EL “TAQUERO VENGADOR” DE ACAPULCO: DE VÍCTIMA A VERDUGO DE 12 EXTORSIONADORES CON SU “RECETA ESPECIAL”

Acapulco, la joya del Pacífico mexicano, es conocida por sus atardeceres dorados y su vibrante vida nocturna. Pero en las sombras de la Costera Miguel Alemán, lejos de los turistas y los hoteles de lujo, se gestó una historia de dolor, impunidad y una venganza tan silenciosa como letal.

Manuel López Ruiz, un taquero de 38 años, hombre de familia y trabajador incansable, se transformó en la pesadilla de quienes creían controlar la ciudad. Esta es la crónica de cómo un hombre común decidió tomar la justicia en sus manos cuando el sistema le falló, utilizando lo único que tenía a su alcance: su taquería y un conocimiento ancestral de la sierra guerrerense.

El Quiebre de un Hombre Pacífico

Manuel no era un criminal. Desde 2006, operaba “Los Tacos de Manu”, un negocio honesto en la colonia Icacos que le permitía mantener a su esposa Leticia y a sus dos hijos.

Su vida giraba en torno al trabajo duro, las jornadas de 17 horas y los domingos familiares preparando salsas con su hermana menor, Claudia. Ella era su adoración, su única familia directa tras la muerte de sus padres años atrás.

Claudia trabajaba como recepcionista en el Hotel Elcano y planeaba su boda, un futuro brillante que se apagó de golpe una noche de agosto de 2022.

El crimen organizado, en su afán de controlar cada centímetro del comercio local, intentó extorsionar al hotel donde trabajaba Claudia. Cuando ella, siguiendo protocolos de seguridad, intentó pedir ayuda silenciosa, los delincuentes no tuvieron piedad. Dos disparos terminaron con su vida.

La tragedia devastó a Manuel, pero lo que terminó de romperlo fue la respuesta de las autoridades: una carpeta de investigación archivada, promesas vacías y la certeza de que los asesinos seguían libres, paseándose impunes por la ciudad.

La Venganza se Sirve con Salsa

Manuel conocía a los asesinos. No por nombre, sino por sus rostros. Eran los mismos hombres que cobraban el “derecho de piso” en su taquería, los que comían gratis y se burlaban de la ley. El dolor se transformó en una determinación fría. Si la fiscalía no actuaba, él lo haría.

No compró armas. En su lugar, visitó la biblioteca pública y buscó información sobre la flora tóxica de Guerrero. Encontró su arma perfecta: la higuerilla, una planta común cuyas semillas contienen ricina, una toxina potente y difícil de detectar en autopsias estándar.

Con ayuda de un primo en la sierra, consiguió las semillas y convirtió su cocina en un laboratorio clandestino. Molió, procesó y mezcló el polvo letal con chile piquín para camuflarlo.

Creó una “lista negra” en una libreta escolar. Nombres, horarios, descripciones. Su plan era simple pero macabro: esperar a que sus objetivos llegaran a cenar, prepararles sus tacos favoritos y sazonarlos con una dosis calculada de su polvo casero.

El primero en caer fue “El Flaco”, uno de los implicados directos en la muerte de Claudia. Comió, pagó y murió días después por una supuesta “intoxicación alimentaria”.

La Operación Silenciosa

Durante cuatro meses, Manuel operó con la precisión de un cirujano. Eliminó a cobradores, sicarios y contadores de la organización. Nadie sospechaba del amable taquero que siempre tenía una sonrisa y un “provecho, jefe” para sus clientes. Las muertes se acumulaban: fallas renales, paros cardíacos repentinos, vómitos con sangre.

La organización criminal entró en pánico, creyendo que se trataba de una guerra interna o un ataque de rivales, sin imaginar que el peligro venía de la mano que les daba de comer.

El punto culminante llegó en diciembre. Manuel se enteró de una posada navideña organizada por la célula delictiva. Vio la oportunidad de dar un golpe masivo.

Preparó 60 tacos “especiales”, contrató a un repartidor inocente a través de una aplicación y envió el pedido como un “regalo de cortesía” de una taquería rival, para desviar sospechas. El resultado fue devastador: 12 hospitalizados, 7 muertos y una organización diezmada desde adentro.

La Caída del Justiciero

El éxito de su plan fue también su perdición. La masividad del envenenamiento en la posada atrajo, finalmente, la atención real de las autoridades. Un rastro digital dejado por el pedido de la aplicación y la confesión del joven repartidor llevaron a la policía a las puertas de “Los Tacos de Manu”.

La madrugada del 28 de diciembre, Manuel fue detenido. No opuso resistencia. Entregó sus manos a las esposas con la calma de quien sabe que ha cumplido una misión.

En su casa y negocio encontraron todo: el polvo restante, el equipo de procesamiento y, lo más condenatorio, la libreta con los nombres tachados de sus 12 víctimas.

En los interrogatorios, Manuel no mostró remordimiento por los criminales, solo por el dolor causado a su propia familia. “Maté a 12 personas. Todas eran criminales que extorsionaban y asesinaban. El Estado no hizo nada… Yo hice lo que tenía que hacer”, declaró con voz plana.

El Precio de la Venganza

La sentencia fue implacable: 240 años de prisión. Pero la condena social y familiar fue peor. Su esposa le pidió el divorcio y se llevó a sus hijos lejos para protegerlos del estigma de ser “los hijos del taquero asesino”. El negocio que construyó con tanto esfuerzo desapareció.

El caso de Manuel López Ruiz dejó una cicatriz en Acapulco y abrió un debate nacional. Para muchos, fue un monstruo que se rebajó al nivel de sus enemigos. Para otros, fue el síntoma desesperado de un ciudadano acorralado por la impunidad y el abandono.

Hoy, Manuel cocina para cientos de reclusos en el penal, solo con sus recuerdos y la foto de su hermana en la pared de su celda, pagando el precio más alto por una justicia que nadie más quiso impartir.

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