
Las Barrancas del Cobre, en el corazón de la Sierra Tarahumara de Chihuahua, es un sistema de cañones de belleza sobrecogedora e implacable. Es un lugar donde el silencio es ley, la vida silvestre no perdona el descuido y las distancias son abismos. Este escenario monumental fue el elegido para el último viaje de tres amigas en el cálido junio de 2015, un viaje que se suponía sería una despedida antes de que sus vidas tomaran rumbos radicalmente distintos.
El 12 de junio, tres jóvenes de 18 años se registraron en el puesto de la Guardia Nacional cerca del área de Creel, preparándose para una ruta en la zona remota y difícil del Plateau de Basaseachi. Las tres, llenas de entusiasmo, buscaban cerrar con broche de oro la etapa preparatoria antes de iniciar su vida adulta.
Sofía Torres, la líder del grupo, descrita en los archivos como la más metódica y pragmática, se preparaba para una beca universitaria en el extranjero. Para ella, la caminata era un desafío deportivo que había planeado al milímetro. A su lado estaba Renata Velázquez, la antítesis de Sofía: vibrante, artística y el “alma de la fiesta”, lista para estudiar arte en la capital. Para Renata, las barrancas eran un telón de fondo para risas y fotos memorables.
La tercera, Valeria Salas, era la más callada. En los informes de la Fiscalía y las memorias de sus compañeros, aparece como una sombra. Dócil, siempre dispuesta a seguir las decisiones de Sofía, Valeria era la única de las tres que no tenía planes de irse; se quedaría en su ciudad, mientras sus amigas partían hacia un futuro brillante. Esa mañana, mientras Sofía ultimaba los detalles con el oficial de turno, Valeria permaneció ligeramente detrás. Su camioneta rentada, dejada en un estacionamiento remoto cerca de un punto de acceso, sería hallada días después, polvorienta y vacía, esperando por cinco días a unas pasajeras que no volverían.
El último avistamiento se produjo ese mismo día. Un grupo de senderistas que regresaba las encontró cerca del cañón, en aparente buen estado y avanzando con confianza. Intercambiaron saludos breves sobre el clima y las tres jóvenes continuaron su descenso hacia el laberinto de piedra y sol. Después de eso, desaparecieron.
La Operación de Búsqueda y el Fantasma del Agresor
El 17 de junio, al expirar su permiso y ante la falta de respuesta de sus teléfonos (sin señal en esa parte de la sierra), la preocupación se instaló. La Fiscalía General del Estado de Chihuahua y la Guardia Nacional iniciaron una de las operaciones de búsqueda más extensas de la temporada. Dos helicópteros de vigilancia y múltiples equipos de tierra se desplegaron en el área del cañón. Las temperaturas extremas, rozando los 40°C a la sombra, hacían que cada hora fuera crítica.
La búsqueda se centró en las escasas fuentes de agua en el fondo de la barranca. Los informes indicaban un terreno extremadamente quebrado, con innumerables puntos ciegos. La esperanza se disolvía bajo el sol de Chihuahua. El único indicio llegó al cuarto día: cerca de un arroyo seco, un equipo encontró una gorra. Los padres la identificaron como de Renata. Pero no había más rastros: ni mochilas, ni campamentos, solo la gorra que confirmaba que habían llegado a esa profundidad.
Tras semanas de búsqueda infructuosa, la conclusión oficial fue desoladora. Lo más probable era que se hubieran desviado, quizás tratando de acortar camino o encontrar agua, y hubieran caído en algún río crecido por el deshielo o en una grieta profunda. El caso, sin cuerpos ni evidencia de lucha, se cerró oficialmente en fase pasiva.
Nadie sospechó que el silencio de la Barranca era el preludio de un drama aún más oscuro.
Treinta y dos días después de la partida, el 14 de julio de 2015, en la solitaria Carretera Federal 16, cerca de un área de explotación maderera, un camionero vio una figura extraña. Era una joven, moviéndose a gatas, con la ropa hecha jirones. Era Valeria Salas. Su estado era de supervivencia límite: desnutrición crítica, deshidratación y, lo más perturbador, la cabeza completamente rasurada, cubierta de quemaduras solares y heridas infectadas.
