El Horror de la Tarahumara: El Cazador que Fue Hallado Viviendo como Bestia de Carga en lo Profundo de la Sierra

La Sierra Tarahumara en Chihuahua es un lugar de contrastes violentos: barrancas infinitas, bosques de pinos que tocan el cielo y un invierno que cubre de blanco la impunidad de la región. Es un territorio donde la gente sabe que hay caminos que no se deben cruzar. Fue aquí, el 14 de septiembre de 2007, donde Rogelio Muñoz, un capataz de rancho de 32 años, entró al monte buscando venados y terminó protagonizando una de las historias más grotescas de la crónica roja mexicana.

El Silencio de la Barranca

Rogelio no era un turista de fin de semana. Era un hombre del norte, de botas y sombrero, acostumbrado a la dureza del clima. Se despidió de su esposa en Creel, prometiendo volver en una semana con carne seca y trofeos de caza. Su camioneta Ford Lobo fue captada por última vez saliendo hacia los caminos madereros de Guachochi, una zona donde la señal de celular muere y la ley es la del más fuerte.

Cuando Rogelio no volvió para las fiestas patrias, su familia alertó a las autoridades. La búsqueda fue intensa. La camioneta apareció días después, camuflada con ramas de pino y lodo, una técnica usada para evitar robos, pero no había rastro de violencia. Su campamento estaba intacto: casa de campaña, sleeping bag, estufilla. Pero faltaba su rifle 30-30 y su cuchillo. Los rastreadores rarámuris siguieron sus huellas hasta el borde de un precipicio en la Barranca de Sinforosa, donde el rastro se cortó en seco, como si se lo hubiera llevado el viento. Llegó el invierno, la nieve cubrió la sierra y a Rogelio lo dieron por muerto.

El Hallazgo en el “Espinazo del Diablo”

El invierno de 2008 fue uno de los más crudos en décadas. La nieve aisló comunidades enteras. En marzo, dos leñadores que buscaban madera en una zona prohibida conocida como “El Espinazo”, notaron humo saliendo de una cueva disimulada entre las rocas.

Al acercarse, el olor a podredumbre y suciedad los hizo retroceder. Encontraron un refugio subterráneo y, detrás, una estructura que les heló la sangre: una hilera de jaulas hechas con varilla de construcción oxidada, soldadas al piso de piedra.

Dentro de la última jaula, una criatura esquelética, cubierta de mugre y harapos, se agazapaba en la oscuridad. Al alumbrarlo, el ser no pidió ayuda en español. Gruñó. Protegió con su cuerpo un plato de peltre abollado con carne cruda de jabalí. Alrededor de su cuello, un collar de cuero grueso, de los usados para caballos de tiro, tenía una placa de latón grabada a navaja: “LÍDER”. Era Rogelio Muñoz, o lo que quedaba de él.

La Regresión a lo Animal

El rescate fue una batalla. Rogelio tuvo que ser sedado por paramédicos de la Cruz Roja, ya que mordía y lanzaba zarpazos como un animal acorralado. En el Hospital General de Chihuahua, el diagnóstico fue aterrador. Pesaba 45 kilos. Su espalda era un mapa de cicatrices antiguas, marcas de un látigo de cuero usado sistemáticamente.

Pero el daño mental era irreversible. Rogelio se negaba a dormir en la cama; en cuanto las enfermeras se descuidaban, se hacía bolita en el piso del baño. No hablaba. Su única reacción ante una voz firme y masculina era tirarse al suelo, pecho tierra, en sumisión total. Había sido “domado” a través del hambre y el dolor.

En el refugio, la Fiscalía encontró un cuaderno, una bitácora escrita por una mente perversa que firmaba como “El Arriero”. Sus escritos revelaban una filosofía retorcida: “Las bestias fallan, se cansan, se quiebran las patas en la nieve. El hombre, si se le quita la esperanza, es el animal de carga perfecto. El miedo es la mejor gasolina”. Rogelio no era el único; la bitácora mencionaba a otros (“El Rojo”, “El Cojo”) que no aguantaron el “entrenamiento” y fueron desechados.

La Cacería de “El Arriero”

Gracias a huellas dactilares en un frasco de manteca, la policía identificó al verdugo: Arturo Beltrán, un ex entrenador de caballos y perros de pelea vetado en los palenques de Sinaloa y Chihuahua años atrás por su sadismo. Beltrán había desaparecido en la sierra para crear su “tiro perfecto”: un trineo de carga humana capaz de cruzar las cumbres nevadas donde las mulas mueren.

Un dibujo garabateado por Rogelio durante una sesión psiquiátrica señaló el destino de Beltrán: las faldas del Cerro Mohinora, el punto más alto de Chihuahua, cubierto de hielo eterno en esa época.

El operativo fue de película. Helicópteros de la policía estatal interceptaron a Beltrán en una meseta helada. La escena era dantesca: Beltrán, vestido con pieles de lobo, azotaba un trineo rústico cargado de suministros. Pero no tiraban perros. Una mujer, una turista extranjera desaparecida semanas antes, estaba enganchada al arnés, obligada a avanzar en cuatro patas sobre la nieve, con las manos y rodillas envueltas en trapos sangrientos. Beltrán recibió a los agentes a balazos y fue abatido por un francotirador. La mujer fue rescatada, pero su mente estaba destrozada.

Un Final Amargo

Arturo Beltrán murió en la nieve, llevándose sus secretos al infierno. Pero para Rogelio, la pesadilla no terminó con la muerte de su amo. Su esposa no pudo soportar vivir con el extraño que regresó de la sierra; un hombre que la miraba evaluando si era competencia por la comida.

Años después, un periodista local encontró a Rogelio viviendo solo en una casa en la periferia de Ciudad Juárez. En una confesión final, Rogelio reveló la profundidad de su trauma: “Lo peor no fue el frío, ni los latigazos. Fue que dejé de querer volver a casa. Quería que ‘El Arriero’ estuviera orgulloso. Quería jalar más fuerte que los otros para ganar mi carne. Cuando me puso el collar de ‘Líder’, sentí orgullo. Eso es lo que me da miedo. No solo me quebró, me cambió por dentro”.

La última vez que se vio a Rogelio, salió a su patio trasero en medio de una nevada invernal, se puso en cuatro patas y se acurrucó contra la pared, con la mirada vacía, esperando una orden que ya nunca llegaría.

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