
Un Paraíso que se Volvió Infierno
Era enero de 2002 cuando la camioneta Ford Lobo de la familia Barreto se internó en los caminos de terracería de la Sierra Tarahumara, en el corazón de Chihuahua. Elías Barreto, un fotógrafo apasionado por los paisajes nacionales, su esposa Selena y su hijo de cuatro años, Felipe —a quien de cariño llamaban “Pipe”—, buscaban desconectarse del caos de la ciudad y capturar la belleza invernal de las Barrancas del Cobre. Iban bien equipados, con casas de campaña térmicas y la ilusión de una semana en contacto con la naturaleza.
Laura, la hermana de Elías, aún recuerda la última llamada. “Estamos entrando a la zona de Cusárare, la señal es mala, pero todo es hermoso”, le dijo su hermano. Pipe, al fondo, gritaba emocionado sobre su nuevo saco de dormir amarillo, un regalo de Reyes que no soltaba ni para comer. Esa fue la última vez que se supo de ellos.
Cuando la fecha de regreso pasó sin novedades, la angustia se apoderó de la familia. En México, cuando alguien no vuelve, el miedo es un animal que respira en la nuca. Se organizaron brigadas de búsqueda con la policía estatal, protección civil y guías rarámuris locales. Peinaron cañones y bosques, pero la Sierra, inmensa y caprichosa, parecía habérselos tragado. Solo encontraron la camioneta estacionada cerca de un sendero, cerrada y sin signos de violencia, como si sus dueños hubieran bajado a caminar para nunca volver.
La Pista que Escupió el Río
Pasaron cuatro largos años. El caso de los Barreto se había enfriado, archivado bajo la etiqueta de “desaparición en zona agreste”, un eufemismo que a veces esconde tragedias sin resolver. Laura, sin embargo, mantenía una veladora encendida, aferrada a esa fe inquebrantable que solo tienen las familias mexicanas.
En agosto de 2006, tras una temporada de lluvias torrenciales que azotó el norte del país, el cauce de los ríos creció violentamente. Don Jacinto, un pescador de truchas en una laguna remota conocida como “Ojo de Agua”, vio algo extraño atorado entre los carrizos. Era un bulto amarillo, brillante, que contrastaba con el lodo y la piedra gris.
Al sacarlo, notó que era un saco de dormir pequeño. Tenía bordado, en una etiqueta ya casi desecha, el nombre: “Pipe”.
El hallazgo llegó a oídos del comandante Rivas, un viejo lobo de mar en la fiscalía local que nunca olvidó el caso Barreto. Lo que los peritos descubrieron en el laboratorio de Chihuahua capital fue desconcertante. A pesar de haber sido encontrado en el agua, el interior del saco estaba seco en sus fibras más profundas y no presentaba el deterioro de cuatro años a la intemperie. La conclusión fue un golpe seco a la realidad: ese objeto había estado guardado bajo techo, protegido, hasta hacía apenas unos días. Alguien lo había tenido. Alguien lo había tirado recientemente, quizás arrastrado por la crecida del río desde alguna vivienda clandestina en la montaña.
El Secreto de la “Cueva del Diablo”
Siguiendo la lógica de la corriente y con ayuda de mapas topográficos, un grupo de élite de la policía ministerial trazó la ruta inversa del agua. El rastro los llevó a una zona de difícil acceso, conocida por los lugareños como la “Cañada del Diablo”, un lugar de peñascos afilados y cuevas naturales que servían de refugio para todo tipo de personas que no querían ser encontradas.
Allí, oculta tras matorrales y rocas desprendidas, encontraron una entrada a una caverna acondicionada como vivienda. El aire se sentía pesado. En el interior, la policía halló lo que tanto temían: restos óseos y equipo fotográfico destrozado que pertenecía a Elías. Pero la escena no era la de un simple accidente.
Junto a las pertenencias, encontraron un machete con empuñadura de cuero, una herramienta de trabajo común en las rancherías, pero que no pertenecía a los Barreto. El análisis del lugar sugería que alguien había estado allí, manipulando la escena mucho tiempo atrás.
El machete tenía una marca distintiva, una “C” tallada rústicamente. Los guías locales reconocieron la marca. Pertenecía a los Cano, Julián y Teresa, una pareja de ancianos ermitaños que vivían de la caza y la recolección, conocidos por su hostilidad y por vivir completamente aislados de la sociedad en una choza a varios kilómetros de allí.
La Verdad en la Ranchería
El operativo se movilizó hacia la choza de los Cano. Al llegar, los agentes se encontraron con una escena que desafiaba toda lógica criminal. Julián y Teresa no opusieron resistencia. Estaban sentados en el porche, y junto a ellos, desgranando maíz, había un niño de unos ocho años. Tenía la piel bronceada por el sol de la sierra, pero sus ojos y sus rizos oscuros eran inconfundibles: era la viva imagen de Selena.
El interrogatorio a los ancianos reveló una historia desgarradora, una mezcla de tragedia y egoísmo. Según Julián, aquel invierno de 2002, hubo un derrumbe provocado por el hielo. Él y su esposa escucharon el estruendo y acudieron al lugar. Encontraron a Elías y Selena atrapados bajo toneladas de roca, gravemente heridos, sin posibilidad de ser liberados sin maquinaria pesada.
Elías, en sus últimos suspiros y sabiendo que el final estaba cerca, logró empujar al pequeño Pipe hacia los ancianos y les suplicó: “Salven a mi hijo”.
Aquí es donde la historia toma un giro oscuro. Los Cano, temerosos de la policía y de ser acusados de rapiña o de causar el accidente —dada su fama en la región y su desconfianza en la ley— tomaron una decisión fatal. En lugar de bajar al pueblo y reportar el accidente, decidieron llevarse al niño. Enterraron la verdad junto con los padres en esa cueva. Criaron a Pipe como si fuera suyo, ocultándole su origen, cambiándole el nombre y manteniéndolo alejado de cualquier contacto con el mundo exterior.
El saco de dormir, aquel objeto que Pipe amaba, lo habían guardado como un recuerdo, hasta que la tormenta inundó su bodega exterior y el agua se lo llevó río abajo, delatando su crimen.
El Regreso y la Justicia
El reencuentro entre Laura y “Pipe” —quien ahora respondía al nombre de José— fue una escena que partió el corazón de todos los presentes en el DIF estatal. El niño estaba confundido, asustado; para él, esos ancianos eran sus padres y la civilización era un monstruo ruidoso. No recordaba la ciudad, ni a su tía, ni su vida anterior.
La opinión pública en México se dividió. Algunos veían a los Cano como monstruos secuestradores que privaron a un niño de su identidad y a una familia de su duelo. Otros, en las comunidades serranas, entendían el miedo a la autoridad que motivó su silencio inicial, aunque no perdonaban el engaño posterior. La pareja fue procesada por privación ilegal de la libertad y ocultamiento de hechos, pasando sus últimos años tras las rejas.
Para Pipe, el camino ha sido largo. Con terapia y el amor incondicional de su tía Laura, ha ido reconstruyendo su identidad, pieza por pieza. El hallazgo posterior de los diarios de viaje de Elías en la cueva, preservados milagrosamente, le permitió conocer a sus verdaderos padres a través de sus letras.
Hoy, ese saco de dormir amarillo no es solo evidencia en una carpeta de investigación; es el símbolo de que la verdad, por más que se intente enterrar en lo profundo de la sierra, siempre encuentra la manera de salir a flote.