
El Misterio que Consumió a Chile
El desierto de Atacama, el lugar más árido del planeta, siempre ha sido un lienzo de belleza inigualable y, a la vez, un laberinto de secretos implacables. Pero entre sus dunas y formaciones rocosas, durante una década completa, se ocultó una verdad tan macabra y calculada que redefinió el concepto de terror en la crónica policial chilena. La desaparición de Diego Morales (29) y Camila Vázquez (26), una joven y exitosa pareja de apostadores profesionales de Santiago, no fue un accidente ni un simple caso de extravío. Fue un homicidio con una firma inquietantemente obsesiva, cuyo desenlace tardío conmocionó a una nación que ya había dado por perdido todo rastro de esperanza.
En septiembre de 2013, Diego, el matemático metódico, y Camila, la contadora astuta, estaban en la cima de su juego. Una racha de seis meses en póker y apuestas deportivas les había dejado un botín extraordinario que superaba los 200 millones de pesos chilenos en efectivo y criptomonedas. Pero el éxito, en un mundo de alto riesgo, trae consigo sombras. Presiones, amenazas veladas de competidores y prestamistas resentidos los forzaron a buscar un refugio lejos del bullicio de Santiago. Eligieron San Pedro de Atacama, con su promesa de aislamiento total, como el lugar perfecto para celebrar su fortuna y planificar sus próximos movimientos financieros. Alquilaron un robusto Toyota Land Cruiser y lo cargaron con provisiones y, crucialmente, una mochila de seguridad con la mayor parte de su riqueza.
Su plan, simple y aparentemente seguro, era acampar, explorar formaciones geológicas y disfrutar de las estrellas inigualables del hemisferio sur. Sin embargo, el 30 de septiembre, la fecha en que debían regresar a Santiago, el silencio se instaló, y la alarma se disparó. Diego era obsesivamente puntual; su ausencia era una anomalía que no podía ignorarse.
La Búsqueda Imposible y el Vehículo Fantasma
La búsqueda inicial, organizada por Carabineros de Chile y liderada por el teniente coronel Roberto Sandoval, se convirtió en una de las operaciones más vastas en la historia del desierto de Atacama. Helicópteros con rastreo térmico, unidades caninas y más de 200 personas peinaron el territorio. El desierto, implacable, no ofrecía piedad.
El 4 de octubre, el Toyota Land Cruiser blanco fue localizado a 80 km al noreste de San Pedro de Atacama. Y lo que hallaron en la escena solo profundizó el enigma. El vehículo estaba abandonado en perfectas condiciones, con las llaves puestas, puertas sin seguro y, lo más crucial, la mochila de seguridad intacta en el interior. El dinero en efectivo y los dispositivos de criptomonedas seguían allí. No había sido un asalto. Era como si Diego y Camila hubieran salido a dar un paseo y la inmensidad de la aridez los hubiese absorbido sin dejar rastro de lucha o forcejeo.
Durante las semanas siguientes, las teorías se multiplicaron: desde un fatal accidente en terreno traicionero hasta la posibilidad de un crimen relacionado con sus actividades de apuestas. Pero la falta total de evidencia física—ni una prenda de ropa, ni una huella, ni un rastro—hizo que el caso se convirtiera en un expediente frío y frustrante. Durante cinco años, a pesar de los esfuerzos incansables de sus familias y la Fundación privada Guardianes del Desierto que establecieron para financiar búsquedas, el caso de Diego y Camila se hundió en el desconcierto, siendo oficialmente archivado como una desaparición sin resolver en 2018.
El Macabro Descubrimiento Diez Años Después
La verdad permaneció oculta hasta el 15 de marzo de 2023, una década después del suceso. Un equipo de geólogos de la Universidad de Chile, liderado por la doctora Patricia Enríquez, realizaba un estudio en una zona extremadamente remota, 120 km al norte de donde se había encontrado el vehículo: la Quebrada del Silencio, un cañón estrecho y casi inaccesible.
Fue allí donde un estudiante de posgrado notó algo anómalo, suspendido a 15 metros de altura de una formación rocosa. Lo que encontraron al escalar fue una imagen que cambiaría la investigación para siempre: los cuerpos momificados y perfectamente preservados de Diego Morales y Camila Vázquez.
La escena era perturbadora. Ambos estaban colgados de cuerdas de escalada profesional, separados por un par de metros, con nudos complejos que requerían conocimiento especializado. No habían caído; habían sido colocados allí deliberadamente. La identificación fue positiva de inmediato.
