
La exuberante y a menudo inescrutable selva de Chiapas, con sus cañones profundos y su densa vegetación, es un santuario natural de México. Sin embargo, para Mariana Durán, una brillante estudiante de posgrado de 23 años de la UNAM, apasionada por la ecología, se convirtió en el escenario de una desaparición que desafió a la Fiscalía General del Estado (FGE) y a su familia durante nueve largos y angustiosos meses. La cronología de su último día, un viernes de junio de 2012, comenzó con la rutina de una investigadora de campo. Mariana se dirigió sola a la ruta de exploración del área de La Cima, cerca de San Cristóbal de las Casas. Su plan era sencillo: una caminata en solitario para su proyecto universitario, explorando brechas y senderos no oficiales que solo los guías más experimentados conocían. Estacionó su Nissan Tsuru blanco cerca del inicio del sendero a primera hora de la mañana. Horas después, un excursionista local la vio en el camino; intercambiaron algunas palabras sobre el clima cambiante de la sierra. El testigo la describió como tranquila, segura y avanzando con determinación. Fue la última vez que alguien la vio con vida, ya que la ruta que eligió discurría por zonas de bosque nuboso y veredas apartadas.
La auténtica preocupación surgió el lunes siguiente. Mariana no se reportó para una reunión crucial en el laboratorio de Tuxtla Gutiérrez y no respondió a las insistentes llamadas de sus colegas. Su padre, residente en la capital, presentó una denuncia formal por persona desaparecida esa misma tarde. Dada la notoriedad de las zonas montañosas y el riesgo en ellas, la búsqueda se inició de inmediato. Durante una semana, un equipo compuesto por Guardias del Parque, voluntarios locales y unidades caninas rastreó sin descanso la ruta principal, caminos aledaños y los barrancos. El coche de Mariana fue encontrado, cerrado con llave, en el mismo lugar donde lo había dejado, confirmando que se había internado en el monte. Sin embargo, a pesar de los esfuerzos intensivos, que incluyeron vuelos de reconocimiento, no se encontró ni una sola pista: ni un trozo de ropa, ni una huella, ni un indicio de campamento. Los informes de la FGE señalaron que tal desaparición sin rastro material era extremadamente inusual en casos de extravío. Después de varios días sin resultados, la policía estatal tuvo que clasificar el caso como una persona desaparecida en circunstancias inexplicables, suspendiendo la fase activa de búsqueda y dejando a la familia en la agonía de la incertidumbre.
Nueve meses después, en un marzo de 2013 con un calor atípico que aceleró el deshielo en las partes altas, el caso archivado dio un giro escalofriante e inesperado. Un biólogo de campo, contratado para estudiar las zonas de anidación del águila solitaria, estaba inspeccionando un nido en una pendiente sobre un barranco. A unos diez metros de altura, notó algo que contrastaba con las ramas y el musgo: fragmentos de tela azul brillante. Al investigar más de cerca, tratando de retirar la tela, un pequeño hueso blanco se desprendió y cayó. El biólogo lo reconoció de inmediato como una falange humana. El hallazgo era tan extraordinario como macabro. Tras notificar a las autoridades, los restos y la tela fueron enviados al laboratorio forense de la FGE. El análisis de ADN no tardó en confirmar la identidad: el hueso correspondía a Mariana Durán. Los fragmentos de tela eran de ropa interior sintética de mujer, del color y modelo que Mariana llevaba el día que se internó en la sierra. La ubicación se resolvió parcialmente: un ave de presa había usado material de la superficie del suelo para su nido, sugiriendo que los restos estaban cerca. El expediente fue reabierto inmediatamente como una investigación criminal activa.
La búsqueda se concentró en la ladera debajo del nido del águila. Días después, un equipo de la policía notó una depresión antinatural entre las raíces de un viejo árbol, con tierra removida. Al retirar la primera capa, encontraron fragmentos óseos mezclados con tierra y los restos destrozados de una mochila de campaña. El examen confirmó la identidad de Mariana. La escena no ofrecía ninguna pista obvia sobre lo sucedido: el suelo no mostraba signos de forcejeo. Sin embargo, el informe oficial del descubrimiento contenía una conclusión inquietante: “Las circunstancias del deceso no están claras. Se requiere una investigación exhaustiva”. El misterio de dónde estaba había sido resuelto; ahora la terrible pregunta era cómo le había ocurrido en esa ladera aislada.
