
PARTE 1: LA FE CIEGA
El silencio en la cabina del avión de reconocimiento Nakajima C6N “Myrt” era peor que el ruido del motor.
El Teniente Comandante Kenji Nakamura miraba el Pacífico infinito. Azul. Vacío. Engañoso. A su lado, el joven operador de radio, Sato, temblaba. No de frío. De anticipación. Les habían dicho que la Gran Batalla Decisiva se acercaba. Que la Flota Combinada, el orgullo del Imperio, finalmente aplastaría a los americanos en las Marianas.
—Nos temen, señor —dijo Sato, su voz apenas un susurro sobre la estática—. Tienen máquinas. Nosotros tenemos el espíritu. El Yamato-damashii.
Kenji asintió. Quería creerlo. Tenía que creerlo. Había visto a hombres morir por esa creencia. Había visto ceros de papel y madera lanzarse contra acorazados de acero. El espíritu era todo lo que les quedaba. La gasolina escaseaba. Los pilotos veteranos estaban muertos. La comida era un recuerdo. Pero el espíritu… el espíritu era invencible.
—Mantén los ojos abiertos, Sato —ordenó Kenji. Su garganta estaba seca.
Volaban a 6.000 metros. El sol del mediodía quemaba a través del plexiglás. Eran los ojos de la flota. Su misión: encontrar a los portaaviones americanos. Dar las coordenadas. Desatar la furia.
Kenji pensó en su casa en Kyoto. En los cerezos. En el té tranquilo. Todo eso parecía un sueño ahora. La realidad era este tubo de metal oliendo a aceite caliente y miedo reprimido. La guerra había durado demasiado. Había devorado demasiado.
—Teniente Comandante —la voz de Sato se quebró—. En el radar.
Kenji miró la pequeña pantalla verde oscilante. Puntos. Unos pocos. Quizás una fuerza de tarea avanzada. Un par de destructores.
—Contacto —dijo Kenji por la radio interna—. Prepárate para transmitir. Vamos a echar un vistazo.
Picó el avión. El motor Homare rugió en protesta. El azul del océano se acercó rápidamente. Kenji agudizó la vista, buscando las estelas blancas de los barcos enemigos en el agua.
Esperaba ver una flota. Una fuerza formidable, sí, pero comprensible. Humana. Algo que el coraje pudiera vencer.
Atravesaron una capa de nubes dispersas. El horizonte se despejó. Y el corazón de Kenji se detuvo.
No era una flota. No era algo que se pudiera contar. Era como si la tierra misma se hubiera desgarrado y estuviera vomitando metal sobre el océano.
—Dioses del cielo… —susurró Sato. El código morse murió en sus dedos.
Kenji no podía respirar. Sus ojos intentaban procesar la escala de lo que veía. No eran diez barcos. Ni cincuenta. Ni cien. El océano estaba negro de acero.
Hasta donde alcanzaba la vista, había barcos americanos. Portaaviones gigantescos, docenas de ellos, con sus cubiertas repletas de aviones azules como avispas furiosas. Acorazados erizados de cañones. Cruceros. Destructores.
Pero eso no fue lo que rompió a Kenji. Lo que lo rompió fue lo que había detrás. La logística.
Cientos de barcos de carga. Petroleros. Barcos grúa. Diques secos flotantes. Era una ciudad industrial en movimiento. Una cadena de montaje flotante que cruzaba el Pacífico. Vio humo. Vio actividad. Vio una nación entera moviéndose hacia el oeste con una sola intención: aniquilar.
—Transmite, Sato —dijo Kenji. Su voz era la de un hombre muerto.
—¿Qué… qué digo, señor?
Kenji miró esa marea imparable. —Di la verdad. Diles que el océano se ha convertido en acero.
PARTE 2: LA VERDAD INSOSTENIBLE
El mensaje de radio salió disparado hacia la Flota Combinada, a cientos de millas de distancia. Pero en la cabina, la realidad pesaba toneladas.
Kenji volaba en círculos amplios, demasiado alto para ser derribado por los cañones antiaéreos, demasiado rápido para ser ignorado. Contó quince portaaviones de flota. Dejó de contar los portaaviones ligeros después de veinte. Era obsceno.
En Japón, la gente donaba sus ollas de metal para construir balas. Los niños comían arroz mezclado con aserrín. Aquí abajo, los americanos tenían barcos dedicados solo a fabricar helado para sus tropas. Kenji había oído los rumores. Barcos de helado. Lo había descartado como propaganda. Ahora, viendo esa armada de excesos, supo que era verdad.
No estaban luchando contra guerreros. Estaban luchando contra Ford. Contra General Motors. Contra U.S. Steel. Estaban luchando contra una bestia que podía fabricar armas más rápido de lo que Japón podía fabricar balas para destruirlas.
—Señor, el Cuartel General responde —dijo Sato, con los auriculares presionados contra su cráneo—. Piden confirmación de los números. Dicen que… dicen que es imposible. Que debemos estar viendo doble.
Kenji soltó una risa amarga. Una risa que sonó como un hueso rompiéndose. —¿Imposible?
Miró hacia abajo. Un enjambre de puntos negros se elevaba desde las cubiertas de tres portaaviones americanos diferentes. F6F Hellcats. Cazas. Venían por ellos. Eran rápidos. Eran pesados. Y había… tantos.