Ya en el Hospital General de Chihuahua, y una vez estabilizada, Valeria relató a los detectives su versión de los hechos. La pesadilla, dijo, comenzó al tercer día. Un hombre que se presentó como “minero” o “buscador de tesoros” las engañó para que lo siguieran a una cueva oculta, argumentando que las fuentes de agua principales estaban secas. Allí, en un angosto desfiladero, el hombre las sometió a reclusión y tortura, forzándolas a rezar a “fuerzas de la naturaleza”.
El relato más escalofriante fue el del ritual: el hombre las ató y les cortó el cabello con un cuchillo rudimentario, hiriendo sus cabezas en el proceso. Dijo que las privaba de su vanidad. La pesadilla culminó con la eliminación de Sofía y Renata días después. Valeria describió cómo logró escapar al día 30, cuando el agresor se durmió profundamente tras beber una tintura de olor fuerte. Corrió en la oscuridad, guiada solo por la intuición, hasta ser encontrada. Basándose en su testimonio, la policía lanzó una búsqueda masiva del “agresor de la sierra”, un individuo que se desvaneció sin dejar rastro, al igual que los cuerpos de las otras jóvenes.
El Análisis Forense y la Farmacología Inesperada
Tres años después, en octubre de 2018, un detective de la Unidad de Casos Fríos de la Fiscalía General revisaba el expediente. Se detuvo en un detalle del informe toxicológico de Valeria, realizado en el hospital de Chihuahua. En medio de los indicadores de inanición, una pequeña nota señalaba la presencia de un metabolito de un potente somnífero sintético de última generación. Un medicamento de estricta prescripción, conocido por inducir un sueño profundo y, vitalmente, pérdida de memoria.
Esto no encajaba. El agresor de Valeria era un ermitaño salvaje que vivía en una cueva y les daba “brebajes de hierbas”. Un “salvaje” no tiene acceso a farmacología sofisticada. El detective se dio cuenta de la contradicción: si el agresor era un ermitaño, el análisis de sangre debería haber mostrado alcaloides de plantas o alcohol artesanal, no una droga moderna de farmacia. La presencia de la pastilla probaba que la historia de los “brebajes” era falsa, y que el medicamento había entrado en el sistema de Valeria antes de ser rescatada. Esta inconsistencia fue el primer indicio de que la víctima podría no estar diciendo la verdad.
La investigación se reabrió, en secreto absoluto.
Los detectives se enfocaron en los registros de compras en Chihuahua capital, la última ciudad importante antes de la sierra. El rastro los llevó a una tienda de equipo de montaña. Una transacción del 10 de junio de 2015, dos días antes de la partida, ligada a la tarjeta de puntos de Sofía Torres.
La lista de artículos era sorprendente: alimentos liofilizados, especializados y de alta caloría, suficientes para 30 días de nutrición para una persona. Treinta días, en lugar de los cinco días planificados. El siguiente artículo fue un juego de cuchillas de repuesto para una afeitadora de seguridad. Una compra que ahora, vista a través de la lente de la cabeza rasurada de Valeria, adquiría un significado siniestro: la herramienta del supuesto “ritual” fue comprada por el grupo de forma voluntaria y anticipada.
La evidencia más incriminatoria se encontró en una farmacia: un registro de esa misma fecha donde Valeria Salas compró personalmente el potente somnífero. Había utilizado una receta a nombre de su abuela, fallecida un mes antes, para acceder a la sustancia.
El re-análisis del video de vigilancia del estacionamiento confirmó las sospechas. Las mochilas de Sofía y Renata lucían normales para una excursión corta. En contraste, la mochila de Valeria era desproporcionadamente voluminosa y pesada. Los expertos calcularon que llevaba una carga incompatible con una caminata ligera. No era solo equipo; era la carga de la supervivencia cuidadosamente planeada para treinta días de aislamiento.
La Imposibilidad Geológica de la Fuga
Con la prueba de la preparación anticipada, el siguiente paso fue refutar la historia de la fuga. Valeria afirmó haber escalado en una sola noche, sola y sin equipo, desde el fondo de la Barranca hasta la carretera en el Plateau de Basaseachi.
