
Ciudad de México, 17 de marzo de 1985. El Distrito Federal amanecía con ese aire nostálgico y brumoso típico de la primavera. En la Colonia Roma, famosa por su arquitectura afrancesada y sus historias de aristocracia venida a menos, se erigía una imponente casona en la calle de Colima. Aquella vivienda había sido alquilada apenas tres semanas antes por Carlos Eduardo Martínez, un joven de 23 años, lleno de vida y aspiraciones. Recién egresado con honores de la Facultad de Ingeniería de la UNAM, Carlos era el orgullo de sus padres, una familia trabajadora de comerciantes que veía en él la promesa de un futuro brillante. Decidido a “hacerla en grande”, se había independizado para trabajar en una importante constructora de la capital.
Aquella mañana de domingo parecía transcurrir con la calma habitual de los fines de semana chilangos. Carlos había quedado de comer con sus amigos en una cantina tradicional del Centro Histórico. Su puntualidad era inglesa, algo raro en la ciudad, por lo que su ausencia a las 2:00 de la tarde encendió las primeras alarmas. Horas antes, había dejado un recado en la grabadora de su compadre, Marcelo, con un tono que mezclaba la emoción y el misterio: “Güey, necesito contarte algo loquísimo de la casa, anoche noté algo raro en las medidas del baño, te cuento al rato”. Esa fue la última vez que su voz quedó registrada.
Cuando sus amigos, preocupados por la falta de noticias, llegaron a la casona esa misma tarde, se toparon con una escena desconcertante. La puerta estaba sin cerrojo, algo impensable en una ciudad que ya empezaba a ser insegura. En el interior, el tiempo parecía congelado: una taza de café de olla a medio terminar, el periódico Excélsior abierto en la sección de deportes y la televisión apagada. Todo estaba en orden, excepto Carlos. En el baño de la planta alta, una toalla húmeda sugería un baño reciente, pero no había señales de lucha, ni de robo, ni de violencia. El joven ingeniero simplemente se había esfumado de la faz de la tierra.
La desaparición de Carlos Eduardo sacudió a su círculo cercano. Sus padres empapelaron la ciudad con su foto bajo el título “¿LO HAS VISTO?”, ofreciendo una recompensa que representaba los ahorros de toda su vida. Sin embargo, en el México de los 80, acudir a las autoridades era una moneda al aire. La policía judicial, plagada de corrupción y desidia, barajó hipótesis hirientes para la familia: que si se había fugado con una novia, que si andaba en “malos pasos”, que si simplemente quería abandonar su vida.
Una vecina, Doña Chole, mencionó haber escuchado ruidos de obra, golpes secos como de martillo y agua corriendo aquella mañana, pero su testimonio fue desestimado por el Ministerio Público, perdiéndose en expedientes burocráticos. Con el paso de los meses, y luego de los años, el caso se fue enfriando, convirtiéndose en una leyenda urbana más de la Colonia Roma.
La casa de la calle Colima permaneció cerrada, acumulando polvo y guardando su secreto mientras la ciudad cambiaba radicalmente tras el terremoto de septiembre de ese mismo año. No fue hasta enero de 1998, casi trece años después, que el destino cobró la factura. La propiedad fue vendida a una pareja joven de arquitectos que planeaba restaurarla para convertirla en oficinas de diseño, aprovechando el renacer de la zona. El 17 de febrero, durante los trabajos de remodelación, los albañiles comenzaron a demoler una pared del baño principal para ampliar el espacio. Fue entonces cuando el horror se hizo presente.
Al retirar con marros los viejos azulejos de talavera, se toparon con algo que no estaba en los planos: una pared falsa. En el hueco oscuro y estrecho entre los ladrillos, yacían restos humanos momificados por el tiempo y la cal. El descubrimiento paralizó la obra. “¡Jefe, aquí hay un muertito!”, gritó uno de los trabajadores. La policía llegó, esta vez con la presión mediática de los nuevos tiempos, y los análisis forenses confirmaron lo que la madre de Carlos siempre supo en su corazón: los restos pertenecían a Carlos Eduardo Martínez.
Pero la autopsia reveló detalles aún más escalofriantes que indignaron a la opinión pública. Carlos no había fallecido instantáneamente; las evidencias en sus uñas y la posición del cuerpo sugerían que había intentado rasguñar los ladrillos. Había sido emparedado vivo. Un final atroz y agónico para un joven cuya única “falta” había sido su ojo clínico de ingeniero.
La investigación se reabrió implacablemente. Documentos recuperados mostraron que Carlos, obsesionado con la arquitectura de la casa, había notado una discrepancia en los planos catastrales: un espacio “muerto” de 60 centímetros en el baño que no tenía lógica estructural. Aquel domingo, Carlos había decidido investigar ese hueco, sin saber que estaba a punto de destapar la tumba de secretos de un hombre poderoso.
Las pesquisas apuntaron al antiguo dueño de la casona: Augusto Ferráez, un temido Comandante de la Policía Judicial Federal, ya fallecido para 1998. Se descubrió que Ferráez, bajo la fachada de un servidor público estricto, operaba una red de “limpieza social”. Años atrás, había asesinado a un médico cirujano, el Dr. Renato Palomares, a quien culpaba de negligencia médica con un familiar. Ferráez había ocultado el cuerpo del doctor en ese muro falso de su propia casa, creyéndose intocable.
La pieza final del rompecabezas fue “El Chato” Campos, un ex “madrina” (asistente no oficial y matón) de Ferráez. Localizado en una vecindad de Iztapalapa, viejo y enfermo, confesó la verdad. Ferráez, al enterarse de que el “inquilino preguntón” estaba midiendo las paredes y podía descubrir los restos del médico, envió al “Chato” a solucionar el problema. Campos llegó a la casa con engaños, sometió a Carlos cuando este le mostraba el baño y, con una frialdad monstruosa, lo ocultó en el mismo hueco que el joven había descubierto, volviendo a levantar el muro antes de que cayera la noche.
El caso de Carlos Eduardo Martínez conmocionó a México. No solo se resolvió su desaparición, sino que exhibió la impunidad con la que operaban ciertos mandos policiales en el pasado. La tragedia se convirtió en un símbolo de la lucha de las familias de desaparecidos.
Hoy, la casona de la calle Colima ha sido transformada. Ya no es un lugar de sombras, sino un espacio cultural. Sin embargo, se colocó una pequeña placa de bronce en el lugar donde estaba el baño, un recordatorio permanente de que en México, la verdad es terca y, aunque la entierren bajo toneladas de cemento, siempre encontrará la forma de salir a la luz para reclamar justicia.