
La historia de Alejandro Durán se ha convertido en una crónica escalofriante que expone la delgada línea entre la aventura en los grandes cañones y el peligro más oscuro que puede acechar en México. El caso, que comenzó como una simple desaparición en la Sierra, se transformó en una pesadilla de confinamiento y misterio que dejó a los investigadores lidiando con una pregunta aterradora: ¿qué motiva a un individuo a someter a otro a un aislamiento tan cruel y metódico?
En agosto de 2016, Alejandro Durán, un joven de 22 años y senderista experimentado, partió hacia la ruta de la Barranca del Cobre, en las majestuosas y traicioneras montañas de la Sierra Madre Occidental, en Chihuahua. Alejandro no era un novato. Se movía con confianza, su equipo ligero y su plan de ruta claro: una caminata de dos días, con regreso programado para el día siguiente. Las cámaras de vigilancia en Creel capturaron su último avistamiento, la imagen fugaz de un joven con una mochila, apresurándose hacia el bosque, con una breve mirada hacia el cielo como si presintiera un cambio inminente en el clima.
La Desaparición sin Rastro en la Barranca
Poco después, el rastro de Alejandro se desvaneció por completo. La última señal de su teléfono se registró en la carretera de montaña en el área de Urique. Su camioneta Nissan Frontier azul se encontró cuidadosamente estacionada en el lote, intacta, con un kit de emergencia estándar en su interior y solo faltaban dos elementos esenciales: su mochila y su inseparable cámara fotográfica.
Cuando Alejandro no regresó en la fecha prevista, su compañero de piso contactó a la policía local. La operación de búsqueda se activó inmediatamente, involucrando a elementos de Protección Civil, perros rastreadores y apoyo de la Guardia Nacional. La lluvia había borrado las huellas, pero el rastro de los perros se detuvo abruptamente a apenas medio kilómetro del estacionamiento, justo en una zona rocosa. Los expertos registraron el punto como un “punto de pérdida de olor” cerca de un pequeño abismo conocido localmente como el “tiro ciego,” un lugar con una reputación ominosa entre los guías locales. No se encontraron signos de caída, de equipo desgarrado ni de forcejeo. La conclusión inicial fue desconcertante: el senderista había desaparecido sin dejar el menor indicio de intervención externa. Su nombre fue añadido a la lista de aquellos que la Sierra Tarahumara se había llevado sin explicación.
El Hallazgo en la Profundidad de la Gruta
Un año después, en agosto de 2017, la historia tomó un giro dramático y escalofriante. Tres espeleólogos aficionados del Club de Exploradores de Creel se aventuraron en una parte inexplorada del sistema de cavernas conocido como Gruta de la Luna de Cobre, una red de pasajes tan inestable que ni siquiera figuraba en los mapas del Parque Nacional. Mientras se adentraban, un olor metálico y mohoso se hizo más intenso, y notaron extraños rasguños en las paredes, como si un objeto de metal hubiera sido arrastrado repetidamente.
Alcanzaron un estrecho pasaje y allí, en una cavidad profunda, el haz de sus linternas reveló una escena de terror. Un hombre estaba acurrucado contra la pared, exhausto y apenas respirando, encadenado con pasadores de metal anclados a la roca. Pensaron que era una figura abandonada hasta que se acercaron y se dieron cuenta de que era una persona viva.
El rescate fue difícil y dramático. Los grilletes estaban tan profundamente incrustados que tuvieron que usar una cortadora de piedra portátil para liberarlo. El hombre fue sacado a la superficie con hipotermia crítica, deshidratación severa y señales inconfundibles de un confinamiento prolongado con movilidad limitada. Sus ojos estaban desenfocados, su discurso era incoherente y se cubría la cara ante la luz del sol, una reacción típica de quienes han permanecido mucho tiempo en la oscuridad.
El análisis de ADN confirmó la identidad del misterioso cautivo: Alejandro Durán.
La Pista del Captor Metódico
Las incongruencias fueron inmediatas. El aspecto de Alejandro no correspondía a un año de supervivencia en la naturaleza. Su cabello no estaba excesivamente largo, sus uñas estaban cortadas y llevaba un mono térmico que no coincidía con ninguna de sus pertenencias. Lo más crucial, las cadenas no estaban cubiertas de polvo, lo que sugería que habían sido tocadas o manipuladas recientemente. El lugar de su hallazgo estaba a kilómetros de distancia del sendero de su desaparición y carecía de un acceso natural obvio. La investigación pasó de una búsqueda de persona a un caso de abducción o retención ilegal.
El camino de las pesquisas se centró en la logística y el perfil de un individuo que conocía la montaña íntimamente. Se investigó a los lugareños y a los “ermitaños” que viven en la zona, pero las coartadas de los principales sospechosos resultaron ser parcialmente sólidas. El punto de inflexión llegó cuando la policía ministerial revisó el período inmediatamente anterior a la desaparición de Alejandro.
