El sonido no fue un grito. Fue el crujido húmedo y definitivo del hueso contra la roca granítica. Robert Perry, 26 años, artista, perfeccionista, hijo amado, dejó de caer. Un segundo antes, buscaba la “Hora Dorada” en la cresta de Medicine Bow. Buscaba la luz perfecta que los maestros del Renacimiento llamaban divina. Un segundo después, la gravedad reclamó su deuda. El cuaderno de bocetos voló. Su cuerpo giró en el aire como una muñeca de trapo descartada por un niño caprichoso. Sesenta pies de vacío. Golpe. Oscuridad. Frío. El río Cache la Poudre rugía abajo, hambriento. Pero Robert no llegó al agua. Su caída fue frenada por una cornisa de piedra y hielo. Allí, con la nuca abierta y la mente vaciándose sobre la nieve sucia, Robert Perry murió. Lo que despertó días después no tenía nombre.

Parte 1: El Lienzo en Blanco y el Fuego

El 15 de septiembre de 2016, el mundo terminó. Al menos, eso fue lo que le dijeron.

El sonido no fue un grito. Fue el crujido húmedo y definitivo del hueso contra la roca granítica. Robert Perry, 26 años, artista, perfeccionista, hijo amado, dejó de caer. Un segundo antes, buscaba la “Hora Dorada” en la cresta de Medicine Bow. Buscaba la luz perfecta que los maestros del Renacimiento llamaban divina. Un segundo después, la gravedad reclamó su deuda. El cuaderno de bocetos voló. Su cuerpo giró en el aire como una muñeca de trapo descartada por un niño caprichoso. Sesenta pies de vacío. Golpe. Oscuridad. Frío. El río Cache la Poudre rugía abajo, hambriento. Pero Robert no llegó al agua. Su caída fue frenada por una cornisa de piedra y hielo. Allí, con la nuca abierta y la mente vaciándose sobre la nieve sucia, Robert Perry murió. Lo que despertó días después no tenía nombre.


La Cabaña del Fin del Mundo.

El olor fue lo primero. No olía a hospital. No olía a antiséptico ni a flores baratas. Olía a resina. A sangre vieja. A humo de leña y a piel de animal mal curtida. Robert abrió los ojos. O lo intentó. El dolor era un clavo ardiendo atravesando su cráneo, de sien a sien. Estaba acostado sobre algo duro. Pieles. El techo era de troncos oscuros, manchados por décadas de hollín. Intentó moverse. Un gemido escapó de sus labios. —Quieto —dijo una voz. No era una petición. Era una orden. Una vibración baja, tectónica, que venía de la esquina en sombras. Una figura se levantó de una mecedora. Un hombre. Alto, ancho como un roble, con una barba gris que parecía musgo colgando de su cara. Sus ojos eran claros, inquietantemente tranquilos. Vernon Caldwell.

—¿Dón… dónde? —La voz de Robert era un graznido. No recordaba cómo usar su lengua. El hombre se acercó. Tenía un cuenco de barro en las manos. —Estás en el perímetro —dijo Vernon. Su voz tenía la cadencia de quien no ha hablado con otro ser humano en años—. Bebe. Robert bebió. El agua estaba fría, metálica. —¿Quién soy? —preguntó Robert. El pánico empezaba a reptar por su pecho. Buscó en su mente, pero solo encontró niebla blanca. No había nombres. No había direcciones. No había recuerdos de Denver, ni de lienzos, ni de padres. Solo el dolor. Vernon sonrió. Fue una sonrisa triste, paternal y aterradora. —Eres Michael —dijo el hombre—. Eres mi hijo. —¿Tu hijo? —Te caíste. Te golpeaste fuerte. El bosque intentó llevarte, pero yo te traje de vuelta. Has olvidado, pero no importa. Yo recuerdo por los dos.

Robert intentó sentarse. Miró hacia la puerta. Una rendija de luz se colaba por debajo. —Tengo que… hay gente… Vernon negó con la cabeza lentamente. Puso una mano pesada y callosa sobre el pecho de Robert, empujándolo hacia abajo. —No hay nadie, Michael. —¿Qué? —El mundo de abajo… —Vernon señaló hacia la puerta, hacia el valle invisible—. Se acabó. —¿Se acabó? —Fuego —susurró Vernon, y sus ojos brillaron con una locura lúcida—. Las ciudades ardieron. Se mataron entre ellos por agua. Por gasolina. No queda nada. Solo cenizas y muerte. Nosotros somos los últimos. El perímetro es lo único seguro. Si sales, mueres.

