La Ruta de la Venganza: El Chofer que se Convirtió en el Cazador Más Temido de Ecatepec y Desmanteló un Imperio Criminal

Octubre de 2016: El Final de la Cacería

La noche en que todo terminó, el asfalto de la Avenida Central en Ecatepec brillaba bajo una lluvia incesante, reflejando el destello estroboscópico de las luces rojas y azules de las patrullas. No era una escena de crimen común, de esas que abundan en el municipio más poblado del Estado de México. Había un aire solemne, casi ritual. En el centro del caos, rodeado por decenas de oficiales y bajo la mirada atenta de cámaras de celulares que transmitían en vivo, estaba Diego Z.R.

Llevaba una chamarra azul y sostenía una bandana del mismo color en su mano izquierda, como si fuera una bandera arriada tras una batalla perdida. Detrás de él, su combi blanca permanecía estacionada, inerte. En el parabrisas, una calcomanía que durante meses había sido un mito urbano y una advertencia susurrada entre criminales: “Ruta 97. Segura”.

Durante medio año, ese hombre de apariencia ordinaria había convertido su trayecto diario de Ciudad Azteca a Jardines de Morelos en un tablero de operaciones milimétrico. Había eliminado, pieza por pieza, a los responsables de un crimen que las autoridades decidieron archivar. Mientras las sirenas aullaban, la pregunta que flotaba en el aire frío de la noche no era sobre su culpabilidad legal, sino sobre la moralidad de sus actos: ¿Aquello había sido justicia o la caída de un hombre hacia la oscuridad?

La Vida Antes de la Tormenta

Para entender al “justiciero”, primero hay que entender al hombre. Diego llevaba 11 años al volante. Su vida era una rutina de madrugadas frías, café de tienda de conveniencia y el saludo mecánico a los despachadores. A sus 34 años, su universo estaba contenido en esa combi blanca alquilada. Conocía cada bache de la Vía Morelos, cada semáforo descompuesto y cada rostro habitual de la ruta.

Vivía en San Cristóbal, en esas zonas donde las casas crecen hacia arriba en un desorden de ladrillo gris y varillas expuestas. No tenía hijos propios, pero tenía a Mateo. Su sobrino de 15 años era su sombra, su orgullo y su proyecto de vida. Mateo, un chico con la energía inagotable de la juventud, soñaba con ser mecánico y Diego ahorraba cada peso extra en una lata de galletas danesas para pagarle el curso.

Los sábados eran sagrados. Tío y sobrino lavaban la combi juntos, compartiendo desayunos de garnachas y sueños de futuro. “Pronto tendremos la nuestra, mijo”, le prometía Diego. Mateo representaba la esperanza, esa creencia frágil de que en Ecatepec se puede tener un futuro si se trabaja duro. Pero en este municipio, la esperanza camina siempre al borde del abismo.

El Día que el Sistema Falló

La tragedia no avisa. Llegó un miércoles de marzo. Diego no pudo llevar a Mateo a lavar la combi ese fin de semana por doblar turno, una decisión que lo perseguiría eternamente. Mateo regresaba de la escuela en una unidad de la misma ruta, acompañado de una compañera. En la sección Lagos de Jardines de Morelos, tres sujetos abordaron.

La dinámica es tristemente conocida por cualquier habitante del área metropolitana: gritos, insultos, la exigencia de celulares y carteras. Mateo no se movió por sus cosas, se movió para proteger a su amiga cuando uno de los asaltantes la agredió. Fue un acto de valentía instintiva. La respuesta fue brutal: un golpe seco con la cacha de una pistola en la cabeza. Los asaltantes huyeron. Mateo nunca llegó al hospital.

Lo que siguió fue el segundo crimen, el burocrático. El Ministerio Público de Ecatepec olía a desidia y papel viejo. Diego y su familia se toparon con el muro de la indiferencia institucional. Les dijeron que las cámaras del C5 “no servían” en esa zona, que los testigos tenían miedo, que era “complicado”. Semanas después, detuvieron a un sospechoso que coincidía con la descripción, pero lo liberaron por “falta de flagrancia”.

Ese día, al salir de las oficinas de la fiscalía con las manos vacías y el alma rota, algo murió dentro de Diego. Pero algo más nació. Se sentó en su combi y no la encendió. En su mente, la palabra “complicado” resonaba como un insulto. No era complicado. Tres hombres habían subido, tres hombres habían atacado, tres hombres debían pagar.

El Nacimiento del Cazador

Esa noche, Diego tomó un cuaderno escolar de Mateo. En una hoja en blanco escribió: “Ruta 97”. Debajo, anotó tres apodos que había escuchado en los rumores de la calle y los pasillos de la fiscalía: “El Chino”, “Tavo”, “El Tuerto”. No eran fantasmas; eran hombres de carne y hueso que vivían, comían y operaban en su territorio.

Diego no tenía entrenamiento táctico, pero tenía algo mejor: era invisible. Como chofer, era parte del paisaje urbano. Empezó a escuchar. Preguntaba en las bases, invitaba refrescos a otros conductores, oía conversaciones ajenas. Aprendió que en Ecatepec todo se sabe si uno presta atención.

Descubrió patrones. “El Chino” operaba por López Mateos. “Tavo”, con su inconfundible reloj dorado, frecuentaba Jardines. “El Tuerto” era un halcón en moto que vigilaba la Vía Morelos. Diego modificó sus rutas, invirtió horas muertas en observación y mapeó los movimientos de sus presas.