Un empleado de una ferretería de Creel recordó a un cliente que compró elementos fuera de lo común para un turista: cadenas pesadas, mosquetones grandes, eslingas y restricciones de muñeca. El pago fue en efectivo, y el comprador actuó de manera nerviosa y metódica. El video de vigilancia capturó un todoterreno viejo, de color caqui, con neumáticos todoterreno agresivos, utilizado por un hombre delgado y encapuchado.
Simultáneamente, un fragmento de cerámica encontrado en la caverna fue identificado como parte de la vajilla de un restaurante de Chihuahua capital. Al unir los datos, el sospechoso se perfilaba como un individuo móvil, con conocimientos técnicos, que se desplazaba metódicamente entre áreas urbanizadas y las zonas más inaccesibles de la Sierra.
El Ingeniero de la Obsesión: David Cisneros
La conexión final se estableció gracias a un mecánico de Durango Motors que reconoció el vehículo, un Ford Bronco de finales de los 80 modificado, e identificó a su dueño: David Cisneros.
Cisneros era un exingeniero minero con experiencia en la evaluación de la estabilidad de rocas y la topografía de túneles antiguos en la Sierra Madre. Un año antes de la desaparición de Alejandro, había renunciado a su trabajo, cortado el contacto social y cambiado su domicilio a un apartado de correos, lo que demostraba una voluntad de aislarse. Los guardabosques confirmaron haberlo visto en repetidas ocasiones cerca de antiguas entradas técnicas mineras donde el tráfico estaba prohibido.
El “Laboratorio” de Aislamiento en el Monte
La búsqueda llevó al equipo operativo a un refugio remoto en las afueras de un antiguo corredor técnico. Desde el exterior, parecía abandonada, pero dentro, el espacio estaba organizado con precisión clínica. La pieza central era un gran mapa topográfico de la Sierra, cubierto con decenas de marcas que no coincidían con los datos oficiales, incluyendo una designación personalizada para un acceso lateral a la Gruta de la Luna de Cobre.
Junto al mapa se encontró una serie de fotografías que documentaban a Alejandro Durán en diferentes etapas de su confinamiento. En algunas estaba acurrucado, en otras, sujeto a las cadenas. Los expertos concluyeron que las imágenes registraban el estado físico y psicológico del cautivo a lo largo del tiempo, ordenadas en una secuencia estricta.
El descubrimiento más espeluznante fue un cuaderno de tapa dura con entradas sobre “experimentos de supervivencia”, “reacciones a largo plazo del cuerpo bajo restricción” y “características de comportamiento de sujetos aislados”. Cisneros se refería a su cautivo como un “objeto” que demostraba “resistencia no estándar”. Los fragmentos de texto hablaban de la necesidad de “selección” y de la “resiliencia del cuerpo como negación de la debilidad de la civilización,” un enfoque que deshumanizaba por completo a su víctima.
La Fría Confesión y el Vacío de Motivos
David Cisneros fue detenido y en los interrogatorios subsiguientes, su comportamiento fue tan metódico como sus acciones. Confesó la abducción y la retención ilegal de Alejandro Durán de manera tranquila, concisa y sin mostrar emoción ni remordimiento. Aclaró que había actuado solo y se negó a ofrecer una justificación moral o personal, limitándose a descripciones técnicas y logísticas.
Cisneros detalló las tres ubicaciones de confinamiento que utilizó antes de la Gruta de la Luna de Cobre: un antiguo pozo de ventilación, elegido por su fácil control y aislamiento acústico; una galería lateral, seleccionada por su capacidad de anclaje para las cadenas; y finalmente, la caverna, descrita como “segura de intrusos” y apta para la “fase final de fijación”.
Describió sus acciones con una jerga de ingeniería: accesibilidad, aislamiento acústico, puntos de anclaje, fase final. Nunca evaluó el componente moral de sus actos. El vacío de la confesión fue la parte más inquietante del caso. Cuando se le preguntó por qué eligió a Alejandro Durán, no proporcionó información que vinculara a la víctima con ningún conflicto o interés previo.
El motivo de David Cisneros fue clasificado formalmente como “no establecido”. La reconstrucción de los hechos fue completa en términos de cómo sucedió, pero el porqué se perdió, ya sea debido a la amnesia de la víctima o a la negativa de Cisneros a revelar sus razones internas. Así, el caso de Alejandro Durán se cerró con el captor tras las rejas, pero con la pregunta central suspendida en el aire: ¿Qué oscura obsesión empujó a este hombre a llevar a cabo un experimento tan sistemático de aislamiento humano en las profundidades de la Sierra Tarahumara? Es una verdad aterradora que el caso de Chihuahua ha dejado sin explicación.