La mentira fue plantada en el suelo fértil de una amnesia traumática. Robert Perry, con el cerebro inflamado y el alma borrada, miró a este hombre. Sintió el miedo primordial al vacío. Y creyó. Porque la alternativa —que estaba solo en la nada— era insoportable. —Descansa, hijo —dijo Vernon—. El Padre te protegerá.


La Educación del Dolor.

El invierno llegó rápido a Neota Wilderness. La nieve sepultó la cabaña, convirtiéndola en una cápsula del tiempo, aislada del universo. Durante tres meses, Vernon fue la única realidad de Robert. Lo alimentaba con caldos espesos. Le curaba las heridas con ungüentos que olían a tierra. Y le hablaba. Le contaba historias. No historias de Robert Perry, el artista. Historias de Michael, el hijo muerto. —¿Recuerdas cuando cazamos ese alce en el 98? —preguntaba Vernon mientras afilaba un cuchillo frente al fuego. —No —susurraba Robert. —Lo recordarás. Tenías diez años. Lloraste. Te dije que las lágrimas congelan los ojos. Robert escuchaba. Y su mente, desesperada por identidad, absorbía las historias como si fueran suyas. Empezó a “recordar” cosas que nunca vivió. El frío de una mañana de pesca. El peso de un rifle. Para enero, Robert ya no preguntaba por el mundo exterior. El mundo exterior era el infierno. La cabaña era el cielo.

Pero el cielo tenía reglas. La primavera trajo el deshielo y la segunda fase del plan de Vernon: La Escuela. Una mañana, Vernon sacó una pila de ropa al patio. La ropa de Robert. La chaqueta técnica Gore-Tex, las botas de montaña italianas, la camisa de franela. —Basura —escupió Vernon—. Piel muerta de un mundo muerto. Roció la ropa con queroseno. —Quémalo. Robert vaciló. Esa ropa… le resultaba familiar. Una textura que sus dedos extrañaban. —¡Quémalo! —rugió Vernon. Robert dejó caer la cerilla. Las llamas devoraron el tejido sintético. El humo negro se elevó hacia el cielo azul impasible. —Ahora eres puro —dijo Vernon—. Ahora te vestiremos como un hombre.

Esa tarde, Vernon trajo un ciervo joven que había cazado. Lo tiró a los pies de Robert. El animal aún estaba caliente. Sus ojos vidriosos miraban al infinito. —Hazte un traje —ordenó Vernon. Robert retrocedió. La sangre le daba náuseas. Su instinto de artista veía la belleza en la forma, no la utilidad en la carne. —No sé cómo. Vernon sacó una vara de sauce. Flexible. Verde. —El dolor enseña —dijo con calma. El primer golpe cruzó la espalda de Robert como un látigo de fuego. Gritó. —¡Hazlo! Otro golpe. La piel se abrió. Robert, llorando, agarró el cuchillo. Sus manos temblaban. Cortó la piel del animal. La sangre manchó sus manos, sus brazos, su cara. Vernon observaba, asintiendo rítmicamente. —Ves, Michael. No es asesinato. Es transformación. La bestia te da su fuerza.

Noche tras noche. Golpe tras golpe. Las cicatrices en la espalda de Robert empezaron a formar un mapa. Un mapa de obediencia. Vernon no golpeaba con ira. Golpeaba con precisión clínica. Simetría. Si Robert fallaba al encender el fuego: dos golpes. Si hacía ruido al caminar: tres golpes. Si mencionaba algo que sonara a “ciudad”: cinco golpes y una noche desnudo en la nieve.

El artista murió. La sensibilidad, la duda, la compasión… todo fue extirpado quirúrgicamente mediante el trauma. Robert aprendió a caminar pisando con el exterior del pie, en silencio absoluto. Aprendió a quedarse inmóvil durante horas, mimetizándose con los troncos. Su vocabulario se redujo. Las frases complejas eran peligrosas. El ruido atraía a la muerte. Gruñidos. Gestos. Miradas. Se convirtió en un eco de Vernon. Una extensión de su voluntad.

Hacia el final del verano, Robert se miró en el reflejo de un arroyo. No se reconoció. El hombre que lo miraba tenía el pelo enmarañado, lleno de agujas de pino y barro. Tenía la barba salvaje. Llevaba un traje hecho de retazos de piel de coyote y ciervo, cosido con tendones que él mismo había arrancado. Pero lo que más le asustó no fue su aspecto. Fue que, por primera vez, no sintió miedo. Sintió poder. —Padre —dijo a la sombra detrás de él. Vernon asintió. —Estás listo, hijo. Ahora eres parte del bosque.

