
PARTE 1: LA PROFANACIÓN (Agosto, 1995)
La oscuridad no llegó de golpe; se arrastró lentamente, como una enredadera venenosa envolviendo una garganta. Pero antes de la oscuridad, hubo luz. Una luz cegadora y dorada sobre el Parque Nacional Serra da Canastra.
El martes 15 de agosto de 1995 amaneció con la promesa engañosa de un día perfecto.
Lucas Tabáz, de 24 años, ajustó las correas de su mochila de montañismo. El cuero crujió. El peso de su equipo arqueológico era un recordatorio constante de su propósito: desenterrar el pasado. No sabía que el pasado lo estaba esperando, hambriento.
—¿Va solo otra vez? —La voz de Roberto Silva, el guardaparques, rompió el silencio de la mañana. Roberto tenía los ojos entrecerrados, marcados por años de sol y preocupación.
Lucas sonrió, esa sonrisa confiada de la juventud que cree ser inmortal. —Necesito concentrarme, Roberto. Además, llevo radio, brújula y mapa. Estaré bien. Vuelvo el jueves.
Jueves. La palabra quedó suspendida en el aire, una promesa que se rompería de la forma más cruel imaginable. Lucas firmó el registro. Su letra era firme. Sería la última vez que escribiría su nombre por voluntad propia.
Se adentró en el “Cerrado” minero. La vegetación era densa, un laberinto de arbustos retorcidos y tierra roja que parecía sangrar bajo el sol del mediodía. Lucas no era un turista; era un científico. Buscaba asentamientos precoloniales, huellas de civilizaciones olvidadas. Pero lo que buscaba no quería ser encontrado.
Cuatro horas después, el paisaje cambió. El aire se volvió más pesado, estático.
A las 11:45, Lucas se detuvo. Frente a él, oculta entre enredaderas que parecían dedos esqueléticos, se alzaba una formación rocosa. No era natural. Piedras apiladas con una precisión geométrica, formando una boca oscura hacia el subsuelo.
—Increíble… —susurró.
Sacó su Nikon FM2. El obturador hizo clic, un sonido mecánico y seco que resonó como un disparo en el silencio del bosque.
Clic. Un símbolo circular con líneas radiantes tallado en la piedra. Clic. Figuras humanas encadenadas. Clic. La prueba de que no estaba loco.
Lucas escribía frenéticamente en su diario de cuero. “15 de agosto. Coordenadas 20-156-30. Estructura única. Posible sitio ceremonial”. La adrenalina le nublaba el instinto de supervivencia. No notó que los pájaros habían dejado de cantar. No notó que el viento había muerto.
A las 15:00 horas, el crujido de una rama seca sonó como un trueno.
Lucas se giró, cámara en mano. A través del visor, lo vio.
No era un animal. Era un hombre. O lo que quedaba de uno. Piel curtida como el cuero viejo, barba larga y gris, ropa hecha de harapos tejidos a mano. Pero eran los ojos lo que helaba la sangre: amarillentos, vacíos de humanidad, llenos de un propósito terrible.
Lucas, impulsado por el reflejo, disparó la foto. El hombre ni parpadeó.
—Hola —la voz de Lucas tembló—. Soy estudiante. De la universidad.
El anciano dio un paso adelante. Se movía con una fluidez antinatural para su edad. —Profanaste la tierra sagrada.
La voz sonaba a tierra triturada, a tumbas abiertas.
—Solo estoy documentando —Lucas retrocedió, su bota resbalando en la grava—. No estoy dañando nada.
—Los que desentierran secretos… —el anciano ladeó la cabeza, observando a Lucas no como a una persona, sino como a un sacrificio—… serán enterrados con ellos.
Y tan rápido como apareció, el hombre se desvaneció entre la maleza. Lucas se quedó solo, con el corazón golpeándole las costillas como un pájaro enjaulado. El miedo, frío y líquido, comenzó a llenarlo. Esa noche, acampó lejos, pero no durmió. Cada sombra parecía tener ojos.
Al amanecer del 16 de agosto, tomó la decisión fatal. Volvería al sitio para dejar señales. Quería ser científico hasta el final. Preparó café. Comió una barra de granola. Empacó.
Comenzó a caminar.
