PARTE 1: EL ALIENTO DE HIELO
El mundo era blanco. Un blanco absoluto que quemaba las pupilas. A -43 grados centígrados, el aire no se respira; se muerde. El acero del fusil M28-30 estaba pegado a su mejilla, una caricia gélida que prometía la muerte. Simo no parpadeaba. No podía permitírselo. Si parpadeaba, el destino de Finlandia podría deslizarse entre los copos de nieve.
Eran doce. Doce soldados soviéticos avanzando como manchas de tinta sobre un lienzo inmaculado. Venían con sus miras telescópicas, sus uniformes marrones que gritaban “mátenme” y su arrogancia de imperio. No sabían que el bosque tenía ojos. No sabían que la nieve tenía un nombre.
—Quédate quieto —se susurró Simo a sí mismo, con la boca llena de nieve para que el vapor de su aliento no delatara su posición—. Sé la nieve. Sé el silencio.
El primer disparo no fue un estruendo; fue un punto final. El oficial al frente de la patrulla se desplomó sin un grito. Su rostro se hundió en el polvo helado antes de que el sonido del disparo llegara a sus oídos. Los otros once se congelaron. El pánico es un incendio que se propaga rápido en el frío.
—¡Francotirador! —gritó uno, buscando un destello que no existía.
Simo no usaba mira telescópica. El cristal brilla bajo el sol. El cristal te eleva la cabeza y te convierte en un blanco. Él prefería el hierro. El hierro es honesto. El hierro no miente.
Otro disparo. Otro cuerpo.
La nieve comenzó a teñirse de un rojo violento. Era un contraste obsceno. Simo sentía el dolor en sus articulaciones, el peso de los 387 hombres que ya había enviado al otro mundo en solo 79 días. Cada uno de ellos era una cicatriz en su alma, un peso que cargaría hasta la tumba. Pero no hoy. Hoy, él era el escudo.
—¿Por qué no lo vemos? —sollozaba un soldado ruso, disparando al azar hacia los árboles.
—Porque él no es un hombre —respondió el sinto de la muerte en el viento—. Es el White Death.
Simo apretó el gatillo una vez más. Su dedo estaba entumecido, pero su voluntad era de acero finlandés. Pum. Tres minutos. Nueve muertos. Los tres restantes intentaron correr. Error. En la nieve, si corres, mueres cansado.
Simo se movió. No se levantó; se deslizó como un fantasma. Había excavado su nido con la paciencia de un granjero esperando la cosecha. Compactó la nieve frente al cañón para que el fogonazo no levantara polvo. Era un artista de la invisibilidad.
Cuando el último soldado cayó, el silencio regresó al bosque de Kollaa. Simo se quedó inmóvil diez minutos más. La cautela es la diferencia entre un héroe y un cadáver.
“Lo siento”, pensó, mirando los cuerpos a lo lejos. No era odio. Era necesidad. Era la tierra reclamando lo que era suyo. Era un granjero protegiendo su valla de los lobos.

PARTE 2: EL PRECIO DEL DEBER
La fama es un tipo diferente de frío. Los rusos enviaron de todo: equipos de contra-francotiradores, artillería pesada, batallones enteros con una sola orden: “Traigan la cabeza de la Muerte Blanca”.
Simo estaba sentado en una tienda de campaña, limpiando su rifle. Sus manos temblaban ligeramente, no de miedo, sino de agotamiento. Había matado a 16 hombres esa mañana. Su registro personal, llevado con la precisión clínica de quien anota cuántas patatas ha cosechado, era una lista de vidas truncadas.
—Simo, te buscan —dijo su comandante, entrando en la tienda—. Dicen que eres un milagro.
Simo levantó la vista. Sus ojos eran dos pozos de agua congelada.
—No soy un milagro, señor. Soy un cazador. Y el bosque está lleno de presas que no deberían estar aquí.
—Has matado a más de 500 hombres, muchacho. El mundo habla de ti.
—El mundo no está aquí afuera a -40 grados —respondió Simo con voz ronca—. Aquí afuera solo importa quién dispara primero. Ellos tienen tecnología. Yo tengo paciencia.
Simo recordaba su granja en Rautjärvi. El olor al centeno, el calor de los establos. Extrañaba la vida donde el único enemigo era una mala cosecha, no un hombre con familia al otro lado de la frontera. Pero la frontera se había movido. Los tanques habían aplastado sus sueños.
