El Horror en el Citlaltépetl: Cuando el Glaciar Reveló el Secreto Más Oscuro de México

México es tierra de volcanes, y el Pico de Orizaba (Citlaltépetl), con sus imponentes 5,636 metros, es el rey indiscutible. Para los alpinistas, conquistar su cumbre es el máximo trofeo; pero para los habitantes de las comunidades cercanas en los límites de Puebla y Veracruz, la montaña también guarda leyendas oscuras y peligros reales. Fue aquí, en este escenario de belleza imponente, donde Elena Castillo, una talentosa diseñadora gráfica de 29 años residente de la Ciudad de México, protagonizó uno de los casos más estremecedores y trágicos de la nota roja nacional.

El Sueño de la Cumbre

Elena no era una turista improvisada de fin de semana. Vivía en la colonia Roma, trabajaba en una agencia creativa y dedicaba cada peso y minuto libre a su verdadera pasión: el alta montaña. Había subido el Iztaccíhuatl y el Nevado de Toluca múltiples veces. Era disciplinada y respetuosa con la naturaleza.

Aquel viernes de junio, en plena temporada de lluvias —una época arriesgada pero desafiante—, Elena preparó su equipo. Su plan era ascender por la Cara Norte, partiendo desde el refugio de Piedra Grande. Le dijo a su madre, Doña Leticia, que iría sola. “Es mi terapia, mamá, necesito el silencio”, le aseguró. Esa fue la última llamada que entró al teléfono de casa.

El Misterio en la Sierra

Elena llegó a Tlachichuca, dejó su camioneta encargada y subió en un 4×4 hasta el refugio. Se registró en la bitácora de entrada con su nombre y hora de salida. Varios montañistas la vieron: una figura solitaria ascendiendo con paso firme hacia el Glaciar de Jamapa. Pero al mediodía, una tormenta eléctrica típica de la región azotó la montaña. La visibilidad se redujo a cero.

Cuando Elena no regresó al refugio esa noche, se activaron las alertas. El prestigioso Socorro Alpino de México y Protección Civil de Puebla desplegaron un operativo masivo. Peinaron la zona conocida como “El Sarcófago” y las grietas del glaciar. Nada. Ni un guante, ni un piolet. Elena parecía haberse esfumado, tragada por la montaña. La versión oficial fue un accidente: caída en una grieta profunda, cuerpo irrecuperable.

El Hallazgo que Paralizó al País

Pasaron tres meses. Las lluvias cesaron y comenzó la temporada seca y fría. Un grupo de excursionistas experimentados decidió explorar una ruta alternativa en una barranca baja, donde el agua de deshielo forma arroyos temporales. Allí, encallado entre rocas volcánicas, vieron algo que helaba la sangre más que el viento.

Un bloque de hielo compacto, sucio por la tierra volcánica, yacía en la orilla. Pero no era transparente. En su interior se distinguía una chamarra técnica color azul y cabello negro. Era un cuerpo humano, encapsulado como en ámbar.

El rescate fue complejo. Elementos de la Fiscalía y peritos tuvieron que trasladar el bloque con extremo cuidado hasta el Semefo (Servicio Médico Forense) de Ciudad Serdán. Mientras el hielo se derretía lentamente bajo condiciones controladas, la esperanza de la familia Castillo de que fuera un accidente natural se desmoronó.

La Brutal Verdad

El médico legista se encontró con una escena de crimen congelada en el tiempo. El frío había preservado detalles que la descomposición usualmente borra. Elena tenía fracturas en el rostro, compatibles con golpes de una roca. Pero lo que hizo que el caso saltara a los titulares nacionales fue un detalle macabro: sus manos estaban atadas a la espalda con una cuerda de escalar cortada. Y en su boca, un trozo de tela de su propia ropa había sido forzado para silenciarla.

La causa de muerte no fue hipotermia. Fue asfixia mecánica.

Elena había sido atacada, sometida y asesinada. Alguien la interceptó en la soledad de la montaña, la violentó y luego arrojó su cuerpo a una canaleta donde el agua y las bajas temperaturas nocturnas la ocultaron en hielo durante meses hasta que el deshielo la arrastró hacia abajo.

Impunidad y Miedo

El caso se reclasificó inmediatamente como feminicidio. La noticia indignó a la sociedad mexicana, ya sensible ante la ola de violencia contra las mujeres. La Fiscalía General del Estado abrió una carpeta de investigación, pero las pistas eran escasas.

Se interrogó a los guías locales, a los conductores de los 4×4 y a otros alpinistas que estuvieron ese día. Todos tenían coartadas. Surgieron teorías sobre grupos delictivos que a veces se esconden en la sierra para evitar a la Guardia Nacional, o incluso la presencia de un “depredador” solitario que caza en zonas turísticas aisladas.

Se intentó vincular el caso con otras desapariciones de mujeres en la carretera Puebla-Veracruz, pero la falta de pruebas físicas concretas frenó los avances. La cuerda usada para atarla era genérica, vendida en cualquier ferretería. No había huellas dactilares, ni ADN ajeno recuperable debido al lavado constante del agua del deshielo antes de la congelación.

Un Caso que Duele

Hoy, el expediente de Elena Castillo es uno más en la pila de casos sin resolver en México. Sus padres, envejecidos por el dolor, siguen exigiendo respuestas cada aniversario. Han marchado en Reforma, han pegado carteles, pero la justicia parece tan lejana como la cumbre del volcán.

El Pico de Orizaba sigue siendo hermoso e imponente, atrayendo a miles de deportistas cada año. Pero para quienes conocen la historia de Elena, la montaña tiene ahora una sombra. Es un recordatorio doloroso de que en México, ni siquiera en las alturas más puras, lejos de la ciudad y el caos, se está completamente a salvo de la violencia que carcome al país.

Elena no murió por un error de cálculo. Murió porque alguien decidió arrebatarle la vida. Y ese alguien, muy probablemente, sigue caminando libre.

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