
La lluvia en Madrid no limpiaba las calles; solo hacía que la suciedad brillara más bajo las luces de neón.
Alejandro Vega, cuarenta y dos años, dueño de un imperio tecnológico y de un alma en bancarrota, apretó el volante de su Mercedes negro hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Sus ojos, oscuros y hundidos por el insomnio crónico, estaban fijos en la figura solitaria que caminaba bajo el aguacero, a dos manzanas de distancia.
Era Elena. Su empleada doméstica.
Elena, la mujer que había servido el café en su mansión de La Moraleja esa misma mañana con manos temblorosas. Elena, cuyo vientre abultado de siete meses de embarazo desafiaba la lógica de su vida solitaria.
—¿A dónde vas, Elena? —murmuró Alejandro, su voz ronca rompiendo el silencio climatizado del coche—. ¿Qué escondes que te hace huir como una ladrona?
La sospecha era un veneno que Alejandro bebía a diario desde que Isabel murió. Tres años. Tres años desde que el accidente de coche le arrebató a su esposa y lo dejó solo en una mansión de veinte habitaciones. Desde entonces, la confianza era un lujo que no se permitía. Y ahora Elena, la única persona que quedaba de la época de Isabel, actuaba extraño.
Robo. Tenía que ser eso. O traición. ¿Vendía información a la competencia? ¿Se veía con algún amante criminal?
Elena subió a un autobús destartalado que se dirigía al sur, hacia Vallecas, a las zonas donde el asfalto se agrietaba y la esperanza moría joven. Alejandro la siguió. El limpiaparabrisas marcaba el ritmo de su corazón: tic-tac, tic-tac. Un conteo regresivo hacia el desastre.
El autobús se detuvo en una calle mal iluminada. Elena bajó, protegiendo su vientre con un bolso gastado que Alejandro reconocía: era uno viejo que Isabel iba a tirar años atrás. Verlo le causó una punzada de dolor físico en el pecho.
Alejandro aparcó el Mercedes en una esquina, apagando las luces. El coche parecía una nave espacial alienígena en aquel barrio de ladrillo visto y grafitis agresivos. Bajó. El frío de noviembre le golpeó la cara, mezclado con el olor a humedad y basura acumulada.
Caminó. Sus zapatos italianos de setecientos euros chapoteaban en los charcos de aceite y agua.
Elena entró en un edificio gris, un bloque de colmenas humanas con los buzones reventados. Alejandro esperó un minuto, contando cada segundo, antes de empujar la pesada puerta de hierro. El pasillo olía a lejía barata y cebolla frita.
Escuchó pasos en el tercer piso. Subió.
Cada escalón crujía bajo su peso, como si el edificio mismo le advirtiera que no pertenecía allí. Al llegar al descansillo del tercero, vio una puerta entreabierta. La luz amarilla se filtraba por la rendija, cortando la penumbra del pasillo.
Se acercó. Iba a confrontarla. Iba a exigir saber quién era el padre, por qué temblaba, qué se había llevado de su casa.
Pero entonces, una voz lo detuvo.
—¡Mamá!
No era la voz de un bebé. Era la voz clara, cantarina y emocionada de un niño pequeño.
Alejandro se congeló. Su mano quedó suspendida en el aire, a centímetros de la madera astillada de la puerta.
—Hola, mi amor —respondió la voz de Elena. Sonaba agotada, pero cargada de una ternura que Alejandro no había escuchado en años—. Perdona la tardanza. El señor Vega… él necesitaba que revisara unos papeles antes de salir.
Mentira. Él no le había pedido nada. Ella había huido.
—¿El Señor Triste? —preguntó el niño.
Alejandro sintió un golpe en el estómago. El Señor Triste. Así lo llamaban en esa casa.
La curiosidad venció a la furia. Alejandro empujó la puerta con la punta de los dedos. La bisagra gimió, pero el sonido fue ahogado por el ruido de la lluvia golpeando la ventana del pequeño salón.
Lo que vio le robó el aliento.
El apartamento era minúsculo. Apenas una caja de zapatos. Había humedad en las esquinas y los muebles eran rescatados de la basura, pero todo estaba impecablemente limpio. En el centro, sobre una alfombra raída, Elena estaba de rodillas, abrazando a un niño.
El niño.
Tenía unos cuatro años. Pelo negro, desordenado. Llevaba un pijama de superhéroes que le quedaba corto.
Elena levantó la vista. Sus ojos se encontraron con los de Alejandro.
El terror puro deformó el rostro de la mujer. Se llevó una mano a la boca, ahogando un grito. Instintivamente, atrajo al niño hacia su pecho, protegiéndolo con su cuerpo y con su vientre embarazado, como una leona acorralada por un cazador.
—Señor Vega… —susurró. Su voz era un hilo de pánico.
