
El 12 de noviembre de 2016, bajo el intenso sol de Querétaro, David Mitchell, un brillante arquitecto de 28 años, decidió alejarse del caos de la Ciudad de México para buscar inspiración en los paisajes de la Sierra Gorda. David, un hombre acostumbrado a la precisión y al éxito en el sector tecnológico, buscaba un respiro entre la naturaleza. Nadie sospecharía que ese viaje de fin de semana se convertiría en uno de los enigmas más perturbadores de la historia criminal reciente del país.
Las cámaras de seguridad captaron su entrada hacia la zona de Peña de Bernal. Sin embargo, para evitar las aglomeraciones turísticas, David decidió internarse por rutas menos conocidas en dirección a los cañones profundos de la sierra. Su último rastro fue un mensaje a su madre admirando la majestuosidad del paisaje queretano. Dos días después, su coche fue localizado en una brecha solitaria: estaba perfectamente cerrado, con su cámara profesional y una botella de agua intacta en el asiento del copiloto. No había huellas de violencia ni señales de un asalto, simplemente parecía que David se había esfumado entre la maleza y las rocas.
Durante doce largos meses, la búsqueda no dio frutos. Se utilizaron brigadas de rescate y tecnología avanzada, pero la Sierra Gorda parecía haberse tragado al joven arquitecto. El caso se enfrió, hasta que un grupo de ingenieros que realizaba mediciones para una nueva línea eléctrica encontró el cuerpo de David en una zona boscosa de difícil acceso. Lo que parecía el hallazgo final de un accidente tomó un giro siniestro en la morgue: el médico forense determinó que David no había muerto hace un año, sino que llevaba escasas dos semanas sin vida.
La pregunta que paralizó a las autoridades fue inmediata: ¿Dónde estuvo David durante esos 11 meses y medio? Los exámenes revelaron una realidad surrealista. No presentaba signos de desnutrición; su cabello y uñas estaban cuidados. Sin embargo, su piel tenía una palidez antinatural, carente de cualquier rastro de exposición al sol, y sus músculos mostraban una atrofia severa por falta de movimiento. En su organismo se encontraron restos de potentes tranquilizantes y vinos de reserva. David no había estado vagando por la sierra; había estado confinado en un entorno estéril y controlado.
La resolución del caso no llegó por una brillante investigación, sino por la soberbia de un hombre que se creía por encima de la ley. El Dr. Arturo Barrera, un psiquiatra jubilado de gran renombre en los círculos sociales más exclusivos, acudió a la fiscalía local para denunciar con prepotencia el robo de una estatua de bronce de su jardín en el fraccionamiento “Hacienda de los Sueños”. Barrera, un hombre conocido por su filantropía y su carácter difícil, entregó las grabaciones de su avanzado sistema de seguridad para castigar a los supuestos ladrones.
Fue un joven oficial quien, al revisar minuciosamente las grabaciones, notó algo que heló su sangre. En un video fechado semanas antes, se veía una puerta trasera de la mansión entreabierta. Desde la penumbra, una figura humana pálida y temblorosa asomó el rostro. Al contacto con la luz del día, el hombre se cubrió los ojos con desesperación, retrocediendo hacia la oscuridad como si la luz fuera un ataque físico. En su muñeca portaba una pulsera de alambre de cobre, el mismo objeto que fue hallado en el cuerpo de David Mitchell en el bosque.
El cateo a la mansión de Barrera reveló un búnker subterráneo de alta tecnología, oculto tras una biblioteca. El lugar era una mezcla de suite de lujo y clínica médica. Allí, Barrera había ejecutado un plan perverso: convenció a David, quien estaba bajo el influjo constante de drogas, de que el mundo exterior había sido destruido por una guerra nuclear y un virus letal. Le mostraba montajes de noticias falsas de desastres globales para que David viera en él no a un captor, sino a un salvador. El psiquiatra, hundido en una soledad patológica tras la muerte de su esposa, había creado un “paciente perfecto” para sentirse necesitado y poderoso nuevamente.
El trágico final se debió a una falla técnica. Cuando la bomba de filtración de agua del búnker se descompuso, Barrera prefirió asesinar a su prisionero antes que permitir que un técnico descubriera su secreto. Con una frialdad absoluta, le administró una dosis letal de sedantes y abandonó el cuerpo en la sierra, confiando en que la naturaleza borraría sus huellas.
Este caso ha dejado una marca imborrable en la sociedad mexicana. Es un recordatorio de que el mal más profundo no siempre viste de criminal convencional, sino que a veces se esconde tras los muros de las mansiones más respetables, bajo la apariencia de un ciudadano ejemplar que, en su delirio de grandeza, decidió que una vida humana era el precio justo para curar su propio aburrimiento.