
En las gélidas alturas del nevado Kunurana, en la región de Puno, Perú, la vida transcurre a un ritmo diferente. A más de 4.000 metros sobre el nivel del mar, el silencio es profundo y la soledad es una compañera constante para las pocas familias que, generación tras generación, han hecho de la ganadería su forma de subsistencia.
Sin embargo, en marzo de 2019, esa paz ancestral se rompió de la manera más grotesca imaginable. Lo que parecía ser la triste desaparición de una mujer en la inmensidad de la montaña, terminó destapando la existencia de una mente depredadora y perturbada que había estado acechando en las sombras: Wilfredo Rodríguez, un joven de 23 años cuya crueldad le valió el infame título del “Monstruo de Kunurana”.
La desaparición que encendió las alarmas
Todo comenzó el viernes 15 de marzo de 2019. Dina Quispe, una mujer de 27 años, madre de dos hijos y dedicada esposa, salió de su cabaña como lo hacía todos los días. Su misión era rutinaria: recoger a sus animales que pastaban en las laderas y asegurarlos en el corral antes de que cayera la noche. Su esposo la esperaba para la cena, pero Dina nunca regresó.
Al principio, la esperanza de que se hubiera refugiado del frío en alguna cabaña vecina mantuvo la calma, pero con la llegada del amanecer, la angustia se apoderó de la familia. La búsqueda comenzó de inmediato. Los comuneros y la policía peinaron la zona, enfrentándose a la geografía hostil de los Andes. No había rastros, hasta que llegaron a la cabaña más aislada del sector, la morada de Wilfredo Rodríguez.
El joven, conocido por ser introvertido y solitario, negó haberla visto. Sin embargo, su lenguaje corporal gritaba lo contrario. Los agentes notaron su nerviosismo y, más inquietante aún, cortes frescos en sus manos que él atribuyó a su trabajo ganadero. Pero la intuición policial rara vez falla ante señales tan claras.
El hallazgo del horror
Tras 24 horas de búsqueda incansable, la verdad salió a la luz a orillas de un río cercano. Primero fue un sombrero, identificado por el esposo de Dina. Metros más adelante, la escena se tornó dantesca. Las autoridades encontraron los restos de la mujer, pero no como esperaban. Su cuerpo había sido sometido a una brutalidad extrema: había sido desmembrado con una precisión quirúrgica escalofriante.
Lo que más impactó a los peritos forenses no fue solo la separación de las extremidades, sino el hecho de que la piel del rostro de la víctima había sido removida cuidadosamente. Además, faltaban órganos internos. Aquello no era un simple crimen pasional o un robo que salió mal; era la obra de alguien que disfrutaba con la carnicería.
Una prueba de luminol en la ropa y el cuerpo de Wilfredo confirmó las sospechas: estaba cubierto de rastros biológicos que había intentado lavar. Acorralado por la evidencia y por el hallazgo de una bolsa con los órganos faltantes dentro de su propia cabaña, Wilfredo confesó. Y su confesión fue aún más aterradora que el crimen mismo.
La mente detrás del monstruo
Wilfredo Rodríguez no nació siendo un monstruo, pero las circunstancias de su vida moldearon una psique fracturada. Abandonado por su madre, Lauriana, a los pocos días de nacer, creció con un padre a menudo ausente por trabajo y un resentimiento que echó raíces profundas en su alma. Odiaba a su madre por haberlo dejado, y con el tiempo, ese odio se proyectó hacia todas las mujeres.
En su aislamiento, Wilfredo encontró refugio en el cine de terror. Su cabaña estaba llena de películas piratas del género gore. Idolatraba a personajes ficticios, pero su obsesión máxima era Freddy Krueger, el icónico villano de “Pesadilla en la calle Elm”. Wilfredo no solo quería admirarlo; quería ser él.
En su declaración, relató con una frialdad pasmosa cómo observó a Dina desde su ventana. En su delirio, no vio a su vecina, sino a su madre. Sintió que era el momento de la venganza. La acechó como un cazador, la esperó tras unos pastizales y la atacó por la espalda. Aunque aseguró haberse arrepentido tras estrangularla, la autopsia reveló que Dina aún estaba con vida cuando él comenzó a usar el cuchillo, sumergiendo su cabeza en el agua para que el fluido vital no lo salpicara.
Canibalismo y rituales macabros
La parte más perturbadora de su relato fue lo que hizo después. Wilfredo admitió que quitó la piel del rostro de Dina con la intención de fabricar una máscara y usarla, emulando a su ídolo de ficción. Pero su depravación fue un paso más allá.
Impulsado por una curiosidad morbosa y un hambre voraz tras el esfuerzo físico del ataque, Wilfredo decidió probar la carne humana. Llevó restos de la víctima a su cocina, hirvió agua y cocinó una parte. Según sus propias palabras, probó un bocado, pero el sabor le resultó desagradable, por lo que terminó arrojando el resto a su perro. Este acto de antropofagia confirmó a los psiquiatras que estaban ante un caso de trastorno antisocial de la personalidad severo, donde el sujeto carece de cualquier empatía y se rige por instintos primitivos.
Un asesino en serie oculto en la montaña
La captura de Wilfredo destapó una caja de Pandora. Al ser interrogado sobre si volvería a matar, su respuesta fue afirmativa, especialmente si encontraba a su madre. Esto llevó a las autoridades a indagar en su pasado, descubriendo que Dina no había sido su primera víctima.
El “Monstruo de Kunurana” confesó dos crímenes anteriores que habían quedado impunes. En 2014, acabó con la vida de Cirila Pacori, otra vecina, golpeándola con una pala tras una discusión por el pastoreo de animales. En 2016, durante su servicio militar, atacó a un hombre desconocido en Sicuani simplemente porque la oportunidad se presentó.
Wilfredo se veía a sí mismo como un “soldado del cielo” o un “ángel vengador”, títulos que escribía en sus cuadernos junto a frases incoherentes sobre el dolor y la sangre. Había operado bajo las narices de la comunidad y la policía durante años, protegido por su fachada de joven tímido y por la indiferencia hacia los crímenes en zonas rurales alejadas.
El desenlace y la indignación social
El caso sacudió a todo Perú. La población, indignada, no podía creer que un depredador así hubiera vivido entre ellos. Cuando fue trasladado al penal de máxima seguridad de Yanamayo, la gente clamaba por justicia. Sin embargo, la realidad legal cayó como un balde de agua fría: en Perú, la pena máxima acumulativa es de 35 años de prisión. Esto significa que Wilfredo, a pesar de la brutalidad de sus actos, podría recuperar su libertad antes de cumplir los 60 años.
La historia de Wilfredo Rodríguez es un recordatorio sombrío de cómo el abandono y la soledad pueden deformar la mente humana hasta romperla. Pero también es una alerta sobre la vulnerabilidad de las comunidades alejadas, donde el mal puede esconderse detrás de la puerta de una cabaña solitaria, esperando pacientemente, en silencio, el momento perfecto para atacar. Hoy, el Nevado Kunurana ha recuperado su silencio, pero es un silencio manchado por el recuerdo de la tragedia que jamás será olvidada.