
El inicio de la temporada de lluvias de 2018 se sentía con una humedad densa en la Sierra Madre Oriental, pero para los hermanos Robles, Alejandro, Ricardo y Javier, la tradición anual de explorar la naturaleza lo era todo. Habían estado planeando su viaje de senderismo durante meses, una costumbre sagrada que mantenían religiosamente para fortalecer el vínculo familiar.
Alejandro, el mayor, era supervisor de construcción en Monterrey. Ricardo, el mediano, dirigía un pequeño taller de reparación de vehículos en Guadalajara. Javier, el menor, impartía clases de matemáticas en una secundaria de la Ciudad de México. A pesar de las distancias y las vidas ocupadas, reservaban este tiempo cada año para adentrarse en la belleza agreste de la naturaleza mexicana.
Ese año, su destino era una región remota de la Sierra, conocida por sus senderos desafiantes, su clima impredecible y sus vastos sistemas kársticos. No buscaban una simple caminata, sino una inmersión total en la naturaleza, lejos de la civilización.
Habían estudiado mapas topográficos y patrones meteorológicos; su plan era ambicioso pero no imprudente: una travesía de cinco días, culminando en un ascenso a un pico poco frecuentado.
Se reunieron en la casa de Alejandro en Monterrey un viernes por la mañana de octubre, con el equipo organizado meticulosamente, incluyendo sacos de dormir resistentes a bajas temperaturas, sistemas GPS y balizas de emergencia. Su experiencia les había enseñado que en la montaña, la preparación lo era todo.
El viaje hasta el inicio del sendero duró casi cinco horas, adentrándose por caminos que se volvían cada vez más estrechos y aislados. Se detuvieron en un pequeño pueblo minero para registrar su ruta con las autoridades locales, proporcionando un itinerario detallado.
El empleado de la estación, un hombre de edad avanzada, les advirtió sobre la posibilidad de lluvia temprana y les aconsejó extremar la precaución. Los hermanos aseguraron ser experimentados y bien equipados. La emoción era palpable al cargar sus mochilas. La soledad del lugar era exactamente lo que buscaban.
El sendero inicial era manejable, serpenteando a través de densos bosques de pino y encino. Durante las primeras horas, la conversación fluía fácilmente mientras se dejaban atrás el estrés de la vida urbana. Javier, el fotógrafo del grupo, documentaba cada paso, capturando la belleza de los colores otoñales.
Alejandro, el líder natural, mantenía un ritmo constante, consultando periódicamente su mapa y GPS. Ricardo los entretenía con anécdotas divertidas de su taller, manteniendo alta la moral del grupo.
Al caer la tarde, llegaron a su primer campamento planificado, un claro junto a un arroyo de montaña a unos 3,000 metros de altura, con vistas espectaculares. La primera noche transcurrió en paz, bajo un cielo estrellado y temperaturas frías.
El segundo día, el sendero se hizo mucho más exigente. Fue al mediodía cuando tomaron la decisión que lo cambiaría todo. Aproximadamente a cinco kilómetros de su ruta, Alejandro avistó, a través de sus binoculares, lo que parecía ser una formación geológica única: una serie de acantilados rocosos que insinuaban la presencia de cuevas o refugios naturales.
La formación requería un desvío considerable. Javier se mostró reacio inicialmente, preocupado por el tiempo y la energía extra, mientras que Ricardo lo tomó como una oportunidad para una aventura inesperada. Alejandro, cuya curiosidad había sido despertada, argumentó que tenían provisiones y tiempo de sobra.
Marcaron su posición en el mapa y comenzaron el descenso hacia el valle. Ninguno de ellos podía imaginar que esta simple desviación desencadenaría una serie de eventos que culminaría en uno de los casos de personas ausentes más enigmáticos de la historia mexicana.
El descenso fue más difícil de lo anticipado, revelando terrazas rocosas empinadas y campos de pedregales que se movían peligrosamente bajo sus pies. Al acercarse, se hizo evidente que la formación no era solo una pared rocosa interesante, sino un complejo sistema de piedra caliza repleto de cuevas y grietas.
Varias aberturas, grandes y pequeñas, punteaban la pared de roca. Los hermanos se detuvieron en la base. Javier fue el primero en hablar: “Esto es increíble. No tenía idea de que existían sistemas de cuevas así por aquí”. Ricardo se acercó a la abertura más grande, sintiendo el aire fresco que emanaba del interior y el olor a roca antigua.