El golpe no lo vio venir. O quizás fue un dardo, o un polvo soplado al viento. El mundo de Lucas se inclinó violentamente. El cielo azul giró y se volvió negro. El suelo lo recibió duro y frío. Lo último que sintió fue el olor a hierbas amargas y la sensación de ser arrastrado hacia la oscuridad, hacia donde los secretos duermen.
PARTE 2: LA PARÁLISIS (1995 – 2000)
El terror no es gritar. El terror es querer gritar y no poder.
Lucas despertó en una penumbra que olía a humo y tiempo rancio. Intentó levantarse, pero su cuerpo no respondió. Sus brazos, sus piernas, incluso su cuello… eran peso muerto. Solo sus ojos se movían, recorriendo frenéticamente el techo de madera podrida.
Estaba en una cabaña. Las paredes estaban cubiertas de los mismos símbolos que vio en las piedras. Y allí, sentado en una esquina, estaba él. Jacó Teixeira. El último Guardián.
Jacó se acercó con un cuenco de madera. —Bebe —ordenó.
Lucas quiso escupir, quiso morder, quiso rogar. Pero sus labios no se separaron. Jacó le abrió la boca con dedos fuertes y vertió el líquido amargo. Strichnos pseudoquina. Datura. Una mezcla ancestral diseñada no para matar, sino para atrapar.
“Estás vivo”, pensó Lucas, su mente gritando dentro de su propia calavera. “Estás vivo, pero eres una estatua de carne”.
Los días se convirtieron en una pesadilla borrosa. Lucas veía cómo el sol cruzaba las rendijas de la madera. Veía a Jacó escribir en diarios antiguos, murmurando sobre “el ritual” y “la protección”. Lucas sentía hambre, sed, calambres, pero no podía moverse. Era un espectador atrapado en su propio cadáver.
Mientras tanto, a kilómetros de distancia, el mundo exterior buscaba un fantasma.
—¡Él nunca llega tarde! —Ana Tabáz, la gemela de Lucas, golpeaba la mesa de la comisaría. Sus ojos estaban rojos, inyectados de insomnio y pánico—. ¡Dijo el jueves!
El detective Marcelo Fonseca miraba la foto del chico sonriente. —Estamos peinando la zona, señora. Tenemos helicópteros, perros…
Pero la Serra da Canastra es vasta, un océano verde que se traga a la gente. Encontraron la mochila de Lucas el 19 de agosto. Estaba intacta. La cámara, el diario… todo menos él. Fonseca reveló las fotos. Vio los símbolos. Vio los ojos amarillos del anciano borroso en la última imagen.
—¿Quién es este hombre? —preguntó Fonseca, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura.
—Jacó Teixeira —dijo un lugareño, persignándose—. El ermitaño. Dicen que su familia protege la sierra desde el imperio. Nadie sube allá.
Septiembre 7, 1995.
Tres semanas. Lucas llevaba tres semanas paralizado. Su mente, sin embargo, estaba lúcida, afilada por el terror. Jacó lo levantó. El anciano tenía una fuerza demoníaca. Lo cargó fuera de la cabaña bajo la luz de la luna llena.
Llegaron a un claro. Había un agujero cavado en la tierra roja. Y al lado del agujero, un barril de metal oxidado.
Lucas entendió.
“No. No, por favor. Dios, no”.
Jacó lo miró con una extraña mezcla de piedad y fanatismo. —El portal debe ser protegido. Ahora eres uno de nosotros. Un guardián eterno.
Lo metió dentro. La posición fetal era forzada, dolorosa. El metal estaba frío contra su mejilla. Lucas intentó con todas sus fuerzas, con cada átomo de su voluntad, mover un dedo, hacer un sonido.
Nada.
La tapa de metal se cerró. La oscuridad fue absoluta.
Entonces, el sonido. El martillo golpeando el metal. Clang. Clang. Clang. Jacó estaba sellando el barril.
El aire comenzó a calentarse. El oxígeno se consumía.
Y en ese infierno de oscuridad, la adrenalina final, el instinto primitivo de la muerte inminente, rompió parcialmente la parálisis química.
La mano derecha de Lucas se crispó. Sus dedos, entumecidos y torpes, arañaron el metal.
