PARTE 1: EL CAZADOR EN LA CAJA DE HIERRO
El aire dentro del submarino I-19 tenía sabor. Sabía a gasóleo, a sudor rancio de noventa hombres y a miedo destilado.
El Capitán de Corbeta Takakazu Kinashi no se limpió la gota de condensación que le caía por la nariz. No podía moverse. Estaba fusionado con el periscopio, sus manos enguantadas apretando las asas de metal como si fueran el cuello de un enemigo. —Profundidad de periscopio. Mantengan el nivel —susurró. Su voz era un hilo de acero, apenas audible sobre el zumbido eléctrico de los motores.
A cuarenta metros bajo la superficie del Pacífico Sur, el mundo era un ataúd claustrofóbico de tuberías goteantes y válvulas rojas. El calor era sofocante, casi 40 grados. Los hombres de la sala de torpedos estaban desnudos de cintura para arriba, brillando como estatuas de bronce en la penumbra roja. Nadie hablaba. Nadie respiraba fuerte. Incluso el sonarista, con los auriculares presionados contra su cráneo rapado, parecía haber dejado de latir.
Kinashi giró el periscopio un milímetro. Arriba, el sol brillaba sobre las Islas Salomón. El mar era de un azul insultantemente hermoso. Y allí estaba. El premio gordo.
—Objetivo a la vista —dijo Kinashi. No había emoción en su voz, pero la tripulación sintió el cambio en la presión del aire. La electricidad estática de la violencia inminente. —Portaaviones clase Wasp. Acompañado por destructores. Distancia… 900 metros.
El primer oficial, el Teniente Orita, abrió los ojos desmesuradamente. —¿900 metros, Capitán? —susurró, horrorizado—. Estamos dentro de la pantalla de destructores. Si nos detectan ahora, estamos muertos en diez segundos.
Kinashi no respondió. Seguía mirando. Vio la cubierta de vuelo del USS Wasp. Estaba llena de aviones. Pequeños puntos moviéndose. Estaban recargando combustible y municiones. Era el momento más vulnerable de un gigante. Era un pecado de arrogancia americana. Navegaban como si fueran dueños del océano.
—Están virando —murmuró Kinashi—. Nos están mostrando el flanco. Dioses de la guerra… nos están regalando el vientre.
El USS Wasp, una ciudad flotante de 15.000 toneladas, estaba girando hacia el viento para lanzar aviones. Al hacerlo, presentaba todo su costado de estribor al I-19. Era un tiro de práctica. Pero era un tiro suicida. Estaban tan cerca que la explosión de los torpedos podría sacudir al propio submarino.
—Tubos uno al seis, preparen solución de disparo —ordenó Kinashi. El sonido metálico de las compuertas abriéndose resonó en el casco. Clang. Clang. Clang. —Torpedos Tipo 95. Ajusten profundidad a seis metros. Velocidad alta.
En la sala de proa, los torpedistas acariciaban los cilindros negros de muerte. Los “Lanzas Largas” modificados. No eran simples torpedos; eran las armas submarinas más avanzadas del mundo, cargadas con media tonelada de explosivo cada una. Oxígeno puro. Sin estela de burbujas. Invisibles.
Kinashi vio un destructor americano cruzar su campo de visión. Tan cerca que podía ver la ropa tendida en la barandilla. El destructor no los vio. El sonar americano estaba ciego por el ruido de su propia flota. —Ángulo de disparo… cero. Fuego uno.
El submarino dio una sacudida, como si un gigante lo hubiera pateado. —Fuego dos. Otro golpe. —Fuego tres.
Kinashi disparó los seis torpedos en una abanico mortal. Una salva completa. Tres segundos de diferencia entre cada uno. —¡Abajo periscopio! —gritó Kinashi, soltando las asas y colapsando sobre el mapa de navegación—. ¡Inmersión de emergencia! ¡A 80 metros, rápido!
El I-19 inclinó su morro hacia el abismo. Los motores eléctricos gimieron. Kinashi miró su cronómetro. La mano temblaba ligeramente. 30 segundos para el impacto.
—¿Cree que les daremos, Capitán? —preguntó un joven alférez, con los ojos llenos de terror. Kinashi miró el techo de metal, imaginando las seis líneas blancas corriendo invisibles bajo el agua hacia el casco del gigante americano. —No es cuestión de darles —dijo Kinashi suavemente—. Es cuestión de si sobreviviremos a lo que viene después.
Entonces, el océano se rompió. BOOM. El sonido llegó a través del agua como un martillazo al casco del submarino. BOOM. BOOM.