—Diles que no es un error —gritó Kenji, empujando el acelerador al máximo—. Diles que la guerra terminó hace dos años y nadie nos lo dijo. ¡Diles que se den la vuelta!
—¡No puedo decir eso, señor! ¡Es traición!
—¡Es la realidad, maldita sea!
Los Hellcats trepaban rápido. Demasiado rápido. El avión de Kenji era un explorador, rápido, pero no estaba armado para esto. Su única defensa era la velocidad y la altura.
El primer trazador pasó rozando su ala derecha. Una línea de fuego amarillo. Kenji viró violentamente. El avión gimió bajo la fuerza G. Sato gritó mientras su equipo golpeaba las paredes de la cabina.
—¡Están por todas partes! —gritó Sato.
Kenji miró por el retrovisor. Cuatro Hellcats. Grandes. Azules. Feos. Eficientes. No hacían maniobras elegantes como los antiguos pilotos de Zero. No necesitaban “espíritu”. Simplemente aceleraban y disparaban con seis ametralladoras calibre .50. Una lluvia de plomo. Fuerza bruta. Producción en masa aplicada al asesinato.
Una ráfaga golpeó la cola del Nakajima. El avión se sacudió como un perro mojado. El olor a humo llenó la cabina.

—¡Sato! ¡Sigue transmitiendo! ¡Coordenadas! ¡Tamaño! ¡Que sepan a qué se enfrentan!
Kenji luchaba con la palanca. El avión quería caer. Abajo, la flota de acero seguía avanzando, indiferente a la pequeña mosca que luchaba por su vida sobre ellos. Eran una fuerza de la naturaleza. Un glaciar de metal.
Kenji sintió una lágrima caliente correr por su mejilla bajo la máscara de oxígeno. No era miedo a morir. Había aceptado la muerte el día que se puso el uniforme. Era el dolor de la futilidad. El dolor de saber que el sacrificio de tantos jóvenes, el código del samurái, el honor… nada de eso importaba frente a esta maquinaria industrial.
Habían traído espadas a un tiroteo con artillería pesada.
Otro impacto. El ala izquierda empezó a deshacerse. Kenji sabía que no volverían.
—Sato —dijo Kenji, su voz extrañamente tranquila ahora—. Envía un último mensaje.
—¿Señor?
—Dile al Almirante… dile que el espíritu no puede detener una línea de montaje.
PARTE 3: EL SILENCIO DEL FIN
El avión de reconocimiento nunca regresó. Pero su mensaje sí.
A bordo del acorazado insignia japonés Yamato, el mensaje de Kenji fue recibido con un silencio sepulcral. Los oficiales de estado mayor, hombres con medallas y espadas ancestrales, miraban el papel con las coordenadas y las estimaciones de fuerza.
Nadie habló durante mucho tiempo. El Almirante al mando miró el mapa. Luego miró por la ventana hacia su propia flota. Grandes barcos. Valientes tripulaciones. Pero comparado con lo que describía el informe de Kenji, parecían juguetes.
—¿Un error del observador? —sugirió un joven oficial, desesperado.
El Almirante negó con la cabeza lentamente. Conocía a Kenji. Era un hombre sobrio. Un profesional. Si Kenji decía que el océano era de acero, es que lo era.
—Preparen la flota para el ataque —ordenó el Almirante. Su voz estaba vacía.
No había pasión. No había gritos de victoria inminente. Era la orden de un hombre que sabe que está enviando a sus hijos a una picadora de carne.
Al día siguiente, comenzó la Batalla del Mar de Filipinas. Los americanos la llamarían “El Gran Tiro al Pavo de las Marianas”. Para los japoneses, no fue una batalla. Fue una masacre industrial.
Cientos de aviones japoneses, pilotados por jóvenes con poco entrenamiento pero mucho “espíritu”, se lanzaron contra la muralla de acero. Se encontraron con una pared impenetrable de cazas Hellcat y una cortina de fuego antiaéreo tan densa que parecía sólida. Los aviones japoneses caían del cielo como moscas quemadas. Uno tras otro. Docenas tras docenas.

En el puente del Yamato, escuchaban los informes de radio. Gritos. Explosiones. Silencio. La flor y nata de la aviación naval japonesa fue borrada en una sola tarde.
No importaba cuán valientes fueran. No importaba cuánto amaran al Emperador. No podían luchar contra el radar que los veía venir a cien millas. No podían luchar contra los proyectiles antiaéreos con espoletas de proximidad. No podían luchar contra la cantidad infinita de aviones y pilotos de reemplazo que los americanos tenían.
Al atardecer, el mar estaba lleno de restos de aviones con el círculo rojo en las alas. La flota americana apenas había sufrido rasguños. Y seguía avanzando.
El Almirante observó la puesta de sol. Sabía que la guerra estaba perdida. Habían perdido no en el mar, sino en las fábricas de Detroit, en los astilleros de California, en los campos de maíz de Kansas que alimentaban a esa maquinaria imparable.
Habían despertado a un gigante. Y el gigante no tenía espíritu guerrero. Tenía algo peor. Tenía una capacidad infinita para producir muerte.
El Almirante pensó en el último mensaje de Kenji Nakamura. El espíritu no puede detener una línea de montaje.
Era la lección más dolorosa de la historia. Y la habían aprendido demasiado tarde. El sol se hundió en el Pacífico, rojo como la sangre, dejando a la flota japonesa sola en la oscuridad, esperando el inevitable final.