaba incrustado.
El análisis forense reveló partículas microscópicas de obsidiana y tezontle con una estructura cristalina muy específica. Los vulcanólogos confirmaron que esa composición mineral no existía en la ruta que Serena y Elías habían tomado aquel día. Ese tipo de vidrio volcánico solo se encontraba en una cañada profunda y geológicamente inestable en la cara oculta del volcán, un lugar conocido por los locales como “La Garganta del Diablo”, lejos de cualquier sendero turístico. Este hallazgo fue la pieza clave que reavivó el caso: Serena no se había perdido en el camino principal; la tormenta la había empujado, o ella había caminado en su delirio, hacia un terreno completamente diferente y mucho más peligroso.
La revelación cambió el mapa de búsqueda. La Comandante de Rescate, Leticia Moreno, quien nunca había olvidado el caso, organizó una nueva expedición, esta vez centrada en la geología más que en la intuición. Pero el terreno era casi inaccesible, un laberinto de rocas afiladas y pendientes mortales. La naturaleza, sin embargo, decidió intervenir nuevamente. En la primavera de 2025, un sismo de magnitud considerable sacudió el centro de México. Si bien causó susto en las ciudades, en las altas cumbres provocó derrumbes masivos. Un enorme deslizamiento de tierra en la cara norte del Iztaccíhuatl reconfiguró el paisaje, exponiendo capas de tierra que habían estado ocultas durante siglos.
Aprovechando la nueva topografía, las autoridades desplegaron drones de última generación equipados con tecnología LiDAR para evaluar los riesgos de nuevos deslaves. Fue el operador de drones, un joven especialista llamado Mateo, quien notó la anomalía. En las imágenes de alta resolución de la zona recién expuesta por el derrumbe, justo en la línea de caída que coincidía con la firma geológica de la obsidiana encontrada años atrás, había algo que no encajaba con el entorno natural. Parecía material sintético, colores que no pertenecían a la montaña.
El equipo de rescate de alta montaña descendió en rapel hacia la nueva zona de impacto, un lugar que hasta hace unos días estaba sepultado bajo toneladas de roca volcánica. Allí, entre los escombros movidos por el sismo, encontraron la respuesta que había eludido a todos durante una década. Restos humanos, preservados parcialmente por el frío extremo y la protección de las rocas, yacían junto a fragmentos de equipo de senderismo que Elías identificó entre lágrimas. Las pruebas de ADN confirmaron lo que el corazón ya sabía: Serena Valdez había sido encontrada.
La reconstrucción de los hechos fue desgarradora pero necesaria. Los expertos concluyeron que, cegada por la tormenta blanca, Serena se desvió kilómetros de su ruta, terminando en esa zona rica en obsidiana donde probablemente resbaló o buscó refugio, quedando atrapada hasta sucumbir a los elementos. Su cuerpo fue cubierto rápidamente por la nieve y los sedimentos, ocultándola de los rescatistas que pasaron cerca días después, hasta que el movimiento telúrico de 2025 la devolvió a la luz.
Para Elías Roca y la familia Valdez, el hallazgo no trajo alegría, pero sí una paz profunda y necesaria. El cierre de un ciclo de dolor que parecía eterno. Pudieron darle una despedida digna, bajándola de la montaña que tanto amaba y que la retuvo tanto tiempo. El caso de Serena Valdez ha quedado grabado en la historia del alpinismo mexicano no solo como una tragedia, sino como un testimonio de la persistencia humana y del poder absoluto de la naturaleza. Nos recuerda que, en las faldas de nuestros majestuosos volcanes, somos meros visitantes, y que la tierra, a su propio tiempo y manera, siempre termina revelando sus verdades más profundas.