Vernon le entregó el toque final. Un cráneo de alce, blanqueado por el sol, con la cornamenta rota. —Póntelo. Esconde tu cara humana. La humanidad es débil. El alce es fuerte. Robert se colocó el cráneo sobre la cabeza. Olía a hueso seco y polvo. Miró a través de las cuencas vacías. El mundo se veía diferente. Limitado. Enfocado. Ya no era Robert Perry. Ni siquiera era Michael. Era algo antiguo. Algo que no debería existir en el siglo XXI. Era la Bestia de Neota.


Parte 2: El Cazador y la Presa

14 de septiembre de 2017. Un año después.

El bosque respiraba. Robert —la criatura bajo el cráneo— sentía cada vibración. El crujido de una rama a trescientos metros. El cambio en la dirección del viento que traía el olor metálico de la tormenta. Estaba agazapado entre la maleza densa, invisible. Su traje de pieles se mezclaba perfectamente con los marrones y grises del otoño. El barro cubría cada centímetro de su piel expuesta. Llevaba una lanza en la mano. Un palo endurecido al fuego con una punta afilada de piedra. Padre le había dicho que vigilara el perímetro. “Demonios”, había dicho Vernon esa mañana. “He olido demonios cerca del río. Búscalos. Ahuyéntalos.”

Robert se movió. No caminaba. Fluía. Saltó sobre un tronco podrido sin hacer sonido. Sus músculos, antes acostumbrados a sostener pinceles, ahora eran cuerdas de acero tensado, alimentados por carne cruda y adrenalina constante. Llegó al borde del claro. Y los vio. Tres figuras. Llevaban ropa extraña. Colores brillantes que lastimaban los ojos. Naranja. Camuflaje digital que no engañaba a nadie. Llevaban tubos de metal negro en las manos. Rifles. Cazadores.

En la mente fracturada de Robert, no eran humanos. Eran los “Muertos Vivientes” de las historias de Vernon. Saqueadores de las ciudades quemadas. Monstruos que venían a destruir el santuario. Un gruñido bajo nació en su garganta. No era un sonido que él decidiera hacer. Era una reacción automática, como el siseo de una serpiente. Uno de los cazadores se giró. Levantó unos prismáticos. —¡Dios santo! —gritó el hombre. Su voz rompió la santidad del silencio—. ¡Hay algo ahí! ¡Mirad!

El momento se congeló. El cazador vio a través de sus lentes una pesadilla: un hombre bestia, con la cabeza de un alce muerto, parado en dos patas pero listo para correr en cuatro. —¡Disparo de advertencia! —gritó el líder del grupo. ¡BANG! El sonido fue un trueno. Robert no sintió miedo. Sintió odio. Se dejó caer al suelo, apoyando manos y pies, y corrió. Corrió con una velocidad imposible. Zigzagueando entre los árboles. Saltando rocas. —¡Al teléfono satelital! —oyó gritar a los intrusos—. ¡Llama a los Rangers! ¡Es… es un maldito Bigfoot o un lunático!

La Persecución.

La cacería duró tres horas. Pero esta vez, Robert no era el cazador. El bosque se llenó de ruido. Rotores de helicóptero batían el aire arriba, sacudiendo las copas de los pinos. Sirenas lejanas aullaban como lobos mecánicos. Robert corría hacia el terreno alto. Hacia las rocas. “Padre se enfadará”, pensaba. El pensamiento era un látigo en su mente. “He fallado. Me han visto. El perímetro está roto.” Llegó a un acantilado. El camino terminaba. Abajo, el bosque se extendía infinito. Arriba, el cielo gris. Se giró. Hombres uniformados salían de entre los árboles. No eran tres. Eran docenas. Guardabosques. Sheriffs. —¡Alto! —gritó uno—. ¡Suelta el arma!

