
Por: Redacción Nacional
Las calles de la Colonia Del Valle, en la Ciudad de México, suelen ser sinónimo de tranquilidad, plusvalía y familias de tradición. Es esa zona de la capital donde las fachadas de las casas antiguas se mezclan con edificios modernos, y donde la vida parece transcurrir sin sobresaltos. Sin embargo, detrás de los muros blancos y las rejas de seguridad de una residencia en la calle Amores, se ocultaba una historia que ni los vecinos más chismosos pudieron imaginar.
Fue una casualidad, o quizás un milagro, lo que llevó al oficial Daniel Castillo a circular por esa cuadra a las 11 de la noche. En sus 15 años patrullando la alcaldía Benito Juárez, había visto de todo, pero nada lo preparó para esa noche. Un movimiento extraño en una pequeña ventana de ventilación, casi tapada por la maleza del jardín, captó su atención. Al bajar de la patrulla y apuntar su linterna, no vio a un gato ni a un ladrón. Vio unos ojos llenos de terror y esperanza.
El Hallazgo que Heló a la Capital
“Ayúdeme, por favor”, articuló la figura detrás del vidrio sucio, pegando al cristal unas manos marcadas por el óxido de unas cadenas. Era Amanda Mendoza. O la sombra de ella. Pálida, en los huesos y vestida con harapos, la joven estudiante de Psicología de la UNAM que había desaparecido cinco años atrás no se había ido de “mochilazo” ni se había fugado con el novio, como rezaba la versión oficial. Estaba ahí, sepultada en vida bajo los cimientos de su propia casa.
La movilización policiaca fue inmediata. Cuando el oficial Castillo golpeó la puerta principal, quien abrió no fue un delincuente de barrio, sino Roberto Mendoza, un ingeniero civil de 50 años, respetado, de esos que saludan de mano y van a misa los domingos. Su intento de usar sus influencias y su actitud de “usted no sabe quién soy” se desmoronaron cuando los oficiales exigieron inspeccionar el sótano.
Al descender por las escaleras, el olor a humedad y encierro golpeó a los agentes. El lugar había sido acondicionado como una celda: paredes con aislante de ruido (del que se usa en estudios de grabación), un catre viejo y, encadenada a una tubería de agua, estaba Amanda. La confesión de la víctima, entre llanto, fue un golpe seco a la realidad: “Es mi papá. Él me hizo esto”.
Machismo y Obsesión: La Anatomía del Crimen
Para entender este horror, hay que volver al 2001. Amanda era una “chava” brillante de 19 años que cursaba el segundo año en Ciudad Universitaria. Pero su padre, Roberto, representaba el lado más oscuro del machismo mexicano: controlador, celoso y posesivo. Bajo la máscara de “padre protector”, Roberto no toleraba que su hija tuviera autonomía, que saliera con amigos o que pensara diferente. Para él, Amanda no era una mujer libre, era de su propiedad.
La planificación fue meticulosa. Roberto aprovechó sus conocimientos de ingeniería para modificar el sótano poco a poco, trabajando de noche mientras su esposa, Claudia, cubría turnos nocturnos como enfermera en el IMSS, y su hijo menor, Lucas, dormía.
El día de la desaparición, Roberto fue por Amanda a la facultad con la excusa de un trámite. La llevó a una zona industrial desolada en el Estado de México y, usando un pañuelo con químicos, durmió a su propia hija. Al despertar, el futuro de Amanda se había reducido a cuatro paredes de concreto.
La Gran Mentira Mexicana
Durante cinco años, Roberto Mendoza sostuvo una farsa impecable. Falsificó una carta con la letra de Amanda diciendo que se iba a probar suerte a Tijuana o a Estados Unidos, harta de las reglas. Con eso, destrozó a su esposa Claudia, quien pasó un lustro peregrinando en ministerios públicos y pegando carteles de “Se Busca”, sin saber que su hija estaba sufriendo hambre y frío justo debajo de su cocina.
La frialdad de Roberto era absoluta. Comía con su familia, veía los partidos de la Selección y regañaba a su hijo por las calificaciones, todo mientras sabía que Amanda estaba encadenada metros abajo. Lucas, el hermano menor, llegó a escuchar golpes rítmicos en el piso una madrugada. Cuando quiso investigar, su padre lo interceptó con una severidad que lo asustó, inventando una historia sobre plagas en la cimentación. Ese recuerdo atormentaría a Lucas años después.
Justicia en el Reclusorio
El caso explotó en los noticieros nacionales. La defensa de Roberto intentó alegar demencia, una estrategia común, pero los peritos de la Fiscalía fueron contundentes: Roberto era un depredador consciente y calculador. Su declaración en el juzgado indignó a la opinión pública: “Lo hice porque la quiero. Las chavas de hoy se pierden en vicios. Yo solo quería disciplinarla”.
El juez no tuvo piedad y dictó la sentencia máxima, enviándolo a un penal de alta seguridad sin derecho a fianza. Pero para Amanda, la libertad física fue solo el primer paso. Con 24 años, y habiendo perdido una etapa vital de su juventud, enfrentó el reto de sanar en una sociedad que a veces revictimiza.
Sin embargo, la fuerza de la mujer mexicana se hizo presente. Con el apoyo incondicional de su madre y hermano —quienes también fueron víctimas del engaño—, Amanda retomó su vida. Regresó a estudiar, decidida a que su historia no fuera solo una nota roja, sino un testimonio de resiliencia, enfocándose en ayudar a otras víctimas de violencia doméstica.
Lecciones de una Tragedia
El caso del “Monstruo de la Del Valle” nos deja lecciones duras. Nos recuerda que la violencia a veces vive en casa, vestida de traje y corbata. Nos enseña que el control excesivo y los celos paternos no son “amor”, son violencia pura.
Pero sobre todo, resalta la importancia de no ignorar lo que vemos. Si el oficial Castillo hubiera seguido de largo esa noche, si hubiera pensado “en estas colonias no pasa nada”, Amanda seguiría en esa oscuridad. A veces, la diferencia entre la vida y la muerte es un ciudadano o un policía que decide no voltear la mirada.
Hoy, esa casa ya no es un hogar, es un recordatorio de que la libertad es sagrada y que, en México, la realidad a veces supera a la ficción más cruel.