Después de una breve discusión, decidieron explorar la abertura más accesible, prometiéndose mantenerse unidos y marcar cuidadosamente su camino.
La entrada conducía a una cámara espaciosa. Al fondo, descubrieron un pasaje angosto que parecía hundirse aún más en la montaña. Aunque llevaban más de una hora explorando, la curiosidad los impulsó a seguir un poco más. Este pasaje continuó hasta abrirse a otra cámara más pequeña, con múltiples túneles que se bifurcaban en distintas direcciones.
Javier sugirió marcar el camino con pequeños montones de piedras para asegurarse de encontrar la salida, una precaución que resultó ser esencial. Eligieron el túnel más grande, que descendía gradualmente hacia el corazón de la montaña. A medida que avanzaban, comenzaron a notar extrañas formaciones en la roca, restos fosilizados de criaturas marinas, evidencia de que esta región montañosa estuvo alguna vez bajo el océano.
Fue Ricardo quien primero notó el sonido. Llevaban unas dos horas bajo tierra, moviéndose por pasajes cada vez más complejos, cuando pidió que se detuvieran a escuchar. Primero, solo se escuchó el goteo familiar de agua y su propia respiración. Pero gradualmente, se hicieron conscientes de un ruido rítmico bajo que parecía provenir de la oscuridad.
Era demasiado regular para ser completamente natural. Siguiendo la curiosidad, continuaron su camino. Los muros del túnel se volvían más lisos y pulidos, y el aire era notablemente más cálido. El sonido creció, resolviéndose en un pulso profundo que parecía emanar de la propia roca.
Tras otra hora de exploración, llegaron a un punto donde el pasaje desembocaba en un espacio mucho más grande. El sonido era ahora un latido rítmico que venía de todas direcciones. Fue el flash de la cámara de Javier lo que reveló algo que los hizo paralizarse: a lo largo de la pared, apenas visibles, había formas geométricas talladas en la piedra.
Las marcas eran inconfundiblemente artificiales, con líneas limpias y ángulos precisos que sugerían una artesanía y una planificación complejas. “Quién pudo haber hecho esto, y hace cuánto tiempo”, susurró Ricardo. Los símbolos no se parecían a ningún arte prehispánico conocido ni a ninguna señal histórica.
La implicación era asombrosa: habían descubierto evidencia de actividad humana ancestral en un lugar que debería haber sido inaccesible sin herramientas sofisticadas.
Mientras examinaban los grabados, el extraño sonido palpitante comenzó a cambiar, volviéndose más rápido e intenso. Los hermanos se miraron con creciente inquietud, conscientes de lo aislados que estaban. El pulso continuó intensificándose, y cuando el flash de Javier se disparó de nuevo, los símbolos parecieron encenderse con una luz interna.
Alejandro y Ricardo asintieron, confirmando que ambos habían visto el mismo fenómeno. Ricardo se acercó a la pared, pasando los dedos por los surcos tallados. La piedra se sentía extrañamente tibia al tacto, casi vibrando. Alejandro, al presionar su palma, retiró la mano, sobresaltado por el calor y la sensación inconfundible de energía.
Descubrieron que los grabados cubrían casi toda la superficie de la cámara, formando una elaborada red de diseños interconectados. Algunos parecían mapas, otros, un texto en un lenguaje desconocido. El sonido palpitante se transformó de nuevo, adquiriendo un ritmo más complejo que parecía acercarse al lenguaje o la música.
Javier se sintió atraído por el sonido, tratando de encontrar patrones o significado. Alejandro, notando la intensa concentración de su hermano, le tocó el hombro. “Deberíamos pensar en volver”, sugirió, preocupado por el tiempo. Justo en ese momento, un profundo retumbar sacudió toda la cueva.
El temblor no se sentía como un terremoto común; las vibraciones parecían provenir de dentro del sistema de cuevas. Alejandro se dirigió inmediatamente hacia el pasaje de entrada, pero al llegar, encontraron su peor pesadilla: la ruta estaba completamente bloqueada por una enorme pila de rocas desprendidas.
