
La inmensidad de las Barrancas del Cobre, en el corazón de la Sierra Tarahumara en Chihuahua, es un lugar de una belleza que quita el aliento. Sus profundos abismos y formaciones rocosas son orgullo de México, pero en junio de 2009, este paraíso se convirtió en el escenario de una tragedia que marcó la crónica policial del país. Lucía Ramos, una enfermera de 34 años originaria de Chihuahua Capital, y su hijo Mateo, de 12, emprendieron un viaje al Divisadero para intentar sanar las heridas emocionales tras un divorcio complicado. Lo que debía ser un retiro de paz se transformó en una lucha épica por la vida debido a una obsesión que los persiguió desde la ciudad.
Lucía era una mujer trabajadora y precavida. Siguiendo el consejo de su terapeuta, decidió llevar a Mateo a conocer las barrancas para fortalecer su vínculo. Se hospedaron en un hotel cercano a las estaciones del Tren Chepe y, con la prudencia de quien respeta la montaña, Lucía planeó caminatas cortas por los miradores principales, evitando los descensos peligrosos al fondo del cañón donde las temperaturas son sofocantes. Sin embargo, el verdadero peligro no estaba en los desfiladeros, sino en un hombre que los acechaba desde que salieron de casa.
La última vez que se les vio fue la tarde del 15 de junio en un mirador poco concurrido. Una fotografía tomada por otro turista los captó al fondo de la imagen: una madre señalando la inmensidad del paisaje a su hijo. Horas después, la alerta se encendió cuando no regresaron al hotel. La Fiscalía del Estado y la Guardia Nacional iniciaron una búsqueda masiva. El vehículo de Lucía seguía en el estacionamiento y sus pertenencias estaban intactas en la habitación, lo que indicaba que se habían ido solo con lo puesto. En una zona donde el terreno no perdona, cada hora contaba.
Durante diez días, rescatistas y voluntarios peinaron la zona con helicópteros y perros, pero la esperanza se agotaba bajo el sol inclemente del norte. No fue sino hasta el décimo día que ocurrió el milagro. Elementos que patrullaban una brecha de servicio cerca de una zona técnica divisaron a un niño caminando con dificultad. Era Mateo. Estaba descalzo, con la piel quemada por el sol y los labios sangrantes por la deshidratación, pero mantenía una determinación feroz. Sus primeras palabras, susurradas con una voz rota por la sed, fueron una súplica: “Ayuden a mi mamá, él la dejó allá”.
El testimonio de Mateo ante la policía y los psicólogos infantiles dio un giro criminal al caso. El niño relató cómo un hombre llamado Claudio “N”, un exnovio de su madre con antecedentes de comportamiento controlador y agresivo, los había interceptado en el sendero. Claudio no había aceptado la ruptura y, tras seguirlos en su camioneta, los obligó bajo amenazas a desviarse hacia un saliente rocoso apartado de la ruta turística. En un acto de crueldad inaudita, inmovilizó a Lucía en una cornisa estrecha de la que no podía subir ni bajar por su cuenta y ordenó al niño alejarse, asegurando que si pedía ayuda, ella sufriría las consecuencias.
Mateo, en un intento desesperado por salvarla, trató de encontrar un camino de regreso por su cuenta, pero se perdió en la compleja orografía de la sierra. Durante nueve días, el pequeño sobrevivió de manera asombrosa bebiendo agua de pequeños arroyos y alimentándose de frutos de nopales y bayas que su madre le había enseñado a reconocer. Su instinto fue alimentado por la esperanza de llevar ayuda a la mujer que le dio la vida.
Lamentablemente, el tiempo fue el peor enemigo. Siguiendo las precisas indicaciones de Mateo, los equipos de alta montaña hallaron a Lucía en el saliente. Las investigaciones determinaron que la mujer resistió varios días sola, atrapada bajo el sol y sin suministros, falleciendo finalmente por la exposición extrema y las agresiones recibidas. La noticia conmocionó a la sociedad chihuahuense, que exigió justicia inmediata.
Claudio “N” fue localizado y capturado en un estado vecino tras una intensa búsqueda. Las pruebas eran contundentes: registros de llamadas amenazantes, grabaciones de cámaras de seguridad que ubicaban su camioneta en la zona y el testimonio irrefutable de Mateo. En 2011, tras un juicio que acaparó los titulares nacionales, el agresor fue condenado a la pena máxima de prisión permitida, sin posibilidad de libertad anticipada.
Hoy, la historia de los Ramos es recordada como un ejemplo de la resiliencia del espíritu humano. Mateo no solo sobrevivió físicamente, sino que transformó su dolor en propósito. Estudió psicología y hoy trabaja con organizaciones que apoyan a niños víctimas de violencia, utilizando su historia para enseñar que siempre hay un camino hacia adelante. Cada año, Mateo regresa a las Barrancas del Cobre, no para revivir el horror, sino para honrar la memoria de su madre frente a una cruz de madera que mira hacia el horizonte, recordándole al mundo que el amor de una madre y la voluntad de un hijo pueden vencer incluso al abismo más profundo.