Scritch… Scritch…
Sus uñas se rompieron contra el acero. Arañó desesperadamente, llorando en silencio, gritando sin voz mientras sus pulmones ardían. Arañó hasta que sus dedos sangraron, dejando su ADN incrustado en su propia tumba.
“Ana”, pensó, mientras la luz de su mente se apagaba. “Perdóname”.
Luego, hubo silencio. Un silencio que duró cinco años.
PARTE 3: LA REVELACIÓN (Marzo, 2000)
El sonido de metal contra metal rompió la paz de la tarde cinco años después.
Paulo Méndez, un agricultor, detuvo su excavadora. Había golpeado algo duro. Bajó de la máquina, limpiándose el sudor. La tierra removida reveló un borde oxidado. Un barril.
—¿Qué diablos…? —murmuró.
El barril estaba cubierto de símbolos pintados en lo que parecía sangre seca. Paulo sintió una náusea repentina. Llamó a la policía.
El detective Fonseca llegó tres horas después. Tenía más canas, más arrugas, y una carga en los hombros que nunca se había ido. Cuando vio el barril, supo. En sus entrañas, lo supo.
—Ábranlo —ordenó. Su voz sonó hueca.
Los técnicos cortaron los sellos. El chirrido del metal fue como un grito. Cuando levantaron la tapa, el olor golpeó a Fonseca. No a podrido, sino a hierbas, resinas y muerte antigua.
Fonseca se asomó.
Allí, en posición fetal, estaba Lucas Tabáz.
No era un esqueleto. Estaba momificado. La piel, apergaminada y seca, se adhería a los huesos. Pero su rostro… su rostro estaba congelado en una máscara de horror eterno. La boca abierta en un grito mudo, los ojos hundidos.
—Dios santo —susurró la forense, la Dra. Moura.
En la morgue, la verdad se reveló capa por capa, cada una más horrible que la anterior.
—Estaba vivo, Marcelo —dijo la Dra. Moura, dejando la carpeta sobre la mesa metálica. Su voz temblaba—. Encontramos piel y sangre bajo sus uñas. Y marcas de arañazos en el interior de la tapa.
Fonseca cerró los ojos. La imagen de Lucas, solo, en la oscuridad total, paralizado pero consciente, arañando su ataúd de metal mientras se asfixiaba… era demasiado.
—¿Sufrió? —preguntó Fonseca, aunque sabía la respuesta.
—Las toxinas lo paralizaron. Estuvo consciente semanas antes de morir. Sabía lo que venía. Y cuando la tapa se cerró… sí. Sufrió terror puro.
La investigación explotó. Encontraron la cabaña de Jacó, quien había muerto de viejo dos años antes, llevándose sus secretos al infierno, o eso creía. Pero Jacó había dejado diarios.
Fonseca leyó las páginas amarillentas con manos temblorosas. “16 de agosto de 1995. El profanador capturado… Le di las hierbas… Sus ojos me siguen… 7 de septiembre. Sellado. Escuché sus uñas contra el hierro. Ahora duerme.”
No era el único.
“Ricardo, 1965. María, 1972. Fernando, 1983. Clarissa, 1989.”
Había cinco barriles. Cinco guardianes. Cinco vidas robadas por la locura de un linaje aislado que creía proteger un portal que no existía.
El equipo de Fonseca volvió a la sierra. Guiados por los diarios malditos, desenterraron uno a uno los barriles. Un cementerio de curiosidad científica. Cada uno contenía a alguien que solo quería aprender, alguien que amaba la historia, preservado para siempre en una mueca de agonía.
El funeral de Lucas fue multitudinario, pero silencioso.
Ana se acercó al ataúd cerrado. Ya no había esperanza, solo una verdad brutal y fría. Puso su mano sobre la madera pulida.
—Te encontré —susurró—. Te prometí que esperaría hasta el jueves. Llegaste cinco años tarde, Lucas. Pero volviste.
Fonseca observó desde lejos. El caso estaba cerrado. El misterio resuelto. Pero mientras el ataúd descendía a la tierra, esta vez una tierra bendecida y legal, el detective sabía que nunca olvidaría el sonido fantasma que su mente había creado: el sonido de uñas arañando metal en la oscuridad profunda de la selva.
Lucas Tabáz había ido a buscar el pasado. Y el pasado, celoso y cruel, se lo había quedado para siempre.