
En el vasto y a veces implacable paisaje de Idaho, donde los campos de lava de Craters of the Moon parecen pertenecer a otro planeta, la realidad superó a la ficción de la manera más cruel posible. En junio de 2001, las hermanas Angela y Jenny Wallace, de 24 y 26 años respectivamente, emprendieron un viaje que debía ser de desconexión y fotografía. Sin embargo, su desaparición se convirtió en uno de los enigmas más dolorosos de la región, una herida que solo comenzaría a cerrarse —de forma trágica— seis años después, cuando una de ellas emergió de las sombras.
Angela, una profesora de arte dedicada, y Jenny, una talentosa diseñadora gráfica, eran inseparables. Aquel sábado soleado, después de capturar la belleza desolada de las formaciones volcánicas, decidieron detenerse en una gasolinera en Arco para reabastecerse. Fue allí donde el destino les presentó a Eda, una mujer de apariencia pulcra y vulnerable que afirmaba tener problemas con su camioneta. Criadas bajo valores de solidaridad, las hermanas no dudaron en ofrecer ayuda. No sabían que estaban aceptando una invitación directa al abismo.
El engaño fue magistral. Eda las condujo por caminos de tierra hasta una propiedad aislada, rodeada por cercas de alta seguridad. Allí las esperaba Joseph, un hombre cuya presencia emanaba una autoridad inquietante. En cuestión de minutos, el gesto de bondad de las hermanas Wallace se transformó en una trampa mortal. Las puertas de la casa se cerraron con un sonido definitivo, marcando el fin de su existencia tal como la conocían.
Lo que siguió fue un sistema de control diseñado para quebrar la voluntad humana. Joseph y Eda no buscaban dinero; buscaban lo que ellos llamaban “reformación”. Bajo una doctrina retorcida, las hermanas fueron despojadas de sus nombres y convertidas en números: Siete y Ocho. Sus ropas fueron reemplazadas por sacos grises y sus días se llenaron de trabajos extenuantes y carentes de sentido, como cavar zanjas o mover rocas de un lado a otro bajo el sol abrasador del desierto.
El cautiverio no solo fue físico, sino psicológico. Los captores utilizaban el aislamiento y el castigo selectivo para fomentar la obediencia absoluta. Durante meses, se les hizo creer que sus familias las habían olvidado, mostrándoles recortes de periódico sobre servicios conmemorativos realizados en su honor. Mientras el mundo las lloraba como víctimas de un accidente en la montaña, ellas luchaban por no desaparecer mentalmente dentro de una celda de concreto sin ventanas.
Jenny, la mayor, se convirtió en el faro de resistencia. A pesar de los severos castigos, nunca permitió que su esencia fuera borrada por completo. En un intento desesperado de escape tras una tormenta que dañó el perímetro, ambas probaron el aire de la libertad por apenas unos minutos antes de ser recapturadas. Ese fracaso trajo consigo las consecuencias más duras, incluyendo el aislamiento extremo en contenedores metálicos que funcionaban como hornos bajo el sol de agosto.
Con el paso de los años, la dinámica dentro del complejo se volvió insostenible para Jenny. Su negativa a someterse al control absoluto de Joseph la convirtió en un “problema” para el sistema de los captores. Hacia finales de 2004, tras un altercado violento en la cocina donde intentó defenderse, Jenny fue apartada de su hermana. Angela nunca volvió a verla con vida. Se le dijo que había sido trasladada a otro lugar, pero la realidad era mucho más oscura: Jenny había sucumbido ante la brutalidad del sistema, dejando a Angela sola en un estado de resignación mecánica que Joseph interpretó como una “reformación exitosa”.
El quiebre de este sistema perfecto ocurrió en octubre de 2007 por un error humano nacido de la arrogancia. Una emergencia familiar obligó a los captores a abandonar la propiedad durante tres días, algo que nunca antes habían hecho. Un fallo en el mecanismo de cierre de la celda de Angela le permitió, por primera vez en años, encontrarse sola y sin vigilancia. Impulsada por un remanente de la voluntad de su hermana, Angela caminó kilómetros por el desierto, con los pies sangrando y el cuerpo al límite, hasta llegar a las luces de Boise.
Su aparición en la estación de policía fue como la de un fantasma. Las huellas dactilares confirmaron lo imposible: Angela Wallace estaba viva. Sin embargo, su testimonio abrió la puerta a una investigación que revelaría el destino final de su hermana. Las autoridades asaltaron la propiedad de los capturadores, encontrando un taller de horrores y, finalmente, los restos de Jenny en una fosa poco profunda detrás del granero.
El juicio que siguió en 2008 expuso ante el mundo la profundidad de la perversión de Joseph y Eda. Él, aferrado a su delirio de salvación divina; ella, una cómplice activa que administraba castigos con frialdad clínica. Joseph fue condenado a cadena perpetua y Eda a 40 años, pero para Angela, la sentencia no devolvió el tiempo perdido ni a la persona que solía ser.
Hoy, la historia de las hermanas Wallace permanece como un recordatorio sombrío de la fragilidad de nuestra seguridad cotidiana. Angela vive ahora en un mundo que siguió adelante sin ella, lidiando con el peso de haber sobrevivido y el vacío de la ausencia de Jenny. Su libertad es física, pero las cicatrices de esos seis años en el desierto son un territorio que todavía recorre cada día, buscando encontrar sentido entre las cenizas de una vida que le fue arrebatada y que nunca podrá ser reconstruida totalmente.