Tres impactos. Sólidos. Los hombres en la sala de mando se miraron. Algunos sonrieron. Otros rezaron. Pero Kinashi seguía mirando el cronómetro. Había disparado seis torpedos. Tres habían impactado. ¿Dónde estaban los otros tres?
Los “peces” perdidos seguían viajando. Pasando de largo del Wasp en llamas, cruzando kilómetros de océano vacío, buscando carne. Como depredadores con voluntad propia, los torpedos errantes navegaban hacia el horizonte, hacia una segunda flota americana que Kinashi ni siquiera sabía que estaba allí.
El destino acababa de tirar los dados.
PARTE 2: EL INFIERNO EN EL PARAÍSO
15 de septiembre de 1942. Cubierta del USS Wasp.
El marinero Jake “Red” Miller estaba pensando en un batido de fresa. Hacía calor. Un calor pegajoso y tropical que hacía que el uniforme se pegara a la espalda. Jake estaba limpiando una mancha de aceite bajo el ala de un caza Wildcat. El cielo era de un azul perfecto. El mar, tranquilo. Era un día aburrido. Un día hermoso.
—Oye, Red —gritó su compañero, Smitty, desde la pasarela—. ¿Crees que habrá correo hoy? Mi chica prometió enviarme galletas.
Jake se enderezó y se secó el sudor de la frente. —Espero que sí. Si no, te comeré a ti.
Smitty se rió. Fue la última vez que Jake lo vio reír.
El mundo se volvió blanco. No hubo sonido al principio. Solo una fuerza física, brutal, que levantó a Jake del suelo y lo lanzó tres metros hacia atrás contra el fuselaje del avión. Luego llegó el ruido. Un rugido desgarrador, como si el planeta se estuviera partiendo por la mitad.
¡CRAACK-BOOOM!
El Wasp se estremeció violentamente. Jake cayó al suelo de acero, aturdido. Miró hacia adelante. Donde antes estaba Smitty, ahora había un agujero irregular en la cubierta del que brotaban llamas naranjas y negras. —¿Smitty? —graznó Jake.
Otra explosión. Más profunda. Debajo de sus pies. El segundo torpedo había golpeado los tanques de combustible de aviación. El olor a gasolina de alto octanaje llenó el aire instantáneamente. Y luego, el fuego. No era fuego normal. Era un infierno líquido.
La gasolina ardiendo corría por la cubierta como un río de lava. Los aviones aparcados, cargados con bombas y ametralladoras, empezaron a cocinar. Rat-tat-tat-tat. Las municiones de calibre .50 empezaron a dispararse solas por el calor, barriendo la cubierta, cortando a los hombres que corrían como si fueran trigo.
Jake se puso de pie, tosiendo humo negro. —¡Fuego en la cubierta de hangar! —gritó alguien por el intercomunicador, con voz histérica—. ¡Hemos perdido la presión de agua! ¡No podemos apagarlo!
Jake corrió hacia la borda. Vio a hombres saltando al agua, algunos con la ropa en llamas, gritando mientras caían treinta metros hacia el mar. El Wasp estaba gimiendo. El acero se retorcía. El tercer torpedo había destrozado los generadores. Las luces se apagaron en el interior del barco, dejando a cientos de hombres atrapados en la oscuridad total, con el agua subiendo y el fuego bajando.
Pero la pesadilla no había terminado. A diez kilómetros de distancia, en el horizonte, otra flota navegaba tranquila. El acorazado USS North Carolina y el destructor USS O’Brien escoltaban al portaaviones Hornet. No sabían que el Wasp había sido atacado. Estaban demasiado lejos.
El Capitán del USS O’Brien estaba en el puente, tomando café. Vio una estela blanca en el agua. Venía de la nada. De la distancia infinita. —¡Torpedo por babor! —gritó el vigía.
Era imposible. No había submarinos cerca. El torpedo había viajado casi diez kilómetros, pasando entre otros barcos, guiado por una mala suerte cósmica. El O’Brien intentó girar. Demasiado tarde. El torpedo golpeó la proa. La explosión fue tan violenta que el destructor entero se dobló como un látigo. Los hombres en la popa fueron lanzados al aire. La estructura del barco crujió, heridas invisibles que lo condenarían semanas después.
Y todavía quedaba un torpedo. El sexto torpedo del I-19 pasó rozando al O’Brien y siguió su camino. Hacia el gigante. El acorazado North Carolina. —¡Impacto! —gritaron en el puente del acorazado.
