
La historia de Teresa Ramírez no comienza en los pasillos de un hospital psiquiátrico ni en las páginas de una nota roja; comienza con el amor de una madre que crió sola a su hijo, Daniel, en la colonia Benito Juárez de Nezahualcóyotl. Daniel, un estudiante de ingeniería de la UNAM y trabajador incansable, representaba todo el futuro de Teresa.
Sin embargo, una tarde de marzo de 2018, la normalidad se desvaneció cuando el joven salió por un poco de leche y pan y jamás regresó. Este evento marcó el inicio de una transformación que llevaría a una mujer honesta y trabajadora a convertirse en una figura sombría que decidió no esperar más por un sistema de justicia que parecía ignorar su existencia.
Tras la desaparición de Daniel, Teresa se enfrentó a la burocracia insensible que caracteriza a muchas instituciones. La respuesta oficial de “esperar 72 horas” se convirtió en semanas, meses y años de angustia. Mientras ella pegaba carteles en cada poste de la ciudad, la carpeta de investigación de su hijo se empolvaba en un escritorio.
La desesperación alcanzó su punto máximo cuando, por azares del destino en un mercado local, Teresa escuchó a dos hombres jactarse de haber cometido un “error” con un joven que coincidía con la descripción de Daniel. Al intentar denunciar este hallazgo, la fiscalía le exigió pruebas que ella, como ciudadana común, no podía obtener. Fue en ese preciso instante cuando algo dentro de ella se rompió definitivamente: entendió que estaba sola.
Teresa continuó su labor como cuidadora en el asilo San Francisco, un lugar que con el tiempo se convirtió en un refugio clandestino para personas vinculadas a actividades ilícitas que buscaban atención médica sin dejar rastro. La directora del establecimiento, impulsada por el beneficio económico, permitía que hombres con heridas graves ingresaran de noche.
Teresa, en su rol de enfermera y cuidadora, se encontró de repente atendiendo a los mismos individuos que, según su memoria y sospechas, estaban involucrados en la desaparición de su hijo. La presencia de un tatuaje específico en el cuello de uno de los pacientes confirmó sus peores temores: el responsable estaba bajo su cuidado, vulnerable y dependiente de sus manos.
Entre 2019 y 2023, la dinámica dentro del asilo cambió de forma imperceptible para el ojo ajeno. Teresa, la mujer invisible que cambiaba vendajes y administraba medicamentos, comenzó a ejercer una justicia personal y silenciosa. En total, catorce hombres que ingresaron al asilo con antecedentes de violencia y delitos graves fallecieron bajo su supervisión.
Oficialmente, las causas se atribuyeron a paros cardíacos o complicaciones de sus heridas, algo común en pacientes con ese estilo de vida. Sin embargo, detrás de cada deceso estaba la mano de una madre que ya no sentía miedo, sino un vacío profundo que intentaba llenar con lo que ella consideraba un castigo necesario ante la falta de acción del Estado.
Uno de los momentos más tensos de esta crónica ocurrió cuando el hombre del tatuaje, aquel que Teresa recordaba del mercado, regresó al asilo gravemente herido. En sus últimos momentos, él no solo no mostró arrepentimiento, sino que se burló de la “mala suerte” que tuvo el joven Daniel. Esa confesión cínica fue el sello final para Teresa.
Ella entendió que la muerte de estos hombres no le devolvería a su hijo, pero en su lógica de dolor, era la única manera de detener el ciclo de daño que ellos representaban. No obstante, la justicia por mano propia resultó ser una carga más pesada de lo que imaginó.
La situación dio un giro inesperado en 2023, cuando sobrevivientes y colaboradores de estos grupos comenzaron a notar un patrón de decesos inusual en el asilo. Tras ser interceptada, Teresa no negó sus actos; al contrario, relató su historia con una calma que aterrorizó a sus captores.
En un giro cruel del destino, los mismos hombres que ella despreciaba le revelaron la ubicación final de su hijo, una fosa común en las afueras de Texcoco. La dejaron vivir no por compasión, sino bajo la premisa de que cargar con la memoria de sus actos sería un castigo más eterno que cualquier otra medida.
Hoy, Teresa Ramírez vive sus días en un centro de atención especializada. A sus 63 años, ya no es la madre buscadora ni la cuidadora justiciera; es una mujer consumida por los fantasmas de su pasado. Su historia nos obliga a mirar de frente las grietas de una sociedad donde la impunidad empuja a los ciudadanos a límites impensables.
El caso de Teresa no es un ejemplo a seguir, sino una advertencia trágica sobre lo que sucede cuando el contrato social se rompe y el dolor se convierte en la única ley. Su vida es ahora un silencio constante, interrumpido solo por el peso de catorce nombres que la acompañarán hasta el final de sus días, recordándonos que la verdadera justicia nunca debería nacer de la venganza.