
En el tejido urbano de Nezahualcóyotl, una ciudad forjada entre el esfuerzo y la adversidad, las historias de lucha diaria son comunes. Sin embargo, ninguna ha resonado tanto en los últimos años como la de Elena Guadalupe Ramírez Soto. A sus 54 años, Elena era conocida por ser el alma de la Tortillería “La Lupita”, un negocio que durante un cuarto de siglo fue el sustento de su familia y un punto de referencia en las colonias Benito Juárez y Esperanza. Pero detrás del calor del comal y el aroma del maíz recién molido, se gestó uno de los relatos más oscuros y complejos de justicia por mano propia en la historia reciente de México.
La vida de Elena dio un giro irreversible en marzo de 2023. Hasta entonces, su rutina era un reloj de arena: despertar antes del alba, preparar el nixtamal y atender con amabilidad a obreros y vecinos. Su madre, Lupita Soto, de 79 años, era su compañera constante y un pilar de sabiduría. Juntas, ahorraban cada peso con el sueño de visitar a sus nietos en el extranjero. Pero este sueño fue truncado por la irrupción de grupos delictivos que buscaban controlar cada rincón de la economía local mediante la extorsión sistemática.
El conflicto escaló cuando un individuo conocido localmente como “El Greñas”, operador de una célula criminal, comenzó a exigir pagos por el llamado “derecho de piso”. Ante la imposibilidad de pagar y el firme carácter de Lupita, los delincuentes respondieron con una crueldad que las palabras apenas pueden describir. Una noche de marzo, Lupita fue atacada de forma inhumana a las puertas de su propio hogar. A pesar de los esfuerzos médicos, la anciana perdió la vida días después, dejando a Elena sumergida en un dolor que pronto se transformó en una determinación fría y absoluta.
Lo que siguió fue un colapso total de la confianza en las instituciones. Elena acudió a las autoridades con nombres, apodos y testimonios, pero se encontró con una pared de indiferencia. Su denuncia fue archivada como un “incidente doméstico”, ignorando la evidencia de una agresión directa. Fue en ese momento de abandono estatal cuando Elena decidió que, si la ley no castigaba a los responsables, ella misma se encargaría de que la balanza se equilibrara.
Utilizando sus conocimientos sobre herbolaria tradicional y un acceso discreto a plantas de alta toxicidad como el toloache y la adelfa, Elena inició un proceso de experimentación meticuloso. En su pequeño patio, lejos de las miradas curiosas, determinó las dosis exactas que podrían causar un fallo sistémico en el cuerpo humano sin levantar sospechas inmediatas. Su plan no requería armas ni violencia física directa; su herramienta sería el mismo alimento que preparaba todos los días: la tortilla.
Entre abril y agosto de 2023, Elena ejecutó una estrategia silenciosa. Mediante un sistema de marcado casi invisible en las bolsas de tortillas, logró filtrar su producto contaminado hacia las mesas de aquellos que identificó como los agresores de su madre y otros extorsionadores de la zona. Personajes conocidos en el bajo mundo local comenzaron a presentar síntomas que los médicos confundían con intoxicaciones alimentarias comunes. Uno a uno, los nombres en una lista que Elena guardaba celosamente fueron tachados. En total, se registraron múltiples bajas en la estructura criminal que operaba en sus colonias, incluyendo a figuras clave que habían participado directamente en el ataque a su madre.
El punto culminante de su plan ocurrió durante una reunión privada organizada por “El Greñas”. Elena, aprovechando su red de contactos comerciales, suministró un lote especial de tortillas para el evento. El resultado fue una emergencia sanitaria masiva que obligó a las autoridades a mirar más allá de lo evidente. Sin embargo, un giro trágico ensombreció su propósito: un niño de nueve años, ajeno a los conflictos de los adultos, resultó afectado por ingerir accidentalmente el alimento contaminado. Afortunadamente, el menor sobrevivió, pero este hecho marcó profundamente la conciencia de Elena.
La investigación que finalmente llevó a su detención fue dirigida por el licenciado Martínez, un experimentado agente que logró conectar los puntos entre las muertes misteriosas y la tortillería de Elena. El 15 de agosto de 2023, un operativo conjunto de la policía ministerial y la Guardia Nacional puso fin a la cruzada personal de la mujer. En su domicilio se halló el cuaderno que contenía tanto las fórmulas químicas caseras como la lista de las personas a las que Elena consideraba objetivos de su justicia personal. Al ser detenida, no mostró resistencia ni arrepentimiento hacia los criminales, declarando con una calma inquietante que había hecho lo necesario ante la falta de acción gubernamental.
El juicio de Elena Ramírez se convirtió en un fenómeno mediático y social. La opinión pública se fracturó: para muchos, Elena era una víctima que actuó como un síntoma de un Estado fallido; para otros, se convirtió en una infractora que no podía ser justificada bajo ninguna circunstancia. El tribunal, aunque reconoció la negligencia previa de las autoridades en el caso de su madre, la sentenció a una pena de 45 años de prisión por los actos de represalia planificada.
Hoy, Elena cumple su condena en el Centro de Reinserción Social de Nezahualcóyotl. Irónicamente, su labor diaria en el penal es trabajar en la cocina, donde continúa elaborando las tortillas que marcaron su vida y su desgracia. Su caso queda como un recordatorio sombrío de las consecuencias de la impunidad. Mientras en las calles de Neza algunos aún susurran su nombre con una mezcla de respeto y temor, la realidad es que el ciclo de violencia que ella intentó detener mediante la fuerza personal ha continuado con nuevos rostros y nuevos nombres, demostrando que la verdadera justicia sigue siendo una asignatura pendiente en la región.