El torpedo golpeó al North Carolina justo bajo la torre número uno. Una columna de agua de treinta metros se elevó al cielo, mojando a los oficiales en el puente. El acorazado de 35.000 toneladas se sacudió, pero no se detuvo.
En el agua, Jake, flotando en un chaleco salvavidas manchado de aceite, vio el humo a lo lejos. No podía creerlo. Miró su propio barco, el Wasp. Era una antorcha. El casco brillaba al rojo vivo. Las explosiones internas sonaban como el latido de un corazón moribundo. Boom… Boom…
Jake lloró. No por dolor, sino por incredulidad. ¿Cómo? ¿Cómo había pasado esto en un día tan azul? Un solo submarino. Un solo ataque. Y el poder naval de Estados Unidos en el Pacífico parecía haberse roto en pedazos en cuestión de segundos.
—Malditos sean —sollozó Jake, viendo cómo su hogar se inclinaba hacia babor—. Malditos fantasmas.
PARTE 3: EL PESO DE LA GLORIA
Profundidad: 100 metros. Silencio absoluto.
El I-19 estaba posado en una capa térmica, escondido del sonar de los destructores vengativos que ahora peinaban la superficie. Arriba, se oían las cargas de profundidad. Whump… Whump… Whump. Sonaban lejos. Los americanos estaban buscando en el lugar equivocado. Estaban buscando a un submarino ruidoso y torpe, no a un fantasma que ya se había deslizado lejos.
Kinashi estaba sentado en su pequeño camarote, mirando el mapa. El operador de radio entró, con la cara pálida de emoción. —Capitán. Interceptamos comunicaciones americanas en claro. Es el caos allá arriba.
Kinashi levantó la vista. —¿Informe?
—El portaaviones… se está hundiendo. Dicen que es el Wasp. —El operador tragó saliva—. Y hay más, señor. Reportan daños graves en un acorazado y un destructor en el grupo de batalla del Hornet.
Kinashi parpadeó. —¿Cómo? Solo disparamos al Wasp.
—Parece… parece que los torpedos que fallaron siguieron de largo, señor. Impactaron en la otra formación.
El silencio en el camarote fue denso. Kinashi se levantó lentamente. Se acercó al pequeño altar sintoísta que tenía en la estantería. Seis torpedos. Un portaaviones hundido. Un destructor condenado. Un acorazado fuera de combate. Era matemáticamente imposible. Era un milagro perverso. Con una sola salva, había infligido más daño a la Armada de los Estados Unidos que flotas enteras japonesas en otras batallas.
Debería estar celebrando. Debería ordenar sake para la tripulación. Pero Kinashi sentía un frío extraño en el estómago. Pensó en los hombres quemándose en el aceite allá arriba. Pensó en la pura aleatoriedad de la guerra. Había apuntado con habilidad, sí. Pero el destino había guiado esos torpedos errantes.
—Señor —dijo el operador—, la tripulación quiere saber. ¿Lo logramos?
Kinashi se ajustó la gorra. Su rostro volvió a ser una máscara de piedra samurái. —Dígales que el Emperador estará complacido. Dígales que hoy, el I-19 ha justificado su existencia.
Salió al pasillo estrecho. Los hombres lo miraron con adoración. Eran héroes. Eran leyendas. Pero Kinashi sabía la verdad. Habían despertado a un dragón herido. Los americanos no perdonarían esto. Construirían diez Wasp por cada uno que él hundiera. Pero hoy… hoy el océano era suyo.
Semanas después, el USS O’Brien se partió por la mitad y se hundió mientras intentaba regresar a casa. Las heridas estructurales de aquel día fueron fatales. El North Carolina pasó meses en dique seco. El Wasp yacía en el fondo del mar, una tumba de acero para cientos de chicos que solo querían cartas de sus novias.
Kinashi murió dos años después, en 1944, cuando su nuevo submarino fue hundido con toda la tripulación. Nunca vio el final de la guerra. Pero su disparo, esa salva imposible de seis torpedos, quedó grabada en la historia naval como el momento en que un solo hombre, en una caja de hierro, desafió a la flota más poderosa del mundo y ganó.
En las profundidades del Pacífico, donde la luz del sol nunca llega, los restos del Wasp y los huesos del I-19 descansan ahora en el mismo silencio eterno. Enemigos en la vida. Vecinos en la muerte. Un recordatorio de que en la guerra, la línea entre la gloria y la tragedia es tan delgada como el casco de un submarino.