Los restos fueron trasladados a la medicina forense. El Dr. Eric Soto, el patólogo forense principal, inició un examen meticuloso. Nueve meses a la intemperie limitaron los hallazgos, pero el doctor encontró una lesión delgada pero profunda en uno de los arcos costales. Lo describió como un corte lineal con bordes lisos, característico de una lesión causada por un objeto fino y afilado, como un arma blanca. La conclusión del experto fue clave: “Esta lesión no es compatible con un accidente, ni con un ataque animal, y fue infligida antes de la muerte”. Esta evidencia llevó a la reclasificación oficial del caso como un posible homicidio. El caso fue asignado al Comandante de la Policía de Investigación, Ricardo “Richi” Carter, especializado en crímenes en áreas naturales protegidas.
El Comandante Carter se centró en la ausencia de sus pertenencias personales. La mochila estaba dañada y vacía de objetos cruciales: no había celular ni cartera. La sustracción de estos objetos esenciales sugería un intento deliberado de evitar la identificación del cuerpo o de ocultar pistas digitales. La primera gran pista provino del laboratorio forense. Se encontraron varias fibras sintéticas negras en el bolsillo del pantalón de Mariana. El laboratorio las identificó como polihilos típicos de las alfombras interiores de camionetas pickup y vehículos de doble cabina, muy comunes en la región. Era la primera vez que se vinculaba a Mariana no solo con el monte, sino con un vehículo específico. Carter volvió a revisar los registros y encontró un informe de un Guardia del Parque de días antes de la desaparición: una camioneta Ford de doble cabina, de color oscuro con un tono verdoso y óxido en el capó, vista en un camino de terracería cerrado, una brecha conocida por ser utilizada por cazadores furtivos.
La correlación se hizo inevitable. Una bióloga desaparece sin rastro; sus restos tienen fibras de camioneta; una camioneta sospechosa viola las normas cerca del lugar de los hechos. Carter filtró la base de datos de vehículos del estado, y un nombre resaltó: David “El Puma” Candelaria, un guardia de seguridad privado de 38 años, con un historial de multas por caza furtiva y acceso a zonas restringidas. Candelaria estaba acostumbrado a moverse en áreas aisladas. Carter lo abordó de forma discreta, pero al ser cuestionado sobre el camino de terracería prohibido cerca de la Sierra, Candelaria palideció y ofreció explicaciones contradictorias e inconsistentes. El Comandante Carter no necesitó más: la reacción de pánico lo delató.
Se obtuvo una orden de registro para el vehículo de Candelaria. La camioneta coincidía con la descripción del Guardia del Parque: carrocería oscura con óxido. El descubrimiento crucial ocurrió bajo el asiento del conductor: un diminuto arete de stud que el padre de Mariana reconoció de inmediato como una joya que ella usaba siempre. Pero la prueba definitiva llegó cuando el equipo forense aplicó reactivos especiales en el asiento trasero, revelando microgotas de sangre incrustadas en las costuras del tapizado. El análisis de ADN fue la sentencia final: la sangre era de Mariana Durán.
David Candelaria fue detenido al día siguiente. Durante el interrogatorio, al ser confrontado con la evidencia de ADN y el arete encontrado en su vehículo, su resistencia se desmoronó. Él admitió haber ido a la zona para cazar ilegalmente. Afirmó que, al ver a Mariana cerca, temió que ella lo hubiera fotografiado con su arma. Él la siguió, la confrontó y, en medio de un forcejeo por la mochila, que él intentó arrebatarle, él le infligió la lesión fatal con el cuchillo que portaba. Candelaria insistió en que el acto no fue planeado, sino producto del pánico ante la idea de ser denunciado. Luego, cargó el cuerpo en su camioneta y lo ocultó en el monte, tomando el celular y la cartera para ganar tiempo e intentar un ocultamiento permanente. Su versión terminaba con la terrible verdad: “Pensé que el monte se lo comería todo y nunca lo encontrarían”.
El juicio se llevó a cabo en Tuxtla Gutiérrez. La defensa intentó argumentar que fue un accidente, pero el testimonio del Dr. Soto, explicando la naturaleza del corte en la costilla (infligido con fuerza y movimiento dirigido), fue decisivo para refutar la versión de accidente. El veredicto del jurado fue culpable. La condena impuesta tuvo en cuenta la gravedad del crimen y el intento de ocultamiento. Para la familia Durán, la sentencia fue la dolorosa conclusión de una búsqueda iniciada por un acto de amor y culminada por el hallazgo de un ave, un arete y unas fibras negras. La historia de Mariana Durán se ha quedado grabada como un sombrío ejemplo de cómo la mezquindad y el pánico pueden llevar a un acto irreparable, y de cómo, a veces, la verdad emerge de los lugares más inesperados de la selva.