Cuando las Paredes del Centro Histórico Hablan.

La Ciudad de México es un monstruo de mil cabezas que sabe guardar secretos entre sus capas de historia y concreto. Pero hay verdades que se niegan a permanecer enterradas, realidades que agrietan los muros hasta salir a la luz. El 15 de septiembre de 1996, en medio de las celebraciones patrias, tres sobrecargos de la extinta aerolínea Aéreo Occidente —Jessica Hernández, Denise Morales y Kimberly Tapia— llegaron al “Gran Hotel Rosa del Desierto”, un edificio art déco venido a menos en la zona limítrofe de la Colonia Doctores y el Centro Histórico. Rieron en el elevador, cansadas tras un vuelo de conexión, y se dirigieron a sus habitaciones en el tercer piso. Esa fue la última vez que se supo de ellas.
A la mañana siguiente, sus camas estaban tendidas, sus maletas cerradas y sus uniformes colgaban impecables. Simplemente, la tierra pareció tragárselas. Durante casi tres décadas, el caso se perdió en los archivos muertos de la Procuraduría, dejando a tres familias mexicanas destrozadas por la incertidumbre. No fue hasta el otoño de 2024, cuando una cuadrilla de demolición entró al edificio dañado estructuralmente, que la terrible realidad comenzó a emerger.
El Hallazgo que Paralizó la Obra
Ramón Torres, un veterano maestro de obras, sintió un escalofrío al golpear con su mazo la pared del pasillo oriente. Detrás del yeso no había ladrillo, sino un espacio hueco, sellado deliberadamente durante una remodelación tras el sismo de 1997. Allí, en la oscuridad preservada del polvo de la ciudad, yacían tres conjuntos de ropa, tres bolsos y tres credenciales de la aerolínea, alineados con una precisión que erizaba la piel.
La comandante Sara Castillo, de la Fiscalía Especializada, supo al instante que no estaba ante un simple escondite. Era un altar. Los análisis periciales revelaron detalles macabros: mechones de cabello y recortes de uñas guardados en los bolsillos de los sacos, trofeos tomados por alguien que quería conservar una parte de ellas. Pero lo más inquietante estaba en los zapatos de tacón reglamentarios. Bajo luz forense, las plantillas mostraron manchas que indicaban que las mujeres habían permanecido de pie, inmóviles, durante un largo periodo mientras sufrían un destino atroz.
Los Testigos del Silencio
La reapertura del caso llevó a Castillo y a su compañero, el agente Marcos Vega, a buscar a los antiguos empleados del hotel en los barrios populares de la capital. Roberto Polanco, el recepcionista nocturno de aquella época, y Eduardo “Lalo” Franco, el hombre de mantenimiento, vivían aún con el miedo en los ojos. Polanco confesó que el edificio “tenía hambre”, que los elevadores subían solos al tercer piso y que una presencia pesada habitaba los pasillos. Franco, por su parte, admitió entre lágrimas haber escuchado gritos ahogados aquella noche festiva, sonidos que provenían de los ductos de ventilación, y haber callado por terror a perder su empleo o la vida.
Ambos describieron a la misma figura: un hombre alto, delgado, de mirada vacía y piel pálida, siempre vestido con un uniforme de mantenimiento impecable pero anacrónico. Un hombre que caminaba con la seguridad del dueño. “Lalo” Franco entregó a los agentes una llave maestra oxidada: la entrada a los viejos túneles de servicio que conectaban los cimientos del hotel con el antiguo sistema de drenaje de la ciudad.
La “Catedral” Subterránea
Lo que la Fiscalía encontró en los túneles bajo el hotel superó la ficción más oscura. No solo hallaron los restos de las tres sobrecargos, preservados dentro de nichos en las paredes como figuras religiosas, sino que descubrieron una cámara oculta. Un espacio que servía de “sala de trofeos” para un depredador metódico.
Cientos de fotografías cubrían las paredes de humedad. Polaroids de mujeres aterrorizadas, joyería barata etiquetada con fechas y un diario escrito con una caligrafía perfecta. El responsable no solo había actuado en 1996; su historial se remontaba a la década de los 80, en plena época del “Negro Durazo”. Había convertido el hotel en su coto de caza privado, aprovechando la corrupción y el caos de la ciudad para ocultar a sus víctimas en la propia estructura. Más aterrador aún, había fotos recientes, tomadas en 2023, demostrando que el sujeto regresaba regularmente a visitar su obra, entrando como una sombra en la ciudad que nunca duerme.
El Fantasma de Tomás Raymundo Carbajal
La tecnología de reconocimiento facial aplicada a las imágenes de seguridad de la zona arrojó un resultado imposible: Tomás Raymundo Carbajal. Hijo del poderoso dueño original del hotel, un cacique inmobiliario de la vieja guardia. Tomás supuestamente había fallecido en un accidente de obra en 1995. Todo fue un montaje. Había fingido su propia muerte para operar con total impunidad, protegido por el dinero de su padre y el anonimato de una identidad borrada.
Carbajal había diseñado la remodelación del 97 específicamente para crear sus tumbas. Conocía cada viga, cada salida de emergencia hacia el Metro, cada punto ciego. Había estado viviendo como un fantasma, moviéndose por distintos estados de la República, estableciendo nuevos territorios de caza mientras su “catedral” en la capital permanecía intacta.
La Fuga y la Amenaza Final
Gracias a una prueba de ADN genealógico, los detectives localizaron a una media hermana de Carbajal en Iztapalapa, quien reveló una dirección reciente. Un equipo táctico irrumpió en una vecindad en la zona de La Merced, pero llegaron minutos tarde. El cuarto estaba vacío, limpio, excepto por un mensaje pintado en la pared con fluido fresco:
“Comandante Castillo, la he estado observando observarme. El juego fue entretenido, pero las catedrales caen y se deben construir otras nuevas. Búsqueme si puede. Los muros en otros lugares también tienen hambre.”
En una laptop recuperada y encriptada, los peritos cibernéticos hallaron una carpeta titulada “Futuro”. Dentro, había fotos de vigilancia de nuevas víctimas potenciales en el Aeropuerto Internacional y, al final, una foto de la propia comandante Sara Castillo, tomada días atrás desde un auto en movimiento sobre Tlalpan. La etiqueta de la foto decía simplemente: “Digna”.
Un Final que es un Comienzo
El edificio del “Rosa del Desierto” fue demolido finalmente, sus escombros llevados a los tiraderos del Bordo de Xochiaca. Las familias de las 32 víctimas identificadas gracias a los hallazgos en los túneles pudieron, por fin, dar sepultura a sus hijas y madres. Pero para Sara Castillo, la paz es imposible. Tomás Carbajal sigue libre, un depredador inteligente y paciente que se ha disuelto en la inmensidad de México.
El caso de las sobrecargos se ha resuelto, pero ha destapado una realidad mucho más grande. El hombre que construyó una tumba masiva en el corazón de la CDMX está buscando nuevos muros. Y la comandante Castillo sabe que, tarde o temprano, en algún rincón de esta vasta nación, sus caminos volverán a cruzarse. Mientras tanto, cada hotel viejo y cada sombra en la ciudad es un recordatorio de que algunos monstruos son reales.