Expertos en rescate y geólogos de la sierra intervinieron. El terreno es famoso por sus formaciones de pared vertical, casi imposibles de escalar sin equipo profesional. La diferencia de altura superaba los mil metros. El modelado por computadora y un experimento con escaladores profesionales demostraron de forma categórica: moverse en la oscuridad por esa formación rocosa sin cuerdas de seguridad era un suicidio garantizado.
La conclusión médica se sumó a la ecuación. Los fisiólogos determinaron que en el estado de inanición y atrofia muscular de Valeria, escalarse esos acantilados era físicamente imposible. Su corazón se habría colapsado por el esfuerzo.
Si Valeria no pudo subir desde el fondo, significaba que nunca estuvo allí. Toda la historia de la cueva, el agresor, y los rezos, era una fabricación. Los 32 días, mientras helicópteros la buscaban en las profundidades, Valeria Salas se estuvo escondiendo en la zona boscosa y relativamente segura del Plateau de Basaseachi, con una tienda, provisiones y un plan. Ella había esperado a que la operación de búsqueda terminara para salir a la carretera e interpretar el papel de la única sobreviviente.
El Motivo: Una Obsesión Fatal
El FBI, a través de su unidad de psicología forense, se unió para trazar un perfil de Valeria. Descubrieron a una persona con una necesidad patológica de apego. Para ella, el éxito de Sofía y Renata no era un logro, sino una amenaza de abandono. El hallazgo clave fue su diario: páginas saturadas de rabia silenciosa y la frase obsesiva, “Tenemos que quedarnos aquí para siempre”. Para Valeria, la marcha de sus amigas a universidades lejanas era una traición. La única forma de preservar esa amistad y detener el tiempo era dejarlas en un lugar donde no pudieran irse: la sierra.
El análisis de sus heridas, que resultaron ser cortes superficiales y controlados, y el perfil psicológico encajaron: Valeria no huía de un monstruo. Ella lo había creado.
La Revelación y la Amistad Congelada
La detención de Valeria Salas se produjo sin resistencia. En la sala de interrogatorio de la Fiscalía, el detective puso la evidencia sobre la mesa. Cuando le mostró el recibo de las cuchillas y los cálculos del peso de la mochila, la fachada de la víctima colapsó. La transformación fue instantánea: el temblor desapareció, sus hombros se enderezaron y habló con una voz fría y vacía.
Valeria confesó que el plan se gestó durante semanas. El detonante fue una conversación de fogata donde sus amigas, al hablar de sus futuros, la hicieron sentir relegada. La frase de Renata, “Te enviaremos una postal,” sonó como una sentencia. En ese momento, entendió que la única forma de que no la olvidaran era “congelarlas” en el cañón.
Esa misma noche, preparó chocolate caliente y vertió una dosis doble del somnífero en las tazas de sus amigas. Esperó a que cayeran en un sueño inducido medicamente, y luego utilizó bridas de construcción de plástico para la eliminación. Explicó que lo hizo así para “evitar la sangre” y mantener sus rostros “hermosos”, tal como quería recordarlos. Luego, arrastró los cuerpos hasta una grieta tectónica profunda que había identificado en sus mapas: la tumba perfecta.
Cuando el detective le preguntó sobre su remordimiento, la miró con absoluta certeza: “Yo no quité nada. Salvé nuestra amistad. Ahora no me olvidarán. Se quedaron conmigo. Ahora siempre estaremos aquí, las tres, como prometimos.”
La operación de recuperación de los cuerpos se llevó a cabo con Valeria como guía, en la zona boscosa del Plateau de Basaseachi. Ella señaló un matorral denso que ocultaba una grieta vertical profunda. Allí, a más de 40 metros de profundidad, se encontraron los restos óseos de Sofía Torres y Renata Velázquez, entrelazados con los restos de sus mochilas.
Valeria Salas no parpadeó al ver las bolsas de restos. Para ella, no era una escena de crimen, sino la prueba de que había cumplido su promesa de detener el tiempo. La historia de una amistad que se convirtió en una jaula, y un amor que se transformó en una obsesión letal, quedará grabada en el silencio ancestral de la Sierra Tarahumara.