La Lista Negra: Uno a Uno

El primero fue “El Chino”. Diego lo identificó, lo siguió y confirmó su identidad por un gesto particular al rascarse la nuca. Días después, el delincuente apareció sin vida tras un supuesto intento de asalto fallido en una combi. Los testigos hablaron de un “vengador” con bandana azul. Diego tachó el primer nombre en su cuaderno y escribió: “Uno menos”.

Luego fue “Tavo”. Intentó asaltar una unidad donde Diego viajaba como pasajero infiltrado. La confrontación fue rápida. Tavo intentó huir, pero tropezó y Diego lo alcanzó. No hubo piedad. “Dos menos”.

Para entonces, la leyenda del “Justiciero de la Bandana Azul” ya corría por WhatsApp y redes sociales. Diego colocó la calcomanía “Ruta 97. Segura” en su unidad. Era un mensaje doble: protección para los pasajeros, advertencia para los depredadores.

Escalando la Pirámide Criminal

Pero Diego entendió que eliminar a los operadores de calle no bastaba. Alguien los organizaba. Alguien cobraba. Alguien se beneficiaba. Con la ayuda de Javier, un periodista local cansado de la impunidad, Diego accedió a información privilegiada que conectaba los puntos.

La lista creció:

El Tuerto: El ojo que todo lo veía en la avenida, neutralizado en una noche de lluvia.

El Fierro: Dueño de un deshuesadero en Xalostoc donde terminaban los vehículos y las piezas robadas.

La Cora: La mujer que movía los celulares robados en el Puente de Fierro.

Cada nombre tachado era un golpe a la estructura. Diego dejó de ser un conductor dolido para convertirse en un estratega. Saboteó motos, se infiltró en deshuesaderos, se hizo pasar por comprador de mercancía robada. Dejaba su marca, la bandana o la calcomanía, sembrando el terror entre quienes solían imponerlo.

Las amenazas no tardaron en llegar. Una mañana encontró su combi vandalizada y una foto de Mateo en el parabrisas. “Deja de jugar al héroe”, decía el mensaje. Lejos de detenerlo, esto le confirmó que estaba cerca de la cabeza de la serpiente.

El Enfrentamiento con “El Pelón”

La penúltima pieza era “El Pelón”, el cobrador de piso, el hombre que extorsionaba a los choferes. Diego sabía que no podía ir por él directamente en su territorio. Usó a los medios. Le pidió a Javier que filtrara una noticia falsa sobre un operativo del justiciero en una base específica. “El Pelón” mordió el anzuelo y salió de su zona de confort para cazar al cazador.

Diego lo emboscó en Vía Morelos. Fue un enfrentamiento físico y brutal. Cuando tuvo al criminal sometido, este intentó sobornarlo. “Te pago lo que quieras”, suplicó. La respuesta de Diego fue lapidaria: “Esto no es por dinero”.

El Jaque Mate: “El Lince”

Con “El Pelón” fuera, solo quedaba el cerebro detrás de todo: “El Lince”, identificado como Rubén Salazar. Un hombre de negocios, dueño de un depósito de materiales, con conexiones políticas y un historial limpio gracias a sobornos. Era intocable por la vía de la fuerza bruta.

Diego cambió la táctica. No lo atacó con violencia, sino con la verdad. Recolectó videos de seguridad de negocios aledaños al depósito, documentando el flujo de dinero ilícito y la llegada de los cómplices. Entregó todo a Javier.

El reportaje periodístico fue una bomba. Expuso la red completa, obligando a la Fiscalía a actuar para salvar su propia imagen. El cateo al depósito de Salazar fue televisado. El imperio criminal se desmoronó en horas. Diego observó la caída del rey desde la pantalla de su celular, estacionado en una calle lateral. Misión cumplida.

La Entrega

Sabía que vendrían por él. Había dejado demasiadas pistas, demasiados cuerpos, demasiado ruido. Cuando las patrullas bloquearon la Avenida Central aquella tarde de octubre, Diego no intentó huir. Bajó de su combi con dignidad, mostrando la bandana azul, asumiendo las consecuencias de sus actos.

La gente, sus compañeros choferes, los vecinos, miraban en silencio. No había juicios en sus ojos, solo un reconocimiento tácito. Sabían por qué lo había hecho.

Diego confesó todo. No buscó atenuantes. Aceptó que había cruzado una línea de la que no hay retorno. Fue sentenciado, pero su legado quedó impreso en la memoria colectiva de Ecatepec.

El Eco de la Ruta 97

El caso de Diego Z.R. abrió un debate doloroso en México. ¿Qué sucede cuando el Estado renuncia a su deber de proteger? ¿Es la autodefensa un derecho o un crimen? Diego paga su condena en prisión, pero en las calles de Ecatepec, algunas combis todavía llevan discretamente el número 97. No como una ruta, sino como un recordatorio.

La violencia no desapareció, pero durante un tiempo, los criminales sintieron lo que sus víctimas sentían a diario: miedo. Diego no fue un héroe en el sentido tradicional, fue una respuesta desesperada a una realidad insoportable. Y mientras la combi blanca fue vendida y repintada, la historia del chofer que desafió al sistema sigue rodando, susurrada entre semáforos y paradas, como una leyenda urbana hecha de asfalto y sangre.

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