Pero Alejandro no miraba a Elena. Miraba al niño.
El chico se soltó del abrazo de su madre y dio un paso adelante, con esa valentía imprudente que solo tienen los inocentes. Ladeó la cabeza, observando al intruso empapado en traje de diseñador.
Y entonces, el mundo de Alejandro se detuvo. El eje de la tierra se rompió.
El niño tenía los ojos de Isabel.
No eran parecidos. Eran idénticos. Grandes, de un color miel con destellos verdes, una rareza genética que Alejandro había amado con locura. Pero tenía la barbilla de Alejandro. Tenía su propia forma de fruncir el ceño cuando estaba confundido.
Era como mirarse en un espejo que distorsionaba el tiempo.
—¿Quién es este niño? —La voz de Alejandro salió quebrada, un gruñido animal.
Elena empezó a llorar. No sollozos silencios, sino un llanto feo, ruidoso, de quien ha aguantado el peso del cielo durante demasiado tiempo y finalmente colapsa.
—Alejandro, por favor, vete… —suplicó ella.
—¡He dicho que quién es! —gritó él. El trueno afuera retumbó al unísono, haciendo temblar los cristales.
El niño se asustó y retrocedió hacia su madre.
—Es Pablo —dijo Elena, bajando la cabeza, derrotada—. Es Pablo.
—¿Cuántos años tiene? —Alejandro avanzó un paso. El aire en la habitación era denso, eléctrico.
—Cuatro. Cumplió cuatro en agosto.
Alejandro hizo los cálculos mentales. Su cerebro, entrenado para los negocios y los números, procesó la fecha a una velocidad vertiginosa. Cuatro años. Eso significaba que fue concebido hace casi cinco años.
Hace cinco años, Isabel aún vivía.
—No… —Alejandro retrocedió, chocando contra el marco de la puerta. Se sintió mareado. Las paredes se cerraban sobre él—. Eso es imposible. Isabel y yo… nosotros lo intentamos todo. Los médicos dijeron que…
—No es de Isabel —cortó Elena. Su voz de repente ganó una fuerza inesperada. Levantó la vista, y en sus ojos húmedos había una mezcla de vergüenza y desafío—. Es tuyo, Alejandro. Pero no es de Isabel.
El silencio que siguió fue más fuerte que la tormenta.
Alejandro recordó.
Fue una ráfaga de memoria, un flashazo doloroso que había enterrado bajo capas de alcohol y duelo. Hace cinco años. Una noche de noviembre, parecida a esta. Isabel estaba de viaje, visitando a su madre enferma en el norte. Él había recibido la noticia de la clínica de fertilidad esa tarde: Inviables. No hay esperanza.
Había llegado a casa destruido. Había bebido. Whisky, vodka, lo que encontró. Quería apagar el cerebro. Quería dejar de sentir el fracaso de no poder darle un hijo a la mujer que amaba.
Recordó a Elena encontrándolo en el suelo del despacho. Recordó su mano en su hombro. Recordó llorar en su regazo, desesperado, roto. Y recordó… calor. Piel. Un momento de locura ciega, de buscar consuelo humano en medio del abismo.
A la mañana siguiente, la resaca había borrado los detalles. Elena había servido el desayuno como siempre. Nadie dijo nada. Él pensó que lo había soñado, o prefirió creerlo.
—Esa noche… —balbuceó Alejandro.
—Estabas roto —dijo Elena suavemente. Acarició el cabello de Pablo—. Y yo… yo te amaba en silencio. Fue un error. Lo sé. Pero cuando supe que estaba embarazada, Isabel ya había vuelto. Estaban tan felices intentándolo de nuevo…
—¿Por qué no lo dijiste? —La rabia empezaba a burbujear, caliente y defensiva—. ¡Me robaste a mi hijo! ¡Durante cuatro años! ¡Me dejaste vivir en esa casa vacía creyendo que no tenía a nadie!
—¡Porque la habrías destruido a ella! —gritó Elena. Se puso de pie, con dificultad por su embarazo avanzado, enfrentándolo—. Isabel te adoraba, Alejandro. Si ella hubiera sabido que su empleada, su amiga, llevaba al hijo que ella no podía darte… la habría matado en vida. Ella murió pensando que eras el esposo perfecto. Le di ese regalo. Le di paz.
Alejandro se quedó mudo. La verdad le golpeó como un puñetazo físico.
Elena había sacrificado su honor, su estabilidad financiera, y el derecho de su hijo a tener un padre, todo para proteger la felicidad de Isabel. Había vivido en la pobreza, limpiando los baños del hombre que era el padre de su hijo, soportando su frialdad y su amargura, solo para mantener una promesa tácita a una mujer muerta.
