
LOS ÁNGELES, NOVIEMBRE DE 2011
La unidad 404 no olía a muerte. Todavía no.
Olía a polvo estancado, a concreto frío y a ese silencio opresivo que solo existe en los almacenes de alquiler de Van Nuys un martes por la tarde. El cerrojo cedió con un chasquido metálico bajo la presión de las cizallas policiales. La puerta enrollable subió con un rugido, revelando una oscuridad estéril.
En el centro de la habitación vacía, iluminada solo por las linternas tácticas de los detectives, había una sola cosa. Un objeto.
Una caja de cartón alta. De esas que se usan para guardar ropa, marca U-Haul. Estaba sellada meticulosamente con cinta marrón. No había muebles, ni maletas, ni recuerdos olvidados. Solo la caja. Y en el costado, garabateado con un marcador negro permanente, una sola palabra que golpearía a los oficiales con la fuerza de un disparo:
“FRÁGIL”.
El detective Miller se acercó. El aire se sentía pesado. Con una navaja, cortó la cinta superior. Las solapas se abrieron.
No había ropa.
El interior estaba repleto de plástico de burbujas. Metros y metros de envoltura protectora transparente, brillando bajo la luz artificial. Miller apartó la primera capa. Luego la segunda. Su respiración se detuvo.
Debajo del plástico, acurrucada en posición fetal, envuelta como una estatua de porcelana costosa, había una mujer.
Tenía un tubo de plástico transparente que salía de su boca, atravesando las capas de asfixiante polietileno hasta el aire exterior.
—Dios mío —susurró Miller, retrocediendo un paso, con la bilis subiendo por su garganta—. Estaba viva cuando la empacaron.
EL CEBO
Cuatro días antes.
Annie Fox, de 24 años, se miró al espejo retrovisor de su Toyota Corolla plateado. Se acomodó un mechón de cabello rubio detrás de la oreja. Llevaba el uniforme no oficial de las modelos en Los Ángeles: jeans negros ajustados, una camiseta blanca inmaculada y una carpeta de cuero con sus fotos.
Estaba nerviosa. Pero era ese nerviosismo eléctrico de la esperanza.
El correo electrónico había llegado la noche anterior. “Casting urgente. Nueva marca de ropa urbana. Burbank. Pago inmediato”. No había banderas rojas. En esta ciudad, las oportunidades no tocan a la puerta; te envían coordenadas de GPS y te piden que llegues en una hora.
—Esta es la buena —murmuró para sí misma.
Salió del coche. El sol de California rebotaba en el asfalto del polígono industrial. Caminó hacia la puerta número 3 del estudio “Burbank Daylight”.
Tocó el timbre.
La puerta se abrió casi al instante. Una mano se extendió, invitándola a pasar. Annie cruzó el umbral hacia la penumbra.
La puerta metálica se cerró detrás de ella con un golpe seco. Fue el último sonido que Annie escucharía del mundo exterior.
Dentro, no había cámaras, ni luces, ni percheros con ropa de diseñador. Solo una silla solitaria en medio de un ciclorama blanco infinito. Y un hombre con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
—Siéntate, Annie —dijo Derek Holt. Su voz era suave, culta, peligrosa—. Empecemos.
LA LOGÍSTICA DEL MAL
La desaparición de Annie no fue un estallido de violencia. Fue un error de cálculo en una hoja de Excel.
Mientras los padres de Annie en Ohio marcaban su número frenéticamente, escuchando el tono de llamada disolverse en el buzón de voz una y otra vez, su hija ya no era una persona. Era carga.
En el estudio, Annie estaba sentada, con la cabeza caída sobre el pecho. La ketamina que Holt le había inyectado —bajo la excusa de un “procedimiento estándar” o quizás por la fuerza, los detalles se perdieron en la niebla— había hecho su trabajo. Estaba en un estado disociativo profundo. No podía moverse. No podía gritar. Pero sus ojos… sus ojos quizás veían formas borrosas moviéndose a su alrededor.
Marcus Reed entró por la puerta trasera. No era un asesino, se decía a sí mismo. Era un “facilitador”. Un contratista.
—¿Está lista? —preguntó Reed, mirando el cuerpo inerte de la chica como quien mira un mueble que hay que mudar.
—Sí. Empaquétala —ordenó Holt, limpiando una jeringa—. Y ten cuidado. El cliente paga por la perfección. Ni un moretón. Ni un rasguño.
Reed asintió. Sacó los suministros que había comprado en una ferretería la noche anterior. Rollos de plástico industrial. Cinta adhesiva. Bridas.
Comenzó el proceso. Fue una operación clínica, desprovista de humanidad.
Primero, le ató las muñecas y los tobillos con bridas de plástico negro. Pero, siguiendo las instrucciones, colocó almohadillas de espuma debajo del plástico duro para no marcar su piel. Cuidando la mercancía.
Luego, insertó el tubo de respiración en su boca.
—Respira —murmuró Reed mientras aseguraba el tubo con cinta—. No te mueras todavía.
Annie fue envuelta en capa tras capa de plástico de burbujas. Reed la levantó y la colocó dentro de la caja de armario de cartón. Rellenó los huecos con bolsas de aire para que no se golpeara contra las paredes durante el transporte.
Selló la caja. Escribió “FRÁGIL”.
El plan era simple: llevar la caja al aeropuerto de Van Nuys. Un jet privado esperaba. Un comprador anónimo, conocido solo como “Mr. V”, había pagado 250.000 dólares por ella. Annie despertaría en aguas internacionales, en un yate, lejos de cualquier ley.