Homicidio, Tortura y un Archivo Fotográfico Siniestro
El análisis forense inicial, a cargo del Dr. Fernando Castillo del Servicio Médico Legal, transformó la desaparición en una investigación de homicidio múltiple. Los restos momificados de Diego y Camila mostraban lesiones traumáticas significativas (fracturas de costillas, contusiones en el cráneo) y signos evidentes de restricción física. Habían sido golpeados, atados y transportados heridos, pero vivos, al lugar de su muerte.
Lo más escalofriante vino con la inspección del sitio. Los cuerpos habían sido suspendidos como una exhibición macabra, tal vez como una advertencia. Y peor aún, el equipo forense descubrió evidencia de que alguien había visitado y manipulado los cuerpos en múltiples ocasiones a lo largo de los 10 años. Entre los objetos encontrados había fotografías Polaroid que documentaban, paso a paso, la descomposición de la pareja, un archivo morboso que sugería un nivel de perturbación psicológica extrema por parte del perpetrador. El asesino había estado obsesivamente documentando su ‘obra’.
La Caza del Depredador de Atacama: El Guía de Montaña
La investigación se expandió rápidamente bajo la dirección del inspector jefe Miguel Herrera. El perfil criminal que emergía era el de un asesino con conocimientos avanzados de escalada, supervivencia en el desierto y fotografía profesional, alguien con acceso regular a áreas remotas.
Las pistas condujeron a Raúl Mendoza, un guía de montañismo y explorador independiente de 52 años con un historial de hostilidad hacia los turistas y una obsesión por su ‘territorio’. Mendoza, un hombre agresivo y resentido con los visitantes adinerados, fue identificado como el comprador de las cuerdas profesionales en una tienda de Calama, pagando en efectivo y evadiendo cámaras de seguridad.
El arresto de Mendoza se concretó el 8 de abril de 2023 en su refugio improvisado, una cabaña camuflada en las montañas. El lugar era un museo macabro de sus obsesiones. En las paredes, mapas marcados, fotos de turistas tomadas sin su consentimiento y, lo más condenatorio, el archivo fotográfico completo de la descomposición de Diego y Camila. Pero el horror no terminó allí: la cabaña también guardaba evidencia fotográfica de al menos seis turistas más que habían desaparecido en la región durante la última década, casos nunca antes conectados.
El Juicio y el ‘Ritual de los Guardianes del Desierto’
Durante el interrogatorio, Raúl Mendoza confesó con detalles escalofriantes. Desarrolló una filosofía delirante sobre su derecho a ‘proteger’ el desierto de la “contaminación” de turistas adinerados. Describió cómo había saboteado el vehículo de Diego y Camila, cómo los emboscó y torturó durante días, documentando cada momento.
Mendoza había desarrollado un ritual elaborado para preservar a sus víctimas, colgándolas en ubicaciones que consideraba sagradas como “guardianes eternos del desierto”, y visitándolos regularmente para fotografiar su deterioro. Era la obra de un asesino serial que había operado a plena luz del día, amparado por la inmensidad del paisaje.
El juicio de Mendoza, que se extendió por cuatro meses en 2023, se convirtió en un hito en la justicia chilena. La fiscalía presentó evidencia irrefutable, incluyendo la confesión y los testimonios devastadores de las familias de las ocho víctimas. A pesar de los intentos de la defensa por declararlo inimputable, los exámenes psiquiátricos concluyeron que, aunque perturbado, Mendoza había actuado con plena conciencia y capacidad de planificación.
Raúl Mendoza fue condenado a cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional por ocho cargos de homicidio calificado, además de secuestro y tortura.

Un Legado de Cambio y la Lección del Desierto
La resolución del caso Mendoza no solo trajo justicia a ocho familias, sino que impulsó reformas cruciales en Chile. El gobierno implementó un sistema integral de seguridad turística en Atacama, con estaciones de registro obligatorio, dispositivos de rastreo GPS gratuitos y patrullas regulares. La Fundación Guardianes del Desierto, ahora liderada por los familiares de las víctimas, se transformó en una organización internacional que asesora a gobiernos sobre seguridad en áreas remotas.
El lugar del hallazgo de Diego y Camila ahora es un memorial discreto que honra su memoria y la de las otras víctimas. La historia de los apostadores millonarios que buscaron refugio en el desierto y encontraron un final calculado y sádico sirve como un recordatorio sombrío de la vulnerabilidad en la naturaleza y la importancia de la precaución. El desierto de Atacama sigue siendo un destino de belleza inigualable, pero ahora se le mira con un respeto y una cautela ganadas con el más alto precio.