El estruendo había provocado un derrumbe, sellando su salida principal. “Tiene que haber otra salida”, dijo Javier, luchando contra el pánico. Decidieron explorar sistemáticamente los túneles restantes. Uno de ellos terminaba en roca sólida; otro descendía bruscamente, con aire notablemente más cálido y olores extraños. Alejandro se mostró reacio a seguir descendiendo, pero no tenían más opciones.
Tras casi una hora de descenso, llegaron a otra cámara, esta vez con un pequeño lago subterráneo. Lo que encontraron en la orilla les causó un shock profundo: objetos que no pertenecían a un ambiente natural, como piezas de metal que parecían herramientas o equipos de campamento, fragmentos de tela de nailon, y lo más perturbador, lo que parecían ser restos óseos humanos. Alguien más había estado aquí y había quedado atrapado, al igual que ellos. La implicación era aterradora.
Pasaron varias horas más explorando, pero cada pasaje terminaba en un punto muerto o era demasiado peligroso para navegar. Las baterías de sus linternas comenzaban a fallar, y sus reservas de agua estaban casi agotadas. El extraño pulso nunca se detuvo. Javier se sintió cada vez más atraído por el sonido, a menudo deteniéndose a escuchar mientras sus hermanos lo llamaban.
Al caer la noche, se reunieron en la cámara principal. Tenían comida para quizás dos días si racionaban, y agua solo hasta la mañana siguiente. Alejandro les instó a conservar energía, prometiendo explorar sistemáticamente los pasajes restantes al día siguiente. Pero Javier parecía ajeno a la planificación, concentrado en los símbolos que ahora parecían brillar con más intensidad en la oscuridad.
La primera noche bajo tierra fue inquieta. El pulso rítmico continuó. Javier mostraba un comportamiento cada vez más preocupante; yacía despierto, mirando los símbolos, murmurando palabras incomprensibles. Ricardo intentó bromear, pero la tensión era insoportable.
Al “amanecer” artificial del segundo día en la cueva, Alejandro calculó que ya deberían haber contactado a sus familias. Su ausencia ya habría activado los protocolos de búsqueda, pero su posición real no se correspondía con su itinerario.
Su segundo día de búsqueda no arrojó mejores resultados. Javier, aunque acompañaba a sus hermanos, lo hacía de forma pasiva. Su atención se centraba en los sonidos y símbolos. Durante un descanso, Ricardo notó que Javier estaba trazando los grabados con el dedo, como si estuviera leyendo.
Cuando le preguntó qué hacía, Javier respondió con confusión: “No sé. Simplemente siento que están tratando de decirme algo muy importante”. Alejandro temió que el estrés, la privación de sueño y el ambiente anómalo de la cueva estuvieran afectando la salud mental de su hermano.
Para el tercer día, sus suministros de agua estaban críticamente bajos. El desgaste psicológico era casi insoportable. Fue entonces cuando Javier comenzó a mostrar lo que Alejandro solo pudo describir como una conexión con la cueva. Se paraba frente a ciertas secciones de la pared y asentía como si respondiera a voces inaudibles.
“No son solo decoraciones”, explicó Javier con una intensidad preocupante. “Son instrucciones, mapas. Muestran el camino a través de la montaña, pero no el camino que buscamos. Se trata de ir más profundo, siguiendo el sendero que los Arquitectos pretendieron”.
Alejandro se negó a considerar ir más profundo, insistiendo en que la supervivencia dependía de encontrar una salida hacia arriba. Pero la insistencia de Javier creció. Afirmó que el sonido palpitante era un sistema de guía. En la cuarta noche, Alejandro despertó y encontró la bolsa de dormir de Javier vacía.
Lo encontró frente a la pared principal, con las manos presionadas contra la superficie. Sus ojos estaban cerrados y se balanceaba al ritmo del pulso. Al tocarlo, Alejandro sintió que la piel de Javier estaba tibia, casi febril, y podía sentir una sutil vibración en su cuerpo.
Cuando Javier abrió los ojos, estos parecían brillar con la misma luz extraña de los símbolos. “Ahora entiendo”, dijo con un eco inusual en su voz. “Los Arquitectos no se han ido. Están aquí, esperando a alguien que pueda escucharlos correctamente.
Han estado llamando durante mucho tiempo, pero nadie había prestado atención hasta ahora”. Ricardo y Alejandro intentaron convencerlo de descansar, pero Javier insistió en que ya no necesitaba dormir; afirmó que los Arquitectos le compartían su energía, manteniéndolo.