Salió de nuevo al anochecer. El cielo estaba teñido de un violeta irreal. Los rusos habían empezado a saturar la zona con artillería. No podían verlo, así que decidieron borrar el mapa.
¡Boom!
La tierra tembló. La nieve saltó por los aires, mezclada con metralla y astillas de pino. Simo se enterró más profundo. El fuego de los cañones iluminaba el horizonte. Era una escena de un infierno congelado.
—No me encontraréis —susurró contra el suelo—. Soy parte de esta tierra. Vosotros sois extraños.
Esa noche, cazó a los cazadores. Dos francotiradores soviéticos con miras telescópicas de última generación estaban apostados cerca de un cruce. Simo los flanqueó. Le tomó tres horas arrastrarse 200 metros. Cada movimiento era una agonía. Pero el dolor es un maestro silencioso.
Apareció detrás de ellos como una aparición. No usó el rifle. Usó su subfusil Suomi KP/-31. La ráfaga fue corta, precisa, letal.
Se quedó mirando los cuerpos. Eran jóvenes. Casi niños. Sintió una punzada de algo que se parecía al remordimiento, pero lo enterró bajo capas de Sisu, esa determinación finlandesa que no permite dudas.
—Habéis venido a mi casa —dijo a los cadáveres—. Yo no fui a la vuestra.
El conteo subió a 505. Pero el destino, como una bala perdida, siempre encuentra su camino.

PARTE 3: EL ROSTRO DE LA SUPERVIVENCIA
6 de marzo de 1940. El aire se sentía pesado, como si el invierno mismo estuviera cansado de la sangre.
Simo estaba en su posición habitual. Había eliminado a tres hombres esa mañana. Estaba preparándose para rotar, aplicando su regla de oro: nunca dispares más de tres veces desde el mismo sitio. Pero una patrulla de “cazadores de francotiradores” apareció de la nada.
Eran profesionales. Disciplinados. Vieron un movimiento mínimo. Una sombra que no debía estar allí.
Simo apuntó. El disparo salió. El líder soviético cayó. Pero al mismo tiempo, un estallido de fuego devolvió el golpe.
Una bala explosiva. 7.62 mm.
Entró por su mejilla izquierda. Destrozó el hueso de la mandíbula. Atravesó los dientes, desgarró la lengua y salió por la mejilla derecha en una explosión de carne y metal.
El mundo se volvió rojo, luego negro.
Simo cayó hacia atrás. El dolor no existía; era un vacío absoluto, una presión inmensa que amenazaba con apagar su conciencia. Escuchó los gritos de los soldados rusos acercándose. Querían el trofeo. Querían ver al fantasma desangrándose.
—Levántate —se dijo una voz dentro de su cabeza, una voz que sonaba como su padre en la granja—. Un Häyhä no muere en la nieve.
Con la mitad de la cara colgando, Simo comenzó a gatear. Cada centímetro era una batalla contra la gravedad. La sangre dejaba un rastro oscuro, un camino de vida que se escapaba sobre el blanco.
Gateó 290 metros. Los rusos disparaban, pero los soldados finlandeses en la línea de defensa vieron la silueta blanca moviéndose. Cubrieron su retirada con ametralladoras.
—¡Es él! ¡Es Simo! —gritaron, mientras lo arrastraban hacia las trincheras.
Lo que vieron no era un hombre; era una máscara de horror. Su mandíbula estaba deshecha. Pero sus ojos… sus ojos seguían fijos en el horizonte, buscando el objetivo.
Simo despertó en un hospital una semana después. El 13 de marzo de 1940. El mismo día que se firmó la paz.
Se miró en un espejo meses después. Su rostro estaba deformado para siempre. Una cicatriz eterna de una guerra que Finlandia perdió en los papeles, pero ganó en el espíritu.
Vivió 62 años más. Regresó a su granja. Crio perros, cazó alces y vivió en un silencio absoluto sobre sus hazañas. Cuando un historiador le preguntó años después qué sentía al ser el hombre más letal de la historia, Simo simplemente respondió:
—Hice lo que me ordenaron, lo mejor que pude.
Murió a los 96 años. Solo. En paz. Su rifle descansa en un museo, pero su espíritu sigue en los bosques de Kollaa. Un granjero que se convirtió en mito. Una sombra que el enemigo nunca vio.
El hombre que mató a 542 soldados, pero que solo quería ver crecer el centeno.
