
La Sierra Madre Occidental, en el estado de Durango, es conocida por su belleza imponente y sus leyendas, pero en julio de 2008 se convirtió en el escenario de una tragedia que mantuvo a todo México en vilo. Hannah y Lillian Kendrick, de 17 y 21 años, habían viajado desde la capital para cumplir con una tradición que su padre les inculcó antes de fallecer: acampar en el corazón del bosque para fortalecer su lazo fraternal. Lo que debía ser un retiro de paz bajo las estrellas terminó siendo un descenso directo a los infiernos.
Todo cambió la madrugada del 23 de julio. En el campamento de Puentecillas, rodeadas de otros turistas, las hermanas fueron emboscadas. Al amanecer, otros campistas notaron algo aterrador: la casa de campaña de las Kendrick había sido rajada con un cuchillo desde afuera. Sus teléfonos, carteras y llaves seguían ahí, pero ellas habían desaparecido. La noticia corrió como pólvora en los medios nacionales. La Agencia del Ministerio Público y cientos de voluntarios iniciaron una búsqueda masiva, utilizando perros y helicópteros, pero el rastro se perdía en una brecha solitaria.
Mientras México rezaba por ellas, Hannah y Lillian estaban más cerca de lo que todos pensaban. A solo cinco kilómetros del campamento, en una formación conocida como “Cueva del Infiernillo”, las hermanas vivían una pesadilla literal. Habían sido arrastradas a una cámara subterránea por Roy Weston, un hombre que alguna vez fue líder espiritual en una comunidad cercana, pero que había sido expulsado por sus ideas radicales y violentas. Weston, en su locura, creía que las jóvenes eran señales divinas que debían ser “purificadas” a través del aislamiento y el castigo.
Durante 22 días, las hermanas permanecieron encadenadas a una tubería de metal en el suelo de la cueva, sumidas en una oscuridad casi total y una humedad que calaba hasta los huesos. Su captor las visitaba de manera errática, obligándolas a realizar rezos extenuantes y sometiéndolas a maltratos físicos bajo la premisa de que “el dolor libera el espíritu”. Lillian, la mayor, se convirtió en el escudo de su hermana menor, dándole fuerzas cuando Hannah parecía rendirse ante el hambre y las infecciones.
El milagro ocurrió el 14 de agosto. Un grupo de espeleólogos que realizaba un mapa de la zona escuchó un sonido extraño que no encajaba con el goteo del agua: golpes rítmicos contra una superficie metálica. Era Lillian, que utilizaba el eslabón de su cadena para golpear la tubería. Al descender, los rescatistas encontraron a dos mujeres que parecían espectros, con la piel pegada a los huesos y los ojos nublados por el trauma. El rescate fue una operación de alta precisión que devolvió a las hermanas a la superficie, donde su madre las esperaba entre gritos de dolor y alivio que conmovieron a los rescatistas más curtidos.
La investigación posterior reveló la magnitud del horror. En la cabaña de Weston, la policía encontró diarios donde el ex predicador describía su “misión sagrada” y fotos de las hermanas en cautiverio. La cacería humana terminó en una zona de acantilados, donde el cuerpo de Weston fue hallado tras una caída de 20 metros. Nunca se supo si decidió terminar con su vida ante el asedio policial o si fue un accidente en su huida, pero su fallecimiento cerró un capítulo de terror, aunque dejó una herida abierta por la falta de un juicio formal.
La recuperación de las hermanas Kendrick ha sido un proceso largo y documentado por los medios mexicanos como un ejemplo de resiliencia. Hannah y Lillian pasaron meses en terapia intensiva para sanar sus cuerpos y años en tratamiento psicológico para combatir el estrés postraumático. Hoy, lejos de esconderse, ambas se han convertido en voces activas contra la violencia, fundando una organización que apoya a familias de personas desaparecidas en zonas rurales de México.
Su libro, “22 días en la sombra”, se ha convertido en un referente de superación. En sus conferencias, Hannah suele decir: “El hombre que nos llevó a esa cueva quería romper nuestro espíritu, pero solo logró hacernos inquebrantables”. La cueva donde estuvieron cautivas ha sido sellada permanentemente con concreto por las autoridades, y sobre ella se ha colocado una placa que recuerda que el amor de familia es más fuerte que cualquier oscuridad. Esta historia sigue siendo un recordatorio para todo el país de que, incluso cuando la tierra parece tragarse la esperanza, la voluntad humana puede encontrar el camino de regreso a la luz.