El Hambre y la Sangre del Trono

Un Lamento en la Ciudadela
El mármol del suelo estaba frío. Tan frío que el silencio del pasillo parecía escarcha. Se llamaba Lyra, pero era solo un número. Una sombra en la corte del Príncipe Viudo. Su vida era un susurro roto, un eco de la libertad perdida en los confines del Desierto del Este.

La puerta de roble macizo se abrió sin aviso. No la abrieron, la arrojaron. El golpe seco contra la pared fue un trueno. Lyra no se inmutó. La esclavitud te enseña a ser dura, a ser nada. A ser un arma embotada, lista para romperse.

En el umbral, recortado contra la luz dorada y moribunda de la tarde, estaba el Príncipe Theron. No llevaba armadura ni corona. Llevaba el peso de un reino recién fracturado y el dolor crudo de un hombre deshecho. Sus ojos, normalmente tormentas de autoridad, eran solo ceniza. Estaba pálido. Desesperado. El poder lo había abandonado, al menos aquí, en la intimidad de su tragedia.

Lyra se levantó con una lentitud que era desafío. No hizo reverencia. No podía. Su cuerpo era su única posesión y no lo inclinaría ante nadie.

“Acércate,” ordenó Theron. Su voz era grave, ronca. No una orden, casi una súplica disfrazada.

Ella dio un paso. Solo uno. La túnica de lino gris se arrastró sobre el mármol.

Él estaba sosteniendo un bulto. Un pequeño peso envuelto en seda blanca, bordada con el emblema real: el halcón de obsidiana. El Heredero. La razón de la existencia de Lyra desde hacía tres semanas.

“Él no para de llorar,” dijo Theron, y su voz se quebró. Era la primera grieta que Lyra veía en la fachada de la invencibilidad real. Un dolor muy humano.

El llanto del niño era una alarma pequeña y constante. No un berrinche, sino el gemido desesperado del hambre, de la necesidad absoluta. Lyra escuchó, y algo se movió dentro de ella. Algo que había creído muerto. La empatía. O quizás, la crueldad de la supervivencia.

“Majestad,” su voz era áspera, casi olvidada. “Él tiene hambre. No es complicado.”

Theron se acercó bruscamente. Estaba a un pie de ella. Podía oler el incienso y el vino fuerte en su aliento. La soledad olía a eso.

“Su madre… la Reina…” No pudo terminar la frase. El nombre de la Reina Elara era una herida abierta en toda la Ciudadela. Muerte por fiebre, una semana después del parto.

Lyra esperó. Su corazón latía un ritmo lento, militar.

Theron levantó al niño. La carita roja, los puños cerrados. Pequeña furia.

“Tienes leche,” suplicó el Príncipe Viudo. La frase no era una pregunta, ni una orden. Era la entrega de un hombre que lo había perdido todo, menos la necesidad de mantener vivo a su hijo. “Mi hijo está llorando. Lo necesito.”

Lyra miró los ojos de Theron. No eran los ojos del opresor que había saqueado su ciudad. Eran los ojos de un padre. El poder, momentáneamente, había cambiado de manos. Ahora residía en el don que ella llevaba, un regalo biológico, un acto de la vida que se burlaba de la muerte.

“Si le doy vida, Majestad,” Lyra habló, su voz era un filo de obsidiana. Cortante y fría. “Él vivirá. Pero yo no seré la esclava de antes.”

El Príncipe Viudo se quedó inmóvil. La luz de la tarde ahora era solo un hilo carmesí.

“¿Qué quieres?” preguntó Theron, su barbilla levantándose en un gesto de orgullo renacido. El rey había vuelto, aunque solo por un segundo.

“Quiero mi vida,” respondió Lyra. “Quiero mi nombre. Y mi gente.”

El niño gritó de nuevo. Fuerte, un grito de necesidad que resonó en el silencio de los pasillos. Era el argumento más potente. El llanto infantil era la única corona verdadera en ese momento.

Theron cerró los ojos. El peso del trono, del juramento, de su amor perdido, se sentía. El niño era lo único que quedaba.

“Lo que pidas,” susurró Theron, abriendo los ojos. Estaban llenos de una mezcla tóxica de humillación y gratitud. “Alimenta a mi hijo, Lyra de Qays. No serás más esclava.”

Lyra sintió una ola de poder. No el poder de las armas, sino el de la vida. Era más dulce que la venganza.

“Quiero juramento, Majestad,” dijo ella, extendiendo una mano firme, no temblorosa. “Ante los Dioses Antiguos y los Nuevos. Quiero mi libertad y un acta para mi pueblo. Ahora.”

Theron vaciló. Un rey jurando ante una esclava. El mundo se había volteado.

El niño sollozó, y Theron se rindió. El amor paternal era más fuerte que la historia o el orgullo.

“Juro por el sol y la sangre de mi casa,” dijo Theron, con voz fuerte, mirando a la nada. “Que Lyra de Qays es libre, y su pueblo será liberado de la esclavitud en mi reino.”

El juramento se rompió en el aire como cristal.

Lyra asintió. La tensión se liberó de sus hombros. La esclava había muerto.

Theron le tendió al niño. Era pequeño, frágil, pero en sus manos, Lyra sintió la promesa de un futuro que ella misma había forjado.

Ella se sentó en un banco de piedra, ignorando las reglas de la corte. Abrió su túnica gris sin vergüenza. La piel oscura era un contraste duro contra la seda blanca del Heredero.

El niño encontró su pecho de inmediato. Un silencio instantáneo y absoluto cayó sobre la habitación. Solo el sonido suave de la succión, un ritmo primordial. La vida.

Lyra miró a Theron por encima de la cabecita del bebé. El Príncipe estaba de rodillas, no por respeto, sino por agotamiento emocional. Estaba mirando el milagro, el acto de la vida que ella le estaba dando. El dolor y el poder se habían encontrado en la leche materna.

En ese momento, Lyra supo que la redención no era un regalo. Era algo que se tomaba. Y ella lo había tomado. El Príncipe le había dado su palabra. Ahora le tocaba a ella asegurar que él la mantuviera.

La Cita de Emily Carter:

“La libertad no es un deseo. Es un músculo. Tienes que ejercitarlo hasta que te sangre, o nunca serás más que una idea débil de ti mismo.”

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