
Junio de 2014. La majestuosa Sierra Tarahumara, en el estado de Chihuahua, ofrecía su vasta inmensidad y sus profundas barrancas como telón de fondo para miles de exploraciones. Para Ricardo Ayala, de 22 años, un fotógrafo naturalista con un sueño de exposición individual, y su novia Sofía Beltrán, de 23, estudiante de geología en la UNAM, el plan era sencillo y apasionado: una excursión de fin de semana a una zona remota cercana a la Barranca del Sinforosa. Ricardo buscaba capturar las raras formaciones de cañones al atardecer, y Sofía, muestras geológicas únicas para su tesis.
Su vehículo, una camioneta Nissan Pathfinder blanca, quedó estacionada al inicio de un sendero poco conocido el 15 de junio. La última comunicación de Sofía fue una llamada a su madre, Doña Carmen, prometiendo regresar el domingo por la noche a la capital. A partir de ese momento, su rastro se desvaneció. Un último registro de GPS los situaba a unos seis kilómetros del punto de partida, cerca de un afloramiento rocoso conocido por los lugareños como la “Mesa del Diablo”. Después, solo el vacío.
Cuando la pareja no regresó ni se comunicó, la preocupación familiar escaló a alarma oficial. La chamarra de Ricardo, olvidada en el asiento trasero de la camioneta, se convirtió en la primera y única prueba de que realmente habían emprendido la ruta. El Comandante Solís, jefe de la operación de búsqueda inicial de la Fiscalía General del Estado (FGE) de Chihuahua, movilizó a personal de Protección Civil y voluntarios rarámuris. Sin embargo, la Tarahumara, con sus cañones de más de 1,800 metros de profundidad y una vegetación tan densa que impedía la inspección aérea, se convirtió en un laberinto inescrutable.
La Angustia y la Lucha Contra la Burocracia
Día tras día, la esperanza se desvanecía. La búsqueda activa se extendió por tres semanas, abarcando hasta ocho kilómetros desde el último punto conocido. No se hallaron restos de un campamento, ni signos de lucha, ni siquiera un pedazo de ropa. La pareja parecía haberse disuelto en la inmensidad. La FGE, ante la falta de evidencias en el terreno escarpado, reclasificó el caso como un extravío simple en circunstancias inexplicables, una declaración que golpeó a Don José Ayala, el padre de Ricardo, como una campana fúnebre.
En medio de la devastación, la voz de la resistencia la puso Don José. “La Sierra no pudo tragarse a dos personas. Alguien sabe lo que pasó, y la Fiscalía debe encontrarlo”. Esta frase se grabó en la memoria colectiva, transformándose en el lema de la persistencia familiar que se enfrentaba a la burocracia y la indiferencia institucional.
Decididos a no aceptar el olvido, las familias Ayala y Beltrán contrataron al Investigador Privado Mario Chávez de Monterrey. Chávez comenzó desde cero, revisando grabaciones de seguridad en los últimos pueblos y entrevistando a cada persona que pudiera haberlos visto. Su trabajo incansable, que duró años, reveló un dato inquietante: los rumores de cultivos ilícitos en la zona profunda de la Barranca del Sinforosa y la presencia de un hombre agresivo, apodado “El Guardián”, que ahuyentaba a los intrusos de la parte más remota.
El caso pasó a la etapa de olvido institucional. Se instaló una placa conmemorativa en la entrada del sendero más cercano, un mudo testimonio de una pérdida sin respuestas. La ley permitía declarar la partida de una persona tras cinco años, pero las familias se negaron rotundamente a considerar esa posibilidad, manteniendo la agonía de la incertidumbre. El investigador Chávez, aunque agotado, mantenía una línea de investigación: lugareños habían reportado ser amenazados por un hombre alto y barbudo, quien les exigió abandonar su “territorio” con amenazas veladas.
El Hallazgo Que Rompió el Silencio de Cinco Años
El silencio de la Sierra Tarahumara se rompió en mayo de 2019, cinco años después de la desaparición. La geóloga Elena Serna, de 36 años, fue contratada por una empresa para explorar una zona remota conocida como la Mesa del Diablo.
Mientras realizaba su rutina de trabajo, un destello metálico llamó su atención: un mosquetón de escalada con un trozo de cinta de nailon azul, fijado deliberadamente entre dos rocas basálticas. No era una ruta turística, y la marca parecía haber sido puesta allí de forma intencional. Algo en la escena le indicó a la experimentada geóloga que no se trataba de un simple resto de campamento.
Al subir a un mirador cercano para tener una mejor vista del cañón, Elena divisó las siluetas oscuras, inmóviles, suspendidas de la rama de un enorme pino, a unos seis metros del suelo. Con sus binoculares, confirmó el espantoso hallazgo: dos restos humanos, casi momificados por el clima seco y el paso del tiempo. Un detalle la heló: una de las figuras vestía lo que quedaba de una chaqueta polar de color rosa pálido, idéntica a la descrita en los reportes de Sofía Beltrán.