Amaneciendo su quinto día bajo tierra, Alejandro tomó la decisión que lo atormentaría el resto de su vida: separarse. Él y Ricardo harían un último intento desesperado en los pasajes superiores, mientras que Javier podría explorar su teoría sobre los pasajes profundos, pero solo por un tiempo limitado y con la promesa de regresar. El agotamiento y la desesperación habían nublado su juicio. Javier aceptó con entusiasmo.
Alejandro y Ricardo pasaron su día final explorando cada pasaje restante, impulsados por una fuerza que desafiaba su agotamiento. Sus linternas apenas emitían luz, sus cuerpos estaban críticamente deshidratados. Para el atardecer, tuvieron que aceptar la verdad: no había salida. Regresaron a la cámara principal para esperar a Javier.
Él no regresó. Llamaron su nombre en vano; solo el eterno pulso les respondió. En su sexto día, la deshidratación y la falta de alimentos los estaban venciendo. Alejandro hizo su última entrada en su pequeña libreta, con letra temblorosa: “Javier fue más profundo. Ricardo y yo estamos muy débiles. Agua y comida se han ido. Si alguien encuentra esto, díganles a nuestras familias que las amamos.
La cueva no es lo que parece. Los símbolos son reales. Javier entendió algo que nosotros no pudimos. No dejen que nadie más venga aquí solo”. Ricardo añadió: “Javier tenía razón. La cueva te cambia. Hay cosas en este mundo que no entendemos”.
En el séptimo día, ambos yacían en la cámara principal, sin fuerza para escribir. Murieron tranquilamente, víctimas del agotamiento y la deshidratación durante lo que debería haber sido su séptima noche bajo tierra. Sus cuerpos quedaron sentados contra la pared grabada, conservados por las condiciones secas y frías de la cueva.
Javier Robles emergió del sistema de cuevas exactamente dos años después, en octubre de 2020. Apareció en una estación de guardabosques a casi 60 kilómetros de su punto de entrada original, en un estado físico sorprendentemente bueno. Su respuesta a dónde había estado fue simple: “Estaba aprendiendo. Los Arquitectos me han estado enseñando. Han esperado tanto tiempo por alguien que pudiera entender sus mensajes”.
La búsqueda de Alejandro y Ricardo comenzó de inmediato. El mapa mental de Javier del interior de la cueva fue increíblemente preciso. Encontraron a sus hermanos exactamente donde Javier había dicho, en la cámara principal, sentados contra la pared grabada. No había evidencia de agresión; simplemente habían sucumbido al cautiverio. El médico forense determinó que habían perecido aproximadamente dos años antes.
Los símbolos tallados desconcertaron a los investigadores. Su precisión geométrica y el material utilizado desafiaban las explicaciones geológicas y arqueológicas convencionales. El relato de Javier fue rechazado por la ciencia, que atribuyó su supervivencia a fuentes de agua desconocidas y su historia a un trauma psicológico severo. Sin embargo, su conocimiento de la cueva era perfecto, e inexplicablemente, demostró una comprensión de matemáticas y física que superaba con creces su educación previa.
Javier regresó a su trabajo en Ciudad de México, aunque sus colegas notaron cambios profundos en su personalidad. Comenzó a publicar ensayos sobre física teórica e historia antigua que, si bien fueron descartados por la academia mainstream, atrajeron a investigadores de círculos alternativos.
El sistema de cuevas fue sellado permanentemente por “preocupaciones de seguridad”, pero la especulación de que se ocultaban descubrimientos en las profundidades persistió. Javier, ahora con un pequeño centro de investigación dedicado a fenómenos geológicos inexplicables, afirma que los Arquitectos lo eligieron para identificar a otros capaces de recibir sus enseñanzas.
Su libro, Voces de la Tierra Profunda, relata su experiencia y el conocimiento que afirma haber recibido, dejando un enigma sin resolver en el corazón de la Sierra Madre Oriental.
La verdad, sea la que sea, permanece oculta con los cuerpos de Alejandro y Ricardo, bajo una placa conmemorativa que honra a los dos hermanos que se adentraron en la Tierra y no regresaron, recordándonos que nuestro planeta aún guarda misterios que desafían nuestra realidad.