
El Pico de Orizaba, o Citlaltépetl, impone respeto con sus 5,636 metros de altura. Es un gigante silencioso entre Veracruz y Puebla que ha cobrado la vida de decenas de alpinistas. Pero lo que le ocurrió a Marco Antonio Duarte en junio de 2008 no fue la furia del volcán; fue la maldad humana en su estado más puro. Lo que comenzó como un reporte de desaparición en las noticias locales, terminó destapando uno de los crímenes más crueles y misteriosos en la historia del alpinismo mexicano.
La despedida en Puebla
Marco Antonio, de 34 años, era un hombre metódico. Geólogo egresado de la UNAM y alpinista con una década de experiencia, conocía los riesgos. Aquel 14 de junio salió de su casa en Cholula, Puebla, prometiéndole a su esposa, Sara Castillo, que regresaría en tres días tras conquistar una ruta complicada en la Cara Norte.
Sara, enfermera del IMSS, tenía un mal presentimiento. “No vayas solo, está muy feo el tiempo allá arriba”, le rogó. Pero Marco, buscando esa conexión espiritual que solo da la soledad de la montaña, insistió. Se subió a su camioneta y tomó la carretera hacia Tlachichuca. Fue la última vez que Sara vio sus ojos con vida.
Cuando Marco no regresó, el pánico se desató. Las brigadas del Socorro Alpino Mexicano y Protección Civil peinaron las faldas del volcán. Perros, helicópteros del gobierno del estado y voluntarios buscaron por semanas. Pero el “Techo de México” se lo había tragado.
El dron que reveló el infierno
Pasaron tres meses de angustia. Las autoridades, con su habitual frialdad burocrática, ya hablaban de cerrar el caso como “muerte accidental por caída en grieta”. Pero la tecnología tenía otros planes. Un grupo de ingenieros de la Ciudad de México, probando drones de altura (una novedad en aquel entonces), captó una mancha roja en un saliente de roca casi vertical, en una zona conocida como “El Sarcófago”.
Al revisar el video, el operador palideció. Era Marco. O lo que quedaba de él. Su chamarra roja era inconfundible. Colgaba inmóvil, como un títere roto. Pero recuperarlo era casi imposible. La burocracia mexicana mostró su peor cara: “No hay recursos para rescates de cadáveres en zonas de alto riesgo”, dijeron en la Fiscalía. Tuvieron que pasar dos años, hasta 2010, y la intervención de un empresario de Monterrey que financió la operación, para que un equipo de élite pudiera bajar los restos.
La verdad del SEMEFO
Cuando el cuerpo llegó al Servicio Médico Forense (SEMEFO) de Puebla, los peritos esperaban encontrar fracturas múltiples, cráneo roto, lo típico de una caída de 500 metros. No fue así.
El dictamen forense sacudió a los investigadores: Marco estaba entero. No había caído. Pero había algo aterrador: sus manos estaban atadas a la espalda con una cuerda de alpinismo, usando nudos complejos que él jamás podría haber hecho solo. También estaba atado del torso a la roca.
No fue un accidente. Marco fue sometido, atado y abandonado vivo a más de 5,000 metros de altura. Murió de hipotermia y deshidratación, viendo cómo el sol salía y se ponía, incapaz de moverse, sabiendo que nadie llegaría a tiempo. Fue una ejecución lenta, una tortura calculada. La carpeta de investigación cambió de “Accidente” a “Homicidio Calificado”.
La pista ignorada y el “amigo” traidor
La Policía Ministerial comenzó a investigar, pero como suele pasar en México, lo hicieron tarde y mal. No había huellas dactilares después de dos años a la intemperie. No había ADN. Parecía el crimen perfecto.
Sin embargo, años después, un periodista independiente que revisaba casos fríos tuvo acceso al diario personal de Marco, que la familia conservaba. En una entrada fechada en marzo de 2008, Marco narraba un encuentro inquietante con Daniel Campos, alias “El Dani”, un compañero del club de alpinismo.
Según el diario, “El Dani” insistió obsesivamente en acompañar a Marco al Orizaba. Ante la negativa, Campos soltó una frase que hoy suena a sentencia: “Como quieras, igual y nos topamos allá arriba. El volcán es chico”.
Investigando a fondo, salió a la luz el móvil: celos. Un año antes, en una fiesta en la Condesa, “El Dani” había intentado conquistar a una chica que lo rechazó… para irse con Marco. Ese rencor se fermentó en silencio.
Además, la coartada de Campos era sospechosa. El fin de semana del crimen, se reportó “enfermo” en su trabajo en Santa Fe. Nadie lo vio en su departamento durante 48 horas. Tiempo suficiente para manejar a Puebla, subir, interceptar a Marco, cometer el crimen y volver.
Justicia congelada
A pesar de los indicios, el sistema judicial mexicano falló. Sin pruebas físicas directas y con el paso de los años, el Ministerio Público alegó “falta de elementos” para girar una orden de aprehensión. Daniel Campos se mudó a Guadalajara, se casó y sigue publicando fotos de sus viajes en redes sociales, como si nada hubiera pasado.
Hoy, Sara visita una tumba vacía en Puebla, porque la verdad se quedó allá arriba. El asesinato de Marco Antonio Duarte es una herida abierta, un recordatorio de que en México, si tienes paciencia y sangre fría, puedes salirte con la tuya. El Pico de Orizaba guarda el secreto, y la justicia, una vez más, brilló por su ausencia.