Sin acercarse, la geóloga marcó las coordenadas exactas y, tras una ardua caminata de varias horas para conseguir señal, notificó a la Fiscalía General del Estado de Chihuahua. La Mesa del Diablo había guardado un terrible secreto, que ahora, por voluntad del azar, sería revelado.
La Verdad Oculta en los Restos Humanos y la Vida en Gestación
La llegada de los investigadores y peritos de la FGE a la escena fue un evento masivo y delicado. El Comandante Javier Robles, un veterano con 20 años de experiencia, dirigió la delicada operación de recuperación de los restos humanos. Cinco años de clima riguroso habían dejado los cuerpos casi irreconocibles. Sin embargo, algunos detalles resistieron: el vellón polar en el esqueleto femenino y los restos de una camiseta con un logotipo reconocible en el masculino. Los registros dentales confirmaron lo que todos temían: se trataba de Ricardo Ayala y Sofía Beltrán.
El examen preliminar del Servicio Médico Forense (SEMEFO) desveló los primeros y escalofriantes indicios de un acto violento. Los restos estaban unidos a la rama del árbol con una cuerda sintética de escalada, anudada profesionalmente con un nudo de doble vuelta, una suspensión intencional.
Pero lo más impactante estaba en los resultados de la autopsia: Ricardo Ayala había sufrido una lesión contundente grave en la parte posterior de la cabeza, sugiriendo un ataque por la espalda. Sofía Beltrán, aunque se había confirmado que su partida fue por asfixia, guardaba un secreto más profundo: estaba en estado de gestación de aproximadamente catorce semanas. La tragedia se multiplicó, pasando de la pérdida de dos vidas jóvenes a la de una familia incipiente.
El Responsable Custodió su Secreto Durante Años
Las pruebas en la escena no dejaban lugar a dudas: la pareja no había fallecido por accidente o exposición. La carabina de escalada encontrada por Elena Serna tenía menos de seis meses de antigüedad, al igual que los rastros de un campamento en un saliente rocoso que dominaba el lugar de la suspensión. El responsable había regresado, y con regularidad, para observar el destino de sus víctimas. Como lo señaló el Comandante Robles: “Alguien quería que se encontraran los cuerpos, pero ¿quién y por qué cinco años después?”.
La nueva investigación se enfocó en el antiguo sospechoso local, Donato. Aunque la bobina de cuerda de escalada similar a la usada en el crimen fue hallada en su propiedad, su coartada era sólida. El cambio de enfoque se centró en Guillermo “El Guardián” Torres, un hombre que vivía recluido y era conocido por su paranoia. Las pistas del investigador Chávez se complementaron con el conocimiento geológico de Elena: partículas de mineral de cobre y níquel fueron encontradas cerca del árbol. Este mineral era característico de la antigua mina abandonada “El Cobre”, a dos millas de la Mesa del Diablo, donde Torres tenía un escondite.
La Confesión Escrita y el Final Abierto en la Tarahumara
Tras un interrogatorio a Donato, quien rompió su silencio por temor a la marca de la carabina (la “señal” de Torres), los agentes de la FGE localizaron la mina “El Cobre”. La escena en el socavón era espeluznante: un campamento improvisado, herramientas, y un extenso cultivo ilícito de marihuana. El motivo del acto violento se hizo evidente: Torres temía que la pareja, al fotografiar o recolectar, expusiera su negocio.
En lo más profundo de la guarida, bajo unas piedras, se halló la prueba final: un cuaderno de cuero con la caligrafía de Guillermo Torres. Las entradas eran un relato escalofriante, desde el avistamiento de la pareja (“el chico estaba fotografiando las vetas de cobre… volverán pronto”) hasta la agresión fatal (“no debían verlo, nadie más sabrá de este lugar”).
La última anotación, de mayo de 2019, era concisa y aterradora: “5 años, hora de dejarlos ir. Dejé una señal”. La señal, el mosquetón con la cinta azul, era su forma de culminar un ciclo de custodia y, quizás, una retorcida confesión.
Aunque la búsqueda fue intensa, Guillermo “El Guardián” Torres, el hombre que había vivido invisible durante media década, se desvaneció en la vasta inmensidad de la Sierra Tarahumara. El caso de Ricardo Ayala y Sofía Beltrán se cerró oficialmente como resuelto, con el autor del crimen identificado. La Fiscalía entregó los restos humanos a las familias, junto con sus pertenencias personales. La mina “El Cobre” fue sellada con hormigón, un intento de enterrar para siempre un secreto que, gracias a la persistencia de Doña Carmen y Don José, finalmente salió a la luz.