Robert se irguió. La máscara de hueso lo hacía parecer un gigante. Levantó su lanza. —Ghraaa-aaaagh! —El sonido que salió de su boca no tenía palabras. Era pura advertencia. —¡No disparen balas! —ordenó alguien—. ¡Usad los tranquilizantes! Robert tensó los músculos para saltar sobre el primero que se acercara. Iba a morder. Iba a rasgar. Defendería el perímetro hasta el final. Sintió un pinchazo agudo en el muslo. Luego otro en el hombro. Arrancó los dardos con furia, pero el químico ya estaba en su sangre. El mundo se inclinó. Los árboles empezaron a derretirse. Sus piernas se convirtieron en agua. Cayó de rodillas. La lanza rodó por el suelo. Los hombres se acercaron con precaución, como si se acercaran a un oso herido. —Cuidado con la cabeza… quítale esa cosa. Sintió manos tocándolo. Manos enguantadas. Alguien cortó las correas de cuero crudo de su máscara. El aire fresco golpeó su cara sudorosa. La luz del atardecer cegó sus ojos acostumbrados a la sombra del hueso. —Dios mío —dijo un oficial, mirando el rostro demacrado, sucio y salvaje—. Es un chico. Es solo un chico.

Robert intentó hablar. Intentó decir “Padre”. Intentó decir “Fuego”. Pero su lengua pesaba una tonelada. Lo último que vio antes de que la oscuridad química lo llevara fue un tubo de pintura azul. O tal vez lo imaginó. Un tubo de azul ultramar. El color del cielo antes de la caída.


La Jaula Blanca.

El despertar fue el reverso exacto de hace un año. No había olor a pino. Había olor a cloro y electricidad. Luz blanca. Cegadora. Robert gritó. Se arrancó las vías intravenosas de los brazos. La sangre salpicó las sábanas inmaculadas. —¡Código Gris! ¡Necesitamos contención en la sala 4! Enfermeros robustos entraron. Lo sujetaron contra la cama. Robert luchó con la fuerza de un animal acorralado. Mordió. Escupió. —¡Fuego! —aulló, recuperando el habla humana pero no la razón—. ¡Están muertos! ¡Todos muertos! ¡Padre! Le inyectaron algo. El mundo se volvió blando otra vez.

Hospital Poudre Valley. Pabellón Psiquiátrico de Alta Seguridad. El Dr. Alan Evans miraba a través del cristal reforzado. —Hipotrofia severa. Costillas rotas y mal curadas —leyó el informe—. Y su espalda… Dios, su espalda es un mapa de tortura. El Detective Mark Weber estaba a su lado, con la cara pálida. —El ADN confirmó su identidad. Es Robert Perry. El pintor que desapareció el año pasado. —No —corrigió el Dr. Evans—. Físicamente es Robert Perry. Mentalmente… mentalmente no sabemos qué es. Ha sufrido una disociación total. Cree que nació en el bosque. Cree que el mundo exterior es un apocalipsis. —¿Quién le hizo esto? —preguntó Weber. —Alguien que quería una mascota —dijo Evans—. O un hijo.

El 10 de octubre, trajeron a los padres. Elizabeth y John Perry entraron en la habitación temblando. Habían llorado a su hijo durante un año. Habían puesto una lápida vacía. —¿Robbie? —susurró Elizabeth. Robert estaba acurrucado en la esquina más lejana de la cama, meciéndose. Al verlos, sus ojos se dilataron de terror. —No —gimió Robert, cubriéndose la cabeza—. Fantasmas. Los muertos no vuelven. ¡Fuera! ¡Padre se enfadará! —Soy mamá, cariño. Elizabeth intentó tocarlo. Robert gritó como si lo hubieran quemado. —¡No me toques! ¡Hueles a podrido! Tuvieron que sacar a los padres. Elizabeth colapsó en el pasillo. El sonido de su llanto atravesó las paredes, pero Robert no lo escuchó. Solo escuchaba la voz de Vernon en su cabeza: El dolor te protege.


Parte 3: La Sombra del Padre

El Descubrimiento.

El Detective Weber no podía sacarse la imagen de las cicatrices de la cabeza. Simetría. Disciplina. Rastreó la zona donde encontraron a la “Bestia”. Neota Wilderness. Solo había una propiedad privada cerca. Una cabaña en Mummy Pass. El dueño: Vernon Caldwell. Ex militar. Héroe local. Un hombre que perdió a su hijo hace quince años y nunca lloró. —Tengo una orden —dijo Weber a su equipo—. Vamos con todo. SWAT. Francotiradores. Este tipo convirtió a un ser humano en un perro de presa. Es peligroso.

