
En el vasto y a menudo implacable paisaje del norte de México, específicamente en el estado de Chihuahua, las historias de personas que se pierden en la inmensidad de sus zonas rurales son una herida abierta en la sociedad. Sin embargo, pocas han dejado una huella tan profunda como la de Lorie Jensen. En octubre de 2010, la vida de esta fotógrafa independiente se desvaneció, dejando tras de sí un rastro de preguntas que nadie pudo responder durante media década. Lo que comenzó como una asignación de trabajo para documentar la arquitectura de las antiguas haciendas del porfiriato se transformó en uno de los misterios más inquietantes de la región.
Lorie era conocida por su profesionalismo. Aquel 24 de octubre, se dirigió a la antigua Hacienda Los Olvidados, un sitio abandonado y cargado de historia, con el objetivo de capturar imágenes para un archivo cultural. Su última comunicación fue una breve llamada a su esposo, informándole que estaba entrando en una brecha de terracería donde la señal de celular era casi inexistente. Cuando no regresó esa noche, la alarma se activó. A pesar de los esfuerzos de búsqueda que movilizaron a voluntarios locales y autoridades, solo se encontró su camioneta SUV, cerrada y con sus documentos personales intactos. Su equipo fotográfico y ella habían desaparecido sin dejar rastro.
El punto de inflexión llegó en julio de 2015, cuando una empresa desarrolladora comenzó a limpiar los terrenos de la vieja hacienda para un proyecto ganadero. Durante las labores de demolición de las estructuras más dañadas, los trabajadores se toparon con un antiguo retrete de madera y piedra que estaba por colapsar. Al remover la base con maquinaria pesada, se reveló una fosa profunda que había sido sellada intencionalmente con tierra y escombros años atrás. Al iluminar el fondo, el horror se hizo presente: restos humanos en una posición que indicaba una lucha desesperada por salir.
La intervención de los peritos forenses del estado confirmó la identidad: era Lorie Jensen. Pero la revelación más dolorosa fue la naturaleza de sus últimos momentos. La autopsia determinó que Lorie no falleció por el impacto inicial de un golpe en el cráneo, el cual solo la dejó aturdida. La presencia de sedimentos en sus pulmones y la posición de sus manos, aferradas a las paredes de la fosa, confirmaron que recuperó el conocimiento en la oscuridad total y luchó por su vida antes de sucumbir a la falta de oxígeno.
La justicia mexicana, a menudo cuestionada, encontró en este caso un aliado inesperado: un encendedor metálico grabado con las iniciales “SRV” y un emblema militar, hallado entre los restos. Este objeto fue la pieza clave que vinculó la escena con Clint Ray Walker, un hombre con antecedentes de violencia que trabajaba de forma clandestina en la zona. Walker utilizaba la hacienda abandonada como centro de operaciones para el procesamiento ilegal de carne de caza, ocultándose de los guardabosques y las autoridades.
El testimonio de una mujer llamada Sarah, quien vivió con él en esa época, fue decisivo. Ella relató cómo, en octubre de 2010, Walker llegó a su vivienda visiblemente alterado, con la ropa manchada y lamentando haber perdido su encendedor “de la suerte”. Además, Sarah recordó que él intentó vender una cámara profesional de gran valor días después. La fiscalía reconstruyó los hechos: Lorie habría sorprendido a Walker en medio de sus actividades ilegales. Para evitar ser denunciado, él la atacó y la arrojó a la fosa, creyendo que la estructura abandonada guardaría el secreto por siempre.
El juicio, celebrado en Chihuahua, atrajo la atención nacional. Walker, manteniendo una actitud fría e indiferente, fue confrontado con la evidencia científica y los testimonios que lo ubicaban en la hacienda el día del crimen. En un momento de presión durante los interrogatorios, admitió que “ella no debió haber estado ahí”, confirmando que su decisión de ocultarla fue un acto de pánico y crueldad absoluta.
Finalmente, el tribunal dictó una sentencia histórica de cadena perpetua por homicidio calificado y ocultamiento de pruebas. Para la familia de Lorie, después de cinco años de incertidumbre en un país donde muchos casos quedan en el olvido, el hallazgo trajo un cierre necesario. La Hacienda Los Olvidados ha sido finalmente demolida, pero la historia de Lorie permanece como un recordatorio de que, incluso en los rincones más remotos del desierto, la verdad tiene una forma de emerger hacia la luz.