
En el bullicio incesante de Ecatepec, Estado de México, donde el sonido de las bocinas se mezcla con el aroma del maíz y el temor latente de sus habitantes, se gestó una de las historias más impactantes de la crónica roja reciente. No fue un enfrentamiento armado entre rivales, ni un operativo de fuerzas especiales lo que desmanteló a una peligrosa célula local; fue la determinación fría y calculadora de Guadalupe Morales Vázquez, una mujer de 68 años conocida por todos simplemente como “Doña Lupita”. Sus armas no fueron de fuego, sino de masa, agua y un conocimiento herbolario prohibido que convirtió su humilde puesto de tortillas en el epicentro de una venganza silenciosa.
El dolor que detonó la furia
Para entender a la mujer que terminó con la vida de 13 integrantes de un grupo delictivo, primero hay que entender su pérdida. Lupita no era una criminal; era una trabajadora incansable que llevaba 42 años en la esquina de Avenida Central y Morelos, alimentando a generaciones de vecinos. Su vida giraba en torno a su nieta, Dulce María, una niña de 12 años con sueños de ser enfermera y una sonrisa que iluminaba las mañanas de su abuela.
Pero en Ecatepec, los sueños son frágiles. La tarde del 12 de marzo de 2019, la violencia que azota al municipio alcanzó a la familia Morales. Durante una persecución a alta velocidad entre criminales y un rival, una bala perdida impactó a Dulce María mientras regresaba de la escuela. La niña falleció en los brazos de su abuela, sobre el pavimento caliente, mientras su cuaderno de ciencias quedaba manchado de rojo. Los responsables huyeron, y como sucede con demasiada frecuencia, la carpeta de investigación se convirtió en una estadística más de impunidad. “Sin testigos no hay caso”, le dijeron a Lupita en la fiscalía, cerrando la puerta a la justicia legal.
La herencia de la curandera
Ante la inoperancia de las autoridades y el cinismo de los criminales que colgaron mantas amenazantes en el barrio días después del funeral, algo se rompió dentro de Lupita. O tal vez, algo despertó. Recordó una vieja caja de lata oxidada escondida en el armario de su madre: los cuadernos de su abuela, una curandera zapoteca.
Entre remedios para el empacho y tés para los nervios, Lupita encontró lo que buscaba en una sección marcada con una cruz negra: “Plantas que quitan la vida”. Allí, con caligrafía antigua, se detallaba el uso de la higuerilla (ricino) y otras hierbas letales que, preparadas correctamente, eran indetectables y mortales.
La cocina de Lupita se transformó en un laboratorio nocturno. Con la paciencia que solo dan los años y el dolor, procesó las semillas hasta obtener una pasta concentrada, ocultando su amargor con especias como comino y chile. Diseñó un sistema infalible: canastas marcadas con trapos de diferentes colores. Blanco para los clientes inocentes; cuadros rojos para los verdugos de su nieta.
La cacería silenciosa
La “Tortillera Justiciera” no actuó al azar. Con décadas observando la calle, conocía los rostros, las motocicletas y las rutinas de quienes cobraban “derecho de piso”. Su primer objetivo fue “El Greñas”, uno de los implicados en la balacera que costó la vida a Dulce. Cuando el joven sicario llegó a comprar su almuerzo, Lupita le sirvió la muerte envuelta en papel de estraza, con una sonrisa amable y un “que le vaya bien, mijo”.
El sujeto falleció horas después entre vómitos y convulsiones, diagnosticado erróneamente con una intoxicación alimentaria. Lupita anotó su nombre en un cuaderno nuevo, inaugurando su lista de justicia.
Durante los siguientes meses, la estrategia se repitió con una precisión escalofriante. “El Kevin”, “El Marvin”, “Los Primos”; uno a uno fueron cayendo. Los síntomas eran siempre los mismos: fallo orgánico masivo, dolor insoportable y un final rápido. En el mundo del hampa local comenzó a cundir el pánico. ¿Era una nueva droga adulterada? ¿Una bacteria en la comida callejera? Nadie sospechaba de la anciana que les regalaba gorditas extra “con cariño”.
El banquete final y la caída
El clímax de esta historia llegó en junio de 2019. El líder de la célula, conocido como el “Comandante Rojo”, organizó una reunión para celebrar que la “racha de mala suerte” había terminado. Para el festín, ordenaron kilos de carnitas y, fatalmente, 10 kilos de tortillas de Doña Lupita.
Esa tarde, Lupita preparó la masa con una dosis triple de la toxina. Sabía que era el golpe final. Entregó el pedido al encargado de la logística, sabiendo que esa cena marcaría el fin de la célula que aterrorizaba su colonia.
Horas más tarde, la casa de seguridad se convirtió en un infierno. Las llamadas de auxilio al 911 describían una escena dantesca: hombres jóvenes retorciéndose en el suelo, expulsando sangre y vida. Cuando las autoridades y los servicios de emergencia llegaron, encontraron armas, dinero, drogas y cuerpos sin vida. El “Comandante Rojo” sobrevivió apenas, condenado a diálisis de por vida debido al daño renal irreversible.
La justicia y el castigo
Fue la arrogancia de los criminales y la meticulosidad forense lo que finalmente delató a Lupita. Los peritos encontraron restos de las tortillas y rastros de ricina, un veneno poco común. Las bolsas de papel llevaban un sello casi invisible: “Tortillería Lupita”.
Cuando la policía llegó a detenerla, Lupita no opuso resistencia. Estaba amasando, tranquila. Pidió despedirse de su puesto y besó la foto de Dulce María antes de extender las manos para ser esposada. En su casa hallaron los cuadernos, las semillas y la lista de nombres tachados.
El juicio fue un debate moral para la nación. Lupita fue sentenciada a 55 años de prisión. Ante el juez, no pidió clemencia. “Yo ya juzgué a los que mataron a mi niña”, declaró con firmeza. Hoy, desde el penal de Tepepán, Guadalupe Morales espera el final de sus días, sabiendo que nunca volverá a ver la luz del sol, pero con la certeza de que aquellos 13 hombres no volverán a lastimar a nadie.
Su puesto permanece cerrado, pero en la fachada, un mural con el rostro de Dulce María recuerda a los vecinos que, en las calles de Ecatepec, el amor de una abuela puede ser tan inmenso como peligroso. Una historia que nos obliga a cuestionar hasta dónde puede llegar el ser humano cuando las instituciones le dan la espalda.