El Horror en la Sierra de Arteaga: Pareja Desaparecida es Hallada 10 Meses Después en un “Nido” Humano Lleno de Plumas

Un viaje romántico hacia la nada

La Sierra de Arteaga, en Coahuila, con sus imponentes pinos y aire helado, parecía el refugio perfecto para el amor. En octubre de 2012, Ana Aispuro, una talentosa pintora de 23 años, y Leonardo Blanco, estudiante de geología de la UNAM de 25, decidieron aprovechar el puente para una última aventura antes de que el invierno cerrara los caminos. Querían paz, naturaleza y estar juntos.

Se les vio por última vez en una tienda de conveniencia en la carretera 57, comprando agua y riendo, con esa despreocupación de quien tiene la vida por delante. Ana llamó a su madre al llegar al inicio del sendero: “Ya llegamos, ma. Todo está precioso. Regresamos el domingo”. Esa fue la última vez que su voz se escuchó.

El domingo pasó y el lunes llegó con un silencio aterrador. Su auto, un sedán blanco, fue encontrado por la Policía Municipal al pie de la montaña, cubierto de hojas y polvo. Adentro estaban sus carteras y mapas. No había señales de violencia, ni notas de rescate. Simplemente, se los había tragado la tierra.

Cuando la sierra devuelve a sus muertos

Durante meses, las brigadas de búsqueda, familiares y elementos de Protección Civil peinaron la zona. “¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!”, gritaba la madre de Ana en las marchas, con la esperanza de que fuera un secuestro y no una tragedia. Pero la sierra guardó silencio. Pasaron las lluvias, las heladas y la esperanza se fue congelando.

Tuvieron que pasar diez largos meses. En agosto, cuando el calor regresó al norte, Don Elías Cantú, un ranchero de la zona, caminaba con su perro cerca de una antigua mina abandonada, lejos de las rutas turísticas. Su perro comenzó a escarbar con desesperación.

Lo que Don Elías vio no fue un animal muerto. Al remover la tierra suelta, apareció plástico negro de uso industrial. Al rasgarlo con su navaja, una nube blanca explotó en su cara. Eran plumas. Miles de ellas. Y entre esa suavidad irreal, vio una mano humana.

El reporte al 911 fue breve y tembloroso: “Hay dos cuerpos en bolsas. Pero… están llenos de plumas, oficial. Muchas plumas”.

Una escena que desconcertó a la Fiscalía

Cuando llegaron los peritos de la Fiscalía General del Estado, la escena era dantesca pero extrañamente pacífica. Los cuerpos de Ana y Leonardo estaban allí, en avanzado estado de descomposición pero preservados inusualmente bien gracias a un “aislamiento” creado con capas densas de plumas de guajolote silvestre y faisán.

No era un ajuste de cuentas del crimen organizado. No había tortura, ni mensajes en cartulinas. Los cuerpos estaban colocados con cuidado, brazos cruzados sobre el pecho, cabezas ladeadas. Parecía un entierro ceremonial.

El análisis forense reveló la triste verdad: ambos habían sufrido heridas fatales con arma blanca. El Comandante Marco Rentería, un veterano de la Agencia de Investigación Criminal (AIC), lo supo al ver las fotos: “Esto no es narco. Esto es personal. Es un mensaje, o un ritual”.

El diario y el “Hombre Pájaro”

La pista que rompió el caso no vino de huellas digitales, sino de un objeto personal. En la mochila de Ana, protegida por una funda impermeable, estaba su diario de dibujo. Entre bocetos de pinos, había una entrada escrita días antes de morir:

“Hoy nos topamos con un tipo raro en el arroyo. Hablaba bajito, como si no quisiera que lo escucharan los árboles. Me dio la vibra de un pajarito asustado. Nos preguntó si habíamos visto un broche de plata con forma de águila. Se nos quedó viendo muy feo cuando nos fuimos…”

Rentería ordenó revisar a todos los locales y testigos entrevistados al inicio del caso. Un nombre saltó: Arturo Paredes, un bibliotecario y aficionado a las aves que vivía en un pueblo cercano. En su primera declaración, dijo no haber visto nada. Pero el detalle del “broche de plata” coincidía con una denuncia de robo que Arturo había hecho años atrás.

Al obtener una orden de cateo para la casa de Arturo, los agentes encontraron en el garaje unos binoculares manchados de sangre seca y, oculto en una caja de zapatos, el broche de plata.

La sombra detrás de Arturo

Arturo fue detenido y, tras horas de interrogatorio en el Ministerio Público, se quebró. “No fui yo”, confesó llorando. “Fue Héctor”.

Héctor Paredes, su hermano menor, padecía esquizofrenia y vivía en un mundo delirante donde las aves eran seres superiores y los humanos, una plaga. Arturo confesó que aquel día, Héctor tuvo un brote psicótico al ver a la pareja cerca de un nido. Los atacó creyendo que protegía el bosque.

Arturo, al descubrir el horror, no tuvo el valor de entregar a su hermano a las autoridades o al psiquiátrico. En su lugar, ayudó a Héctor a realizar aquel extraño rito funerario con las plumas, bajo la creencia delirante de su hermano de que “las aves se llevarían sus almas al cielo”.

El santuario de la locura

La AIC montó un operativo hacia una vieja cabaña familiar en lo profundo de la sierra, donde Arturo había mantenido escondido a Héctor casi un año. Al llegar la noche, el sonido que salía de la casa no era música, eran grabaciones de cantos de aves a todo volumen, distorsionados y macabros.

Al irrumpir, los agentes tácticos pisaron un mar de plumas que cubría el suelo como alfombra. Las paredes estaban rayadas con carbón: ojos, alas, frases como “regreso al nido”. Y allí, sentado en el suelo, estaba Héctor.

Sostenía un pájaro disecado como si fuera un muñeco. No opuso resistencia. Sonreía con una paz que helaba la sangre. En su cuaderno, la policía leyó: “Lo hice porque rompieron el silencio sagrado”.

El cierre de un caso doloroso

Héctor fue declarado inimputable y trasladado a un centro psiquiátrico de alta seguridad en el centro del país. Arturo enfrenta una larga condena por homicidio y encubrimiento.

En Coahuila, el caso se cerró legalmente, pero la herida sigue abierta. La imagen de aquel “nido” humano sigue persiguiendo a los que lo vieron. Fue una tragedia donde la belleza de nuestra sierra se mezcló con la oscuridad más profunda de la mente humana.

Hoy, quienes suben a la Sierra de Arteaga miran con respeto el bosque, sabiendo que entre los árboles y el viento, a veces se esconden secretos que no queremos descubrir.

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