Pero en Los Ángeles, incluso el mal tiene problemas técnicos.
El teléfono de Reed sonó cuando ya estaba en la furgoneta.
—El avión no puede despegar —dijo la voz de Holt, tensa—. Problemas hidráulicos. Aborta.
—¿Qué hago con… esto? —preguntó Reed, mirando la caja en su retrovisor.
—Guárdala. Espera instrucciones.
Reed no quería llevar un cuerpo a su casa. Su esposa estaba allí. Así que hizo lo que cualquier contratista haría con un paquete sobrante. Alquiló un trastero.
La dejó en la unidad 404. Apagó la luz. Bajó la persiana.
Y se fue a casa a cenar.
EL DESEMBALAJE
La morgue del condado de Los Ángeles nunca había visto algo así.
Los patólogos no estaban realizando una autopsia estándar; estaban realizando un desembalaje. Todo fue grabado en video. El sonido de las tijeras cortando el plástico grueso llenaba la sala fría.
Capa 1: Plástico negro opaco. Para ocultar el contenido. Capa 2: Plástico de burbujas de alto calibre. Para amortiguar golpes. Capa 3: Film transparente. Para inmovilizar.
A medida que quitaban las capas, la figura de Annie emergía. Todavía llevaba sus jeans negros y su camiseta blanca. Estaba impecable. El maquillaje apenas se había corrido. Parecía estar durmiendo una siesta incómoda.
Pero cuando llegaron a la cara, la realidad golpeó a todos los presentes.
El tubo.
Estaba doblado.
El informe forense sería devastador en su simplicidad: Asfixia posicional.
Annie no murió por la droga. Murió porque la caja fue inclinada. O porque, en su estupor inducido por la ketamina, su cuerpo se relajó demasiado y su barbilla cayó, bloqueando el tubo contra la pared de cartón.
Había muerto sola, en la oscuridad total de la unidad 404, lentamente, mientras el aire se volvía veneno en sus pulmones. Nadie escuchó sus intentos de respirar. Nadie vino por ella.
Cuando el “Mr. V” se enteró del retraso, simplemente canceló el pedido.
“La demora es inaceptable. Cancela el trato. Devuelve el anticipo.”
Para él, Annie era un envío de Amazon que se había retrasado. Un inconveniente. Holt, al recibir el mensaje, no corrió a liberarla. Simplemente la dejó allí. Ya no valía dinero. Era un residuo.
LA CACERÍA
La policía de Los Ángeles no tardó en conectar los puntos. Un “teléfono fantasma” desechable que se movía junto con el de Annie. Una compra inusual en una ferretería: una caja gigante, plástico de burbujas, bridas.
El video de seguridad de la tienda mostraba a Marcus Reed comprando los materiales de la tumba de Annie con una calma escalofriante. Masticaba chicle. Bromeaba con el cajero.
Cuando el equipo SWAT derribó la puerta de Reed en Burbank, lo encontraron en la cama, aturdido. En su garaje: los restos de los rollos de cinta. Y en un trozo de cinta adhesiva arrugado en la basura: un solo cabello rubio.
Reed cantó. Cantó para salvarse.
Señaló a Derek Holt.
La policía arrestó al fotógrafo en su loft de lujo en el distrito de arte. Holt estaba indignado, gritando sobre sus derechos, actuando como el genio incomprendido. Pero en su caja fuerte encontraron viales de ketamina veterinaria. Y en su escritorio, como un trofeo perverso, el teléfono Blackberry rosa de Annie.
JUSTICIA A MEDIAS
El juicio fue un espectáculo de crueldad.
La defensa de Holt intentó culpar a Reed: “Fue negligencia del transportista”. La defensa de Reed intentó culpar a Holt: “Solo seguía órdenes, pensé que era una muñeca sexual realista”.
El fiscal destruyó esa mentira con una sola pregunta a Reed, mostrando la foto del cadáver envuelto:
—Señor Reed, si usted pensaba que era una muñeca de silicona… ¿por qué se molestó en ponerle un tubo para respirar?
El silencio en la sala fue absoluto.
Derek Holt fue condenado a cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional. Moriría en prisión. Marcus Reed recibió 25 años.
Pero mientras los padres de Annie salían del tribunal, tomados de la mano, con los rostros envejecidos diez años en diez meses, no había sensación de victoria.
Porque faltaba alguien.
La investigación había rastreado el dinero hasta una cuenta en Panamá. El avión privado estaba registrado a una empresa fantasma en Delaware. El rastro digital de “Mr. V” se desvanecía en servidores encriptados al otro lado del océano.
El hombre que había ordenado a Annie como si fuera un par de zapatos, el hombre que tenía el poder y el dinero para convertir a un ser humano en un objeto, seguía libre.
Quizás estaba en un yate en el Mediterráneo. Quizás estaba en un rascacielos en Dubai.
Esa noche, en algún lugar del mundo, un teléfono seguro vibraría. Un nuevo catálogo de “modelos”. Un nuevo pedido.
Annie Fox ya no estaba. Su belleza, sus sueños, su risa… todo había sido reducido a un número de lote en una caja de cartón.
Y en los almacenes silenciosos de Los Ángeles, entre el polvo y las sombras, la pregunta permanecía colgada en el aire viciado, tan frágil como la vida misma:
¿Quién será la siguiente?