3 de noviembre de 2017. 5:00 AM. La cabaña estaba en silencio. El equipo táctico rodeó el perímetro. —Policía. Salga con las manos en alto. La puerta se abrió. Vernon Caldwell salió. Llevaba un suéter limpio. Tenía una taza de café en la mano. No parecía sorprendido. Parecía… aliviado. —Llegáis tarde —dijo Vernon. Dejó la taza en la barandilla—. El café se está enfriando. No opuso resistencia. Mientras lo esposaban, miró hacia el bosque. —¿Dónde está él? —preguntó Vernon—. ¿Está a salvo? —Está en un hospital, hijo de perra —escupió Weber. Vernon asintió, sereno. —Entonces está en una jaula. Yo lo liberé. Vosotros lo habéis vuelto a encerrar.

El registro de la casa reveló la locura. Detrás de un armario en el sótano, encontraron la “habitación”. No había ventanas. Las paredes estaban cubiertas de dibujos. Pero no eran los paisajes serenos que Robert Perry solía pintar. Eran pesadillas hechas con carbón y sangre de bayas. Figuras retorcidas. Árboles con ojos. Y en el centro, una figura recurrente: un hombre gigante, barbudo, que protegía a una figura pequeña de un mar de fuego. “Padre”. Debajo del colchón, el diario de Vernon. Weber leyó una entrada al azar. Febrero 12: Michael mató hoy. No dudó. Sus manos, antes inútiles, ahora saben desollar. La debilidad de la ciudad se está drenando. Pronto olvidará las palabras. Pronto será perfecto.

El Juicio.

La sala del tribunal estaba llena, pero el silencio era absoluto. Robert no estaba allí. Los médicos dijeron que ver a Vernon destruiría lo poco que quedaba de su mente. Vernon se sentó en el banquillo. Se negó a alegar demencia. —¿Se arrepiente? —preguntó el fiscal. Vernon se levantó. Miró al jurado. Sus ojos tenían la convicción de un profeta. —Ese chico… Robert… era débil. Estaba roto. Vivía preocupado por el dinero, por la crítica, por cosas que no existen. Yo le di la verdad. Le di el frío. Le di el hambre. Le enseñé que la vida es sobrevivir. Se inclinó hacia el micrófono. —No le robé la vida. Le di una vida real. Fui el único padre que realmente lo amó lo suficiente como para lastimarlo.

El jurado tardó dos horas. Culpable. Cadena perpetua. Vernon sonrió mientras se lo llevaban. Sabía algo que ellos no. Sabía que el daño ya estaba hecho.

El Final: El Bosque Interior.

  1. Dos años después. Robert Perry vivía en Estes Park, en una casa con una valla alta de tres metros. Había recuperado el peso. Había recuperado el habla, aunque su voz siempre sonaba ronca, como si no la usara lo suficiente. Pero Robert Perry nunca volvió. La galería de Denver organizó una exposición: “El Retorno”. La gente esperaba ver montañas majestuosas. Lo que vieron los hizo salir en silencio, perturbados. Los lienzos eran negros, verdes oscuros, marrones violentos. Pinceladas agresivas. Arañazos en la tela. Un cuadro dominaba la sala. Se titulaba “La Lección”. Era una espalda humana, pintada con un hiperrealismo atroz, cubierta de cicatrices que brillaban como oro bajo la luz. Y al fondo, una sombra con forma de oso o de hombre, sosteniendo una vara.

Robert no fue a la inauguración. Estaba en su jardín. Era de noche. Hacía frío, bajo cero. Robert estaba descalzo sobre la nieve. Llevaba solo unos pantalones finos de algodón. Odiaba la lana. Odiaba lo sintético. Su vecino, el Sr. Henderson, lo vio desde la ventana. Robert estaba de pie junto a la valla, mirando hacia el noroeste. Hacia las montañas. Hacia Mummy Pass. No temblaba. Estaba completamente inmóvil. Su postura no era la de un hombre relajado. Era la de un animal en alerta. El viento sopló, trayendo el olor de los pinos lejanos. Robert cerró los ojos e inhaló profundamente. Por un segundo, su rostro cambió. La máscara de civilización cayó. Sus labios se curvaron en una mueca que no era una sonrisa. Era un reconocimiento. Vernon estaba en una celda de hormigón, pudriéndose. Pero Vernon había ganado. Porque aunque Robert estaba aquí, con electricidad y agua corriente y seguridad… su mente seguía allá arriba. En el perímetro. Esperando la orden. Esperando el fuego. Robert abrió los ojos. Eran duros. Vacíos. Se dio la vuelta y caminó hacia la casa, pisando con el exterior del pie, sin hacer un solo ruido sobre la nieve crujiente. La bestia no había muerto. Solo estaba hibernando.

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