Alejandro miró alrededor. La pintura desconchada. El juguete de plástico barato en el suelo. El plato con media tostada en la mesa.
—¿Y este? —señaló el vientre de Elena—. ¿También es mío?
Elena negó con la cabeza, una sonrisa triste y amarga en los labios.
—No. Cometí el error de buscar a alguien que me ayudara. Un hombre que prometió cuidar de Pablo y de mí. Cuando supo del bebé, se fue. —Se encogió de hombros, un gesto de resignación desgarrador—. La historia de mi vida, señor Vega. Los hombres ricos tienen secretos; las mujeres pobres tenemos consecuencias.
Alejandro sintió que las piernas le fallaban. Cayó de rodillas. No le importó que el pantalón de trescientos euros se manchara en el suelo sucio.
Estaba a la altura de Pablo.
El niño lo miraba con curiosidad, sin miedo. Tenía esa inocencia que Alejandro creía extinta en el mundo.
—¿Por qué lloras? —preguntó Pablo.
Alejandro se tocó la cara. Estaba empapada. No se había dado cuenta de que lloraba.
—Porque perdí algo muy importante hace mucho tiempo —dijo Alejandro, con la voz rota—. Y creo… creo que acabo de encontrarlo.
Pablo dudó un momento, luego extendió su mano pequeña y pegajosa, y le dio una palmadita torpe en la cabeza a Alejandro.
—Mamá dice que cuando pierdes algo, tienes que rezarle a San Antonio. O mirar debajo del sofá.
Una risa escapó de la garganta de Alejandro. Fue un sonido oxidado, extraño, que terminó convirtiéndose en un sollozo.
Levantó la vista hacia Elena. Ella seguía de pie, vigilante, esperando el despido, esperando la furia, esperando el final.
Pero Alejandro vio algo más. Vio la fuerza titánica de una madre. Vio la lealtad absoluta. Vio a la única persona en el mundo que había amado a Isabel tanto como él.
Se puso de pie lentamente. Se secó las lágrimas con el dorso de la mano, recuperando un fragmento de su compostura, pero nada de su frialdad.
—Recoge tus cosas, Elena.
Elena palideció aún más.
—Señor, por favor… necesito este trabajo. El bebé viene en dos meses y…
—No me has entendido —la interrumpió Alejandro. Su voz ya no era la del jefe tirano, sino la de un hombre que despierta de un coma—. Recoge tus cosas. Y las de Pablo. No vais a pasar ni una noche más en este agujero.
—No puedo aceptar su caridad —dijo ella con orgullo, levantando la barbilla.
—No es caridad —Alejandro dio un paso y, por primera vez en cinco años, tomó la mano de Elena. Estaba áspera por el trabajo, fría. Él la sostuvo con ambas manos, intentando transmitirle calor—. Es mi familia.
Elena lo miró, buscando la mentira, buscando la trampa. No encontró ninguna. Solo vio los ojos de un hombre que había estado ahogándose y acababa de salir a la superficie.
—Él se parece a ella —susurró Elena, mirando a Pablo.
—Tiene sus ojos —admitió Alejandro, con un nudo en la garganta—. Pero tiene tu fuerza.
Alejandro se agachó y levantó a Pablo en brazos. El niño pesaba, era sólido, real. Olía a jabón y a leche. Era vida. Vida pura y vibrante en medio de la muerte que había sido la existencia de Alejandro. Pablo, sorprendido, se agarró al cuello de la chaqueta cara de Alejandro.
—¿Tienes coche? —preguntó Pablo al oído de Alejandro.
—Tengo un coche muy rápido —respondió Alejandro, sintiendo cómo el hielo alrededor de su corazón se agrietaba y caía—. Y vamos a ir a casa. Una casa grande. Con un jardín enorme para que corras.
—¿Y mamá viene?
Alejandro miró a Elena, que lloraba en silencio junto a la puerta, con la mano sobre su vientre hinchado, cargando a otro hijo que no tenía padre, pero que, Alejandro decidió en ese mismo instante, ya no estaría solo.
—Sí —dijo Alejandro firmemente—. Mamá viene. Y no se irá nunca más.
Salieron del edificio bajo la lluvia. Pero a Alejandro ya no le importaba el agua, ni el frío, ni el barro en sus zapatos. Mientras acomodaba a Pablo en el asiento trasero del Mercedes y ayudaba a Elena a entrar con una delicadeza que no había mostrado en años, Alejandro Vega supo que Isabel, desde donde estuviera, estaba sonriendo.
El millonario había entrado en ese edificio buscando a una ladrona. Había salido con lo único que el dinero nunca pudo comprarle: una razón para vivir.
El motor rugió, y el Mercedes negro se alejó de la oscuridad, llevándose consigo el secreto, ahora revelado, hacia un amanecer que, por primera vez en tres años, prometía no ser gris.