El Horror de la Sierra: Encuentran a ingeniero desaparecido hace 11 años dentro de un OSO DISECADO en Nuevo León

Monterrey, Nuevo León. — La mañana del 15 de octubre de 2010 prometía ser tranquila. El cielo sobre la Sierra Madre Oriental estaba encapotado, cubriendo los picos con esa neblina característica que tanto atrae a los regios. Carlos Portillo, un respetado ingeniero civil de 42 años residente de San Pedro Garza García, besó a su esposa Ximena en la frente y prometió volver para la carne asada del domingo. Solo iba a “despejarse” un poco en el bosque, recorrer una ruta conocida en los límites con Coahuila y tomar fotos del otoño.

Nadie imaginó que esa despedida en la cochera de su casa sería la última imagen que su familia tendría de él con vida. Lo que siguió fue uno de los misterios más angustiantes y, finalmente, macabros en la historia reciente del norte de México.

“Se lo tragó el cerro”

Carlos era un hombre de costumbres, prudente y conocedor de la zona. Cuando su camioneta Ford Lobo apareció intacta dos días después en un paraje turístico de la Sierra de Arteaga, cerrada y con su cartera dentro, las alarmas se encendieron. Protección Civil de Nuevo León y Coahuila, junto con grupos de senderistas voluntarios, peinaron la zona.

Se usaron helicópteros, drones y binomios caninos. Pero la sierra, inmensa y silenciosa, no devolvió nada. Los perros perdieron el rastro en un arroyo seco y las teorías empezaron a surgir: ¿Un secuestro? ¿Una caída en un barranco inaccesible? ¿Un ataque de oso, tan comunes en la región? El expediente se fue enfriando. Para la Fiscalía, se convirtió en una carpeta más de “personas no localizadas”. Pero Ximena nunca dejó de insistir, visitando el Ministerio Público año tras año, exigiendo no olvidar a Carlos.

El incendio que destapó la verdad

El caso durmió el sueño de los justos durante once largos años. Hasta que, en agosto de 2021, un reporte al 911 en las afueras de Saltillo cambió todo. Se reportaba un incendio en una bodega vieja, propiedad de un tal Don Jacinto, un hombre conocido en la zona por reparar muebles y vender antigüedades de caza.

Cuando los bomberos sofocaron las llamas, el lugar era ruinas y cenizas. Sin embargo, un objeto había sido sacado al patio para evitar que se consumiera: un gigantesco oso negro disecado, de casi dos metros de altura. Parecía un trofeo de caza antiguo, algo común en las rancherías del norte. Pero al inspeccionar los daños del fuego, un perito notó algo perturbador.

De una grieta en el costado del animal no salía paja ni estopa. Asomaba un pedazo de tela sintética color azul rey, de una marca de ropa deportiva. Eso no era relleno.

La Fiscalía General de Justicia ordenó el traslado de la pieza al Servicio Médico Forense (SEMEFO). Lo que los médicos legistas descubrieron al abrir la taxidermia dejó a todos en silencio. Dentro de la estructura de alambre y piel curtida, comprimidos de manera antinatural, se hallaron restos óseos humanos completos. Y entre ellos, protegida por las capas de piel del animal, una licencia de conducir del estado de Nuevo León a nombre de Carlos Portillo.

La cacería del “Ermitaño”

La noticia corrió como pólvora en redes sociales y noticieros locales. El hombre desaparecido no estaba en un barranco; había estado “expuesto” todo este tiempo. Don Jacinto, el dueño de la bodega, fue interrogado de inmediato. Aterrorizado, confesó que había comprado el oso años atrás en un mercado de pulgas a un sujeto extraño que bajaba de la sierra a vender pieles, conocido solo como “Lucio”.

La investigación apuntó entonces a Lucio Hernández, un ex talamontes que vivía marginado en lo profundo de la sierra, entre los límites de Nuevo León y Coahuila. Los lugareños lo describían como un “ermitaño” agresivo, que amenazaba a los turistas que se acercaban a lo que él consideraba su territorio.

El Comandante Marcos Ríos, a cargo de la reactivación del caso, lideró el operativo. Encontraron campamentos improvisados en cuevas y chozas donde Lucio había vivido. En uno de ellos, hallaron periódicos viejos del 2010 con las noticias de la búsqueda de Carlos marcadas con círculo. El asesino había estado observando el operativo de rescate desde las sombras.

El desenlace fatal

La captura de Lucio ocurrió a finales de octubre de 2021, en una cañada de difícil acceso. Rodeado por agentes ministeriales y bajo una lluvia torrencial, el hombre se entregó sin pelear. Su confesión fue fría y carente de remordimiento.

Relató que aquel día de 2010 se topó con Carlos en el sendero. Lucio, en su delirio de creerse dueño del monte, le exigió que se largara. La discusión escaló y Lucio, en un arranque de furia, golpeó al ingeniero con una piedra, quitándole la vida al instante.

Pero el verdadero horror vino después. “No quería que lo encontraran, no quería patrullas en mi monte”, declaró. Usando sus conocimientos empíricos de taxidermia, decidió ocultar el cuerpo de la única forma que sabía: convirtiéndolo en parte del paisaje, escondiéndolo dentro de la piel de un oso que acababa de cazar. Vendió la pieza meses después para deshacerse de la evidencia, sin imaginar que el fuego, años más tarde, revelaría su secreto.

Un cierre para Nuevo León

El hallazgo trajo un cierre doloroso pero necesario para Ximena y sus hijos. Carlos no los abandonó; fue víctima de la maldad humana en un lugar donde se supone que reina la paz.

El caso del “Oso de la Sierra” se ha convertido en una leyenda negra en el norte de México. Nos recuerda que, a veces, el peligro en nuestros bosques no son los animales salvajes, sino las personas que se esconden en ellos. Hoy, la Sierra Madre sigue imponiéndose majestuosa, pero quienes conocen la historia de Carlos Portillo, ya no la miran con los mismos ojos.

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